El
mundial del 78
EL GAUCHITO GIL
Por: Gustavo Veiga |
Comprender el significado que tiene el Mundial
’78 para la Argentina de los últimos treinta años
requiere de un paso previo: la búsqueda de similitudes en
procesos semejantes. La rueda de la historia gira (Benito Mussolini
en el Mundial de Italia del ’34), gira (Adolf Hitler en los
Juegos Olímpicos de Berlín del ’36) y sigue
girando (Jorge Rafael Videla en un estadio de River colmado). En
ese trípode se apoya un paradigma del acontecimiento deportivo
que explica cómo tres dictaduras del siglo XX se apropiaron
de su subjetividad, de los valores que representa el deporte para
la política cuando ésta lo necesita. Las tres pudieron
glorificar de manera extrema los éxitos de sus atletas, porque
la Italia del Duce se consagró campeón, la Alemania
del Führer ganó con holgura los juegos que organizó
y la Argentina obtuvo su primer título mundial de fútbol.
Si parafraseáramos a John William Cooke
por aquella célebre definición sobre el peronismo
(“el hecho maldito del país burgués”),
no resultaría descabellado decir que el Mundial ’78
es el hecho maldito del país futbolero. Un torneo que duró
veinticinco días –desde el 1º hasta el 25 de junio–
y del que ningún integrante del plantel campeón reniega
(ni parece que deba hacerlo), o realiza autocrítica alguna.
Y que sólo un puñado de periodistas o autores independientes
han investigado, con limitaciones, desde sus entrañas. Esas
que incluyen sospechas de un partido presuntamente arreglado, el
6 a 0 a Perú, todo un emblema de la corrupción, aún
hoy, para el imaginario colectivo.
La orgía de muerte, destrucción,
rapiña y el plan sistemático de desaparición
forzada de personas que es la marca en el orillo de la última
dictadura, hacen más espinoso el camino de aproximación
a la época y despiertan pasiones descontroladas entre los
testigos privilegiados de ese momento histórico.
Ahora bien, ¿qué hay del resto de
los argentinos y el Mundial ’78? ¿Acaso será
imposible redimir a los protagonistas que levantaron la Copa y el
resto de la sociedad que los vitoreó quedará siempre
a salvo? Pablo Llonto, en su libro La vergüenza de todos (un
título que parodia a la película La fiesta de todos,
de Sergio Renán, alusiva al campeonato) escribió:
“... El Mundial ’78 aparece como el primer símbolo
de aprobación masiva a la dictadura; Videla recibió
seis veces el aplauso de las multitudes en estadios repletos. La
fiesta del despilfarro en la organización del torneo apenas
se cuestionó. Las voces de denuncia de los exiliados y los
familiares de los asesinados, desaparecidos y encarcelados fueron
tomadas como expresiones de la antipatria. El periodismo fomentó
el anticomunismo, la delación de los luchadores y militantes
de izquierda y defendió, a buen precio, casi todos los actos
de gobierno de la dictadura militar. Millones sucumbieron ante la
idea publicitaria y megaoficialista de que la victoria deportiva
era el triunfo de un pueblo en paz”.
¿Y AHORA QUE?
El próximo domingo 29 se jugará un
encuentro de fútbol que su organizador, el Instituto Espacio
para la Memoria (un ente creado por la Legislatura de la ciudad
de Buenos Aires), promociona como “La otra final”. En
el estadio Monumental donde Videla le entregó la Copa al
capitán Daniel Passarella se desarrollará esta actividad
que “reivindicará la vigencia de los derechos humanos”.
La idea, más allá de las buenas intenciones que conlleva,
generó un efecto revulsivo. César Luis Menotti, el
técnico de aquel equipo campeón, afirmó en
una entrevista que le realizó La Voz del Interior el 7 de
mayo: “Yo sé dónde estaba parado, lo que hice
y cuál ha sido mi participación en aquella época.
Y no tengo que reconciliarme con nada, ni con nadie, así
que no me interesa participar de ese tipo de cosas. No voy a ir.
De ninguna manera voy a participar”.
