Un
intelectual mexicano y universal
MAÑANITAS A CARLOS MONSIVÁIS
Por: Elena Poniatowska
Este chiquillo vestido de charro y a veces de
indito parado a medio estudio fotográfico que mira fijamente
a la cámara se llama Carlos Monsiváis; este niño
protestante que asiste con devoción al templo de la colonia
Portales y entona “Cristo bendito,/ yo pobre niño,
por tu cariño me allego a ti/ para rogarte humildemente/
tengas clemente/ piedad de mí” es Carlos Monsiváis;
este cuáquero y pacifista que nunca dice una mala palabra,
incapaz de hacer una grosería, este chavito que para conocerse
a sí mismo y a los demás lee con fervor, éste
que se sabe la Biblia de memoria y recita de corrido la Suave Patria,
este escuincle que respeta los días de guardar y lleva bajo
el brazo una libreta de taquigrafía y un libro de Tom Wolfe,
este infante que recibe el corazón de su madre, este pequeño
que va por la calle San Simón hacia la calzada de Tlalpan
y está a punto de subirse al autobús es Carlos Monsiváis;
este mozalbete anteojudo que se aprende todas las canciones de la
Guerra Civil Española (“San José es republicano,
la Virgen es socialista y el niño que va a nacer del Partido
Comunista.
Venga jaleo, jaleo, suena la ametralladora y Franco
se va a paseo y Franco se va a paseo”), este adolescente que
deambula por las librerías de viejo, éste que lee
Los diez días que conmovieron al mundo, de John Reed y la
Historia de las luchas sociales, de Max Beer, este muchacho que
asiste a las matinés del cine Río, esta risa estridente
que rompe el silencio como un pájaro herido, éste
que se pitorrea de los demás, éste que publica la
antología de La poesía mexicana del Siglo XX, que
sorprende y atrae el reconocimiento de todos, éste que va
a la Lagunilla y consigue grandes rebajas, éste que consagra
a la Zona Rosa, éste que se manifiesta en favor del líder
de los maestros Othón Salazar, asiste a las asambleas de
los ferrocarrileros y escucha a Demetrio Vallejo, este universitario
con los dedos cubiertos de curitas que se escandaliza por el asesinato
de Rubén Jaramillo, su mujer embarazada Epifania y sus tres
hijos no es otro que Carlos Monsiváis; este joven que podría
morir por un ideal, este cronista que sufre y resiente las injusticias,
éste que habla de cine en Radio Universidad, éste
que en el Bellinghausen se escuda tras de Laura Oseguera para cantar
“Romero, suba y dígale al Mangotas (López Mateos),
que aquí lo espera su lambiscón”, este mancebo
que aflora mordaz y lúcido tras la timidez y el pudor de
sus veintitantos años, éste en quien la inteligencia
siempre gana la partida, éste que hace huelga de hambre al
lado de Sergio Pitol y Juan de la Cabada en la Academia de San Carlos,
este escritor que legitima y consigna los movimientos sociales y
declara que el gobierno no puede cobrar venganza de nadie, su tarea
es la justicia no la represalia, éste que condena la tortura
y las desapariciones, éste solidario que refrenda su apoyo
con las minorías en cada esquina, éste que se levanta
contra las violaciones a los derechos humanos, éste que funda
un suplemento para la prevención y defensa del VIH/sida,
éste que protege a las mujeres, éste que defiende
a los animales, éste que se presenta en los sitios de desastre,
este defensor del proyecto civilizatorio, este forjador de mitos
(él mismo un mito viviente), este recogedor de perlas, éste
que sabe escuchar, éste que declara que el gobierno tiene
el deber de no recurrir a la violencia o a la revancha, este coleccionista,
este crítico de arte, este polemista, este interlocutor de
Octavio Paz, este dialoguista en La Realidad, Chiapas, con el subcomandante
Marcos, este creador de un género único en México
y de la columna más leída del país “Por
mi madre bohemios”, este amigo leal, este gurú, este
consejero áulico, este director de La cultura en México,
este espejo de la vida nacional, este sabio que redacta los desplegados
en defensa del petróleo, en defensa de las minorías,
en defensa de la libertad sexual, en defensa del Movimiento Estudiantil
asesinado el 2 de octubre, éste que patentiza su indignación
por la noche de Tlatelolco y el 10 de junio, este ciudadano, este
catequista, este heredero de Salvador Novo que ha puesto lo marginal
en el centro, este amor perdido, días de guardar, los rituales
del caos, aires de familia, escenas de pudor y liviandad, entrada
libre, crónicas de una sociedad que se organiza, no sin nosotros,
los días del terremoto 1985-2005, y un sin fin de ensayos
más (el último insuperable sobre Frida Kahlo en Debate
feminista), este analista de la cultura popular, éste que
habita sus crónicas y entra al lenguaje como a su casa, éste
que protesta, este inventor, éste que va mucho más
allá de su responsabilidad social, el San Ubicuo del nuevo
catecismo para indios remisos (la única autoparodia que se
ha permitido), éste que escribe vertiginosamente y está
en todo, éste que se replantea la vida cada mañana
y, por tanto, revoca a la muerte, el intérprete, el comunicador,
el demócrata, el museógrafo, el benefactor, este chavito
que lucha contra la ineptitud y la rigidez se llama Carlos Monsiváis,
cumple 70 años y el júbilo es general y contagioso.
Aunque diga que la popularidad lo desconcierta,
a Monsiváis lo siguen como una especie de religión
y lo siguen porque en su caso la religión es razón.
Este hombre que piensa con su sangre como lo hace con su prodigioso
cerebro, este hombre que disiente y resulta crucial para nuestra
democracia, este ser humano que practica una crítica fundamental
para México es Carlos Monsiváis, esta voz genuina
y poderosamente alternativa, éste que moviliza una gran cantidad
de energía con su sola palabra, éste a quien recurren
los caricaturistas con El Fisgón a la cabeza, este hombre
fundamental es Carlos Monsiváis quien hace 70 años
engalanó la mañana e hizo cantar las flores con su
nacimiento y ahora mismo exclama “¡Ay qué horror!”,
se da la media vuelta y nos deja con un palmo de narices.
Todo esto y más es Carlos Monsiváis.
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