Palestina
hoy
LA DESTRUCCIÓN DE UN PUEBLO
Por: Naief Yehya | La Jornada
El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurion anunció
la independencia unilateral del estado de Israel. Hubiera sido imposible
imaginar que sesenta años más tarde esa pequeña
nación se hubiera convertido en una potencia atómica
regional donde florecen las artes, la cultura, la educación,
la industria, la alta tecnología y la democracia. En un parpadeo
de seis décadas, Israel se volvió un país desarrollado
con una vibrante economía. Asimismo, se constituyó
en un Estado acorazado imbatible, con uno de los ejércitos
más poderosos del mundo y los servicios de espionaje e inteligencia
más eficientes de nuestro tiempo.
Cuando Ben Gurion declaró la independencia
se peleaba una guerra en Palestina entre los inmigrantes judíos
y los "nativos" árabes. Estos últimos fueron
fácilmente derrotados, y a pesar de que en su mayoría
fueron expulsados de sus tierras, de que sus pueblos fueron literalmente
borrados del mapa y su historia fue sepultada, el conflicto aún
no ha terminado; por el contrario, se ha exacerbado, tornado más
crudo y más complejo. La limpieza étnica del territorio
no resolvió el problema territorial sino que propició
nuevos conflictos, resentimientos irreparables y nuevas guerras
regionales, una de ellas, la Guerra de los seis días, de
1967, la que sirvió a Israel de pretexto para ocupar, en
contra de todo mandato de las Naciones Unidas, toda Palestina, las
alturas del Golán, pertenecientes a Siria, el Sinaí
egipcio y toda la ciudad de Jerusalén.
La independencia israelí es también
el día del Naqba o de la catástrofe. Un mismo evento
visto por estos dos pueblos no podría ser más distinto.
Mientras para unos representa la liberación de las potencias
europeas y la oportunidad de formar una nación, para otros
es el comienzo de un proceso de humillación, marginación,
despojo y, en un momento dado, lento exterminio en tanto que pueblo.
Sesenta años de Estado judío son también sesenta
años de guerra que pueden resumirse en un conflicto que ha
hecho a las partes sentirse más que enemigos.
El principal problema para entender el conflicto
israelí palestino es que muchas personas no saben que en
realidad se trata de dos problemas distintos. Por un lado tenemos
a una población árabe israelí (1.3 millones,
alrededor del veinte por ciento de la población) relativamente
asimilada que vive dentro de Israel, disfruta de la mayoría
de los privilegios de ser ciudadanos de un país desarrollado
y tiene representación parlamentaria, aunque tengan motivos
para sentirse ciudadanos de segunda clase. Por otro lado está
la población de los territorios ocupados en 1967, que son
palestinos considerados como extranjeros, una sociedad apátrida
que lleva cuarenta años viviendo bajo un brutal régimen
militar. Esta última es una de las sociedades más
marginadas del mundo, que bajo el pretexto de la seguridad nacional
viven en una situación de estrangulamiento. Los árabes
israelíes son vistos con creciente desconfianza y temor,
ya que ante los ojos de algunos ponen en riesgo la naturaleza judía
del Estado.
Los palestinos de los territorios están
divididos entre la franja de Gaza, la cual presuntamente fue devuelta
a los palestinos bajo el gobierno de Ariel Sharon (8 mil colonos
fueron retirados pero Israel conserva el control de las fronteras,
el mar, el espacio aéreo y la prerrogativa de intervenir
en cualquier momento) y en Cisjordania. Gaza por su parte es una
zona de desastre, la región más sobrepoblada del mundo,
donde la gente padece terribles condiciones de miseria, vivienda,
sanidad, educación, miedo permanente y donde la población
civil está en el medio de la batalla entre el ejército
israelí y las milicias que obstinadamente siguen creyendo
que "lo que fue arrebatado por la fuerza deberá ser
recuperado por la fuerza". En Cisjordania y Jerusalén
este viven alrededor de 400 mil colonos en numerosos asentamientos
dispersos y conectados por vías carreteras de uso exclusivo
de los colonos.
