Los
diarios del Che
EN EL CAMINO
Por: María Moreno |
Leer los diarios de alguien que ya no existe puede
convertir en canalla. Invita a aprovecharse de servidas asociaciones
y de los acontecimientos que el azar propone como encadenados para
leer en el principio las profecías de un destino cuyo final
se conoce de antemano. Por ejemplo, al leer los diarios del Che
Guevara (Notas de viaje, diario de motocicleta, Pasajes de la guerra
revolucionaria, El diario del Che en Bolivia, Diario del Congo)
tienta trazar una curva entre el episodio en que éste narra
cómo se vio obligado a descargar su diarrea desde lo alto
de su alojamiento en Temuco sobre los duraznos que alguien había
puesto a secar sobre unas chapas más abajo y que cataloga
“como un error de apreciación” en el primer diario,
y aquel en que registra preocupado: “Salimos 17 con una luna
muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho
rastro por el cañón donde estábamos que no
tiene casas cerca” en el último, cuando ya ha escrito
que la radio chilena ha anunciado que son 1800 hombres los que lo
buscan, y así suponer un derrotero cuajado de errores de
apreciación.
O, menos gravemente, tienta mostrar el aprendizaje
que va de matar un perro viejo en Nahuel Huapi al confundirlo con
un tigre a matar a un soldado en Sierra Maestra en donde la condición
de médico del agresor le hizo constatar la eficacia de su
disparo que partió el corazón de la víctima
provocándole una muerte, por rápida, menos dolorosa.
¿Cómo no sonreírse con módica suspicacia
al leer que el objetivo del primer viaje por Latinoamérica
es “países lejanos, hechos heroicos, mujeres bonitas”,
o escuchar con oído lacaneano en el “Thu Che”
de ecos vietnamitas con que Guevara se autobautiza para firmar alguna
carta a su mujer, Aleida March, el touché del caído
en duelo? Pero es el Che mismo el que nos ha puesto esas emboscadas,
ya que se ha ocupado en cada texto de organizar cada escena de su
vida invertida en su formación de guerrero ejemplar con un
celo igualmente ejemplar.
El camino de la revolución que sugiere en
Pasajes de la guerra revolucionaria, en su diario de Bolivia, está
lleno de chapucerías de las que él es el primero en
culparse: luego de capturar su primera gorra de soldado batistiano,
se la ha puesto, contento, casi provocando una ráfaga de
su propia vanguardia; de acuerdo a lo que recuerda de una novela,
agrega agua de mar en la ración de una cantimplora y la hace
intragable; guía a sus hombres hacia Sierra Maestra bajo
la Estrella Polar, sólo que... no es la Estrella Polar. El
camino de la justicia estaría tapizado por las injusticias:
fusilar al dudoso de haber incurrido en los tres delitos capitales
de la guerrilla, la insubordinación, la deserción
y el derrotismo; castigar negándole sus próximas raciones
al que, hambriento, ha robado una lata de leche condensada; ejecutar
a un perro que no para de ladrar. Las opciones pueden ser graves:
por ejemplo durante una retirada, entre la mochila de la medicina
y la caja de balas. (Che elegirá la de balas, ¿de
haber hecho lo contrario se habría convertido en un Dr. House?)
Luego están las penurias naturales como
la yaguesa, el jején, el mariqui, el mosquito y la garrapata
que saben sacar sangre sin disparar un solo tiro, las cotidianas
que obligan a beberse la orina o a recoger agua con la bombita de
un nebulizador antiasmático en los bordes del yuyo llamado
“dientes de perro” para distribuirla en el ocular de
una mirilla telescópica en una suerte de versión inversa
de la multiplicación cristiana de los panes y los peces,
muy evocadora de la vida de santos como Santa Catalina de Siena
que se alimentaba –y sin adelgazar un solo gramo– de
la ostia diaria de la comunión. La revolución está
hecha sobre el lance de que un campesino lleno de miedo y que entra
en acción por obediencia o debido a una provisoria sugestión
retórica, pueda resistirse a la tentación del bandidaje
o de volver a la inercia del despojado. “De Davides que no
entienden bien –escribe Che– y de Banderas que murieron
sin ver la aurora”.
