Las
mil y una noches
CONTAR PARA VIVIR
Por: Pablo De Santis | Clarín
Las mil y una noches es la historia de la salvación
por el relato. El famoso cuento de Sherezade funciona como prólogo:
el poderoso rey Shariyar descubre que su esposa aprovecha sus ausencias
para acostarse con uno de los sirvientes. La hace decapitar, pero
esto no atempera su dolor. ¿De qué le sirve ser el
rey del mundo si apenas se ausenta para ir de cacería, la
traición y el desenfreno se hacen dueños de su propio
palacio? No sólo su esposa lo ha traicionado: el mundo entero
le ha sido infiel. Pero es un rey y debe alcanzar un equilibrio
que le permita gobernar. Decide entonces suprimir toda posibilidad
de engaño: cada día toma por esposa a una muchacha,
se acuesta con ella a la noche, y a la mañana la hace decapitar
por su visir. Todas las noches el rey tiene en su lecho una esposa
nueva, todas las mañanas tiene el visir una nueva muchacha
para ejecutar.
El terror se expande por el reino. Los padres sufren
por sus hijas en peligro. Sherezade, hija del visir, quiere detener
la inútil matanza. Le pide a su padre que la ofrezca por
esposa, y como el visir se niega, temeroso de verse obligado a matar
a su propia hija, lo amenaza con denunciarlo ante el rey. El visir
cede y Sherezade, que es hermosa, consigue casarse con el rey. Pero
ha ideado un plan: apenas la noche de bodas haya acabado, su hermana
debe interrumpirla, con el ruego de que le cuente una historia.
El rey permite el relato: no está mal que alguien cuente
un cuento antes de morir. Pero esa historia pronto se termina y
se transforma en otra que queda sin su conclusión. Sherezade
promete terminar para la noche siguiente. El rey, cautivado con
la historia, pospone la ejecución un día más.
La estrategia se repite por mil y un días; al fin, ya madre
de tres hijos, Sherezade obtiene del rey la promesa de que no la
matará, ni a ella ni a nadie más. Los relatos le han
hecho ver el mundo no sólo a partir de la lente de su propia
experiencia, sino de los antiguos saberes ocultos en los cuentos.
Así lo han arrancado de su obsesión con la infidelidad
y el engaño.
Sherezade cuenta las historias con su voz como
único instrumento, pero su saber no proviene sólo
de las historias oídas en su infancia. No es una muchacha
simple, sino culta y sofisticada. "Sherezade había leído
toda clase de libros y escritos, y hasta había estudiado
las obras de los sabios y tratados de medicina. Guardaba en su memoria
infinidad de poemas y relatos y había aprendido refranes
populares, sentencias de filósofos y máximas de reyes
". Su genio para l relato oral proviene de la palabra escrita.
También en el interior de las mil y una
noches la palabra salva. La escena se repite de cuento en cuento:
alguien a punto de morir posterga la ejecución por su propio
relato, o por el de otro, o por una ocurrencia. En la edición
que acaba de publicar Edhasa no encontramos a Aladino (ni a Alí
Babá ni a Simbad, que pertenecen a tradiciones anteriores)
pero sí a un genio encerrado en una lámpara. Un pescador
recoge con sus redes la lámpara y despierta al genio de su
prisión. Este, en lugar de premiarlo, amenaza con matar al
pescador que lo encerró. Pero el pescador antes de morir,
le pide que lo saque de una duda: ¿Cómo es posible
que un genio tan grande entre en un sitio tan pequeño? El
pescador se muestra desconfiado de que tal cosa pueda suceder. Para
probar su poder el genio se vuelve a meter en la lámpara
y allí queda prisionero. El pescador no sólo se salva,
sino que tendrá al genio a su merced.
¿Y cómo es posible que tantas historias,
provenientes de tradiciones distantes en la geografía y en
el tiempo, entren en un solo libro? La pregunta no ha dejado de
preocupar a los traductores, que al frotar la lámpara piden
un único deseo: que sea su versión la que domine Perdure
en la Imaginación de los hombres.
Guerra de traductores
Las mil y una noches son además una guerra
de relatos. Para convencer los personajes se cuentan historias,
y estas, además de entretener, buscan persuadir.
