Naomi
Klein
EL CAPITALISMO DEL DESASTRE
Por: Ivana Costa/ Clarín
Argentina ha sido inspiración para la tesis
inicial del último libro de Naomi Klein. Lo escribió
allí y lo explica mejor en la entrevista: "Vivir en
la Argentina y saber sobre la dictadura me había dado la
tesis del libro: esta ideología del capitalismo del desastre
comenzó con la tortura y el derrocamiento de gobiernos y,
tras un período de calma, ha vuelto". No sólo
esto inspiró la Argentina. Aterrizada en Ezeiza en medio
de la efervescencia de enero de 2002, dos años después
Naomi Klein dio a conocer la película La toma, sobre la experiencia
de trabajadores de fábricas recuperadas, realizada aquí
junto a su marido, Avi Lewis, a quien Klein le ha dedicado sus dos
libros: el best-seller No Logo y el más reciente La doctrina
del shock - El auge del capitalismo del desastre ...
Periodista y columnista en diversos diarios, Naomi
Klein se hizo muy conocida tras la publicación de No Logo,
en el cual, como en La doctrina del shock, se combinan la investigación
periodística y académica (a veces muy rigurosa) con
algunas hipótesis básicas sobre la globalización,
y conclusiones en las que no siempre queda claro qué es causa
y qué es efecto, confirmadas por un universo de prueba tan
vasto como inabarcable. No Logo fue elevado al rango de manifiesto
del movimiento anti-globalización que irrumpió en
1999 en medio de la Cumbre Mundial del Comercio en Seattle (cuyo
eco muchos, también Lewis y Klein, han querido ver en las
complejas reivindicaciones del año 2001 en Buenos Aires).
Pero La doctrina del shock es un libro más complicado, más
difícil de transformar en logo.
"Cuando empecé tenía pensado
un libro muy diferente –explica–; quería tomar
sólo Irak, el tsunami y el huracán Katrina y analizar
el capitalismo contemporáneo del desastre. Como había
vivido la experiencia en la Argentina y sabía sobre la dictadura,
la tesis del libro era que esta ideología había comenzado
con la tortura y el derrocamiento de gobiernos, y que luego, tras
un período de calma, ha vuelto. Pero el problema es que estaba
equivocada.
A medida que trataba de hallar contrastes, me iba
encontrando con los mismos patrones. Por ejemplo yo no sabía
que la transición en Rusia había sido tan violenta;
sólo lo estaba investigando para tenerlo como punto de contraste
pero veía que mi percepción era errada y que tenían
mucho más en común con las tácticas originales
que lo que había imaginado.
Por eso, el libro me llevó dos años
más de la cuenta y no fue un proyecto de investigación
coherente sino muy caótico. Para ser franca, me sorprende
que tenga sentido porque ese período intermedio fue muy desprolijo.
La investigación modificó la tesis. No me proponía
escribir una historia alternativa del neoliberalismo sino sólo
sobre el capitalismo contemporáneo del desastre, trayendo
algunos ecos del pasado. Si me hubieran dicho que iba a escribir
una historia alternativa del neoliberalismo no habría encarado
el proyecto. Me habría parecido demasiado ambicioso. "
Es cierto, es un libro demasiado ambicioso, con muchísimas
entrevistas y algunos datos valiosos, pero con una desmedida vocación
por mostrar que –como repite Pancho Ibáñez–
todo tiene que ver con todo: la terapia de electroshock con la que
la CIA pensaba lavar cerebros en los años 50, las dictaduras
en la Argentina y Chile en los 70, la política de refundación
de la industria turística tras el tsunami en Sri Lanka, la
libertad restringida de la democracia sudafricana, la política
de Bush frente a la catástrofe del Katrina, Polonia, Irak,
Rusia, China. . . En muchos casos Naomi Klein llega hasta esos sitios
en persona. El capítulo sobre el tsunami arranca así:
"Fui a la playa al amanecer esperando encontrarme con algunos
pescadores..." El que se dedica a la invasión de Irak
empieza: "Marzo de 2004. Llevaba menos de tres horas en Bagdad
y las cosas no iban bien". El tratamiento del huracán
Katrina se inicia con un: "Conocí a Jamar Perry en setiembre
de 2005 en el gran refugio que la Cruz Roja había organizado
en Baton Rouge, Louisiana".