Su prehistoria del revolucionario se establece
con la visita del joven médico y de un amigo a esas ciudades
míticas y aisladas por el tabú de contacto: el leprosario:
“La gente que está a cargo de él cumple una
labor callada y benéfica, el estado general es desastroso,
en un pequeño reducto de menos de media manzana del cual
dos tercios corresponden a la parte enferma, transcurre la vida
de estos condenados que en número de treinta y uno ven pasar
su vida, viendo llegar la muerte (por lo menos eso pienso) con indiferencia”.
Antes de aspirar a liberar a los proletarios del mundo, Che aspira
a liberar al otro, precisamente de ser otro; curarlo es menos mejorar
sus condiciones de vida que reconocerlo, escucharlo, tocarlo, ver
en él a un hombre.
En El último lector, cuando Ricardo Piglia
hace el retrato del Che lo asocia a Lucio V. Mansilla y a Victoria
Ocampo por el uso de una lengua que simula, en su naturalidad inventada,
un efecto oral. Y el Che que visita leprosarios y convive con los
enfermos (“Después algunos vinieron a despedirse personalmente
y en más de uno se juntaron lágrimas cuando nos agradecían
ese poco de vida que les habíamos dado, estrechándoles
la mano, aceptando sus regalitos y sentándonos entre ellos
a mirar un partido de futbol”) no deja de recordar la escena
de una excursión a los indios ranqueles en que el coronel
personaje levanta en brazos, ante la tribu aterrada, el cuerpo infectado
de viruela del indio Linconao y, antes de subirlo a un carro que
lo llevará a su propia casa para curarlo, se lo acerca al
rostro –sede mítica de la espiritualidad y de los cinco
sentidos– soportando el efecto que describe como de “lima
envenenada”. Para Che, como para Mansilla, el acceso al hombre
a quien el mundo no reconoce la categoría de tal comienza
por la prueba de su roce.
En esa primera identificación antiburguesa
a una vida peligrosa de leprólogo no debe estar ausente la
figura del doctor Schweitzer que, en un sentido muy distinto, se
pasó al otro seguido por las cámaras de la revista
Life y ganó el Premio Nobel de la Paz un año antes
de que el Che partiera con su amigo Granados en motocicleta por
los caminos de Latinoamérica. Y si a Piglia no se le escapa
que en ese Che primerizo la pulsión del camino tiene la marca
de la de los escritores beats de su época, es válido
reconocer en esos escritos de puño y letra llamados diarios,
bajo la forma de una insistente contabilidad de bajas y de alimentos,
de armas ganadas y perdidas, de prisioneros y de traidores, un resto
de enumeración caótica a lo Aullido de Ginsberg.
Claro que fuera de los contextos de época,
conocidos los precios y vencidas las épicas, ¿como
no sobresaltarse con esa serie de horrores pormenorizados que incluyen
el casi forzar a la mujer de un mecánico durante un baile
–ella cae al suelo en una confusa escena presenciada por el
marido–, el ventajeo con el título de médico,
la bravata petitera de intentar robarse unos vinos durante una comida
a la que ha sido invitado, narrados en Diario de motocicleta, y
luego, ya en Sierra Maestra, con la educación por el insulto
y la provocación machista que pone a los guerrilleros en
el brete de desear la muerte antes de ser degradados –uno,
en efecto, se suicida luego de perder el rango y el Che, previa
una explicación pedagógica, le niega honores militares:
“Tuvimos un pequeño incidente debido a mi oposición
a que le rindieran honores militares, ya que los combatientes entendían
que era uno más caído y nosotros argumentábamos
que suicidarse en unas condiciones como las nuestras era un acto
repudiable, independientemente de las buenas cualidades del compañero”–.
