Un
discurso de Lévi-Strauss
ELOGIO DEL TRABAJO MANUAL (*)
Por: Claude Lévi-Strauss |
En Italia existe al parecer una expresión:
"Tener más deudas que la liebre". ¿Por qué
la liebre? Quizá porque, como dice nuestro La Fontaine, es
un animal preocupado. Pues bien, aunque me siento cargado de deudas
y por ende "liebre" hacia ustedes, tengan la certeza (...)
de que ninguna preocupación me abruma, sino sólo una
sensación de confusión y de gratitud por el honor
que hoy me hacen.
Vaya también mi gratitud a los fundadores
del Premio Internacional Nonino, puesto que nada me gratifica tanto
como un premio relacionado en el pensamiento de sus creadores con
otros –los premios Risit d'Aur– concebidos para honrar
a agricultores e investigadores dedicados a defender e ilustrar
las tradiciones campesinas.
¿Me permiten una confidencia? A lo largo
de mi vida, he recibido una buena cantidad de honores, que me fueron
conferidos no tanto por mis modestos méritos como por la
extrema longitud de una carrera activa, que duró medio siglo
(...) Ninguno me enorgulleció tanto como la medalla (...)
al "Mejor Obrero de Francia". Me gusta, por cierto, el
trabajo manual, y sólo por haberlo practicado con frecuencia
he podido, en uno de mis libros, elaborar la teoría de lo
que en francés llamamos "bricolage".
En realidad, me alegraría que un intelectual,
una vez jubilado, se viera obligado por ley a ponerse a prueba en
otra actividad; en ese caso, habría elegido sin vacilar un
oficio manual.
¿Por qué digo esto? Desde el advenimiento
de la civilización industrial, el trabajo pasó a ser
una operación en un sentido único, donde el hombre
–sólo él, siendo activo – modela una materia
inerte, y le impone soberanamente las formas que le convienen.
Las sociedades estudiadas por los etnólogos
tienen del trabajo una idea muy distinta. Lo asocian a menudo al
ritual, al acto religioso, como si en ambos casos el fin fuera entablar
con la naturaleza un diálogo en virtud del cual naturaleza
y hombre pueden colaborar: concediendo ésta al otro lo que
espera, a cambio de los signos de respeto, o de piedad incluso,
con los cuales el hombre se obliga ante una realidad vinculada al
orden sobrenatural.
El campo y la ciudad
Subsiste aún hoy una complicidad entre esa
visión de las cosas y la sensibilidad del campesino y el
artesano tradicionales. Estos, efectivamente, por seguir manteniendo
un contacto directo con la naturaleza y con la materia, saben que
no tienen derecho a violentarlas, sino que deben tratar pacientemente
de comprenderlas, de atenderlas con cautela, diría casi de
seducirlas, a través de la demostración permanentemente
renovada de una familiaridad ancestral hecha de cogniciones, de
recetas y de habilidades manuales transmitidas de generación
en generación.
Por eso el trabajo manual, menos alejado de lo
que parece del pensador y del científico, constituye asimismo
un aspecto del inmenso esfuerzo desplegado por la humanidad para
entender el mundo: probablemente el aspecto más antiguo y
perdurable, el cual, más próximo a las cosas, es también
el más apto para hacernos captar concretamente la riqueza
de éstas, y para nutrir el asombro que experimentamos ante
el espectáculo de su diversidad.
En la actualidad, nos dedicamos a organizar bancos
de genes para preservar lo poco que sobrevive de las especies vegetales
originales creadas a lo largo de los siglos por modos de producción
totalmente distintos de los practicados ahora. Esperamos también
eludir los peligros de la llamada "revolución verde",
vale decir, una agricultura reducida a pocas especies vegetales
de gran rendimiento, pero tributarias de sustancias químicas
y cada vez más vulnerables a los agentes patógenos.
¿No deberíamos ir más lejos,
quizá, y, no contentos con conservar los resultados de esos
modos de producción arcaicos, esforzarnos además por
tutelar los conocimientos insustituibles gracias a los cuales esos
resultados fueron adquiridos? Quién sabe, efectivamente,
si las amenazas que pesan actualmente sobre la civilización
occidental no los volverán, algún día, providenciales
para los que vendrán después de nosotros.
La filosofía en el origen
Tal es, me parece, la filosofía que inspiró
a los fundadores de los premios a cuyo grupo pertenece el que recibo
hoy. Y si este año se lo dieron a un etnólogo, me
parece que la razón es que esta disciplina se propone también
preservar la memoria de los géneros de vida y de nociones
que, en los países exóticos y en los nuestros, se
mantuvieron mejor entre grupos humanos pequeños que permanecieron
en contacto directo con la naturaleza. Ya lo decía Jean-Jacques
Rousseau en Emilio o de la educación: "A las provincias
más alejadas, donde el movimiento y el comercio son menores,
donde los extranjeros transitan menos, y menos se desplazan los
nativos, precisamente allí es necesario ir para estudiar
el genio y las costumbres de una nación. (...) Estudiar un
pueblo fuera de sus ciudades, porque no es en las ciudades donde
se los conocerá. (...) al país lo constituye el campo".
