Reflexiones
de Tercaopinión
¿EL PERÚ EN LA ENCRUCIJADA?
Por: Efraín Rúa
Ha transcurrido un año desde que un grupo
de periodistas e intelectuales iniciáramos la tarea de editar
Tercaopinión para recoger opiniones sobre el país
en el que vivimos y los sucesos que afectan al mundo. Queríamos
hablar del Perú fracturado por las desigualdades sociales,
un país en el que la pobreza alcanza a la mitad de los 28
millones de peruanos. Una pobreza que mata niños por el friaje
o por la falta de atención sanitaria, allí donde se
extrae el gas de Camisea, el plomo de Cerro de Pasco, o el oro de
Cajamarca.
El Perú de los niños contaminados
con plomo en la sangre, el país en el que el propulsor de
los beneficios a las mineras, Pedro Pablo Kuczynski reconoce pérdidas
estatales de 22 mil millones de soles en los últimos seis
años, como consecuencia de las sobreutilidades de las empresas.
Aunque otros, como el economista Humberto Campodonico, estiman que
esas cifras se quedan cortas y que solo las pérdidas de los
dos últimos años superan los US$ 2,500 millones.
El país en que el 25% de los niños
nativos muere antes de cumplir los 11 años, en las comunidades
de Amazonas, Madre de Dios y Ucayali, allí donde no existe
el Estado y donde manda la ley del que tiene dinero. Allí
donde el 50% de los adultos fallece antes de cumplir los 42 años,
cifra inequívoca de que los organismos de Salud no funcionan
o simplemente no existen. Y esa es precisamente la zona de mayor
biodiversidad del mundo, en el que existen cientos o miles de plantas
medicinales, de las que nos beneficiamos algunos conocedores. No
hay que ser adivinos para advertir que algo terrible (¿la
contaminación?) debe estar ocurriendo para que las comunidades,
poseedoras de una cultura ancestral, se extingan en inexorable muerte
lenta.
El país en el que abundan los problemas
ambientales sin que exista un organismo que supervise las actividades
de las empresas. En el que entes como la Defensoría del Pueblo
reclaman la necesidad de fiscalizar a las empresas desde el momento
de la entrega de las concesiones, pasando por la exploración
y la explotación. Y eso es precisamente lo que no se quiere
hacer. El sacerdote Marco Arana ha dicho que lo que “el Perú
necesita es una autoridad ambiental autónoma y lo que se
creó es un ministerio que no tiene capacidad fiscalizadora”.
Nadie puede negar en su sano juicio que las actividades extractivas
tienen un fuerte impacto en la población, en el agua y los
suelos, pero el gobierno no quiere problemas con los poderosos.
Pero si alguien reclama, le meten bala.
Estas realidades muestran las graves fracturas
del Perú de hoy, sus grandes desigualdades que ayer posibilitaron
la irrupción de Sendero Luminoso y el MRTA, experiencia de
la que la clase política peruana no sacó ninguna lección.
De otra manera cómo explicarnos la inacción del gobierno
y las élites frente a los graves e irresueltos problemas.
Cómo entender el llamado a no afectar las ganancias extraordinarias
de las transnacionales mineras, ridícula postura que llevó
a aplicar un óbolo minero que representa una cachetada a
la dignidad de los peruanos y que fuera respondido con suma indiferencia,
pues cinco mineras no dieron un centavo, mientras que otras 14 no
aportaron ni el 20% del mínimo exigido.
Este es el país en el que los trabajadores
son considerados como el último eslabón de la cadena
de producción, en el que tienen que realizar jornadas de
14 horas diarias para llevarse un pan a la boca, en el que no existe
seguridad social ni prevención de accidentes. Un país
en el que se imponen modelos de desarrollo basados en la mano de
obra barata, sin sindicatos y con contratos a plazo fijo, como ocurre
con el sector agroexportador, que ocupa hoy el lugar de las antiguas
haciendas con iguales o peores formas de explotación.