Sherezade no sólo sabe contar historias:
también sabe resistir el poder de las historias. Cuando su
padre le cuenta una fábula para convencerla que debe cejar
en su intento por casarse con el rey, ella le responde: "¡Ni
así habría de renunciar a mis intenciones!No será
tu historia la que me impida insistir en mi petición, porque,
si quisiera, podría contarte muchas otras que llevan a conclusiones
diferentes ". Porque la misión de los cuentos a menudo
consiste en desterrar otras ficciones. James Ballard, el gran escritor
de ciencia ficción escribió: "La misión
del escritor es cada vez menos la de agregar ficciones al mundo,
como la de despojar el mundo de ficiones ". Scherezade hubiera
estado de acuerdo con Ballard.
Pero a la guerra de los relatos se le agrega otra:
la guerra de los traductores. Los más nombrados han sido
Antoine Galland (1646-1715), Richard F. Burton (1821-1890) y Joseph
Charles Mardrus (1868-1949). Borges dedicó un célebre
artículo a la historia de estas traduccciones. Varias cosas
se juegan en esta guerra: cuestiones de pertinencia (qué
relatos incluir y cuáles no), de decoro (se sabe que Galland,
primer traductor, omitió capítulos escabrosos, que
luego Burton y el doctor Mardrus incorporaron)y, sobre todo, la
visión de Oriente que se quiere dar.
René R. Khawam (1917-2004), autor de esta
edición (y que del francés tradujo Gregorio Cantera),
es por ahora el último protagonista de esta guerra, cuyo
escenario es el tiempo: así se propone desterrar cuentos
que pertenecen a otras épocas y fijar el texto fuera de toda
duda. Su labor le llevó más de veinte años:
en 1966 publicó las primeras partes de esta obra, que completó
en 1986. Khawam sostiene que diversos indicios en el libro le permiten
situar el texto en Bagdad entre los siglos XII y XIII. Y en uno
de los prólogos que escribió para las distintas partes
de la obra anuncia que está en camino de averiguar la verdadera
identidad del autor. Pero murió en 2004, sin alcanzar el
nombre vedado.
La disputa de los traductores se libró también
en terrenos del más allá. Cónsul inglés,
viajero incansable, el Capitán Burton fue uno de los más
desprejuiciados traductores de la obra. Su última y póstuma
aventura parece un cuento de Henry James. A su muerte en 1890, quedó
inédito un volumen titulado The Scented Garden, donde Burton
habría reunido diarios, relatos de costumbres non sanctas,
pasajes suprimidos de sus traducciones y textos vinculados con Las
mil y una noches . Pero su contenido era tan escandaloso que su
viuda, Isabel, no sabía qué hacer con él. Varias
editoriales ofrecieron sumas interesantes por el libro. La viuda
estaba a punto de entregarlo, pero una noche el espectro de Burton
se le apareció y le dijo: "Quémalo ". Isabel
no se decidía a arrojar los papeles al fuego. Pero a la tercera
visita del fantasma, se decidió y quemó los escritos
a mano y la versión mecanografiada (El Capitán Richard
F. Burton, Edward Rice, Siruela, 1999).
El relato y la muerte
En la historia de la literatura han abundado las
recopilaciones de cuentos conectados entre sí por un relato-marco
que los engloba o mecanismos narrativos que se repiten: desde los
Cuentos de Canterbury de Chaucer hasta Manuscrito encontrado en
Zaragoza de Jan Potocki o De noche, bajo el puente de piedra, de
Leo Perutz. Pero hay tres clásicos en los que se relaciona
el acto de narrar con la muerte. Una es por supuesto Las mil y una
noches; otra el Decamerón de Boccaccio. Recordemos que sus
personajes huyen de la peste que gobierna Florencia y se reúnen
para contar historias que los aparten del pensamiento de la pérdida
y el duelo. Y la tercera es quizás a más curiosa:
se trata de los Cuentos del vampiro, una de las más famosas
recopilaciones de relatos de la India, que datan del siglo XI. En
esta historia, un rey debe cumplir una singular misión: sacar
del cementerio el cuerpo de un ahorcado. Pero el cadáver
está poseído por un vampiro. Mientras el rey carga
el cuerpo para sacarlo del cementerio, el vampiro le cuenta una
historia. Al final de cada relato, el vampiro le pide al rey que
resuelva el acertijo planteado por la historia: como el rey no acierta,
el cuerpo regresa a su soga y su árbol. Hasta que el rey
en l último e los 25 cuentos a con la respuesta correcta
y su macabra misión queda cumplida.