Y entonces queda la duda entre si ese Che que organiza las escenas
para su propio mito es de una sinceridad ejemplar y por eso no evita
aquello que podría poner en cuestión la ejemplaridad
de su figura, o cree de verdad en el valor aleccionador de los hechos
que cuenta. En todo caso, no hay mayor déspota que el que
se exige a sí mismo rigores mayores que los que ordena.
Claro que luego de leer los textos teóricos
que han puesto en cuestión la identidad entre literatura
del yo y experiencia no nos es permitida ya esa lectura ardiente
y literal con que, en los años ’60, fascinados por
esa retórica que primero desnudaba a una revolución
en el poder y luego un fallo trágico, saltábamos sobre
los hechos pasando por alto las operaciones de un escritor.
A vencer y a escribir
Tocar el piano en la gesta se hace difícil –una mula
no toleraría su peso, una helada lo reclamaría para
leña–, arrastrar por la manigua a través de
las propias emboscadas el bastidor y la caja de acrílicos
parece imposible, pero un lápiz y un papel ¿quién
no puede retenerlo? Aunque sea el lápiz que nos comeremos
apurado con orines y el papel que parará la hemorragia de
una herida de Thompson, porque lo que es imposible de garantizar
en estos casos es que el texto llegue a destino.
Puede escribirse en toda circunstancia, como los
burgueses –Robert Frost lo hacía en la suela de los
zapatos, Gertrude Stein en una libreta mientras esperaba que el
mecánico reparara su auto–, incluso en revolución.
Si no vean a Che, Mao, Marcos. Vaya sinvergüenzas,
éstos que han persuadido a tantos de que la pluma debía
ser reemplazada por el arma no retrasaron un solo minuto su desplazamiento
armado hacia el mármol de la estatua conmemorativa para pergeñar
cosas como éstas: “Así te quiero, con recuerdo
del café amargo en cada mañana sin nombre y con el
sabor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla (...) Si sientes
algún día la violencia impositiva de una mirada, no
te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café
y déjame vivirte para siempre” (Che). “A un lado
y otro de la Gran Muralla/ hay espacios sin límite,/ el Gran
Río,/ entre montes y valles,/ ha detenido su rumbo impetuoso./
Los montes, serpientes danzarinas de plata,/ las mesetas, elefantes
de cera al galope,/ compiten en altura con el Cielo/ Esperamos un
día de sol:/ rojo mantel sobre blanco/ os parecerán
seductores y fascinantes” (Mao). “Como si llegaran a
buen puerto/ mis ansias,/ como si hubiera donde/ hacerse fuerte,/
como si hubiera por fin/ destino para mis pasos,/ como si encontrara/
mi verdad primera,/ como traerse al hoy/ cada mañana,/ como
un suspiro/ profundo y quedo,/ como un dolor de muelas/ aliviado,/
como lo imposible/ por fin hecho,/ como si alguien/ de veras me
quisiera,/ como si, al fin,/ un buen poema me saliera” (Marcos).
Che no siente como Walsh la disyuntiva entre la
revolución y la escritura. No puede, puesto que es su propio
cronista. Tampoco blasfema contra el editor y sus módicos
adelantos, él mismo edita sus diarios virándolos un
poco a otras escrituras del yo como las memorias. Si se carece de
fe revolucionaria, fe que en este caso, como en muchos, coincide
con creerle al Che, allí están sus compañeros
para desmentirlo porque, en efecto, algunos de ellos también
han escrito y, como para confirmar que sus correcciones, sino de
estilo –el Che no se mejoraría a posteriori–
son para lograr una mayor exactitud, los retoques que las últimas
ediciones marcan en negrita se limitan a reforzar datos topográficos
o funciones. Cuando escribe en sus cuadernos originales es para
usarlo más tarde en sus diarios definitivos, salvo el último,
lo que es imposible por razones obvias, entonces lo que Che hace
es –qué increíble la oportunidad de esta palabra–
un machete.
