Reflexiones necesarias

QUÉ Y CÓMO CAMBIAR EL PERÚ

Por: Juan Cristóbal

En un país como el nuestro, desgarrado moral, política y culturalmente, donde parecemos vivir en un manicomio (terrorismo de Estado), donde hay gente que muere de hambre y de enfermedades curables (a pesar de las caridades sociales de por medio), donde la corrupción, la violencia criminal y callejera aumenta y campea como un perro sarnoso por su casa, donde la desesperanza es el pan de cada día, y la mentira e hipocresía de los partidos políticos, economistas, sociólogos, historiadores, periodistas, escritores y tantos más, es el arma permanente de la traición, el arribismo y la infamia, donde el sistema capitalista salvaje es el capítulo de fe y el úkase de todo tipo de gobierno, donde el crimen, la matonería y el lumpenaje es una forma de burocracia y de religión devorando nuestras arcas y economía, ya no podemos preguntarnos, porque sería ocioso, absurdo e inveterado, lo que se interrogaba Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió el Perú?, sino responderse ¿cómo se jodió y sigue jodiendo el Perú?

Cualquier respuesta, desde la óptica que se plantee, si es honesta y transparente, implica, y debe implicar, un cambio decisivo y profundo en el país.

Bajo esta perspectiva, una transformación en el Perú significaría, desde mi punto de vista, una revolución socialista (o sea, hacer nuestra historia y no aceptarla, como diría Galeano). Una revolución donde se derroten a las clases poderosas, donde se transformen a las Fuerzas Armadas, corruptas y criminales, y no las fuerzas tutelares que nos han endilgado estúpidamente, donde una alianza de sectores sociales (clases, etnias, etc.) sea la vanguardia de un nuevo tipo de poder, humanista, cultural y democrático.

Bajo las ideas centrales de Marx y del comandante Ernesto Che Guevara, añadiríamos la idea sustantiva e iluminada de Rimbaud para este cambio que urgentemente necesitamos. Me explico. Ya no es suficiente transformar la sociedad para que se produzca lo que estamos planteando, sino que también es importante y definitivo, la idea del poeta vidente, cuando afirmaba, lo nuclear que era transformar al hombre y su conciencia, para modificar la sociedad.

La historia nos ha demostrado que se puede remodelar la sociedad, pero si la conciencia del hombre no se transforma, y sigue arrastrando eternamente los lastres nefastos del capitalismo, ese cambio queda ridiculizado y se derrumbarán sus muros, como se derrumbaron los ya conocidos. Y esos dos cambios si son posibles a realizar. Porque todo proyecto revolucionario tiene que producirse en el tiempo y justamente allí, en ese tiempo de acción y de combate en la vida diaria y política, debe también irse transformando y educando la conciencia del hombre. Cuestión que jamás se produjo ni en los mal llamados “países socialistas”, ni en los diversos grupos políticos de nuestra país, donde solamente se disputaron, en momento electorales (y también en sus ONGs), “cuotas de poder personal”, de forma mezquina y egoísta, por una parte, y por otra, en los llamados movimientos subversivos, se dio prioridad el “elemento militar” que llevó a un sectarismo y dogmatismo, a una falta de imaginación y creatividad en el estudio y conocimiento del país para plantear cambios sociales imaginativos, y lo que es peor, a utilizar las mismas armas del enemigo: el método terrorista ciego e indiscriminado. Autocrítica que aún les falta por realizar. Igual que a las Fuerzas Armadas y sus grupos de aniquilamiento.

Cuando este dilema –transformar la sociedad y la conciencia del hombre- sea asumido de una manera responsable y sin mentiras por los partidos o frentes políticos y sociales, por los gremios e instituciones (de todo tipo y género) veremos una luz germinal al final túnel. Porque ya es tiempo de ir caminando con las adargas bajo el brazo, sintiendo los costillares de Rocinante, para no seguir haciendo culto y reverencia, de manera permanente, a la paz de los cementerios.

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