Cartas
a Hitler:
HISTORIA EPISTOLAR DE LA INFAMIA
Por: Ricardo Bada |
A finales del año pasado apareció
en Alemania Cartas a Hitler– antologadas por Henrik Eberle
(Gustav Lübbe Verlag, Bergisch Gladbach 2007)–, libro
de 434 páginas de texto, amén de los registros y apéndices
correspondientes. El volumen contiene una selección mínima
de las cartas que recibió Hitler como correo privado, desde
que inició su carrera política hasta que se suicidó
en el búnker de la Cancillería, en Berlín,
el 30 de abril de 1945: leerlo resulta una dura prueba para el estómago,
aunque –¡quién sabe!– tal vez sea un purgante
benéfico.
El autor del libro, el historiador alemán
Henrik Eberle, es un acreditado experto en la vida del cabo con
el bigotito plagiado a Charlie Chaplin, y rastreando material para
su biografía del mismo vino a descubrir el archivo especial
del Ministerio ruso de la Defensa, en la Ulitza Makarowa de Moscú.
En él, entre otros tesoros historiográficos, se encuentra
el depósito de los legajos con la correspondencia privada
de Hitler, confiscados en Berlín por una de las así
llamadas “comisiones de trofeos”, transparente eufemismo
de las unidades que, sin andarnos por las ramas, podemos decir que
se dedicaban a requisar el botín de guerra.
Dichas comisiones las integraban especialistas
en historia, arte, ciencias (también había en ellas
periodistas), y fueron implementadas por el ejército soviético,
en su avance imparable hacia la capital del III Reich, para arramblar
con cuanto material de valor encontraban a su paso. Hoy en día,
más de seis décadas después del final de aquella
guerra, por lo menos las cartas del pueblo alemán a su Führer
son accesibles al estudio de los investigadores.
Las de 1925 caben en un solo archivador. De enero
a abril del '33 (con Hitler como canciller desde el 30/ I) fueron
más de 3 mil. En 1934 debieron ser no menos de 12 mil, y
de 1941, en el cenit de su poder y de la expansión alemana
en Europa, se conservan más de 10 mil. Pero acaso sea más
relevante saber que el 20/IV/19 45, en su último cumpleaños,
arrinconado y derrotado en el búnker de la Cancillería,
y sólo diez días antes de su postrera cobardía,
aún le felicitaron por carta unas cien personas. El autor
de este libro comenta en su prólogo: “Sólo el
hecho de que se escribieran miles de estas cartas, demuestra una
confianza en el gobierno como no la hubo antes ni la volvió
a haber después.”
El tenor de la correspondencia es muy variado,
pero se aprecian en él dos líneas principales: las
cartas que fueron enviadas ex abundantia cordis, expresando la admiración
y la sumisión fanáticas al Mesías del pueblo
alemán, y las que tuvieron como meta conseguir algún
favor del poder: desde una foto con autógrafo del Führer
bienamado, hasta una participación en el botín incautado
a los judíos y los polacos. Entre otros, este último
fue el caso, documentado en el libro, del príncipe Friedrich
Christian zu Schaumburg-Lippe.
La nobleza, dicho sea de paso, mantuvo una relación
semifascinada con el plebeyo austríaco. Valga como botón
de muestra de una devoción que llegaba a extremos de novela
de Corín Tellado, esta epístola de una aristócrata
alemana residente en Alejandría, Egipto:
Herr Hitler, no tengo en claro cómo debo
empezar esta carta. Largos, largos años de difíciles
experiencias, de tormentos y preocupaciones humanas, de desconocimiento
de mí misma, de búsqueda de algo nuevo, todo ello
ha pasado de golpe en el instante en que he comprendido que lo tengo
a usted, Herr Hitler. Sé que usted es una grande y poderosa
personalidad, y yo sólo una mujer sin importancia, que vive
en un lejano país extranjero, del que quizás no podré
alejarme, pero debe comprenderme. ¡Cuán grande es la
felicidad si se encuentra de pronto la meta de la vida, si de pronto
un rayo de luz clara penetra las nubes tenebrosas y se vuelve más
y más clara! Así conmigo: todo está tan iluminado
por un gran amor, el amor a mi Führer, a mi maestro, que a
veces quisiera morir teniendo su imagen ante mí, para que
no pueda ver más nada que no sea usted. Le escribo no como
canciller de un poderoso imperio –quizás no tengo derecho
a ello–, le escribo sencillamente a un ser humano que me es
querido y que siempre lo será hasta el fin de mi vida. No
sé si usted cree en la mística, en algo superior que
nos rodea y permanece invisible y que sólo se puede sentir.
