De
mal en peor
CAOS EN AFGANISTÁN
Por: Brian Cloughley | Counterpunch
¿Puede alguien decir exactamente por qué
están luchando las tropas extranjeras en Afganistán?
¿Cuál es la finalidad colectiva, la misión
específica, el objetivo último de los 60.000 soldados
que están ahí? Lo pregunto porque mientras escribo
estas líneas, el número total de muertos estadounidenses
en Afganistán “y la zona” es de más de
450, y han llegado noticias de la muerte de más soldados
británicos y estadounidenses. Y me pregunto para qué
han muerto todos ellos.
Existen tres diferentes organizaciones militares
extranjeras en Afganistán y llevan a cabo operaciones de
manera completamente diferenciada. La Fuerza Internacional de Seguridad
y Asistencia, los contingentes militares de los países de
la OTAN y las fuerzas estadounidenses independientes no tienen un
sólo cuartel general en común; tienen Normas de Combate
que no están en absoluto relacionadas entre sí (una
situación absurda y casi increíble); y no tienen un
comunicado de misión conjunto. Si a un capitán joven
de cualquier academia militar del mundo se le dijera que hiciera
una planificación de la dirección de operaciones militares
en un país extranjero y presentara semejante disparate, se
reirían de él y lo echarían.
La situación en Afganistán va de
mal en peor, pero antes de esbozar la historia del fracaso militar
extranjero en este duro y brutal país, habría que
indicar que su vecino oriental, Pakistan, sigue acogiendo al mayor
número de refugiados existente en ningún otro país
de nuestro horrible mundo. Ninguna otra nación ha aceptado
tantas personas desplazadas durante tanto tiempo, o ha recibido
menos gratitud internacional por su generosidad con los exiliados
extranjeros. Por supuesto, ha habido una atenta asistencia por parte
del santo Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados,
cuyo personal en todo el mundo raramente recibe el reconocimiento
que merecen. Pero Pakistán tampoco ha recibido reconocimiento
alguno por acoger a millones de afganos, algunos de los cuales están
decididos a destrozar el país que les ha dado refugio.
En Pakistán permanecen más de un
millón y medio de afganos que tienen el estatuto de refugiados
(más unos 400.000 que han sido absorbidos, de manera legal
o de otras maneras, en la sociedad pakistaní). Independientemente
de cuánto deseen hacerlo, no pueden volver a su país
porque sigue estando en una situación de caos gracias a la
extranjeros ineptos, malvados fanáticos, políticos
corruptos en fase terminal y despiadados matones tribales a los
que el gobierno y las fuerzas de ocupación permiten dirigir
sus feudos sin consideración algunas por las leyes de Dios
o del hombre.
La Oficina General de Auditoría del gobierno
estadounidense dejó claro la semana pasada que no habría
más fondos para adiestrar al ejército afgano porque
no existe un “plan detallado y coordinado” para su futuro
(tras cinco años de ocupación militar en el país).
¿Recuerdan las caóticas escenas en Kabul el pasado
mes de abril cuando el presidente Karzai huyó para salvar
su vida y unos soldados afganos huyeron igual de rápido del
escenario de un tiroteo contra un desfile militar? Esta comedia
negra resumía la patética falta de eficacia del ejército
afgano. Y la situación en Afganistán sería
para desternillarse de risa debido al toque patoso y aficionado
de tantas naciones occidentales, si no fuera porque la mayoría
de sus ciudadanos están en un estado pobreza, miedo y abatimiento
aún mayor que el que había cuando los raros, fanáticos,
ignorantes y psicóticos talibán estaban en el poder.
Después de tres guerras afganas de Gran
Bretaña en los siglos XIX y XX, la Unión Soviética
decidió en un ataque de locura del Kremlin (ya que resultó
ser un error descomunal) que ellos iban a tener éxito ahí
donde los británicos habían fracasado, así
que en 1979 invadió un país que había estado
funcionando bastante bien hasta que un golpe de Estado depuso a
unos dirigentes que realmente trataban de ser avanzados socialmente
y de mejorar la vida de los afganos de a pie. En el curso de la
Cuarta Guerra Afgana el país fue destruido y los brutales
“luchadores por la libertad” muyaidines prosperaron
a consecuencia de los generosos subsidios estadounidenses. Su brutalidad
fue promovida por belicosos extranjeros cortos de miras cuyos egos
sólo se correspondían al tamaño de sus carteras.
