Bolivia
en la encrucijada:
GRAVE FRACTURA EN BOLIVIA
Por: Rodrigo Montoya Rojas
¿Sabían ustedes lectoras y lectores
que la primera constitución de Bolivia (1825) fue redactada
por Bolívar y sus amigos en Lima, antes de haber puesto un
pie en el territorio de lo que entonces se llamaba “Alto Perú”?
Prácticamente en todos los países de América
Latina, quienes hicieron las constituciones fueron los criollos
descendientes de españoles y portugueses. En países
como Ecuador, Bolivia y Perú, no fueron invitados al banquete
los llamados indios que representaban cuatro quintas o tres cuartas
partes de la población.
Por esta exclusión de principio nacieron
los estados naciones con un estado, una nación, una lengua,
una religión, ignorando por completo a los habitantes originarios.
Tampoco los pueblos indígenas estuvieron en condiciones de
exigir una invitación ni de presentarse al banquete republicano
porque a la derrota de la primera revolución nacional indígena
dirigida por Túpac Amaru y Túpaq Katari, en 1781,
le siguió el exterminio de cada uno de los miembros de las
familias de ambos líderes y la liquidación de todos
los indígenas que habían aprendido a leer y a escribir
y que podrían haber seguido su ejemplo.
Cuando Evo Morales fue candidato a la presidencia
de Bolivia, los pueblos indígenas y la multitud urbana organizada
le dijeron, desde El Alto: si el Movimiento al Socialismo, MAS,
no nacionaliza los hidrocarburos y si no convoca a una Asamblea
Constituyente te retiraremos el apoyo y exigiremos en las calles
que abandones la presidencia como lo hicimos antes con los presidentes
González de Lozada y Meza. Una vez elegido presidente, Evo
Morales cumplió su compromiso. Logró que el Estado
boliviano reciba el 82% de lo producido por las grandes empresas
y que éstas se conformen con el 18 % restante. Invirtió
las proporciones porque antes de su gobierno las empresas multinacionales
se llevaban el 82 % y al Estado le quedaba solo el 18 %.
Por esa osadía política los neoliberales
que controlan gran parte de los medios de comunicación en
el continente anunciaron la inminente catástrofe y desaparición
de Bolivia. Por su lado, los dueños de Santa Cruz y el oriente
boliviano amenazaron con dividir el país. Luego de la nacionalización
de los hidrocarburos, las empresas multinacionales no se fueron
del país, se quedaron porque con el simple 18 % sus negocios
siguen siendo rentables.
El segundo compromiso del gobierno fue convocar
a una nueva Constituyente para que por primera vez en la historia
republicana de Bolivia la carta nacional sea aprobada con la participación
de los pueblos indígenas y exprese plenamente sus derechos.
Si desde 1825 hasta hoy la constitución sólo representa
a una de las naciones bolivianas, el momento había llegado
para que Bolivia sea definida como un Estado Multinacional en el
que todas las naciones del país -aimara, quechua, guaraní
y otras de la Amazonía- sean tomadas en cuenta y se respete
sus derechos colectivos. En otras palabras, con una Constitución
nueva de ese tipo, terminaría el omnímodo poder de
los “q’aras” (españoles y criollos) o calatos
de la derecha boliviana que siempre tuvieron el poder.
Por estas dos grandes decisiones políticas
la derecha boliviana quiere que el “indio” Evo Morales,
ese “indio maldito” como lo llaman en Santa Cruz y en
Tarija, pague su atrevimiento, sea echado de la presidencia y “se
muera” si las circunstancias lo permiten. Hasta ese punto
de fractura llegan el viejo racismo colonial y la política
reaccionaria de la derecha sin medias tintas ni hipocresías.
Conviene recordar que a diferencia de todos los
presidentes de América Latina en ejercicio de sus cargos
Evo Morales ganó en primera vuelta con el 54 % de los votos.
Esa es una mayoría sin atenuantes. Al convocar a la Constituyente,
el MAS cometió el error de sobre valorar sus fuerzas y establecer
que la nueva Constitución sería aprobada por un 80
% de los votos de la Asamblea y, luego, confirmada por un referéndum
en todo el país. Nunca antes en la historia de Bolivia, alguna
de sus 18 constituciones tuvo una participación indígena
y una aprobación superior a 50 %. Hubiera sido suficiente
que la regla fuese 50 % más uno de los votos para que sea
la constitución más representativa de toda su historia.
Ese pequeño gran error ha sido la tabla
de salvación para que la derecha boliviana reflote tratando
de bloquear la aprobación formal de la nueva Constitución
y forzando una consulta popular para afirmar la “autonomía”
de Santa Cruz.
Obligada por el éxito político de
los pueblos indígenas, la derecha boliviana dejó atrás
su viejo argumento de “una Bolivia” -la parte q’ara,
blanca, o europea del país, su Bolivia- para hablar de la
nación camba, en oposición a la nación aymara,
admitiendo en los hechos que en Bolivia hay varias naciones y no
sólo una. La revolución de 1952, destruyó el
latifundismo en las tierras altas, acabando con los hacendados coloniales
y con los siervos de hacienda, pero, al mismo tiempo, creó
un nuevo latifundismo en el oriente al entregar grandes extensiones
de tierras a los colonos que hoy son dueños de Santa Cruz
y dicen pertenecer a una “nación camba”. Camba
es el nombre de los colonos y habitantes de Santa Cruz, en el oriente,
en oposición al Kolla o habitante andino .