Yo creo en ello, siempre creí en ello y siempre creeré
en ello. Sé que hay algo en el mundo que vincula mi vida
con la suya.
¡Dios mío, que no pueda yo sacrificar
mi vida por usted, a pesar de que mi mayor felicidad sería
morir por usted, por su doctrina, por sus ideas, mi Führer
, mi noble caballero, mi Dios! Es muy posible que estas líneas
no le alcancen nunca, Herr Hitler, pero no me arrepiento de escribir
esta carta. En estos instantes experimento una alegría tan
maravillosa, una seguridad y una paz tales en mi lucha moral, que
hasta en ellas encuentro mi felicidad. No tengo otro Dios que usted,
y ningún otro Evangelio que su doctrina.
Suya hasta la muerte,
Baronesa Else Hagen von Kilvein.
El antólogo practica la lógica discreción
de no transcribir sino las iniciales de los apellidos de los niños
que le escribieron a Hitler, y fueron muchos, y muchos de ellos
deben de vivir todavía y se podrían avergonzar de
ver impreso lo que escribieron. Es una medida loable desde el punto
de vista ético, sobre todo porque lo que importa en este
caso es el pecado y no el pecador, pero aún más porque
la anonimización de los remitentes no logra esconder una
evidencia inocultable: que si los niños alemanes amaban al
Führer de la manera que lo hacían, hasta el punto de
llamarle Onkel (tío), es porque reflejaban sin saberlo el
amor que por él sentían sus padres, sus familias.
No de otro modo se explica la orgullosa carta que
el 1 de marzo del '43 le envía a Hitler la familia Fessler,
de Mannheim, para informar alborozada que la pequeña Rita,
la menor de cinco hermanos, cuando se le muestra una foto del Führer,
alza su bracito haciendo el saludo nazi. Nota bene para explicar
lo del orgullo: esa pequeña Rita contaba diez meses (repito:
meses) de edad.
Lamento no disponer del espacio necesario para
entrar en detalles acerca de la profusión de poemas vomitivos
dedicados a Hitler por sus improvisados Píndaros, alguno
de los cuales se atrevió incluso a intentar un refinado acróstico.
Tampoco para hacer una lista más o menos exhaustiva de las
profesiones de los corresponsales, aun cuando pueda precisar que
todo un cura misacantano le escribió para decirle que en
su primera misa, y en la del día cumpleaños del Führer,
le había impetrado a Dios que derramara Su Bendición
sobre tan augusta obra (la de Hitler). Así como también
registro la carta de Bertha Benz, viuda del fundador de la Mercedes,
agradeciéndole que le hubiese enviado una foto con autógrafo.
Corresponsal hubo que le transfirió una herencia recibida.
Y en fin, si pienso que hasta Lehár –el compositor
de La viuda alegre– no tuvo empacho en mandarle un mensaje
de profundo agradecimiento por su “cordial fomento de las
Artes”, y que alguien como Charlie Rivel –el payaso
más célebre en el país– le deseaba en
1943 “salud, fuerza y energía” para conseguir
la victoria definitiva (den Endsieg), me parece que con este corte
transversal ya podría bastar.
Faltaría mencionar sin embargo tres casos
ejemplares que he subrayado durante la lectura del libro.
El primero de ellos es que el ardor y el fanatismo
pro Hitler son acusadamente nauseabundos entre los alemanes y los
austríacos que vivían en el extranjero. Los simpatizantes
nazis de Argentina votaron en un ochenta por ciento a favor de la
anexión de Austria, y enviaron a Berlín sus listas
encuadernadas en un libro, con esta única y expresiva dirección:
“ Ein Volk, ein Reich, ein Führer [Un pueblo, un Imperio,
un Führer ]”. Y en fecha tan temprana como 1932, existía
en Mallorca una organización que se autodenominaba Baluarte
Palma del Partido Nacional Socialista Alemán, la cual felicitaba
a Hitler en el día de su cumpleaños “con fieles
saludos alemanes. Un vigoroso Sieg Heil! por nuestro Führer.”