Cuando la Unión Soviética se retiró
de Afganistán se esperaba que las potencias occidentales
se iba a juntar y ayudar al país en su momento de gran necesidad.
Eran absolutamente imperativos la reconstrucción, la buena
gobernanza y el restablecimiento del imperio de la ley. No hubo
ni un ápice de ninguno de ellos. En Afganistán no
hay petróleo. Aparte de la heroína, no produce grandes
cantidades de nada comercializable, así que había
ninguna trama deseable que urdir. No se fomentó la democracia;
ni se pensó en apoyar a los pocos dirigentes afganos progresistas
que querían aportar al menos un atisbo de mejora social y
de igualdad al país sumido en la ignorancia y en un estado
de anarquía. Así que los imbéciles de los talibán
llegaron al poder y empujaron a Afganistán aún más
hacia la Edad Media.
Pero debido a que los aviones suicidas saudíes
del 11 de septiembre en Estados Unidos estaban pilotados por un
lunático asesino saudí que vivía en Afganistán,
el lugar se convirtió en una prioridad. No para el desarrollo,
por supuesto, porque esto era la última cosa en las estrechas
mentes de George Bush y su demente equipo: su prioridad era la venganza.
Los ataques aéreos estadounidense destruyeron innumerables
pueblos y mataron a un número indefinido de afganos. Un ataque
a la zona en la que se suponía que estaba escondido Ben Laden
fue ridículamente infructuoso y todavía está
por contar lo que pasó realmente en aquel extraño
y militarmente nada profesional ataque (en mi próximo libro
doy algunos detalles, pero me encuentro limitado por haber firmado
hace muchos años la Ley de Secretos Oficiales que, como contaba
la maravillosa serie BBC TV ‘Yes Minister,’ “no
está para proteger secretos. Está para proteger altos
cargos”. Con todo, he aquí algunos puntos interesantes).
Los brutos afganos a los que los medios de comunicación
occidentales dignifican con el término “señores
de la guerra” (ya que la palabra tiene algo de aventurero
que atrae a los escritorzuelos y escritores de titulares) pero que
no son más que mugrientos gánsteres tuvieron sus momentos
de gloria por cortesía de la CIA y del MI6. Asesinaron a
cientos de sus enemigos más cercanos y se estuvieron riendo
durante todo el camino hasta llegar a sus bancos suizos, mientras
que Ben Laden desaparecía. En otra parte los tiempos fueron
aún más vengativos y lucrativos para los matones de
la droga. La Quinta Guerra Afgana ha sido buena para algunos, especialmente
las decenas de corruptos miembros del actual gobierno de Kabul que
han prosperado considerablemente (sus nombres son bien conocidos
por las naciones occidentales implicadas en Afganistán. En
mi última visita a Kabul obtuve descripciones detalladas
de nombres, lugares y cuentas bancarias).
Pero la semana pasada el inútil presidente
de Afganistán, Karzai, afirmó que el ejército
afgano cruzaría la frontera hacia Pakistan para perseguir
y matar a cualquiera que hubiera estado luchando contra fuerzas
afganas o de la “coalición”. Esta seria una declaración
muy grave si no fuera por el hecho de que la Oficina General de
Auditoría estadounidense ha observado que “sólo
dos de las 105 unidades del ejército afgano se consideran
[operativamente] capaces” y una tercera parte de ellas capaces
de actuar “sólo con apoyo internacional rutinario”
(hay que entender por ello bombardeos masivos de Estados Unidos
como el que mató al mayor Akbar del ejército paquistaní
y a diez de sus guardias de frontera el pasado 11 de junio).
Afganistán es una zona de desastre. Las
vidas de cientos de soldados extranjeros han sido sacrificadas por
sus gobiernos. El ejército de Pakistán ha sufrido
miles de muertos y heridos. ¿Para qué? La sabiduría
colectiva del condescendiente occidente no ha producido otra cosa
que caos, muerte, corrupción, odio y florecientes exportaciones
de heroína.
¿Se puede pensar con algo de optimismo que
los próximos cinco años de la Quinta Guerra Afgana
van a ser algo mejores que los últimos si se aplican las
actuales políticas? Ya es hora de que el sentido común
llegue a Afganistán de la mano de todos los inteligentes
extranjeros que creen que saben cómo se debería gobernar
el país. ¿Cree alguien que esto ocurrirá?.
Publicado: 03/07/2008
www.tercaopinion.org |