Leonardo
Favio
LA ÚLTIMA PELICULA
Por: Alberto Farina | Clarín
Un joven entusiasta de 70 años que camina
apoyado en su bastón por su departamento del barrio de Balvanera,
liberado de queja alguna. Cantante popular melódico en cuya
discoteca conviven Sandro, Vivaldi y Beethoven. Alguien que creció
lejos y pobre escuchando radioteatros de Chiappe, tangos y cumbias
pero se consagró como cineasta de gran lirismo visual, capaz
de hacer convivir lo sórdido y lo sublime, lo brutal y la
estilización barroca. Realizador de películas con
héroes pecadores que sangran, sudan, lloran y se orinan,
entre Verdi y Los Wawanco, en contraste con otras de muchos pudorosos
colegas locales. Un chico medio huérfano de Lujan de Cuyo
adoptado por Perón y Torre Nilsson. Todo eso, y más,
es Leonardo Favio.
El regreso del director a la gran pantalla se producirá en
junio con el estreno de su Aniceto, versión coreográfica
de aquella película suya de 1967, con triángulo amoroso
pueblerino entre Federico Luppi, Elsa Daniel y María Vaner;
inspirada en el cuento El cenizo de su hermano Zuhair Jury, la del
título más largo de la historia del cine local: Este
es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó
trunco, comenzó la tristeza... y unas pocas cosas más.
Favio conversó con Ñ, aceptando que
si bien su prioridad era referirse a su próximo estreno desde
el mismo título de su nueva película el pasado lo
asalta. Aunque el espectador podrá conocer Aniceto sin haber
visto la versión de 1967, para el creador ha sido un proceso
en el cual su última película comenzó durante
aquel rodaje. Así como este Favio que nos recibe en 2008
sería incomprensible sin explorar y reconocer en él
al cantante melódico popular, al pícaro e intuitivo
provinciano que se infiltró como un "intruso" en
el cine de autor de los intelectuales de la "generación
del 60", al peronista atravesado en mayor medida por los sentimientos
de veneración a Perón, Evita y la mística justicialista
que por la discusión doctrinaria o ideológica, y al
director de cine capaz de arriesgarse en lo estético con
mestizajes y excesos que son, precisamente, los que le dan su identidad
como artista. Porque un encuentro con Favio no es chocar con una
novedad, sino recorrer una historia y una leyenda.
¿Cómo y por qué vuelve
Aniceto?
El proyecto comenzó a latir desde aquel
rodaje, hace 40 años, cuando notaba que en los silencios
de El romance... había una gran sinfonía, pero no
sabía por dónde lo iba a resolver, eso no me sucedió
con Crónica de un niño solo ni El dependiente. Hasta
que en un cumpleaños de Niní Marshall, Lino Patalano
me preguntó si no se me ocurrió hacer un ballet con
el Aniceto. Comencé a trabajar con Verónica Muriel,
Rodolfo Mórtola y el músico de Gatica, Iván
Wyszogrod, en un guión teatral para montar un ballet. Yo
veo óperas, conciertos y ballet en videos, y me apasioné
en elegir pasos de los que no sé el nombre, pero sabía
que tal movimiento era para determinada secuencia. Wyszogrod insistió
en que debía ser una película. La filmamos en un hangar
de Quilmes, con los actores y bailarines Hernán Piquín
(Aniceto), Natalia Pelayo (Francisca) y Alejandra Baldoni (Lucía),
es un film-ballet ambientado en la misma época del original,
los años 60, pero será sorpresiva, mejor que se vayan
preparando, que "se aten los cinturones".
¿Mantuvo ese rasgo de estilo que es
su atrevida incorporación de lo naive y de las más
precarias pero entrañables expresiones del arte popular,
como lo circense, los artistas nómades o las representaciones
teatrales que dejan en evidencia los dispositivos de sus magias?
En El romance... aparecía una "rascada"
sobre un escenario en el que un angelito era izado con sogas a la
vista, pero en Aniceto cumplí mi sueño de hacer una
película como las de ese pionero de la fantasía cinematográfica
que fue Georges Melies, y esta vez me permití volar en esa
dirección. Nunca estuve tan feliz con una obra mía.
Hay enormes telones con cielos pintados por personal del Teatro
Colón.