Sólo la sangre de un compañero le
hace abandonar el tono de parte de guerra un poco contaminado por
lecturas de London y entonces desliza entre comillas un epitafio
lírico: “Tu cadáver pequeño de capitán
valiente ha extendido en lo inmenso su metálica forma”.
Ya en Bolivia, Che ha guardado en una gruta, cerca
de donde se almacenaban los víveres y funcionaba el aparato
emisor, su biblioteca –dice el francés Debray que se
le ha puesto en contra en Alabados nuestros señores–,
una educación política pero dejando a sus pies todas
las fintas de la lengua de Racine que es casi una carta de amor.
En ese botín pesado para la marcha, el volumen militante
no excluye al de poesía. Entonces, sentado a horcajadas en
una rama, bajo el efecto de una inyección de adrenalina y
hasta ¿por qué no? llevando entre los labios uno de
esos puros repugnantes made in la fábrica de tabaco de Sierra
Maestra –cada pitada tiende a la regularidad, a una suerte
de repetición periódica que sumada a la de recorrer
con los ojos cada línea de izquierda a derecha, hipnotiza
la respiración invitándola a acoplarse en una suerte
de autoayuda selvática– aislado de sus compañeros,
Che lee ¡a León Felipe!
Sueños
Hacia el final de Diario en motocicleta el narrador propone, a través
de un apretón de manos con una figura que habría pertenecido
a la diáspora europea de los antidogmáticos y esperaba
en América el gran acontecimiento, una suerte de pase vocacional
pero, poco a poco, el devenir del relato titulado “Acotación
al margen” parece revelarlo como un doble. “...Usted
morirá con el puño cerrado y la mandíbula tensa,
en perfecta demostración de odio y combate porque no es un
símbolo (algo inanimado que se toma de ejemplo), usted es
un auténtico integrante de una sociedad que se derrumba,
el espíritu de la colmena habla por su boca y se mueve en
sus actos, es tan útil como yo, pero desconoce la utilidad
del aporte que hace a la sociedad que lo sacrifica”, le habría
dicho el hombre. Esa sombra terrible que no es de Facundo profetiza
el porvenir al pueblo pero aclara que a éste es preciso civilizarlo
no antes sino después de tomarlo. Che ha dejado páginas
atrás muestras de su admiración a Valdivia llevando
su ejército a través de 60 kilómetros sin una
gota de agua ni árbol bajo el que refrescarse y culminado
con la calificación de esa civilización como “superior
ya que encontraron al fin de la aventura guerrera el dominio de
reinos riquísimos que convirtieron en oro el sudor de la
conquista”.
En ese Che cachorro la liberación de los
dominados comienza por arrebatar el dominio a los dominadores.
Y el profeta o doble al que el Che dice ver con
dientes feroces y confundido con la noche, lo sumerge en una sangrienta
exaltación: “...Sabía que en el momento en que
el gran espíritu rector dé el tajo enorme que divida
toda la humanidad en sólo dos fracciones antagónicas,
estaré con el pueblo y sé –porque lo veo impreso
en la noche– que yo, el ecléctico disector de doctrinas
y psicoanalista de dogmas, aullando como poseído, asaltaré
las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma
y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre
mis manos. Y veo, como si un cansancio enorme derribara mi reciente
exaltación, cómo caigo inmolado a la auténtica
revolución estandarizadora de voluntades, pronunciando el
mea culpa ejemplarizante.”