Algunos de sus dirigidos, que asimilaron mejor
el motivo de la convocatoria, estarán presentes. Ana María
Careaga, la directora ejecutiva de Espacio para la Memoria, dijo
que será “un evento que permitirá difundir lo
que se intentó tapar con el fútbol en la Argentina
de la dictadura militar: los campos de concentración como
la ESMA, que funcionó a pocas cuadras del estadio de River,
y las denuncias que se hacían en el exterior por violaciones
a los derechos humanos”.
Este partido será un desafío si se
toma en cuenta lo que sucedió en 1998, en el 20º aniversario
del Mundial, cuando las Abuelas de Plaza de Mayo hacían una
campaña para buscar a sus nietos. Como ahora, se les pidió
que colaboraran a varios hombres del fútbol. El profesor
Ricardo Pizarotti (fallecido el 10 de marzo de 2007) integraba el
cuerpo técnico de aquella Selección del ’78
y cuestionó la palabra “lucha” en un comunicado
que había redactado la agrupación que preside Estela
Carlotto.
El 9 de julio de 2003 sucedería el segundo
episodio de esta saga de desencuentros en un Monumental semivacío.
Ante unas 6 mil personas (casi un 10% de la capacidad), otros organizadores
(esa vez desde el ámbito privado) les rindieron homenaje
a los campeones mundiales en el 25º aniversario del título.
Se abría entonces un nuevo y áspero debate sobre la
etapa más cruel de nuestra historia. Y resultaría
un karma para los bienintencionados mediadores unir bajo una misma
consigna a los protagonistas manipulados de aquel Mundial con los
familiares de las víctimas.
No pudieron interceder Julio Ricardo Villa y Claudio
Morresi, dos ex jugadores con inquietudes que exceden al mundo de
la pelota. El primero, integrante de aquel plantel que dirigía
Menotti, y su colega, un viejo colaborador de Abuelas cuyo hermano
Jorge desapareció durante la dictadura y que en la actualidad
es el secretario de Deporte de la Nación. La mezquindad de
un par de campeones del mundo (Daniel Passarella y Américo
Gallego) y la postura de Balón, la empresa organizadora del
partido que no quiso “politizar” el evento, colocaron
en una situación incómoda a los organismos de derechos
humanos que pretendían difundir sus posturas sobre el Mundial
’78 durante aquel partido jugado hace cinco años. Un
partido que se proponía recaudar fondos para los campeones
mundiales que vivían de manera precaria, con urgencias económicas.
La historia parece repetirse ahora, en la antesala
del 30º aniversario. Menotti, crítico, dice que no asistirá
el 29 de junio. El Mundial ’78 es como un guijarro en sus
zapatos. En 2003, y quizá por única vez, al entrenador
se lo vio atribulado por la dimensión política que
adquirió aquel título que ayudó a ganar: “Es
probable que haya sido permeable a aceptar algunos diálogos
con algunos tipos y que no lo debería haber hecho. Eso me
jode mucho...”, admitió. En efecto, el hecho maldito
del país futbolero es una presencia molesta que vuelve cada
diez años. Pasó en 1988, durante 1998 y ahora ocurre
de nuevo.
Hasta ciertos premios lastiman. Hubo uno que le
entregaron al público local por su buena conducta. O condición
de rebaño. O las dos cosas juntas. La Nación tituló
la noticia sobre la distinción a los espectadores locales
el 27 de junio del ’78, dos días después de
la final contra Holanda, en su portada sábana: “El
pueblo argentino recibió un galardón”. Así
comenzaba el recuadro diagramado debajo de una imagen del dictador:
“La Asociación Internacional contra la Violencia en
los Juegos Deportivos, con sede en Mónaco y que preside el
príncipe Rainiero, otorgó al pueblo argentino el trofeo
con que premia la citada entidad la corrección, generosidad
y respeto en los espectáculos deportivos”.
El último párrafo cerraba así:
“Tal vez éste es un premio muy difícil de conquistar,
pero al obtenerlo el pueblo argentino demostró al mundo que
no es imposible mantener una conducta intachable. En un campeonato
mundial es muy difícil mantener un control psíquico
riguroso y para eso hay que tener el suficiente equilibro emocional.
Los argentinos lo han demostrado y esa demostración valió,
finalmente, para alcanzar el codiciado premio”.