El país en el que se promueven tipos de
cultivo basados en la rentabilidad y no en las necesidades del consumo
de los peruanos, ocasionando masivas importaciones de alimentos,
en un país que fue la salvación de Europa, gracias
a la papa y otros productos nativos que ahora pretenden desplazarse
por productos supuestamente rentables o peor, transgénicos.
Un país en el que se promueve la agroexportación con
mano de obra barata, lo que representa un subsidio laboral de US$
40 millones anuales. Es gracias al hambre y la miseria de muchos
peruanos que se edifica un boom agroexportador que beneficia a grupos
de poder locales y extranjeros. Y si alguien duda, que le pregunte
a los damnificados del sismo en Ica.
En ese panorama, los pequeños y medianos productores agrarios
son abandonados a su suerte, teniendo que competir con productos
importados que reciben subsidios en sus países de origen,
además de rebaja de aranceles otorgados gratuitamente por
el gobierno a los importadores locales. En esas condiciones, a quién
le puede extrañar el colapso de las parcelas campesinas y
que a fines del 2007, la deuda de 32,130 pequeños agricultores
alcance los 341.8 millones de soles. Y en medio de esa crisis, se
otorga el 70% de los bonos para el Rescate Financiero Agrario a
grandes empresas con deudas superiores a los 100 mil dólares.
Signos de la corrupción de los tiempos.
Qué país puede encontrar el desarrollo
en ese camino, a quién puede extrañar que sin respaldo
a la industria y a agricultura las cifras de crecimiento sean ficticias
para el grueso de peruanos. Hasta las cifras del Instituto Nacional
de Estadística e Informática (INEI) comienzan a reflejar
la realidad y muestran que el PBI sólo ha crecido 5,5 por
ciento en el mes de marzo, el rango más bajo de los últimos
dos años. En tanto que la inflación, medida en los
últimos doce meses de marzo del 2007 a marzo del 2008, ha
llegado al 9,1 por ciento, azuzada por el incremento del precio
de los alimentos.
Mientras el bolsillo del común de los peruanos
se reduce cada vez más como consecuencia del fenómeno
inflacionario, el de las empresas continúa boyante como lo
reflejan las cifras del 2007, en el que la tasa de rentabilidad
patrimonial de las 10,000 primeras empresas se situó entre
28 y 29%, cifras que pocas empresas en el mundo logran obtener.
Tal vez a esas cifras de crecimiento se refiera el presidente Alan
García cuando habla de las bondades del modelo económico
que implantó Fujimori y que él respalda sin tapujos.
Como lo señala Humberto Campodónico, una tasa de rentabilidad
del 29% significa que el patrimonio se recupera en algo más
de 3 años.
En medio de ese paraíso, los salarios cayeron del 25 a 21.8%
del PBI entre el 2001 al 2006, mientras que las ganancias de las
empresas subieron de 58.7 a 62%. El problema se agudiza en la sierra
sur, donde los niveles de pobreza superan el 65%, como ocurre en
Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Tal vez por eso, Alfredo
Torres, de Ipsos-Apoyo, le dijo a The Economist: “A menos
que los políticos hagan un mejor trabajo de defensa de la
revolución capitalista y extiendan sus beneficios, se verán
amenazados por la amargura de aquellos que sienten que se quedan
afuera".
En medio de esa incertidumbre, se pretende insertar
a la economía peruana en la competencia por los mercados
mundiales, cómo si tuviéramos alguna posibilidad.
Solo Alan García y sus ayayeros ponen por delante el interés
de las transnacionales, que quieren asegurar sus ganancias con tratados
multilaterales o TLCs, que perjudican los intereses del país
y de sus mayorías. No les importa incluso entrar en colisión
con países vecinos, como lo denunció Evo Morales al
advertir que Perú y Colombia quieren excluir a Bolivia de
la negociación comercial con la Unión Europea (UE),
pretendiendo descuartizar así a la Comunidad Andina (CAN).
La respuesta del pueblo peruano a los TLCs suscritos
por el gobierno los conoceremos en los próximos meses, pero
eso será parte de una nueva historia que también se
recogerán en esta espacio. Esa es la tarea de Tercaopinión.
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