Nadie puede leer aquí un proyecto protopolítico
ni la prueba que los resultados del futuro buscan hacia atrás
y sería difícil verificar la fecha de los originales,
de los cuales conocemos algunas fotos, y es sospechable que el párrafo
ha sido puesto después, para ser leído como mito de
origen a la luz de la una revolución sedentaria y frente
al mar Caribe. Pero. ¿Cuántos bramidos revolucionarios
impúberes y sedientos de sangre quedaron en el placard de
aquellos cuya vida los hizo irrisorios como profecía? El
mismo Che ha escrito sus descargos al comienzo de esas notas imberbes:
“Esta es la interpretación que un
teclado da al conjunto de los impulsos que llevaron a apretar las
teclas y esos impulsos han muerto. No hay sujeto sobre quien ejercer
el peso de la ley (...) En cualquier libro de técnica fotográfica
se puede ver la imagen de un paisaje nocturno en el que brilla la
luna llena y cuyo texto explicativo nos revela el secreto de esa
oscuridad a pleno sol, pero la naturaleza del baño sensitivo
con que está cubierta mi retina no es bien conocida por el
lector, apenas la intuyo yo, de modo que no se pueden hacer correcciones
sobre la placa para averiguar el momento real en que fue sacada.
Si presento un nocturno créanlo o revienten, poco importa,
que si conocen personalmente el paisaje fotográfico por mis
notas, difícilmente conocerán otra verdad que la que
les cuento aquí”.
Cabe quizás trazar un módico paralelo
entre ciertos párrafos de los diarios del Che y los de Rodolfo
Walsh, ese otro argentino entramado entre la literatura y la revolución
en la serie trazada por José Martí. En el relato de
un sueño que Walsh hace hacia el final de su Carta a Vicky,
éste elige como elemento, en lugar de la sangre, el fuego:
“Anoche tuve una pesadilla torrencial en la que había
una columna de fuego poderosa pero contenida en sus límites
que brotaba de alguna profundidad”. El católico que
hay en Walsh sabe que la zarza es la señal de Dios para que
Moisés conduzca al pueblo lejos de su opresor. ¿Inspira
a Walsh, Moisés, mientras que a Che, Cristo?
“Toda nuestra acción es un grito de
guerra contra el imperialismo. En cualquier lugar en que nos sorprenda
la muerte, bienvenida sea, siempre que ese nuestro grito de guerra
haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda
para empuñar nuestra armas”, escribe Che.
Y Walsh, cuando se autorreprocha, en su diario,
por su tentación de proponerse al mundo como un “figurón,
ligeramente martirizado por las circunstancias”: “Lo
que sucede es que me paso al campo del pueblo pero no creo que vamos
a ganar en vida mía, por lo menos ¡en vida mía!
Porque esa es la clave. Lo que pase después no me importa
mucho y entonces sigo siendo un burgués, más recalcitrante
aún”.
No pensemos en las épocas en que estos textos
fueron escritos, saquémolos de las circunstancias, ya que
sus autores sostuvieron esa relación con la muerte más
allá de la razón y la radicalización: para
uno el cuerpo es un instrumento técnico a relevar, una inversión;
para el otro, algo a proteger y a administrar deplorando que una
revolución triunfante se sustraiga al testigo por los límites
biológicos de éste.
Logos
Es absurdo oponer moralmente al Che de las remeras
y de las latas de cerveza al de los ideales y el sacrificio. Todo
supremo ha debido alcanzar su logo, una síntesis que funcione
hipnóticamente como una intimidación semiótica.
No se trata de la belleza: al feúcho Hitler le bastó
la línea torcida de su melena frontal sobre la agudeza breve
de su bigote. Evita proyectaba subliminalmente en su rodete el entrelazado
de los laureles en el escudo nacional. Perón, cuya cabeza
no era rentable para el croquis, tuvo un logo fónico, un
efecto de vestuario –descamisarse– y un elemento de
arma, el caballo. Si Hitler era decó, el Che es pop. De su
diseño hasta se han hecho cargo sus enemigos que, como se
arregla una pieza de caza, lo aprestaron a hacer de sí mismo
favoreciendo la visibilidad de la cabeza, desplegándole la
melena y abriéndole los ojos hasta perderle la mirada en
el futuro para lograr un efecto vívido –¿es
que hasta sus asesinos necesitaron, bajo su influjo, prometer la
revolución para más adelante?–. Y no es malo
que los chicos que vacían la latita de cerveza con su figura
o la manchan de sudor cumbiero en la camiseta, mucho menos enterados
que los otros que la llevan a la protesta conociendo en mayor o
menor medida su legado, en este momento en que la política,
no diríamos la revolución, no parece estar hecha por
lectores, mucho menos por escritores, la asocien inmediatamente
con un no vivir por la mera libra de carne aunque nadie pueda garantizar
que no asimilen Sierra Maestra a un lejano camping peligroso ni
que no sean, con la misma remera, hacedores del pos pos pos capitalismo.
