Fantástico
crecimiento económico y…
BOLSAS DE ALIMENTOS PARA LOS POBRES
Por: Rodrigo Montoya Rojas
Dos semanas atrás, a las 4 de la mañana,
una patrulla del ejército peruano tocó la puerta de
una casa en uno de los sectores más pobres de Villa el Salvador,
a veinte kilómetros al sur de Lima, en un cerro de arena.
Un vecino -alarmado, asustado pero decidido a no guardar lo que
veía- llamó a Radio Programas del Perú para
denunciar el operativo militar. Una hora después, informado
por la radio, el ministro de defensa dijo que se trataba de un “operativo
piloto” para repartir alimentos por encargo del Ministerio
de la Mujer. Las personas que recibieron las bolsas de alimentos
pasaron del miedo a la sorpresa.
Hace muy poco tiempo, no más de ocho años,
los operativos como ése servían para buscar a los
llamados terroristas y desaparecerlos en nombre de la democracia.
¿Soldados repartiendo alimentos a las cuatro de la mañana?
¿Donde se ha visto eso? Sí, era posible, no detuvieron
ni desaparecieron a nadie; simplemente, entregaron una bolsa de
alimentos en cada casa escogida. Por el favor recibido, 25 nuevos
soles (9.22 dólares) en aceite, arroz, pescado en conservas
y algo más, tuvieron que firmar una planilla mostrando el
respectivo documento nacional de identidad. Para las personas que
viven en la extrema pobreza, un regalito sorpresivo como ese sólo
puede ser bienvenido a pesar de dos inevitables preguntas ¿Y
como sabían de nuestros nombres y apellidos y dónde
vivimos?, y ¿qué intención escondida habrá
debajo de esta repentina bondad?
Luego de la experiencia llamada “piloto”,
el programa de distribución de esas bolsas de alimentos está
en marcha y mantiene el horario de las cuatro de la mañana
para evitar que los vecinos no escogidos por el programa pregunten
¿por qué nos niegan esas bolsas de alimentos, acaso
somos ricos?
El gobierno del Sr. García sonríe
feliz porque la economía peruana crece como ninguna otra
en América del Sur (9 % al año). Al mismo tiempo,
suben los precios y la inflación vuelve a aparecer en el
horizonte, despertando viejos recuerdos de la maravillosa gestión
aprista de 1985-1990 y su inflación anual de siete mil por
ciento. Se discute aquí sobre los beneficios del crecimiento
usando el verbo chorrear con la inhumana voluntad de ofrecer migajas
a los pobres. ¿Hay chorreo o no? En otras palabras: ¿les
llega algo de dinero fruto del crecimiento a los más pobres?
Unos dicen sí; otros, no o casi nada. Con su reparto matinal
de bolsas de caridad, la ministra de la Mujer y el señor
Alan García confiesan -queriéndolo o no- que la situación
de los más pobres es muy difícil y que es indispensable
ofrecerles ese cristiano y caritativo apoyo. “Por poco tiempo,
sí, por supuesto, no vayan a creer que se trata de un programa
permanente”.
Como no le es posible resolver el problema de la
pobreza, el gobierno retoma la antigua y fácil fórmula
del reparto de alimentos, urgido por hacer algo para aliviar la
suerte de los pobres extremos. Vuelve la caridad como recurso político.
Es cierto que una bolsa de alimentos ayuda a mitigar el hambre,
pero no resuelve el problema de fondo.
No es gratuito que el Ministerio de Defensa participe
en este reparto de alimentos. En los juicios que se realizan en
Lima contra el ex presidente Alberto Fujimori y contra los responsables
directos de las matanzas en Barrios Altos y en la Universidad de
Educación La Cantuta, desfilan decenas de oficiales del ejército
acusados de matar, torturar y desaparecer a personas, en nombre
de la democracia. Uno de ellos, el general Julio Salazar Monroe
acaba de ser condenado a 35 años de prisión por su
responsabilidad en el crimen de un profesor y nueve estudiantes
de La Cantuta. Llevar alimentos de madrugada en un operativo de
aparente paz y amor podría servir para cambiar la imagen
de los militares, sobre todo en los barrios de pobreza extrema,
donde se encuentra la mayor parte de sus víctimas.
Tenemos ya una larga historia de medio siglo en
el reparto de alimentos como recurso para aliviar la pobreza. Todo
comenzó en tiempos de don Manuel Apolinario Odría,
el general dictador (1948-1956) y su esposa doña María
Delgado con los primeros Clubes de Madres y el apoyo de la iglesia
católica y algunas iglesias evangélicas y adventistas
escogidas para canalizar las donaciones de alimentos de los países
llamados ricos. En tiempos de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez,
1968-1980, surgieron los primeros comedores municipales. La señora
Violeta Correa, esposa del presidente Fernando Belaunde (198O-1985)
dirigió un programa de entrega de cocinas para los comedores.
