No
una explosión político-hormonal
MAYO DEL 68, ALGO MÁS QUE UNA REVOLUCIÓN
ESTÉTICA
Por: César Rendueles / adn.es
Una de las más inteligentes argucias ideológicas
de la contrarrevolución liberal ha sido convencer al mundo
de que su victoria no es el resultado de ninguna batalla política,
sino una consecuencia natural del triunfo tardío de la sensatez
en una generación irresponsablemente entregada a experimentos
narcisistas tales como la sanidad pública o la educación
gratuita.
No es de extrañar, así, que la imagen
dominante del 68 sea la de un extraño caso de histeria contracultural
internacional, una explosión político-hormonal que
los más afortunados habrían sabido sublimar en exitosas
carreras públicas, mientras en los casos más aciagos
desembocó en un estado de resentimiento mórbido.
Si bien una parte del legado estético del
68 ha sido asimilado mediante un brutal esfuerzo esterilizador -en
particular, gracias a ese gran autoclave ideológico que es
la industria musical-, sus propuestas políticas han pasado
a los anales del disparate junto a los escritos de Fourier y aquel
presidente que en Bananas exigía a sus ciudadanos que llevaran
la ropa interior por fuera.
En todo caso, se alaba el idealismo, la audacia
y el entusiasmo de los protagonistas del 68, pero se condena sin
paliativos su ceguera pragmática y su afición a los
proyectos absurdos.
Las cosas son, por supuesto, exactamente al revés.
Por un lado, es manifiestamente imposible entender nada de lo que
ocurrió en 1968 si no se asume que fue el último envite
de la tradición emancipatoria del siglo XX. Una amplia corriente
política que convergió públicamente en París,
Praga y México, pero que tuvo importantes declinaciones en,
por ejemplo, los movimientos de liberación nacional que propiciaron
los procesos de descolonización del tercer mundo.
Acción y reacción
En buena medida, el 68 es una manera de nombrar un despiadado enfrentamiento
global que culminó con el triunfo de la reacción en
torno a 1977. El pachuli, las comunas y la psicodelia fueron el
atrezo de una batalla que llenó de cadáveres países
como Vietnam o Chile y, en Occidente, destruyó el consenso
de postguerra acerca de la función del estado social como
dique de contención de la jungla mercantil.
Por otro lado, si hubo algún error en el
68 fue cierta incapacidad para comprender que los proyectos de transformación
social son más una cuestión de sensatez común
que de audacia vanguardista. Acabar con la desigualdad económica,
el infierno laboral o el patriarcado son propuestas razonables.
Lo excéntrico es un sistema que permite
que al lado de mi casa un montón de ancianos rebusquen cada
noche en la basura del DIA mientras Paul Allen se gasta varios cientos
de millones de dólares en un yate con cancha de baloncesto.
Dicho a la inversa, un proyecto conceptual y materialmente
modesto, como garantizar a toda la población mundial una
dieta de, pongamos, 1.500 calorías diarias, resulta absolutamente
radical y conlleva la destrucción de una parte significativa
de nuestra sociedad tal y como la conocemos.
Por eso, puede que la principal debilidad del 68
fuera precisamente un entusiasmo y un idealismo que cristalizaron
en una especie de hipertrofia conceptual: esa tendencia a convertir
los dilemas prácticos urgentes en alambicadas cuestiones
de alta teoría. Un rasgo que, muy sintomáticamente,
han asumido con agrado tanto los adalides del turbocapitalismo como
la neosofística postmoderna.
Walter Benjamin escribió: "Marx dice
que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero
tal vez se trata de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones
son el manotazo hacia el freno de emergencia que da el género
humano que viaja en ese tren".
Titanes contraculturales
En esta dicotomía, el 68 se situó del lado del acelerador
y, así, produjo en muy poco tiempo un corpus ideológico
y estético irrenunciable. Los protagonistas del 68 se esforzaron
por convertirse en titanes contraculturales que por la mañana
apedreaban a la policía, a media mañana intervenían
en tres o cuatro asambleas, encontraban un hueco por la tarde para
participar en un seminario de semiótica y completaban la
noche con algún experimento psicotrópico.
Pero, muy posiblemente, como creía Benjamin,
la revolución es un proyecto más adecuado para pensionistas,
becarios, parados de larga duración, amas de casa, trabajadores
precarios e inmigrantes ultraexplotados: gente cansada que necesitamos
urgentemente unas vacaciones del siglo.
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