Muchos dividen su filmografía en una
primera etapa como la trilogía en "carbonilla",
blanco y negro, intimista y despojado (Crónica, El romance
y El dependiente), y, por otro lado, las superproducciones de
cine espectáculo, frescos y murales en vigorosos colores
(Moreira, Nazareno Cruz, Soñar Soñar, Gatica). ¿Dónde
se ubica Aniceto?
Si bien vuelvo a un personaje anterior, con su
gallo de riña y sus dos mujeres, esa tragedia a la que no
parecen poder escapar, y también regreso a Luján de
Cuyo donde me crié y que me visita en mis desvelos; se puede
ver a Aniceto como algo intermedio o como una síntesis, ya
que la considero mi película más completa, posee una
estética más cercana a mis últimas películas
con una historia y personajes de la primera etapa. Es la obra de
mi madurez. Aquellos largos silencios con cantos de la naturaleza,
aquí se convierten en un gran espectáculo sonoro y
enorme juego de color, como si fueran cuadros para cada escena.
Trabajamos mucho con el estilo plástico de las pinturas de
Sorolla. A mí me hubiese gustado escribir música en
mis guiones, siento que el travelling es como un adagio o un largo,
y los allegros equivalen a planos más cortos y de perfil
–nunca me gustó el plano y contraplano–. Creo
que mi puesta de cámara es más bien teatral, con personajes
que entran y salen por los laterales, pero para eso es necesario
cuidar la composición del cuadro".
La mención del pintor valenciano post impresionista
del siglo XIX, Joaquín Sorolla y Bastida, también
admirador de El Greco y Velázquez, con sus vigorosos óleos
sobre aguas, cielos y costumbres populares en espacios abiertos,
donde las pinceladas buscan capturar los efectos de luz y diluir
contornos; parece una inspiración pertinente al universo
visual de Favio; su paleta ya fue visitada por el barroco latinoamericano
en los cielos sangrantes o tormentosos de Moreira y Nazareno, por
el kitsch y los dibujos de Divito en Gatica, por los claroscuros
expresionistas y opresivos en El dependiente.
¿Cree que parte del éxito y la
diferencia de su cine se debe a su elección de personajes
pero también a formas y estéticas populares que
buscan la emoción?
Yo aprendí como cantante que mi obra no
tiene que exceder los dos minutos sin un acontecimiento, sin que
ocurra algo, como en el disco. Yo saqué eso del disco. ¿Cuánto
dura una canción?, tres minutos, y si no ocurre nada en esos
tres minutos perdiste. Eso lo llevé al cine. Me permitió
manejar los tiempos aunque se trate de un oratorio o una pieza litúrgica.
En cuanto a las obras ajenas no las discuto, soy un espectador detrás
del vestigio de belleza que toda creación puede tener. En
el cine argentino hubo distintas tendencias, todas respetables.
David Kohon, por ejemplo, fue brillante y talentoso, pero tal vez
no tuvo las facilidades; Martínez Suárez terminó
siendo un gran maestro y con su nombramiento como director del Festival
de Mar del Plata no sabía si compadecerlo o felicitarlo.
Lo mío es un oficio en el que trato de escribir un guión
factible, voy midiendo costos, calculando gastos y efectos. Yo vengo
de una formación radioteatral, de cultura popular, de producción
a lo gitano. Amaso todo eso para armar mi obra. No puedo contar
lo que no conozco, Moreira era lo que escuchaba en el radioteatro,
igual que Nazareno, Crónica es el mundo en el que viví.
¿No se sintió alguna vez discriminado
o subestimado como sapo de otro pozo en el ambiente cultural e
intelectual?
Yo creo que mi manera de acceder a ese mundo fue
teniendo una gran necesidad de saber y escuchar. Me he descubierto
a mí mismo embobado escudando a mi iluminador Stagnaro cuando
explicaba algo. No vivo el talento ajeno con rencor sino que lo
disfruto. Me gusta observar y aprender cuando estoy frente a alguien
de talento. Eso me permite salpicar mi cine y mi vida con coros,
operas, y otros días necesito a Sandro o a Feliciano Brunelli.
También alterno la Torá, la Biblia y el Corán.