Gracias al primer alcalde de izquierda en Lima, Alfonso Barrantes
(1983) surgió el programa El Vaso de Leche. Después,
ya en tiempos de Fujimori (1990-2,000) se creó el Programa
Nacional de Apoyo Alimentario PRONAA.
En apretado resumen, los circuitos de caridad para
el reparto de alimentos son los siguientes; 1. Desde Europa y Estados
Unidos a través de USAID y los diferentes gobiernos llegan
los excedentes de alimentos de los países capitalistas, envueltos
en papel de regalo. 2. Organizaciones de caridad de las diversas
Iglesias (CARITAS, Iglesia católica; OFASA, Adventistas,
CARE, Evangélicos) que distribuyen la ayuda enviada por los
países capitalistas de más alto desarrollo y la que
por su cuenta consiguen entre sus propios miembros y amigos. 3.
El Programa Nacional de Apoyo Alimentario PRONAA, como la central
estatal de distribución de alimentos.
En los arenales de la tablada de Lurín se
creó, en 1971, la Comunidad Urbana Autogestionaria de Villa
el Sal Salvador, CUAVES. Y allí se dio un perverso abrazo
entre el paternalismo colonial del reparto de alimentos y la reciprocidad
andina que se expresa en los comedores populares, en los comités
del vaso de leche, en las polladas y las “actividades”
de los artistas andinos (músicos, cantantes, danzantes de
tijeras, arpistas, violinistas, etc. y en el trabajo familiar de
los empresarios andinos alrededor del parque industrial. Si el potencial
de reciprocidad y solidaridad de los pueblos andinos se uniera a
propuestas de gobierno que privilegien el trabajo y rechacen el
paternalismo de la caridad cristiana, otra sería la realidad.
En el país que nos tocó en suerte la caridad sigue
siendo un elemento principal de su clase política.
Entre 1940 y 1950, comenzaron en Perú los
llamados “proyectos de desarrollo”, encargados por los
gobiernos y la ayuda internacional a instituciones privadas, organismos
estatales, Ongs. Uno de los primeros fue el de Puno Tambopata para
formar electricistas y carpinteros con jóvenes salidos de
comunidades sin luz eléctrica ni bosques de ningún
tipo. Después, surgieron centenares de proyectos gubernamentales
y de Ongs con dinero de la cooperación internacional. Se
han gastado miles de millones de dólares y el desarrollo
no tiene cuando llegar. Se han distribuido millones de toneladas
de alimentos y la pobreza sigue ahí, terca, casi inamovible.
Una pregunta es inevitable: ¿No hubo pobres
en Perú, antes de 1950? Sin duda sí; pero eran pobres
de otro tipo, que comían mejor, no eran tantos ni estaban
concentrados en los cinturones de los conos de Lima, por una sencilla
razón: entonces Perú tenía algo menos de la
mitad de los 28 millones de habitantes de hoy. Los pobres han crecido
tanto que las categorías para encuestarlos -clasificarlos
y elaborar cuadros estadísticos y muchas figuritas de esas
con las que juegan los economistas especialistas en pobreza- han
debido multiplicarse. De los sectores llamados A, B y C se han desprendido
los C y D. Y si el ritmo se aligera un poco más tendrían
que inventar un nuevo sector F. Por ese camino, las personas pobres
dejan de ser seres humanos, pasan a ser simples cifras estadísticas,
aunque ahora con apellidos, domicilio y DNI, debidamente registrados
en una planilla de pobres extremos con múltiples usos en
el futuro.
Si no hubiera pobreza en el país no habría
circuitos externos de ayuda ni organizaciones religiosas, estatales
o privadas de distribución de alimentos, ni comités
del vaso de leche, ni comedores populares. Un precioso indicador
de cambio económico y social en el país sería
la disminución sustantiva de la ayuda alimenticia y del número
cada vez menos de comedores populares, por ejemplo. La desaparición
del PRONA, de CÁRITAS, OFASA Y CARE sería algo maravilloso
para el país porque supondría que ya no habría
pobres. No obstante, en vez de disminuir, la caridad se multiplica.
No es buena la caridad para quienes la reciben,
aunque deja una especie de conciencia tranquila en quienes la ofrecen.
A nadie le gusta ser pobre y que le recuerden esa condición
con cada distribución de alimentos o de ropa de segunda mano.
Tal vez la opción del reparto casi clandestino de ahora tome
en cuenta este elemento de amor propio. La solución pasa
por exigir y ofrecer trabajo. Pero ocurre que no hay trabajo, que
en países como el nuestro una gran parte de la población
está excluida del privilegio de tener un empleo. Ya sabemos
que el modo de producción capitalista produce desempleo y,
por eso, ofrecer trabajo para todos es sólo un recurso electoral,
una promesa incumplida.
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