Un
brujo peruano
LA EÑE DE CARLOS CASTANEDA
Por: Eduardo González Viaña |
Un posible libro inédito de Carlos Castaneda
ha sido descubierto en Mount Angel, un convento benecditino de Oregon.
El peruano Efraín Díaz Horna es el autor del hallazgo.
En las publicaciones del autor de Las enseñanzas
de don Juan, no aparece foto ni indicación alguna sobre su
identidad ni sobre su país de origen. El descubrimiento de
Díaz Horna parece mostrar otra faceta del misterioso antropólogo.
A lo mejor, éste habría sido antes de hacerse famoso,
un joven monje benedictino.
Díaz Horna, quien dedica una paciente jubilación
a los estudios históricos, encontró refundidos entre
textos medievales de la biblioteca del convento, unos cuadernos
de poesía mística dedicados a San Juan Evangelista
cuyas hojas amarillentas muestran la firma de Carlos Castañeda
cuando todavía no perdía la “eñe”
de su apellido.
Según asevera Díaz Horna, desde hacía
años, había escuchado a algunos lugareños referirse
a un joven peruano de ese nombre que habría habitado en la
comunidad en los años que corresponden a su llegada a USA.
Al parecer, la vida monástica no fue de su agrado, y de allí
partió hacia la UCLA, la universidad de Los Ángeles
donde estudiara.
El único error de su vida
Vendió ocho millones de copias de Las enseñanzas
de don Juan, su primera obra. Dio vueltas sobre el tema del chamanismo
en otros ocho libros que le produjeron más de 50 millones
de dólares. Fue traducido a 20 idiomas. Se le consideró
profeta y, por fin, a partir de él un grupo de intelectuales
desesperanzados fundó una "Nueva Edad" (el movimiento
gringo del New Age). Pero cometió un solo error en la vida:
se casó, aunque después se separara, negara el matrimonio
y afirmara a gritos que un profeta casado es un personaje ridículo.
Carlos Castañeda no protestó cuando
los editores le quitaron el rabito de la eñe a su apellido,
y no aceptó cuando le pidieron una foto para la contracarátula.
Sus libros no tenían más identificación que
aquel nombre debajo del cual no aparecía ninguna reseña
biográfica, y por eso nadie supo jamás, a ciencia
cierta, de dónde era, qué edad tenía, qué
había estado haciendo antes, y ni siquiera si el nombre que
estaba usando era un nombre real.
En las poquísimas entrevistas que concedió,
aseguró que provenía de Brasil, aunque también
dijo ser un príncipe persa, un sabio portugués y un
faraón egipcio reencarnado. Ahora se sabe que era cajamarquino.
En cuanto a su personaje, el sentencioso chamán
mexicano don Juan Mateus, Castaneda sostuvo que lo había
conocido en una estación de autobuses de Los Ángeles:
en estos momentos se duda de si de veras existió.
La sabiduría de don Juan, o tal vez la del
propio Castaneda, provenía supuestamente de haber ingerido
la raíz del peyote y, gracias a los poderes alucinógenos
de aquél, de haberse puesto en contacto con los viejos maestros
mayas del ayer.
El asombroso brujo del libro tenía recetas
para volar, para hacerse invisible, para transformarse en un animal,
para caminar sobre otros mundos y para vivir eternamente, pero sobre
todo para llegar a ser feliz. Es natural que fuera escuchado, en
los sesentas, por una generación que veía el fracaso
de Estados Unidos en Vietnam. El libro fue una suerte de manifiesto
contra la razón y la cultura que no habían podido
impedir el apocalipsis del superpaís en desgracia.
Recetas para hacerse brujo
De Norteamérica, el sortilegio saltó
a los otros países, y de un momento a otro todo el mundo
estaba contagiado de brujería. Cuando conocí en París
al escritor peruano José Manuel Gutiérrez Sousa, aquél
llevaba el nombre de Kurfú Orifuz que se había puesto
con el afán de convertirse en brujo pues, según los
mayas del libro, para adquirir poderes y conocimiento es preciso
borrar la identidad y la historia personal de uno.
Recuerdo que una noche, en casa de Julio Ramón
Ribeyro, Kurfú nos relató que había pertenecido
a una secta de las selvas de Colombia en la que era necesario devorar
al Maestro para adquirir su nombre y su talento. Me parece que ése
fue el instante en que Julio dejó de aceptar que Kurfú
lo llamara "maestro", y creo recordar que nunca más
lo invitó a su casa, ni aceptó encontrarse en un café
con él a solas.
Sin embargo los poetas Elqui Burgos y Abelardo
Sánchez León fueron pronto convencidos por el discípulo
de Castaneda. Los tres recorrieron todas las cuadras de Champs Elysées,
una tarde, dando saltos sobre el pie derecho, la cual –según
me contaron, pero no practico– es una forma de recibir los
efluvios de la tierra y asimilar las fuerzas mágicas de los
peatones.
Lector apasionado de Don Juan y autor de una tesis
sobre ese personaje, Teodoro Rivero-Ayllón viajó en
esa época a la Isla de Pascua para entrevistarse allí
con un Maestro desconocido. Por su parte, Juan Morillo Ganoza, por
su propia designación sacerdote peruano de la creencia, impuso
a nuestro amigo Arturo Corcuera la condecoración de Responsable
de los Sonidos del Universo y encargado de evitar las malas rimas
y el exceso de versos asonantes.
Estoy hablando sobre algunos castanedistas peruanos,
aunque debo confesar que los hubo en uno y otro lado del mundo,
y que el único vínculo que los juntaba, por encima
de sus disímiles creencias, era su ignorancia sobre la real
nacionalidad del autor... ¿persa? ¿brasileño?
¿portugués? ¿egipcio? ¿cajamarquino?
Al respecto, el artista gráfico –ya
fallecido– José Bracamonte Vera me contó una
vez que había estudiado con él en la Escuela de Bellas
Artes de Lima. Por su parte, Douglas F. Sharon, director del Museo
del Hombre de San Diego, me dijo que habían sido condiscípulos
en la universidad de Los Ángeles.
Y, por fin, cuando era profesor visitante de la universidad de Berkeley,
Mario Vargas Llosa recibió a Carlos Castaneda. Me contó
Mario que el recién llegado se resistió a revelarle
su nacionalidad y, más bien, le quiso hacer creer que había
recorrido a pie el trecho entre Los Ángeles y San Francisco
(más o menos 500 kilómetros) tan sólo para
conocerlo.
Decía al comienzo de esta nota que casarse
fue el único error de Carlos Castaneda, y lo ratifico. Hace
unos años apareció Margaret Evelyn Runyan de Castaneda
quien vive en Charleston, West Virginia. Papeles en mano, prueba
que hubo matrimonio, que se celebró en 1960, y que su marido
no fue un príncipe persa sino un imaginativo cajarmarquino.
En cuanto a don Juan Mateus, parece que éste
no existió. Según la viuda, el apellido tiene un curioso
origen. Castaneda adoraba un vino portugués de marca "Mateus",
y en una ocasión en que lo bebían, proclamó
a toda voz: "De aquí, del vino, provienen toda la magia
y los conocimientos del universo". En total coincidencia con
él, creo que esa vez sí dijo la verdad.
Publicado: 26/06/2008
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