Pero esta técnica no siempre da buenos resultados.
Al caso argentino también se acercó Naomi Klein en
persona, y sin embargo las inexactitudes y simplificaciones en las
páginas dedicadas a este país son tan grandes que,
después de pasar por ellas, el lector atento empieza a dudar
si las descripciones referidas a Polonia o Sudáfrica –ni
qué hablar de las conclusiones generales– no estarán
igualmente viciadas de esa miopía que revela un árbol
y esconde el frondoso bosque.
Por ejemplo, sin entrar en cuestiones de interpretación
política, cuando relata la captura de Rodolfo Walsh y su
asesinato en 1977 por un grupo de tareas, Naomi Klein escribe que
"Massera ordenó a los soldados: Traedme a ese bastardo,
es mío". El lector que reconozca los hechos tiene que
aislar primero la bestialidad de la traducción hecha en España
y luego la gruesa imprecisión sobre el tipo de agente encargado
de los "operativos" para poder hallar en esa frase alguna
semejanza con la situación original. El ejemplo con el que
ilustra Klein la metodología de las FF. AA. en sus primeros
días tras el golpe parece igualmente inverosímil:
"La Junta hizo una única y dramática demostración
de su disposición a usar la fuerza de modo letal: un hombre
fue sacado a empujones de un Ford Falcon (el vehículo habitual
de la policía secreta), atado al monumento más famoso
de Buenos Aires, el Obelisco, blanco de 67,5 metros, y ametrallado
a la vista de todos los transeúntes".
Aunque contribuyan todos juntos a una conclusión
no siempre errada, los datos así amontonados componen una
pintura por lo menos ajena. No obstante, uno de los propósitos
de este libro –como el de Susana Giménez y jabón
Cadum– es advertir al lector sobre el shock. Empecemos por
allí.
¿Qué quiere decir con "shock"?
¿Cómo definiría a la "doctrina del shock"?
Un shock es cualquier acontecimiento catastrófico que nos
desorienta. Mi forma preferida de entender el shock es decir que
es la brecha entre un acontecimiento y el relato que lo explica.
Ese lapso, esa brecha que se abre entre acontecimiento y relato
es el estado de confusión en el cual somos vulnerables. La
doctrina del shock es la filosofía del poder que entiende
que esa brecha es el mejor momento para imponer un programa radical
pro-empresas.
Pero esa brecha ¿no es buen momento para
tratar de imponer cualquier programa? En el libro demasiados shocks
convergen para mostrar un mismo cuadro. ¿No es forzado equiparar
Irak y Rusia, Sudáfrica y Polonia?
Esta no es una historia de esos países, es una historia del
neoliberalismo. Esta ha sido una campaña ideológica
y económica que sirve a las elites de todo el mundo, que
tiene sus libros sagrados y su filosofía del poder. Esa filosofía
es como el médico de shock. En el libro cito abundantemente
a los arquitectos del neoliberalismo cuando dicen que necesitan
crisis: "Cualquier crisis sirve". Cito al ministro de
Economía de Polonia cuando dice que puede ser "Una rápida
transición económica, el fin de una guerra, cualquier
cosa". El shock es un período en el que la gente pierde
la orientación. La izquierda no entendió que hay una
filosofía del poder en las crisis que ha permitido el ascenso
de esta ideología. Las crisis son todas diferentes pero,
en los últimos 30 años aparece este hilo conductor:
fueron sistemáticamente aprovechadas por un grupo pequeño
que comprendió y estudió la utilidad de las crisis.
Todo esto era nuevo para mí cuando empecé la investigación.