El segundo de mis casos ejemplares lo protagoniza
el compositor y director austríaco Franz Ippisch, quien el
6/ iv/ 1938, en vísperas del plebiscito que sancionaría
la anexión de su país al Tercer Reich, le escribe
a Hitler. Y le cuenta que quedó huérfano de padre
a los veintiún años, siendo el menor de ocho hermanos,
y que a no ser por la generosa ayuda de un matrimonio judío
de Viena, nunca hubiese podido concluir sus estudios en el Conservatorio;
que se casó civilmente con la única hija de dicho
matrimonio, y luego, convertida ya ella al catolicismo, también
lo hizo por la Iglesia, y que desde entonces “ha sido una
esposa fiel, una camarada magnífica en todas las situaciones
difíciles de la vida, y siempre, con prescindencia del defecto
congénito de su ascendencia semítica, se ha acreditado
como una honrada mujer alemana.” Por todo lo cual se siente
hondamente consternado ante el hecho de que su esposa, marcada como
judía, no pueda tomar parte en ese plebiscito, razón
que le hace arrojarse a sus pies, “mi Führer, el más
generoso y noble de los hombres, y suplicarle: borre usted la ignominia
no culpable de la ascendencia judía de mi esposa, para que
también pueda votar el 10 de abril. Gracias a ello conseguirá
en la persona de mi esposa y mis descendientes unos fieles y entusiastas
seguidores, que le bendecirán por ello toda la vida.”
Franz Ippisch se vio obligado a emigrar ese mismo
1938, y lo hizo a Guatemala, donde murió veinte años
más tarde sin haber vuelto nunca más a su patria,
pero habiendo rescatado para el patrimonio musical universal la
Sinfonía Cívica, de José Eulalio Samayoa, uno
de los compositores latinoamericanos pioneros en el campo de la
música sinfónica.
Y el tercer caso ejemplar que no quiero dejarme
en el tintero, es que entre el inmenso epistolario también
hubo, aunque pocas, algunas cartas de protesta, y que las más
decididas e inquebrantables fueron las de los testigos de Jehová.
De sus 30 mil miembros alemanes, al menos 12 mil perecieron gaseados
en los campos de exterminio, o guillotinados en prisión.
Opina Eberle: “Si consideramos los millones de víctimas
del régimen nazi, esta cifra resulta exigua, pero es el testimonio
de un acto de autoafirmación colectivo y sin compromisos,
que merece respeto.” Así es.
La lectura de estas Cartas a Hitler es en sumo
grado aleccionadora para alguien como yo, que creció en la
más pura y dura etapa del primer franquismo, cuando todavía
se seguían dictando y cumpliendo sentencias de muerte contra
republicanos. Cuando (como sucedía con la hermana de Hitler)
muchas familias desesperadas recurrían a la visita humillante
al Pardo, donde residía el Caudillo de España por
la gracia de Dios, paladín de Occidente, vencedor de la Cruzada,
y Generalísimo de los ejércitos de tierra, mar y aire;
y allí, en El Pardo, esas familias –las que obtenían
el favor– se postraban ante la hija aún niña
del inferiocre dictador, en la ingenua fe de que su intercesión
ante el padre podría cambiar la sentencia de muerte que las
dejaría viudas y huérfanos. [El escritor español
Antonio Martínez Menchén narró en tres densas
páginas de su novela pro patria mori, allá por 1980,
la esperpéntica ceremonia].
Casi cuarenta años fueron los que Franco
gobernó España. Teniendo en cuenta que la fiebre epistolar
de los españoles no es tan amarilla como la de los alemanes,
difícil será que Franco haya recibido un volumen de
correo privado homologable al de Hitler. Pero pueden estar seguros
de que lo recibió... con la única excepción
de cartas como aquella de la enamorada baronesa –las españolas
no son tan masoquistas.
Lo que me pregunto es dónde se hallarán
esos archivos. Así como también dónde estarán
los archivos equivalentes de Trujillo, de Somoza, de Pinochet, para
no hablar de los de Evita, a quien los descamisados adoraban como
a un ídolo, en el sentido religioso del término. ¡Qué
interesantísima tarea (preñadísima, diría
Unamuno) para los historiadores de nuestros países, desempolvar
esos archivos y dar a luz unas antologías nacionales de cada
historia epistolar de la infamia!
Publicado: 06/06/2008
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