Los cien años de Velasco

EL HOMBRE QUE VOTÓ A LA IPC 

Por: Efraín Rúa

“Oiga, general, espero que usted se rectifique por el comunicado que ha emitido el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas rechazando el arreglo de la Brea y Pariñas, esa es una cosa que ya está dada y todo el mundo debe apoyarlo. Así que tiene que rectificarse...”

El general Velasco contempló el rostro ofuscado del presidente que momentos antes lo había saludado con rostro de circunstancias. Velasco miró fijamente a su interlocutor, se paró y ante la sorpresa de su interlocutor le espetó: “Yo no me voy a rectificar. No puedo rectificarme de algo que estoy totalmente conciente que es ilegal y que no se debe tolerar. En todo caso, quien debe rectificarse es usted, que ha perdido la confianza del pueblo peruano”.

El tema que enfrentaba a los dos personajes más poderosos del Perú de entonces y que enardecía la voluntad popular era el tema de la Brea y Pariñas, los yacimientos en los que existían 1,263 pozos explotados por la International Petroleum Company.

Desde esa época, adeudaba por concepto de impuestos y el usufructo de la riqueza petrolera unos 800 millones de dólares, que no habían sido consignados en el acuerdo suscrito en Palacio.

Pero lo más grave de los acuerdos suscritos era que la refinería de Talara y el Complejo Industrial quedaban en manos de IPC y que se obligara a la Empresa Petrolífera Fiscal a vender el petróleo a precio irrisorio. La disputa había provocado la desaparición de la página 11 del convenio.

El presidente Belaunde pensaba que el cambio de gabinete el 2 de octubre de 1968 calmaría las aguas, pero se equivocó de medio a medio, tal como se pudo apreciar en su rostro desencajado tras la irrupción de comandos armados a Palacio, la madrugada del 3 de octubre.

En esos tiempos no era usual que un ejército reformista o revolucionario tomara el poder, así que el golpe tomó de sorpresa a quienes estaban seguros del poder que detentaban. El manifiesto revolucionario del gobierno militar no dejó dudas con respecto a sus intenciones:

“Poderosas fuerzas económicas, nacionales y extranjeras, en complicidad con peruanos indignos, detentan el poder político y económico inspiradas en lucrar desenfrenadamente, frustrando el anhelo popular en orden a la realización de las básicas reformas estructurales, para continuar manteniendo el injusto orden social y económico existente, que permite que el usufructo de las riquezas nacionales esté al alcance de sólo los privilegiados…”

Ese fue el clarinazo de alerta. Seis días después, las tropas ingresaban a las instalaciones de Talara, en un acto que fue saludado por todas las fuerzas patrióticas del país.

Pero ¿de verdad se trataba de un gobierno revolucionario gestado en los cuarteles? Lo cierto era que Velasco tenía el respaldo de un grupo de militares reformistas asqueados por los negociados de la oligarquía con las empresas extranjeras, cuyos intereses eran representados por los viejos partidos: PAP, UNO, así como por Acción Popular. Al lado de Velasco estaban los llamados institucionalistas y los que intentaban mantener el statu quo. Entre ellos, el general Armando Artola Azcarate, el ministro de Gobierno, que encabezaba las tendencias retrógradas.

Las disputas por el liderazgo en el gobierno no tardaron en aparecer. Los grupos de poder intentaron sacar de en medio a Velasco aprovechando que en 1969 cumplía su tiempo de servicios.

Advertido del hecho, Velasco le pidió su opinión a los tres comandantes generales que conformaban la Junta de Gobierno. Le tocaba hablar primero al primer ministro Montagne, pero Velasco le dijo: “Un momentito, tú no hablas, porque eres uno de los interesados”. Entonces, preguntó: “Qué dice La Marina”. El jefe de La Marina dijo que estaba de acuerdo con lo que diga la Aviación. Y el de la FAP dijo: “Yo estoy de acuerdo, mí general, que siga en la Presidencia”.

Sabiendo que el tema no había sido resuelto, Velasco sacó su pistola y la puso sobre la mesa en el Consejo de Ministros, que terminó con su ratificación y con la renuncia del ministro de Economía José Benavides, quien fue echado por haber permitido que funcionarios del BCR, como Pedro Pablo Kuczynski y Carlos Rodríguez Pastor, le giraran más de US$ 30 millones a la IPC.

Velasco no era un inculto como afirmaban sus enemigos. Sus conocimientos de geopolítica lo llevaron a advertir las posibilidades de expansionismo chileno. Conocía las tesis del general Pinochet, que afirmaba que las fronteras naturales de Chile llegaban hasta Arequipa.
Por eso, armó al país. Consiguió un crédito blando de la Unión Soviética por US$ 2,000, a 30 años, con intereses muy bajos, con el que modernizó el Ejército y La Aviación. La Marina se opuso a la compra de armamento soviético.

Pero la Inteligencia norteamericana informó a los chilenos y comenzó a moverle el piso. Aprovechando el descontento generado por la estatización de la prensa, agentes de inteligencia prepararon atentados contra líderes del gobierno y blancos preestablecidos.

Pero más que sus enemigos, su salud le jugó una mala pasada. Un aneurisma abdominal lo puso al borde de la muerte en 1973 e hizo que pierda una pierna y tuviera, problemas que le restaron fuerzas para gobernar.

En esas condiciones, la CIA creyó llegado el momento de poner fin a su gestión. Los disturbios del 5 de febrero de 1975, tras la debelación sangrienta de un paro policial, provocaron protestas callejeras motorizadas por los apristas. Sabedor de su situación, decidió transferir el poder al general Francisco Morales Bermúdez, quien debía reemplazarlo el 3 de octubre de 1975. Pero Morales se adelantó a la decisión. Cuentan que el general Artemio García Vargas lo emborrachó y lo alentó a declarase en rebeldía el 29 de agosto.

Tras sortear la campaña de satanización más acerba que se recuerde y tras sufrir los embates de la enfermedad, el general murió el 24 de diciembre de 1977. Horas antes, recibió la visita del primer ministro Guillermo Arbulú Galliani, al que le increpó el giro que había tomado el gobierno: “Qué mierda están haciendo ustedes con la revolución”.

El 26 de diciembre un mar humano llevó sus restos a pie hasta el cementerio, nada pudieron hacer sus enemigos para impedirlo.

Publicado: 19/05/2009

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