Cualquier discusión alrededor del conflicto
árabe israelí cae inevitablemente en los mismos argumentos
cansados, en la retórica de la victimización, en las
mutuas acusaciones de terrorismo y de terrorismo estatal, en premoniciones
oprobiosas, arrebatos fanáticos y teorías conspiratorias.
Pero finalmente nada es más contundente que los "hechos
en el terreno", la materialización de la ideología
en forma de la prisión ghetto más grande del mundo
que es Gaza, la bantustanización de Cisjordania y el muro
de separación, esa nueva "cortina de hierro", cerco
de lamentaciones que es la trinchera y frente de combate del "choque
de las civilizaciones".
En una tierra cargada de simbolismo gastado, anodino e inane, esta
brutal, y en algunas partes gigantesca muralla, representa el impasse
a cualquier forma de conciliación y tolerancia. El muro es
un monumento de cemento y metal a la paranoia y al complejo de culpa.
Si bien es cierto que esta construcción ha reducido el número
de ataques terroristas, también lo es la renuncia definitiva
a la diplomacia y cualquier iniciativa de paz. Pero es más
que eso, ya que también representa la mineralización
del sueño del padre del sionismo, Theodor Herzl, quien ofreció
a las potencias europeas ser "un sector de la muralla en contra
de Asia, serviremos como la vanguardia de la cultura en contra del
barbarismo", como cita James L. Gelvin en su libro The Israel-Palestine
Conflict: One Hundred Years of War. Esa visión decimonónica
sigue dominando la percepción de quienes ven en ese muro
una protección contra la otredad, una evocación nostálgica
de la era del colonialismo británico, el retorno a un tiempo
donde "los salvajes sabían cuál era su lugar".
Como apunta Uri Avnery, los colonos judíos de Palestina pudieron
elegir entre integrarse y aceptarse como un pueblo asiático
de retorno a sus orígenes, pero escogieron ser los amos blancos,
modernos cruzados sin cruz.
No hay duda de que los colonos encontraron hostiles a los locales,
especialmente cuando éstos entendieron sus intenciones y
su capacidad para adquirir tierras legal e ilegalmente. El Estado
sionista fue construido a partir de la ilusión de una nación
sin fronteras que se extiende de acuerdo con sus necesidades, caprichos
y capacidades militares. Ben Gurion fue cuidadoso al no comprometerse
a ninguna limitante territorial y las fronteras determinadas por
la ONU en 1947 no tenían ningún significado para él.
A sus sesenta años, el Estado de Israel sigue padeciendo
curiosas pesadillas, temiendo desaparecer entre masas árabes
que se reproducen velozmente, aterrados por ser tirados al mar o
eliminados por enemigos pavorosamente inferiores como los grupos
Hamas y Hezbollah o borrados por imaginarias bombas atómicas
iraníes. A sus sesenta años Israel no tiene proyecto
alguno de paz ni intención realista de negociar, ya que la
paz implica confrontar al movimiento de los asentamientos, una masa
en su mayoría radical, indisciplinada, apocalíptica,
racista y cegada por el fervor religioso. Los colonos que viven
una fantasía inspirada tanto por la Biblia como por John
Wayne y el mito del viejo Oeste estadunidense, han logrado secuestrar
la situación política y dictar sus términos
lunáticos al Estado.
Más que temer por la supervivencia, a sus
sesenta años Israel debería temer por su legado, por
preguntarse si vale la pena seguir nutriendo aún el resentimiento
y si el pragmatismo del despojo, la depredación y la marginación
es decente o moral. Es tiempo de reconocer que no se puede ser una
sociedad democrática y al mismo tiempo un pueblo invasor
y opresor. Es hora de considerar que la única solución
es una sola Palestina o Israel, completa, un Estado libre, laico,
democrático, pacífico, con libertad de credo (pero
que censure a los líderes carismáticos fascistas),
donde los mitos religiosos y fantasías místicas no
tengan peso político y, sobre todo, un Estado donde todo
mundo sea igual ante la ley.
Publicado: 23/05/2008
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