Es sorprendente tomar el huracán Katrina, el tsunami, Irak
o el fin del comunismo y ver que en todos los casos aparecen las
mismas recetas. Tienen una sola idea muy redituable: enriquece a
los políticos y a las empresas.
El acontecimiento que inicia el shock puede ser
predecible o impredecible, una catástrofe natural o de la
política. ¿Esto no marca una gran diferencia en cuanto
a las responsabilidades en cada "doctrina del shock"?
No es inevitable que reaccionemos ante los acontecimientos difíciles
con un shock, un estado de desorientación. Pero el factor
determinante de que nos sintamos desorientados, de que nos volvamos
maleables y entremos en regresión es que tengamos o no un
relato que explique lo que pasa. En estado de shock uno se vuelve
vulnerable. Con un electroshock la persona pierde control de su
cuerpo, tanto en psiquiatría como en una tortura. La pregunta
es cómo mantenerse fuera del shock, porque no podemos evitar
que ocurran pero sí podemos controlar el hecho de entrar
o no en ese estado de regresión y desorientación o
al menos cuánto tiempo permanecemos en él.
Dice que la tesis inicial surgió en Argentina,
¿cómo nació la idea de convertirla en libro?
Lo que me motivó fue presenciar los efectos increíblemente
dañinos del prolongado estado de shock en el que entraron
los norteamericanos después del 11-S. Fue la quintaesencia
de la brecha entre acontecimiento y relato. "¿Por qué
nos odian?" se preguntaban. Uno tendría que hablar de
las fallas de los medios, de nuestro sistema educativo, de la cultura
que creó una situación en la que los estadounidenses
quedaron totalmente sorprendidos de tener enemigos que querían
su aniquilación, de los cuales no tenían ni la menor
idea hasta el día anterior. El shock no fue el atentado sino
el hecho de que parecía llegado de otro planeta. Eso creó
el contexto para que el gobierno de Bush se adueñara del
poder para destruir las libertades civiles, invadir Afganistán
e Irak, crear Guantánamo, etc. Yo quería entender
la teoría del shock. Se combinaron la necesidad de ver los
efectos nocivos que esto tuvo en el panorama político del
lugar donde vivo y el hecho de haber venido a la Argentina después
de un shock, después de la crisis. En enero de 2002, cuando
vine por primera vez, todavía reinaba una gran confusión
pero lo que me impactó –y esa es la raíz de
la tesis de este libro– fue escuchar los relatos de la gente
sobre por qué el país había reaccionado así
el 19 y 20 de diciembre. Tantas personas contaban la misma historia:
"De la Rúa habló por televisión, declaró
el estado de sitio y esa situación nos recordó el
pasado". En 2001 ustedes tenían el contexto clásico
para la aplicación de la doctrina del shock; esa vez no funcionó
pero, recordémoslo, se intentó hacerlo.
¿A qué se refiere?
Ustedes tenían una crisis económica, hubo un intento
del FMI y de Domingo Cavallo de aplicar un programa de austeridad
total, de aprovechar esa crisis económica para llevar el
neoliberalismo aún más lejos. En los Estados Unidos
había un grupo de economistas de derecha, como Rudiger Dornbusch,
que proponían que la economía de Argentina se trasladara
offshore. Es la idea más radical que jamás se haya
oído. Ninguna de esas ideas prendió y la gente las
rechazó porque había aprendido de aprovechamientos
anteriores del shock. Cuando De la Rúa declaró el
estado de sitio, la gente recordó 1976. Ustedes tuvieron
una memoria histórica. En un momento en el que la gente podría
haber sido vulnerable a otra terapia de shock económico,
algo la mantuvo fuera. Sorprendente. Lo contrario de un shock, como
una hiper-orientación. Todo el mundo estaba súper
despierto.
Detectar las motivaciones de "todo el mundo",
despiertos o dormidos, no es tan sencillo.
Mucha gente salió por propio interés, sin duda. Pero
la experiencia cambia a la gente.
Aquellos días de diciembre son interesantes
en contexto: por ejemplo, con los cacerolazos de los días
previos, una práctica que nace en el Chile anti-Allende.
