Las
raíces estructurales del hambre
LAS CRISIS ALIMENTARIAS Y LOS DESÓRDENES
Por: James Petras/ Rebelión
«Los países pobres del mundo gastarán
unos 38 700 millones de dólares en importación de
cereales este año, el doble de la cantidad que pagaron hace
dos años por las mismas cantidades y un 57 % de aumento en
relación con 2007.» Cita del senador estadounidense
Byron Dorgan en la Organización de las Naciones Unidas para
la Agricultura y la Alimentación (FAO). Financial Times,
21 de abril de 2008 p.19.
Estos últimos días, todos los bancos
internacionales importantes (el FMI, el Banco Mundial, el Banco
Interamericano de Desarrollo, el Banco de Desarrollo Asiático,
etc.), todos los periódicos y los medios de comunicación
financieros importantes se han visto obligados a reconocer que está
teniendo lugar una crisis alimentaria importante, que cientos de
millones de personas están abocados al hambre, la desnutrición
y a la muerte por inanición.
Se han realizado llamadas a conferencias mundiales,
se han declarado emergencias nacionales a raíz de los desórdenes
provocados por millones de personas en casi cincuenta países
que han amenazado con desbancar sus regímenes políticos
y han aumentado las tensiones sociales incluso en los países
más dinámicos y con mayor crecimiento, como China
o la India. Incluso en los países imperialistas de América
del Norte y Europa, la combinación de la escalada en los
precios de los alimentos y el estancamiento de los salarios, las
expulsiones de sus hogares y los pagos de las deudas amenazan a
los regímenes en ejercicio y aumentan las presiones sobre
todos los gobiernos para tomar acciones urgentes.
Las respuestas de las élites se prevén
inadecuadas y sus explicaciones de la crisis van desde la inadecuación,
el interés propio hasta la estupidez. El Banco Mundial repite
la petición de ayuda de alimentos para emergencias y subsidios
por valor de varios cientos de millones de dólares para los
«más necesitados», es decir, para aquellos países
en los que se han producido disturbios importantes a causa de los
alimentos, con saqueos a los distribuidores privados de alimentos,
los puntos de venta al por mayor y al por menor, y amenazas o desbancamiento
de los regímenes de libre mercado que han sido los alumnos
modelo que han seguido las políticas del Banco Mundial y
del Fondo Monetario Internacional.
Los autoproclamados expertos económicos,
según lo previsto, se evalúan a sí mismos e
intentan evadir el fracaso de sus recetas anteriores. Todos los
académicos y consejeros políticos conservadores, liberales
y progresistas echan la culpa a «China, por comer demasiada
carne» (profesor Paul Krugman, de la Universidad de Princeton
y columnista del New York Times), al «crecimiento de la demanda»,
a «la inflación»... Los progresistas señalan
la desviación de la producción hacia los biocombustibles
como el «biodiésel», la falta de planificación
de los gobiernos y la distorsión de las prioridades.
El aumento de la ayuda alimentaria tiene solamente
un impacto transitorio, en regiones limitadas, sobre una fracción
de la población afectada. Culpar al crecimiento de la demanda
obviamente exige preguntarse por la «falta de suministro»
y las características estructurales (posesión de tierra,
pautas de propiedad, búsqueda de rentabilidad y relaciones
entre clase y estado) que le dan forma. De igual importancia es
el hecho de que, incluso en aquellos lugares en los que hay alimentos
que llegan al mercado, los precios de esos alimentos están
fuera del alcance de la mayoría de trabajadores rurales y
urbanos, campesinos y personas sin empleo.
Los que critican desde el punto de vista de la
oferta y la demanda omiten un análisis de clase de los «productores»
que determinan el sistema de precios (según su poder oligopólico
del mercado y sus criterios para obtención de beneficios)
y los consumidores (trabajadores informales y formales con salarios
bajos, cuyos ingresos van en declive). Los granjeros capitalistas
se encuentran en una posición adecuada para proteger e incluso
aumentar sus beneficios trasladando sus costes añadidos por
insumos al poder de mercado más débil de los consumidores,
ayudados e instigados por los regímenes políticos
neoliberales del libre mercado.
Los progresistas que echan la culpa de la crisis
a los biocombustibles (el aumento de los precios se debe al desvío
de los granos y el uso de la tierra hacia la producción de
combustible) no responden a las preguntas estructurales más
elementales: ¿Qué clases llegaron al poder estatal
y dieron forma a las políticas económicas y permitieron
que se produjera este «desvío»? Los grandes préstamos
privados y estatales de los años 70 debidos a la disponibilidad
de préstamos baratos llevaron al crecimiento del endeudamiento.
Los bancos privados, empresas y fabricantes, promotores inmobiliarios
endeudados, endilgaron, gracias a sus influencias poderosas y relaciones
directas con el estado, sus deudas privadas al Estado y, en último
término, a los contribuyentes, un fenómeno que se
describió más tarde como «socialización
de la deuda privada» o «pago de la fianza al sector
privado».