¿Les hubiera sido posible a los hinchas
actuar de otro modo durante los partidos del Mundial? ¿Lo
que Rainiero definía como corrección y respeto no
era tener domesticada la rebeldía y sumarse a un silencio
cómplice? A juzgar por lo que sostenía Morresi, en
una entrevista que le realizó la desaparecida revista El
Periodista el 16 de agosto de 1985, las tribunas estaban rigurosamente
vigiladas, como los trenes de la célebre película
checa dirigida por Jiri Menzel: “Fui a ver el partido inaugural
del campeonato del mundo del ’78, cuando en la cancha de River
jugaron Alemania y Polonia. Me tuve que bancar el discurso de Videla.
Me quedé de brazos cruzados puteando para adentro y advirtiendo
que entre la gente había muchos canas adiestrados para aplaudir
y que la gente se contagiara”.
Habría que analizar esta aparente contradicción.
El público de un país donde el espectáculo
deportivo se ha ganado con creces el rótulo de más
violento y obsceno del mundo en su círculo multitudinario,
recibía un premio por su buena conducta. Quizás el
único de su historia. Una historia plagada con centenares
de muertes que nos recuerdan a diario lo peligroso que resulta ir
a un estadio de fútbol en la Argentina. Aunque durante la
dictadura había cosas mucho más peligrosas que asistir
a una cancha. El terror se imponía en todas partes. El fútbol
era un circo custodiado por fieras mimetizadas en el follaje de
las banderas y los papelitos que popularizó Clemente, el
personaje de Caloi.
¿Y AYER QUE?
En junio de 1978 desaparecieron 63 personas en
todo el país y Adolfo Pérez Esquivel, quien ganaría
el Premio Nobel de la Paz dos años después, era liberado
el viernes 23, dos días antes de la final. La inmensa mayoría
de los medios se subordinaba a las directivas de la Junta, con escasas
excepciones, como el Buenos Aires Herald que dirigía el británico
Robert Cox. El 14 de abril había fallecido en Buenos Aires
el único periodista deportivo que se oponía a la realización
del Mundial desde que el torneo había sido otorgado a la
Argentina: Dante Panzeri. Incluso desde mucho tiempo antes que los
militares dieran el golpe del ’76.
La antítesis de Panzeri, el periodista Enrique
Romero, que había redactado una carta apócrifa del
futbolista holandés Ruud Krol a su hija, trabajaba en la
revista El Gráfico. “Mamá me contó que
los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos te
dijeron cosas muy feas que pasaban en la Argentina. Pero no es así.
Es una mentirita infantil de ellos. Papá está muy
bien. Aquí todo es tranquilidad y belleza. Esta no es la
Copa del Mundo sino la Copa de la Paz”, escribió el
corresponsal en la provincia de Mendoza, donde se concentraba el
seleccionado que saldría subcampeón mundial.
Héctor Vega Onesime, el director de El Gráfico
–citado por Llonto en su libro–, recordó que
“con el escándalo encima, incluyendo una protesta del
embajador holandés en la Argentina y la amenaza del equipo
de retirarse del Mundial, la cuestión se solucionó
con una conferencia de prensa en la que Krol desmintió la
carta”. Romero pidió disculpas, pero ya era tarde.
Sería un eslabón menor en la cadena informativa de
obsecuentes del régimen y el autor de un texto que el gran
jugador holandés calificó como “indigno, artero
y cobarde”.
El Gráfico y José María Muñoz,
el relator de América, sí se transformarían
dentro del periodismo deportivo en los iconos de aquello que, ya
en democracia, la revista Humor denominaría “La prensa
canalla”. Las publicaciones de editorial Atlántida
(El Gráfico y otras del mismo sello como Gente, Somos o Para
Ti) se convirtieron en las house organ de la dictadura con ciertos
periodistas que superaban como apologistas a los voceros de uniforme
más consustanciados con el régimen.
Renée Salas, de Gente, se anotaba primera
en la lista. “Recorría las redacciones de Paris Match,
L’Express, Le Point, Le Monde y Le Figaro ‘para conocer
las razones que los llevan a publicar notas contra la Argentina
y qué argumentos tienen. En toda Europa hay una moda antiargentina.