Pues bien, los investigadores italianos figuran
entre los primeros que pusieron en práctica esta doctrina.
Hacia mediados del siglo XVIII, uno de ellos, Giuseppe Baretti,
indagaba acerca de los usos y costumbres populares. Curiosidad que
el racionalismo romántico desarrollaría en el transcurso
del siglo XIX y que, en el último cuarto, da lugar a la creación
de esa fuente documental prodigiosa que es (...) el Archivo para
el estudio de las tradiciones populares y la Revista de las tradiciones
populares italianas, que compilan los trabajos de una pléyade
de estudiosos entre los cuales me limitaré a citar el nombre
justificadamente célebre de Giuseppe Pitrè.
Con frecuencia me he preguntado por qué
Italia es uno de los primeros países de los cuales me llegaron
señales de atención. En ningún otro se manifestó
tanta solicitud para traducirme. Entre la publicación francesa
y la italiana de algunos de mis libros, aun voluminosos, transcurrieron
tres años, o dos, o incluso apenas uno. Paolo Caruso, que
entre otros tradujo con talento Antropología estructural
y pensamiento salvaje, recordará sin duda nuestras viejas
conversaciones: fueron, creo, mis primeras conversaciones con un
escritor extranjero publicadas por la prensa. Y recordará
también que con la RAI, hace más de veinte años,
trabajamos en el primer programa televisivo, en las galerías
del Musée de l'Homme y en los jardines zoológicos
parisinos, donde él me hacía contar ciertos mitos
sudamericanos frente a las jaulas de los animales que son sus protagonistas.
(...)
Es probable que esos testimonios de interés
se expliquen en razón de dos tradiciones intelectuales en
las que su país destaca particularmente. En primer lugar,
como recordaba recientemente, por una curiosidad apasionada por
las usanzas y las costumbres populares consideradas desde la perspectiva
más concreta; y luego, otra muy diferente, florecida hacia
fines del siglo XIX, por las investigaciones de orden formal, que
dieron origen a la escuela italiana de lógica matemática.
Tal vez sea una ilusión, pero me gusta imaginar
que han podido reconocer en mis trabajos una tentativa, por cierto
rústica y torpe, de tender un puente entre los dos ámbitos.
Pues partiendo de las creencias y las representaciones de los pueblos
que viven en estrecha colaboración con la naturaleza y que
piensan en términos de colores, ruidos, olores, texturas
y sabores, he intentado extender los confines de nuestra lógica
para asir mejor ciertos mecanismos hereditarios que preceden la
actividad intelectual. Giuseppe Peano, genial fundador de la escuela
matemática italiana, se había enamorado de la lingüística
y de la historia de las ideas: tradición que se remonta a
Vico, en cuya estela algunas veces me han colocado.
En la tradición de Vico
Sería el último en pensar que a partir
de los resultados que creí alcanzar he conseguido algo definitivo.
Las disciplinas sociales y humanas no entran dentro de las llamadas
"duras", donde las hipótesis pueden ser refutables.
No hemos llegado aún a ese estadio, y dudo que se pueda llegar
algún día. En efecto, detrás de la cultura
material, las costumbres, las creencias y las instituciones, intentamos
comprender qué ocurre en la conciencia de los hombres y más
allá de ésta. Ninguno de nosotros podrá afirmar
nunca que el nivel en el cual eligió colocarse es el último;
y tampoco que, por debajo de ese nivel, se puede alcanzar otro,
y así sucesivamente en forma indefinida. (...) Simplemente
he aspirado a dar cuenta de fenómenos múltiples y
complicadísimos de una manera más económica,
y más satisfactoria para el intelecto que todo lo hecho anteriormente.
Pero con la certeza de que este estadio es provisorio y que otros,
mejores, lo sucederán.
Me basta saber que el trabajo de toda una vida
no ha sido completamente inútil y que puede servir de trampolín
desde el cual otros tomarán impulso para catapultarse más
adelante. Para un hombre que ha llegado al ocaso de su carrera,
es reconfortante, incluso exultante, recibir muestras de que su
enseñanza y sus escritos ofrecen todavía un tema de
reflexión. (...)
* Este texto, hasta ahora inédito, fue
leído por Claude Levi-Strauss en la ceremonia de entrega
del prestigioso Premio Internacional Nonino, el 1° de febrero
de 1986, en Percoto, provincia de Udine, Italia.
Publicado: 30/05/2008
www.tercaopinion.org |