El Estado se vio enfrentado a obligaciones de deudas
cada vez mayores (la llamada «crisis de la deuda»),
acudió al FMI y al Banco Mundial para obtener préstamos
y, lo que es más importante, para obtener su certificado
para préstamos enormes de los bancos comerciales. El FMI
y el Banco Mundial exigieron cambios estructurales fundamentales
del Estado para conceder los préstamos, y estos préstamos
con condiciones implicaban una completa transformación en
las políticas de inversión, comercio, consumo e ingresos
que tuvieron un efecto importante sobre la estructura de clases
y la composición de la clase dominante.
Los préstamos internacionales, tanto oficiales
como comerciales, y los cambios estructurales que los acompañan,
resultaron en la eliminación de las barreras comerciales
protectoras en la agricultura y la fabricación. Como resultado
se produjo una entrada masiva de bienes agrícola subvencionados
de los Estados Unidos y de la Unión Europea, que destruyeron
a los agricultores con granjas familiares de pequeño y mediano
tamaño que producían alimentos básicos. La
bancarrota de los productores de alimentos resultó en desplazamientos
masivos de granjeros y trabajadores agrícolas a las ciudades
y en la concentración de la tierra en las manos de propietarios
de plantaciones comerciales agrícolas que se concentraron
en la producción de cultivos para la exportación.
Las exigencias del FMI y del Banco Mundial incluían
la reasignación de los créditos, préstamos
y asistencia técnica gubernamentales para los grandes exportadores
agrícolas en bienes únicos porque ellos eran los que
obtenían las divisas fuertes necesarias para devolver los
créditos y enviar beneficios a los accionistas, ejecutivos
y propietarios de las empresas multinacionales.
El FMI y el Banco Mundial aceptaron negociar la
refinanciación de los pagos de intereses y capital pendientes
de los estados deudores a condición de que privatizaran y
desnacionalizaran todas las empresas estatales monopolio y lucrativas.
La privatización y la desnacionalización resultaron
en compras extranjeras a gran escala de amplias parcelas de fértiles
tierras agrícolas y en la producción y exportación
de grano por parte de los oligarcas nacionales e inversores extranjeros.
El conjunto de estas políticas que eliminaron
las barreras al libre comercio, promovieron la privatización
y la desnacionalización, la amplia penetración de
los sectores de mercado y producción y el aumento del énfasis
de la intervención estatal en apoyo de la actividad económica
de intercambio extranjero orientada a la exportación, recibió
el nombre de «neoliberalismo», un modelo que combinaba
unas políticas socioeconómicas dirigidas y reguladas
por el estado con el objetivo de aumentar la función y el
poder de las élites extranjeras y nacionales a favor de la
especialización de los mercados mundiales.
El ascenso de esta nueva configuración del
poder durante los años 80 y 90 dictó las decisiones
políticas y económicas clave en relación con
las inversiones (sus asignaciones, sectores y subsectores), además
de los mercados (internos y externos), productos (alimentos, combustibles,
productos básicos) y precios (carteles oligopolísticos).
El principio básico que guía a las clases dirigentes
nacionales y extranjeras era la especialización en actividades
complementarias en la economía mundial (lo que los economistas
ortodoxos denominan «especialización basada en las
ventajas comparativas»). La integración de las clases
dominantes extranjeras y locales resultaba lucrativa y se apoyaban
la una en la otra: el capital privado y los bienes de consumo fluían
por sus circuitos financieros y de bienes de consumo internacionales.
Las consecuencias a medio plazo y a gran escala
de esta nueva configuración del poder para la agricultura
y la producción de alimentos se manifestaron en apenas algo
más de una década. En la segunda mitad de la primera
década del siglo XXI estalló una crisis agrícola
sin precedentes: la influencia del sector de exportación
agrícola de la clase dominante y la puesta en práctica
de sus políticas en favor del «libre mercado»
resultaron en el final del control sobre los precios y en su ascensión
meteórica. Los precios reflejaron las relaciones sociales
de producción y distribución: la dominación
de los terrenos y las inversiones por los grandes agricultores capitalistas
dio forma a los precios del «suministro» y al por mayor;
los gigantes proveedores comerciales mundiales («los supermercados»)
fijan los precios para el consumidor directo. Se produjo «competencia»
entre los productores y los distribuidores oligopólicos para
ver quién podía hacerse con los precios más
altos y los mayores beneficios.
Los exportadores agrícolas de la clase dominante
terminaron con los subsidios para los agricultores productores de
alimentos a nivel familiar y aumentaron los subsidios para la exportación
para los productores de productos básicos esenciales. Los
agricultores familiares se vieron en la bancarrota y sus tierras
las compraron especuladores inmobiliarios (promotores autoproclamados)
para usos comerciales, pistas de golf, complejos turísticos,
comunidades de lujo con vallas de separación y bienes básicos
para la exportación; los arrozales se convirtieron en clubes
de campo; los precios del maíz y el trigo se doblaron en
los diez meses que iban desde septiembre de 2007 y julio de 2008.