Días atrás tuvimos nuevos cacerolazos y protestas
en calles y rutas. ¿Cómo interpreta estos acontecimientos?
No los interpreto porque no los he investigado. Es fácil
olvidar que había un programa ambicioso de aprovechar ese
shock para adueñarse de la economía argentina, y eso
no ocurrió.
Es consciente de que el proceso es muy complejo.
Sí. En este gobierno se han producido algunos cambios muy
simbólicos. y creo que la postura de Kirchner ante el FMI
fue importante para el debilitamiento del FMI. Ahora el Fondo está
en una profunda crisis y la Argentina desempeñó un
papel significativo en ella. Dicho esto, no creo que los Kirchner
realmente rechacen muchos postulados del neoliberalismo: le pagaron
al FMI y la cuestión crucial es la redistribución
de la riqueza. El legado neoliberal es la desigualdad masiva y la
aniquilación de la clase media, por eso, la reconstrucción
pasa por abordar la desigualdad y eso no ocurre aquí de manera
significativa. ¿Es este un gobierno anti neoliberal? No sé.
Pero diciembre de 2001 fue un tiempo de cambio y también
de desilusión porque había muchas esperanzas en ese
potencial y creo que hubo muchas oportunidades perdidas.
¿Por ejemplo?
Una de las desilusiones es la de las fábricas recuperadas.
Eso podría haber sido un cambio de política pero para
que eso ocurra hace falta un gobierno al que le interese cambiar
la dinámica (y gente que se lo exija), alejándose
de la asistencia y la beneficencia para acercarse a la autosuficiencia,
que es la amenaza fundamental porque el modelo clientelista es una
maquinaria política. Las cooperativas autónomas no
necesitan tanto a los partidos políticos. Esto no sólo
ocurre en la Argentina. Ese nuevo paso para institucionalizar otro
modelo económico no se dio y esa es otra desilusión.
Pero creo que sí se está haciendo en otros países
que tienen otra relación con los movimientos sociales, una
relación más igualitaria. Mire a Evo Morales: tiene
que dar respuesta a los movimientos sociales pero no existe esa
maquinaria política tan difícil de desarticular. Es
un desafío muy particular. Pero el peronismo –eso aprendí
en la Argentina– es único.
Bueno, esa singularidad se pierde en el libro,
muchos datos parecen inverosímiles; por su complejidad o
quizá porque se basan en fuentes secundarias.
¿Cree eso? Sí, me apoyé en fuentes secundarias.
No es lo ideal. Había hecho algunas investigaciones aquí
pero profundicé más de lo que esperaba y por eso me
basé en algunos libros publicados en inglés. Ahora
estamos haciendo un documental y podremos hacer más investigación.
Lo acabamos de empezar con el director Michael Winterbottom; el
viernes (por ayer) haremos la primera filmación. Winterbottom
quiere ser muy fiel al libro. Los capítulos de Chile y Argentina
lo impresionaron así que vamos a filmar aquí y en
Chile.
En la reseña que hizo Joseph Stiglitz de
su libro dice que, en verdad, nunca hubo teoría alguna para
esas políticas.
Creo que él dice que las teorías de estos economistas
eran aún más endebles. Malos economistas. Stiglitz
disiente más en la tortura y la metáfora del shock.
Recientemente escribió sobre un arma nueva,
Tazer, una pistola que lanza una descarga, como una picana. El video
en YouTube donde se ve cómo guardias disparan Tazer y asesinan
a un polaco en un aeropuerto canadiense es aterrador.
Sí, ya hubo muchas muertes causadas por el Tazer. Son un
producto de consumo. Es increíble: vienen en rosa, con estampado
de leopardo o con música. Este es el Estados Unidos post-11
de setiembre. Los padres las están usando con sus hijos,
los maridos con las mujeres. Es un arma de abuso en el hogar; y
justamente porque tienen fama de seguras son mucho más peligrosas.