Del mismo modo me enseñaron cineastas tan distintos como
Fellini, Bresson, Bergman, Torre Nilsson y ví veinte veces
El ciudadano de Orson Welles para analizar los ángulos y
movimientos de cámara, pero yo respeté a Enrique Carreras
y a Emilio Vieyra, de los que también aprendí. He
tratado de tomar todos los artilugios que me sirvan paran conmover.
¿Qué cine actual le interesa?
Entre los argentinos hay cineastas jóvenes
que admiro. Me maravillaron El bonaerense de Pablo Trapero, Caja
negra de Luis Ortega, y me pareció envidiable Cama adentro,
de Jorge Gaggero; pero el vértigo de distribución
y exhibición diluye la apreciación de las películas,
aunque sean obras maestras. Entre las producciones extranjeras me
interesa el cine iraní, la película alemana La caída,
con Bruno Ganz, pero también el telefilm sobre Stalin, con
Robert Duvall, y todo lo que se haga sobre mi ídolo Hercules
Poirot.
¿Y la película uruguaya Whisky,
que incluye tu voz cantando "O quizás simplemente
le regale una rosa"?
¡Una maravilla! Me pareció una de
las obras más bellas del cine latinoamericano. Más
allá de la canción, porque esa película será
algo difícil de superar. Estuvo algo desprotegida por la
crítica y la distribución.
¿Tendrá que luchar Aniceto
con la cultura audiovisual hiperquinética que tiene gran
parte del nuevo público?
No, porque no me pongo en ninguna trinchera. Yo
también vivo al ritmo de la vida actual, la neurosis porteña
me alimenta. No pierdo perspectiva. Si yo volviera a hacer un cine
como Crónica de un niño solo, entonces sí perdería
de vista a la gente, pero estoy atento a la vida y sus velocidades.
Ya no hay "un niño solo" sino un universo de niños
solos. Como no he quedado desprevenido de lo que ocurre en el mundo
no me siento alejado del público sino con él. Para
Perón, sinfonía del sentimiento, tuve que aprender
la utilización de la nueva tecnología, que avanza
y te da posibilidades increíbles para diseñar mejor,
trabajar cada pincelada, si se sabe manejar eso con prudencia. Ahora
si sos un deschavetado que te enamoras del pomo de la pintura en
vez de aquello que podes pintar con ella. Esa máquina puede
enfriar la obra, vos tenés que usarla pero la máquina
no puede ponerle corazón a tu obra, si lo tenés que
poner vos. Cuando vine del exterior, habían desaparecido
los cines, creí que los de mi generación éramos
dinosaurios y que el cine se había acabado. Pero cuando supe
que existían 19.000 estudiantes de cine, una potencia juvenil
volcada a la imagen, eso me impulso a hacer Gatica, y me motivó
a introducirme en el mundo de la tecnología y la computación
con las que hice Perón.. que fue la obra más vendida
en video.
¿Le interesa que su cine refleje el
momento del país?
Para eso tenés que buscarlo a Solanas, que
se preocupa más por lo documental, se involucra activa y
artísticamente con lo que sucede. Si bien yo palpito el país
con la gente, tal vez lo refleje inconscientemente. Pero, por ejemplo,
en los años 70 yo no me sumé al clima de violencia,
seguí con mi obra, con lo que me sucedía a mí
y entonces hice una película de amor como Nazareno Cruz y
el lobo. Estoy contento con lo que se está produciendo en
un país que estaba desvastado, hay expectativas, sueños,
se recuperan valores. Mientras existen problemas graves en todo
el mundo, yo veo cambios positivos, al ritmo de Internet, y la gente
con acceso al conocimiento de lo que ocurre en todas partes. No
comparto el dramatismo que acusa a la juventud de distraída,
creo que los jóvenes tienen otro lenguaje y una ternura ausente
en los adultos.
¿Tampoco lamenta filmar tan espaciadamente
siendo uno de los mejores cineastas argentinos?
Es que soy lento, meticuloso, no tengo apuro, me
regodeo en los perfiles de los personajes y en las escenas que voy
creando. La música me sigue permitiendo vivir con dignidad,
todo el tiempo en algún lugar del mundo suena un disco mío.
¿Pero filmar no le devuelve ese rol
de dueño del circo, de titiritero, demiurgo, Dios que decide
quien vive o quien muere, si sale el sol o llueve?