Los beneficios engrosaron la cuenta de resultados de Cargill ( Financial
Times , 15 de abril de 2008, p 21): los beneficios trimestrales
aumentaron en un 86 % hasta alcanzar los 1030 millones de dólares
durante el tercer trimestre que terminó el 29 de febrero
de 2008. No fue sólo un caso, como dirían los ortodoxos,
de aumento de la «demanda», sino del hecho de que cientos
de miles de millones de dinero de los especuladores fluyeron a los
mercados de bienes de consumo. En condiciones de mercados estrechamente
controlados por los grandes negocios agrícolas, las reservas
de grano bajaron a sus niveles mínimos en 35 años
en relación a la demanda, principalmente porque los grandes
agrocapitalistas quisieron limitar el suministro de alimentos y
aumentar la producción de combustible, al tiempo que derivaban
capital para la especulación en productos básicos.
Como resultado de la influencia de la norma de los gigantes agrocapitalistas
y de sus políticas de inversión y uso de la tierra,
los precios medios de los alimentos aumentaron en un 45 % entre
julio de 2007 y abril de 2008 y se prevé que suban un 15
% más para julio.
Atemorizados más por las protestas masivas
que desbancan regímenes clientes sumisos que por la hambruna
generalizada y el aumento de la mortalidad de los pobres, los líderes
capitalistas de todo el mundo se reunieron en Washington en la primavera
de 2008. Se quejaron de los disturbios por los alimentos, lamentaron
la «pérdida del progreso de una década (sic)
en África» e incluso realizaron llamamientos a la «acción».
Como era de esperar, se prometieron algunos cientos de millones
de ayuda alimentaria de urgencia, lo cual destruirá los últimos
bastiones de agricultores a pequeña escala que producen alimentos
para los mercados locales.
Los regímenes neoliberales de toda Asia
se vieron obligados por el temor a bloquear las exportaciones de
artículos alimenticios básicos para impedir que los
disturbios alimentarios se convirtieran en insurrecciones masivas:
los salarios van por detrás de los meteóricos precios
de los alimentos. Los regímenes neoliberales de Indonesia,
Egipto, la India, Vietnam, China y Camboya prohibieron las ventas
de arroz extranjero ( Financial Times , 16 de abril de 2008, p.
1). No obstante, estos gestos proteccionistas y limosnas de alimentos
han obtenido escasos efectos positivos en su país y han aumentado
la escasez para los importadores de alimentos. Los futuros de maíz
alcanzaron un valor récord de 6,16 USD por fanega entre enero
y marzo de 2008, un aumento del 30 % y la prohibición de
la exportación en Indonesia aumentó el precio del
arroz en un 63 % durante los tres primeros meses del año
2008.
Ninguno de los líderes mundiales reunidos
en Washington y «preocupados» por el hambre, la regresión
y, lo principal, las revoluciones, propuso una reforma agraria:
la redistribución de la tierra a los campesinos y agricultores
para la producción de alimentos. Ninguno de los líderes
propuso siquiera reformas tales como los controles de precios y
beneficios y la reconversión del uso de la tierra para la
producción agrícola. Ninguno de estos líderes
propuso la ilegalización de la especulación en futuros
de bienes básicos en las bolsas de todo el mundo. No es de
extrañar que el FMI «prediga» que los precios
de los alimentos continuarán aumentando hasta 2010.
Los precios de los combustibles no han bajado a
pesar del aumento en miles de veces de la producción de etanol.
Los precios del etanol (y de los combustibles) y de los alimentos
han aumentado a pesar de la expansión de la producción
porque es la misma configuración de monopolio del poder la
que opera en ambos sectores.
El aumento de las diferencias entre salarios y
precios es un empobrecimiento por causas estructurales. Las protestas
masivas, tanto en los países imperialistas como en el tercer
mundo, nacen de problemas básicos inmediatos, pero sus raíces
se hunden en las estructuras profundas de la economía capitalista.
Sólo los prestigiosos economistas ortodoxos
sin cerebro empleados por los bancos centrales continúan
cotorreando sobre «inflación subyacente» e «inflación
patente», como si los aumentos en el precio de los alimentos,
los combustibles, la salud y la educación no resultaran centrales
para la vida cotidiana de miles de millones de vidas. Lo peor: continúan
sin comprender que una inflación galopante y unos salarios
estancados son factores intrínsecos en las mismas estructuras
de la economía y el estado capitalistas. Lo que es absolutamente
claro es la bancarrota de la teoría de la especialización
en productos de exportación a expensas de la seguridad alimentaria.
Lo que era una exigencia de una minoría radical se encuentra
ahora como prioridad máxima en la agenda de un movimiento
de miles de millones de personas.
Las personas exigen un cambio radical de las desastrosas
teorías derivadas de Friedman que preconizan la dependencia
de unos mercados alimentarios mundiales monopolizados a una vuelta
a las políticas revolucionarias de la autonomía alimentaria.
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