El
terrorista
JOHN UPDIKE Y EL PAÍS DEL APOCALIPSIS
Por: Robert Stone/ The New York Times
John Updike analiza los Estados Unidos en su ficción
y sus ensayos desde hace unos cincuenta años y reflexiona
sobre su arte e historia al tiempo que documenta sus progresiones
volátiles. En añoranzas, ocasionales autodescubrimientos
y habituales autoengaños, los personajes de sus novelas y
cuentos demostraron la desesperación con que los estadounidenses
tratan de encontrar cierto equilibrio ante el cambio vertiginoso.
Si se evaluara el trabajo de Updike en términos
sociopolíticos ya obsoletos, podría decirse que examina
nuestra lucha por conservar un centro viable para la vida interior
mientras soportamos la fuerza más revolucionaria de la historia:
el capitalismo estadounidense. Según algunas versiones, el
término "estadounidización" se acuñó
en Francia en el siglo XIX, e incluso en ese entonces parecía
rodeado de cierta cautela, de una precaución profética.
En la actualidad, nadie que hable de "estadounidización"
en el exterior –y muy pocos de quienes lo hacen en los Estados
Unidos- , usa el término en un sentido positivo. La palabra
"globalización", usada de forma negativa, pasó
a hacer las veces de virtual sinónimo.
Qué tan clara fue en realidad la "estadounidización"
estadounidense, y qué tan estadounidense sigue siendo, son
preguntas que aún no tienen respuesta. Sin duda los Estados
Unidos fueron el primer país que experimentó los procesos
que ahora se designan mediante ese nombre. Es probable que surgieran
de la Guerra Civil y sus consecuencias. Lo que se sugería
eran dólares rápidos adquiridos de forma primitiva
con dinero nuevo, el implacable sometimiento de la tierra y la población
aborigen, así como la confusión, el sufrimiento y
el caos que ocasionaron minas, ferrocarriles y fábricas.
El término evoca la transformación del paisaje en
formas mecánicas artificiales, la conversión de la
noche en día, la velocidad por la velocidad misma, una pasión
irracional por la novedad a expensas de la calidad, la veneración
de la trampa. Lo que para muchos resultó más amenazador
fue que la "estadounidización" también implicó
hacer a un lado el orden social en aras del lucro, un sistema de
clases basado en el dinero, una población desarraigada y
dislocada, un desorden caprichoso de las prioridades. Hay personas
mayores que pueden dar testimonio, sobre la base de relatos de sus
antepasados, de que a muchos estadounidenses tampoco les importaba
mucho lo que ahora se conoce como "estadounidización"
y de que, irónicamente, algunos responsabilizaban de ello
a influencias extranjeras.
Este análisis tiene más relación
con una apreciación de la nueva novela de John Updike, Terrorista,
de lo que podría pensarse en un primer momento. Una de las
cosas más interesantes del libro es su convergencia de consideraciones
respecto de cómo es este país y la forma en que aparece.
Los puntos de vista son los de un estudiante secundario estadounidense
de ascendencia irlandesa y egipcia que está deslumbrado por
el Islam; el de un inmigrante libanés mayor; el de del hijo
estadounidense de ese inmigrante; y el de un imán yemenita
ambiguo que es el profesor de religión del estudiante secundario.
En una escena, el chico, que acaba de graduarse,
y su jefe libanés-estadounidense hablan de historia de los
Estados Unidos mientras pasan en auto por algunos de los campos
de batalla de la revolución. El joven, Ahmad Mulloy, lamenta
la victoria de los estadounidenses. Si las colonias hubieran vuelto
a la obediencia a Gran Bretaña, dice, el lugar podría
haberse convertido en "una suerte de Canadá, un país
pacífico y sensato, si bien infiel."
"No sueñes", dice el jefe, que
es una figura de conflicto e intriga. "Aquí hay demasiada
energía para la paz y la sensatez."
El ámbito en el que transcurre esta parábola
del siglo XXI es el norte de Nueva Jersey, el paisaje familiar de
ciénagas industriales que albergan los restos decadentes
de lo que alguna vez fueron ciudades de inmigrantes que prosperaban.
Si bien constituye el opuesto de las orgullosas torres de Manhattan,
buena parte le habría servido a F. Scott Fitzgerald como
modelo del valle de cenizas de El gran Gatsby, donde desde una cartelera
del margen oriental de la ciudad los ojos ciegos del óptico
T. J. Eckleburg dominaban las desesperadas idas y venidas de un
país desorientado hace ochenta años. Sin embargo,
la imagen que anima el cielo de Jersey, tan presente aún
en la memoria que puede servir como tótem, es la torre de
humo que asciende y reemplaza el dominó alargado que había
imperado como un ídolo en la llanura. El 11 de septiembre
de 2001 fue el día en que todos los ojos miraron ese cielo
y en que murieron centenares de hijos e hijas de Nueva Jersey. Nueva
York, al igual que la ciudad de Ad del Corán, recibió
un golpe debido a su riqueza y su orgullo, y fue como si el costado
oscuro y hostil de nuestras tradiciones religiosas hubiera venido
por nosotros para satisfacción de Osama bin Laden y Jerry
Falwell.