Es la moda de los intelectuales de izquierda. Es mucho más
nota un jefe montonero que yo, y eso no lo dudes’, diría
una vez terminado el campeonato” (El terror y la gloria, Abel
Gilbert y Miguel Vitagliano, Editorial Norma).
Dos meses después de finalizado el Mundial,
en la Revista Argentina ante el Mundo (septiembre-octubre del ’78),
los periodistas deportivos Mauro Viale y Marcelo Araujo escribieron:
“Fue el milagro argentino. Nadie discute que el país
ganó el Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 antes
de que se diera el puntapié inicial. Su organización,
lograda contra los presagios, sorprendió al mundo. (...)
Los periodistas argentinos que tuvimos que convivir con nuestros
colegas extranjeros durante esos días pudimos comprobar cómo
en los más honestos de ellos –afortunadamente la mayoría–
se disolvían los prejuicios que traían de sus países
merced a la insidiosa propaganda motorizada por las organizaciones
subversivas y los ingenuos de siempre. (...) Es cierto que los argentinos
todos vivieron por primera vez en décadas la oportunidad
de salir a la calle bajo una sola bandera. Después de cuatro
o cinco años de sufrir una guerra sucia, la guerra desatada
por la subversión, surgió la ocasión de expresar
entusiasmo” (extraído de Decíamos ayer, de Eduardo
Blaustein y Martín Zubieta).
La cronología de esos días es como
un calidoscopio donde el fútbol y los actos de gobierno se
confunden como los gritos de gol en el estadio Monumental con los
gritos de dolor arrancados por la tortura en las mazmorras de la
ESMA.
El 1º de junio comienza el Mundial con el
aburrido empate en cero entre Alemania y Polonia. El 7, en base
a un informe del Fondo Monetario Internacional que cita el diario
La Prensa, se atribuye a la Argentina la tasa de inflación
más alta del mundo, con el 172,9 por ciento anual. El 15
de junio, La Nación reproduce una breve declaración
del general Videla sobre el partido que Argentina le gana 2 a 0
a Polonia: “Es una gran victoria para el deporte y para el
país”. El 24, un día antes de la final del Mundial,
el canciller Oscar Montes (un hombre de la Marina) sostiene en la
séptima Asamblea General de la OEA que “en la Argentina
no existen violaciones a los derechos humanos”. El 25, la
Selección Nacional derrota a Holanda por 3 a 1 con dos goles
de Mario Kempes y uno de Daniel Bertoni, tras los 90 minutos reglamentarios
y el tiempo suplementario. Y el 5 de julio, Videla agasaja con un
almuerzo al plantel conducido por Menotti en la residencia presidencial
de Olivos.
El día siguiente a la obtención de
la Copa, el diario La Razón reprodujo declaraciones de José
Alfredo Martínez de Hoz, el ministro de Economía de
la dictadura: “Debemos seguir jugando el gran partido del
proceso nacional, en el cual el triunfo final va a depender no sólo
del gobierno sino del esfuerzo y participación de cada uno
de los argentinos. Juntos lograremos la victoria”.
El proceso era el Proceso de Reorganización
Nacional, el pomposo título con que la dictadura definía
su propio destino manifiesto. Mientras los buenos augurios políticos
quedaban en manos del funcionario civil más representativo
del régimen militar, las conjeturas sobre el valor simbólico
que se le atribuía al torneo corrían por cuenta de
la prensa deportiva. La realización del Mundial era para
ese sector una conquista suprema y ayudaba a mitigar los males de
todos, según la visión de Juan de Biase, el responsable
de la sección Deportes de Clarín: “Es probable
que, en lo individual y en lo colectivo, nos haga olvidar durante
un mes de la problemática personal y nacional. Aceptémoslo.
Es cierto”, escribió el 1º de junio.
ALGUNAS CONCLUSIONES
Un buen tónico para la memoria pueden resultar
las conclusiones sobre el Mundial ’78 de instituciones y personajes
influyentes en la vida nacional que, treinta años después
aún conservan intacto su poder. La Sociedad Rural y un empresario
como Carlos Pedro Blaquier son apenas un par de ejemplos.