Se quiere ver en los diarios del Che el libro satánico
de un baño de sangre futuro, como lo habría sido para
las generaciones inspiradas por lo que Severo Sarduy llamó
La entrada de Jesucristo en La Habana, cuando no la apoteosis del
error, el suicidio inconsciente que da brillo al propio nombre.
Pero ningún texto puede ser causa de un ciego pasaje al acto,
ni despreciado en su autonomía genérica, ni desatendido
en su objetivo de autofiguración de autor, ni recibido como
prueba de un fracaso radical. El Che no se equivocaba en sus análisis
al expandir Cuba en Bolivia sino que pretendía la utopía
de lograrlo, como señala Piglia, “haciendo depender
la intervención, exclusivamente de su fuerza propia, de la
formación de su grupo y no de las relaciones concretas ni
del análisis de la situación del enemigo”. Para
Piglia, Guevara no es sólo la experiencia y lo intransferible
de esa experiencia construida sobre la política y la guerra
sino que evoca la figura del lector. “El que está aislado,
el sedentario en medio de la marcha de la historia, contrapuesto
al político. El lector como el que persevera, sosegado, en
el desciframiento de los signos. El que construye el sentido en
el aislamiento y la soledad. Fuera de cualquier contexto, en medio
de cualquier situación, por la fuerza de su propia determinación.
Intransigente, pedagogo de sí mismo y de todos, no pierde
nunca la convicción absoluta de la verdad que ha descifrado.”
El Che no va al muere por razones que caben a los
psicoanalistas, busca menos un resultado que una autoformación
que no cese; puede decirse, sino fuera un cliché extraído
de la poesía de Antonio Machado, que “hace camino al
andar” y que lo hace contra la oficina de Kafka y el ingeniero
de Sartre, iconos de la mediocridad sedentaria de los puestos de
vida en donde no hay comandantes sino gerentes.
En El último lector Piglia recuerda al Che
cuando permanecía herido en un aula de la escuela de La Higuera
y lo visita la maestra Julia Cortés. En el pizarrón
hay escrita una frase en una de cuyas palabras falta el acento.
El Che se lo señala y al hacerlo le permite señalar,
a su vez, a Piglia: “La frase (escrita en la pizarra de la
escuelita de La Higuera) es “Yo sé leer”. Que
sea ésa la frase, que al final de su vida lo último
que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es
como un oráculo, una cristalización casi perfecta”.
Esa cristalización es la de una posición autobiográfica
en donde Che sostiene la certeza de haber aprendido a descifrar
y, al mismo tiempo, la de que ahora, aunque aún pueda leer,
sólo puede ser otro el que escriba por él.
Es la lectura de Piglia la que libera al Che de
toda tasación realista que permita leer en sus anotaciones
del 7 de octubre, previos a su captura (“Se cumplieron once
meses de nuestra inauguración guerrillera, sin complicaciones,
bucólicamente...”), los despojos literarios de una
ceguera militar que resultará trágica. Bucólicamente
es el adverbio que acuñará por sobre las circunstancias
adversas, desde un lugar no enajenable por amigos o enemigos, que
sea afín a la palabra pastoral invita menos a juzgar al combatiente
que a continuar el hilo del sentido.
Si la revolución ha sido tan a menudo un
derrotero de escritores, la política exige lectores sutiles.
Publicado: 03/07/2008
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