Tanto en los Cuentos del vampiro como en Las mil
y una noches las historias se escuchan o se cuentan en una situación
de amenaza, no en la comodidad. Y Khawam sostiene, con indiscutible
audacia, que el anónimo autor nació en la ciudad de
Kashgar (actualmente K 'Oshe, en China)y que viajó a Bagdad
para huir de la invasión de los mongoles. Testigo y cronista
de la caída de un imperio, sus relatos habrían sido
escritos bajo el peligro: su vida amenazada, su mundo transformado.
El relato como condena
Las mil y una noches no habla sólo de las
ficciones como instrumento de salvación: también nos
cuenta que los relatos, los textos, los libros pueden ser armas
de venganza, de condena, de maldición. Uno de los relatos
que aparecen en Las mil y una noches nos habla de un libro que bien
puede inscribirse en la tradición de libros malditos, que
recorren la literatura, cuyo ejemplo más conocido es el ficticio
Necronomicón de H. P. Lovecraft (quien atribuyó el
libro imaginario a un árabe loco). El lector memorioso notará
a relación entre el relato que sigue y la resolución
de El nombre de la rosa de Umberto Eco: El rey de los griegos sufría
una enfermedad terrible: la lepra. Pero como oyó hablar de
un gran médico llamado Dubán, lo llamó al palacio.
Este se encerró en su casa para preparar un medicamento:
lo que fabricó fue una pala (así nos lo cuenta la
historia, pero podemos imaginar una especie de palo de hóckey)
y una pelota. El rey debía ir pegando a la pelota con el
palo tantas veces como fuera necesario, hasta que el sudor lo bañara.
El rey cumplió con la prescripción, se dio un baño
y se fue a dormir. A la noche estaba curado.
El rey llenó a Dubán de dones, lo
que desagradó a su principal consejero. Este empezó
a concebir un odio absoluto hacia el médico, y logró
convencer al rey de que era un traidor. El rey llamó a palacio
al médico, esta vez para matarlo.
Al darse cuenta de que nada servía rogar
por su vida, Dubán le dijo al rey que lo salvara, aunque
sólo fuera para que pudiera ir a su casa y regalarle un libro
titulado "De la particularidad de las esencias ". Como
el rey porfiaba en su decisión, el médico se resignó:
"Son tantas las revelaciones que en él se hacen que
no me considero capaz de dar cuenta de ellas. Sin embargo, este
es el primer secreto con el que tal vez te enfrentes: si alguna
vez te decides a que me decapiten, si acto seguido abres dicha obra
por la sexta página, te bastará con leer las tres
líneas que están escritas en el lado izquierdo de
dicha página y dirigirme luego la palabra. . . Comprobarías
cómo mi cabeza comienza a hablar y responder tus preguntas.
. . " El rey ordenó que lo decapitaran e hizo poner
la cabeza del médico en una bandeja. La cabeza, tal como
el médico había prometido, comenzó a hablar.
El rey envió a buscar el libro de los secretos, y siguiendo
las instrucciones de la cabeza leyó tal página y tal
otra. Las páginas estaban pegadas y el rey debía mojarse
el pulgar con la lengua para despegarlas. Pronto el veneno que pegaba
las páginas hizo su efecto y el rey cayó muerto. Cumplida
su venganza, la cabeza se apagó.
No podemos decir que Las mil y una noches inicie
la tradición de los libros misteriosos pero sí que
ocupa un lugar fundamental en esta biblioteca de horrores. A esa
tradición podemos sumar El rey de amarillo (obra de teatro
que vuelve locos a sus lectores) imaginada por Robert Chambers y
también, por supuesto, los volúmenes imaginados por
Borges, como El Libro de arena, de páginas infinitas.
La novela contemporánea ha aceptado las
dos tradiciones que nos plantea Las mil y una noches: el libro que
encadena las historias y los días, el libro que se escribe
para vivir, y también la otra, la obra oscura, inaccesible,
condenada, el libro que es un negativo de la vida. Cada página
que se escribe está disputada por esos dos principios antagónicos
que dominan la narración. Las mil y una noches, con sus historias
fantásticas, sus laberintos textuales y su erotismo desaforado
pone en escena una y otra vez ese conflicto entre las historias
contadas por la vida y las susurradas por la muerte.
Publicado: 26/06/2008
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