La presencia invisible pero de alguna forma inmanente
del infierno del 11 de septiembre en Nueva Jersey sirve para recordarnos
que Updike, cuyo trabajo nunca se apartó mucho de sus preocupaciones
religiosas, escribió antes sobre el apocalipsis. En su novela
inquietante y no resuelta Hacia el fin del tiempo (1997), presenta
unos Estados Unidos devastados por la guerra y el crimen, con un
cielo acosado por una segunda luna monstruosa –la llama toro-
que pende sobre la tierra como una parodia de la gracia. Los Estados
Unidos en los que transcurre esta nueva historia no son tan monstruosos
ni surrealistas, pero su agotamiento moral es casi igual de intenso.
No son fuerzas metafísicas las que presiden el juicio, sino
un conjunto de inmigrantes religiosos, seguros de sus propias convicciones,
persuadidos de que éstas les permiten ver más allá
de las pretensiones de su país adoptivo y corregir las cosas
mediante la matanza. Terrorista no contiene los elementos simbolistas
y surrealistas que están presentes en Hacia el fin del tiempo.
Sus personajes viven, en su mayor parte, en una Nueva Jersey real
y son individuos creíbles.
La madre de Ahmad, Terry, es una aspirante a artista
a la que abandonó su marido egipcio y trabaja como asistente
de enfermería en un hospital local. Agotada, frustrada tanto
en el amor como en el trabajo, tiene poco tiempo para su hijo inteligente
y sensible, que la rechaza al llegar a la adolescencia. La única
persona que se interesa por Ahmad es el psicopedagogo de su escuela,
Jack Levy, que visita la casa de éste con información
sobre universidades. Tal vez sea algo difícil creer que ese
Jack cansado y al borde de la jubilación, dedique tanto esfuerzo
a la suerte de un adolescente hostil. Tal vez sea un tutor demasiado
dedicado a su tarea como para parecer verosímil, pero de
todos modos Updike lo hace creíble al principio. Poco después
se desarrolla un romance entre Levy, que no es feliz en su matrimonio,
y Terry Mulloy. Para Jack es un consuelo tardío e inesperado.
Para la cínica Terry, en cambio, supone un compromiso limitado.
Mientras tanto, el imán Rashid inclina a
Ahmad hacia el manejo de camiones. También responde las preguntas
del chico sobre la fe de una forma casuística que molesta
a Ahmad, que es una persona religiosa cuya fe tiene rasgos de un
misticismo casi sufí. La instrucción religiosa de
Ahmad proporciona la oportunidad para algunos largos discursos sobre
el Islam en el mundo moderno, una de las áreas didácticas
de la novela para la que algunos lectores pueden no tener demasiada
paciencia. Pero esos diálogos, así como las reflexiones
que generan en Ahmad, sirven a las intenciones de Updike: el análisis
de los Estados Unidos contemporáneos expuestos a las pasiones
del mundo no estadounidense. Updike puede imaginar muy bien los
resentimientos moralizadores que este país alienta en el
corazón de quienes al mismo tiempo carecen de privilegios
y son tradicionalistas. Por otro lado, la historia no es un catálogo
de autorrecriminaciones. Las tensiones están bien equilibradas
y los puntos de vista se presentan de forma clara y, en ocasiones,
irónica.
A través del imán, Ahmad consigue
trabajo en una compañía de muebles propiedad de inmigrantes
libaneses. Uno de los viajes que realizan para cargar muebles es
la escena de la conversación a la que me referí antes,
en el transcurso de la cual el hijo del propietario libanés-estadounidense,
Charlie, brinda a Ahmad nuevos elementos sobre los Estados Unidos
y las alternativas del Islam, para lo cual resume las campañas
de George Washington en 1776-1777 con tal riqueza de anécdotas
que los entusiastas del reciente 1776 de David McCullough sentirán
que Charlie también lo leyó. Imaginar que lo hizo
no resta nada a la caracterización del personaje; en realidad
parece lo adecuado. También amplía los fines didácticos
de Terrorista, que parecen ser su principal objetivo.
La última parte de la novela está
llena de suspenso. Ahí convergen una trama efectiva, que
tal vez abuse de las relaciones casuales, una provocación
cuestionable y actos de heroísmo de diversa motivación.
Parece estar pensada como una fábula, y toda buena fábula
exige cierta audacia. Los elementos más satisfactorios de
Terrorista son aquellos que nos recuerdan que ninguna cuota de alegatos
puede liberarnos de la historia, no importa qué tan desmemoriados
o indiferentes podamos ser. Al decidir el destino de imperios, esa
historia no admite inocentes y no perdona a nadie.
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