Es una ilusión, todos somos parte del circo,
lo mío es un oficio menos importante que el de un médico
si necesitás hacerte un transplante de corazón, ese
será el milagro. Los únicos que le hacen la música
a Dios son los que han quedado, Mozart, Miguel Angel. Ya no se puede
competir con ellos. Yo no le quiero ganar a nadie, porque aquí
nadie gana y nadie pierde. Solo podemos agradecer haber conocido
un beso, hay gente que se muere sin saberlo. Además tengo
sentido crítico sobre mis películas, todavía
las corrijo, saqué unos planos de El Dependiente que me molestaron
desde que nacieron, y traté de pulir el sonido de Crónica
de un niño solo, capturar las voces, limpiarlas y volver
a mezclar con sonidos de grillos o música. Dentro de algunos
años, si cumplen lo prometido, se podrán ver estas
versiones pulidas. Todo eso me lo permite la tecnología.
Si por algo lamento el límite de la vida es porque digo "¡Carajo!,
justo ahora que están todas estas herramientas para trabajar
mejor".
Con las que tuvo se arregló bastante
bien. Y con sus películas algo suyo puede sobrevivirle,
algo se eterniza para eludir lo efímero de la vida.
Dios quiera, pero ya no digo para siempre. El sueño
de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria
de la gente. Mi obsesión es que me recuerden bien en esa
momentánea memoria que haya de mí. Yo había
incorporado la idea de la muerte a mi vida como algo legitimo y
bello pero a medida que se acerca cuido el cuerpo, el artefacto
que nos queda, me voy despidiendo de ese cuadrito en la pared, que
pena no verlo más, pero esto es solo una fracción
de película acelerada, y uno comienza a preocuparse más
por lo que puede haber del otro lado. Tal vez la eternidad sea despertar
de una siesta bien dormida con los ojos entregados al asombro, por
ahora somos la molécula de una hormiga y menos que eso. Soy
profundamente religioso, casi místico, puedo gozar de la
soledad como un don, un regalo de Dios que me permite estar conmigo.
¿Acepta que la muerte de sus personajes
traen un "tropo" clásico del arte que es la indiferencia
del mundo? Ya sea Gatica aplastado por un colectivo al salir de
la cancha de Independiente o Aniceto baleado por robar gallinas,
mientras la gente mira pasar un satélite.
Entramos también en una cuestión
poética. Aunque mueren aferrados a la vida mientras otros
miran para otro lado, lo hacen como han vivido. No es gente que
muere en una cama sino fiel a sí misma hasta el fin, más
cerca de una imitación de Cristo, en esa soledad se anida
parte de su trascendencia, de la vida que tendrán después,
por eso podemos seguir hablando de Gatica o Moreira. Solo en el
más allá podemos comprobar si somos una intención
de Dios.
¿Podemos esperar otra película
de Favio después de Aniceto?
Y sí, El mantel de hule.
Favio deja flotando el supuesto título de
su próximo filme, que se refiere a unas declaraciones suyas
en las que se confesaba incapaz de contar cómo se ponía
una mesa en alguna mansión de la avenida Figueroa Alcorta,
pero que sí sabía narrar la mesa del mantel de hule.
Sin embargo, es desde ese manejo visual suyo sobre lo físico
que surge en su obra lo metafísico, asimismo remonta lo pueblerino
a lo cósmico, convierte anécdotas de pobres diablos
sin horizonte en tragedia corales de finales paroxísticos
con desmesura surreal, para que los personajes, sin ser juzgados
sino observados –con ternura aún en su abyección–,
atraviesen su martirologio y crucifixión, de manera que sus
agonías excedan el destino particular para emerger como paradigma
del destino humano. Gracias a su mirada la naturaleza se convierte
en paisaje, en decorado del "gran teatro del mundo". Por
eso hace convivir a Chejov, Kafka y el folletín popular,
los enanos, duendes, diablos tristes, y la muerte jugando al truco.
Al alejarme de él, dejo atrás una
sonrisa de pícaro prestidigitador que ha vuelto a sacar su
galera de mago para pronunciar con su propia voz "abracadabra".
Con una mano levantada para saludar y la otra apoyada en su bastón,
su figura se apaga junto a tarde del sábado en Balvanera,
y veo en él lo que decía Fellini para sí: "Soy
mi propia naturaleza muerta. Soy una película".
Publicado: 13/06/2008
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