En los Anales de la organización agropecuaria
de 1978, Celedonio Pereda, su presidente, dejó sentada su
posición: “En estos días se ha evidenciado otro
éxito fundamental del gobierno y es que se ha logrado en
poco más de dos años, a pesar de las dificultades
que todos hemos debido soportar, una extraordinaria unidad y reafirmación
del espíritu nacional. (...) Esperemos que los periodistas
de todas partes del mundo que nos visitan, fieles a su lema de informar
con objetividad, transmitan con veracidad lo que han visto. Así
se acabará con la difamación que aquellos argentinos
descastados hacen correr en los medios informativos de Occidente,
utilizando para ello el producto de sus asaltos y secuestros”.
Blaquier, el dueño del conocido Ingenio
Ledesma ubicado en la ciudad jujeña de Libertador General
San Martín, iría más lejos que su colega Pereda.
Propietario de una empresa que colaboró con la desaparición
de sus trabajadores durante la recordada “Noche del apagón”
(el 27 de julio de 1976), solía cartearse con Martínez
de Hoz, preocupado por la imagen que los medios extranjeros divulgaban
sobre el país. En uno de esos intercambios epistolares con
el ministro, le confió cómo había gestionado
publicidad encubierta favorable a la dictadura en la revista Time:
“Con la misma franqueza con que ellos me habían propuesto
el negocio, yo les decía que Ledesma no estaba dispuesta
a hacer publicidad en una revista que ha venido deformando la realidad
argentina a un punto tal que cabe preguntarse si es sólo
atribuible a un error o si es que hay algo más detrás
de ello. Que desde ya, los aproximadamente 10 mil dólares
que tendría que aportar Ledesma estaban a disposición
dado el interés invocado por el Ministerio de Economía,
por quien siento una profunda admiración por todo lo que
está haciendo para la recuperación de la Argentina
en medio de enormes dificultades. Que una salida podría ser
que Ledesma entregase su aporte a otra empresa que quisiese aparecer
en Time, y que sumados ambos aportes esta empresa pudiese hacer
un aviso de doble tamaño”.
La campaña antiargentina que se atribuía
a los exiliados tenía su contrapartida en réplicas
como las que financiaba Blaquier. Andanadas que también eran
acompañadas por personajes como Henry Kissinger, un amante
del fútbol recibido con todos los honores por la junta militar.
“Esto, y no sólo por la conquista deportiva, es una
prueba irrefutable de lo que son capaces de hacer los argentinos”,
elogiaba tras la final del torneo.
Los militares tenían su propia tropa. Nunca
más justa sería esa expresión coloquial. Y
también, además del ex secretario de Estado norteamericano,
otros mandatarios acompañaban su gesta del ’78, como
el dictador de Bolivia, Hugo Banzer, quien asistió a la final.
Augusto Pinochet no viajó a Buenos Aires el 25 de junio porque,
tres días antes, el gobierno de Jimmy Carter había
retirado a su embajador en Santiago en protesta por la falta de
colaboración en la investigación del asesinato del
canciller chileno Osvaldo Letelier, ocurrido en Washington.
La fotografía no sería posible. Videla,
Banzer y Pinochet en el Monumental, con Kissinger como titiritero,
hubieran formado la postal más refinada de la opresión.
“La dictadura procuró que el Mundial
contribuyera al afianzamiento de su propia causa. Difícil
es precisar con certeza la magnitud de esa contribución.
Incuestionable es, en cambio, la intención con que se encaró
el acontecimiento”, señalan Ariel Scher y Héctor
Palomino en su libro Fútbol, pasión de multitudes
y de elites, editado en 1988.
El contraalmirante Carlos Alberto Lacoste, el hombre
clave del torneo, definió al evento desde la trinchera victoriosa
de los organizadores: “El fútbol ha sido un conducto
para que todo esto vuelva a empezar la grandeza argentina”.
Treinta años después, lo que perdura es un molesto
recuerdo, un campeonato mundial que nos moviliza lo peor de nuestra
historia. El Mundial ’78 no puede zafarse de ella, mal que
les pese a quienes lo jugaron o festejaron por las calles. Este
periodista, aclara, gritó los goles de la Selección.
Tenía 20 años y todavía no había empezado
a trabajar en una redacción.
Publicado: 06/06/2008
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