Hace veinte años no se oía hablar
de una “nación camba”; en otras palabras, la
lógica parece haber sido la siguiente: “¿si
los aimaras tienen una nación, por qué nosotros los
cambas no tendríamos la nuestra?”. En Santa Cruz están
los pozos de petróleo y en Tarija los pozos de gas, que son
los recursos más importantes del país. Antes, la “rosca”,
viejo nombre de la derecha boliviana, disfrutó de la plata,
el estaño y otros minerales y las grandes haciendas. Cuando
la mina maravillosa de Potosí agotó sus reservas después
de más de cuatro siglos de explotación continua, los
Andes ya no cuentan, sólo importan la Amazonía y Tarija
para seguir disfrutando de la riqueza y del poder. Esos llamados
“indios malditos” fueron importantes como obreros mineros,
y ahora ya no los quieren y preferirían que se queden solos
con sus lenguas, sus culturas, sus pobrezas y su capital, La Paz,
que está a 3,600 metros de altura.
Un acontecimiento político que precipitó
el repentino interés de la derecha de Santa Cruz por su autonomía
y o división fue una nueva reforma agraria decretada por
el gobierno de Evo Morales para expropiar las tierras sin uso de
los latifundios en la Amazonía boliviana. Una vez más,
se trata de defender sus intereses.
El concepto de autonomía está en
el centro del debate político. Se puede tener autonomía
dentro de un mismo estado multinacional, tal como lo establece la
nueva Constitución boliviana y se puede reclamar autonomía
como pretexto para dividir un estado y crear otro, tal como quieren
los cruceños que ya no se sienten bolivianos. Por ese camino,
el concepto de autonomía sería sinónimo de
división y si así fuera se trata de un contrasentido
conceptual. Rubén Costas, el prefecto de Santa Cruz, dijo
en la celebración de de la victoria, el domingo 4 de mayo:
“Hoy iniciamos el camino hacia una nueva
República, hacia un moderno Estado que en principio se formará
con los cuatro departamentos autónomos hasta convertir a
Bolivia en el Estado unitario más representativo de toda
América Latina…Con el voto se ha consolidado el inicio
de la reforma estructural de mayor trascendencia en nuestra patria.
Las urnas han dado su veredicto; los emisarios del mal no pudieron
imponer su rencor y su odio. Hoy hemos logrado una página
gloriosa en la memoria nacional para construir una patria nueva
con responsabilidad, con unidad. Debemos felicitarnos por haber
reafirmado nuestro compromiso con la democracia”. Citado por
el periodista boliviano Alex Contreras en su artículo “Bolivia
dividida” (ALAI, América Latina en Movimiento, 2006.05.’5).
Con el lenguaje de Bush este prefecto cree que
Evo Morales y su gobierno son parte del “eje del mal”.
Los ángeles del bien serían los rebeldes de Santa
Cruz que anuncian una nueva república, guardando para sí
el nombre de Bolivia, su Bolivia, y esperando que los pueblos andinos
busquen otro nombre o se llamen algo así como Bolivia 2 o
Bolivia kolla. Hace tres años, oí en Santa Cruz y
en La Paz las primeras versiones sobre una posible división
del país: los extremistas cambas decían que Brasil
podría anexar Santa Cruz y Argentina recuperaría Tarija.
No me parece políticamente serio creer que
los gobiernos de Brasil y Argentina estén dispuestos a tal
despropósito Tal vez, el objetivo mayor de la derecha boliviana
sea sacar a Evo Morales de la presidencia antes que dividir el país.
Hay, por su puesto, fracciones de derecha en La Paz, Cochabamba
o Sucre que están en el centro del conflicto, del mismo modo
que hay un pueblo en la media luna amazónica con firmes lazos
de parentesco con los Kollas de las tierras altas. Ya sabemos que
las fronteras y los territorios de los países no son definitivas,
que se provoca guerras para cambiar los mapas y se asesina presidentes
para despejar el camino de quienes se niegan a perder el poder que
tienen o de quienes tratan de recuperar el poder que perdieron.
Este es el conflicto profundo que vive Bolivia:
de un lado, una derecha -reaccionaria y racista hasta la médula-
que quiere seguir disponiendo de la riqueza y del poder sin aceptar
que los pueblos indígenas existen y tienen derechos que defender;
del otro, un pueblo indígena y no indígena que reclama
sus derechos y exige que Bolivia sea también su país.
El germen de la división, sembrado desde la invasión
española, se expande y multiplica. ¿Qué voluntad
de diálogo puede haber si se afirma que los otros son parte
del eje del mal? La unidad y el entendimiento dependen del respeto
de los otros. En tiempos de graves fracturas sociales el respeto
no tiene por donde aparecer.
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