La empresa repite: "Esto es seguro. No es fuerza mortal. "
Hay historias de padres que la han usado contra chicos de tres años
porque lloraban. Es una epidemia de shock.
La metáfora de la tortura por electroshock
sigue viva.
Hay un tercer shock que es necesario para hacer cumplir con la doctrina
y no fui lo suficientemente firme al respecto en el libro. Si volviera
a escribirlo dedicaría un capítulo a las cárceles
estadounidenses; al hecho de que uno de cada cien estadounidenses
adultos está preso, que Estados Unidos tiene el índice
de encarcelamiento más alto del mundo y que esa población
carcelaria está compuesta mayoritariamente por negros y latinos.
Nueva Orleans tiene al 30% de su población tras las rejas.
Algunas de estas cárceles usan armas de shock. Las poblaciones
que estuvieron en la línea de frente de estas políticas
económicas sufrieron un nivel increíble de disciplinamiento
y brutalidad policial.
Esto contrasta con su pintura de la dictadura argentina
en la que, dice, "todos callaban lo que ocurría".
Hoy cualquiera puede aplicar picana a otro y se supone que está
bien.
Es más: es entretenido. Uno ve el shock en el cine, en TV...
en los reality shows hay como una competencia: quién puede
soportar un shock. Uno de los motivos por los cuales es tan difícil
hablar de esto en los Estados Unidos es que los medios ejercen una
amortiguación. La gente no confía en sus propias reacciones
emocionales cuando no recibe confirmación de los medios.
Y uno empieza a pensar que está loco, que es el único
que piensa así. Porque a uno algo le parece chocante pero
la televisión está hablando de otra cosa. Para que
estas cosas lleguen a ser una controversia hace falta más
que un artículo. Tiene que haber un contexto, que los medios
electrónicos digan: "Usted tiene razón en opinar
que esto está mal". Si uno no recibe esa confirmación,
piensa que esa violencia es normal. Por eso el uso de blogs es alentador.
En Canadá nos llegó la noticia de que alguien había
muerto por el uso del Tazer en un aeropuerto como la nota de un
día. Recién cuando se vio el video en YouTube esto
se convirtió en una polémica y en investigación.
¿Cuál es el lector ideal de "La
doctrina del shock"?
El objetivo era prepararnos para el próximo shock. Y es muy
gratificante recibir e-mails de gente que usa el marco de La doctrina
del shock para interpretar la actualidad. Esa es mi meta como analista
desde que empecé a escribir columnas: dar herramientas para
leer mejor los diarios. Esa es mi misión. Por eso, es hermoso
recibir mensajes de correo electrónico de gente de todo el
mundo que me dice: "Está ocurriendo aquí. Están
tratando de hacerlo. Lo están haciendo en la junta escolar,
con la crisis alimentaria para introducir alimentos genéticamente
modificados" o "con la crisis económica quieren
privatizar la seguridad social". Ahí me siento muy gratificada
porque significa que la gente tiene otra herramienta para interpretar
las noticias. Soy bastante realista en cuanto a qué puede
y no puede lograr un libro. Los libros no crean movimientos.
¿Cómo fue recibido este libro en
el ámbito académico?
Depende del académico. Creo que muchos docentes valoran a
quien divulga y sintetiza. Algunos valoran que use como fuente el
trabajo tan cuidadoso que hacen ellos. Me invitan a hablar en universidades
porque para los alumnos es útil tener el panorama general.
Pero el punto de vista de algunos académicos depende de su
orientación: para los marxistas o trotskistas, el libro es
demasiado keynesiano. Para los neoliberales, es demasiado marxista.
Al presentar "La toma" su marido explicó
que habían eliminado opiniones de especialistas porque la
película expresaba un "echen a los expertos".
Eso estaba más bien dirigido a los economistas que habían
hecho tal desastre. Tengo un gran respeto por quienes dedican tanto
esfuerzo a ser precisos. Sin ellos no podría hacer mi trabajo.
www.tercaopinion.org |