Crisis
económica
WALL STREET REALMENTE SE FUNDAMENTA EN LA
CODICIA
Por: Immanuel Wallerstein
Wall Street realmente se fundamenta en la codicia.
No soy yo quien dice que Wall Street realmente se fundamenta en
la codicia sino Stephen Raphael. ¿Y quién es Stephen
Raphael? Es un antiguo miembro de la junta directiva de Bear Stearns,
el banco de Wall Street que colapsó el mes pasado. ¿Y
dónde dijo esto Raphael? En una entrevista con el Wall Street
Journal, más o menos el periódico de casa en Wall
Street. ¿Cuál era el punto que quería plantear
Raphael? Quería explicar (¿o la idea era excusar?)
el colapso de la firma. “Esto pudo ocurrirle a cualquier firma”,
dijo.
Sí, en efecto pudo haber sido así.
Y así fue. Entretanto, en el momento en que esto ocurría,
el presidente de la junta, Jimmy Caines, muy quitado de la pena
jugaba bridge en un torneo. Algo no muy listo por parte de un banquero
codicioso. El resultado es que perdió casi toda su fortuna
personal, y otra voraz firma, JP Morgan Chase, llegó como
buitre y liquidó a su víctima. Ah, incidentalmente,
14 mil empleados de Bear Stearns están, o muy pronto estarán,
sin empleo.
¿Es entonces el capitalismo únicamente
codicia? No, hay otras cuestiones relativas a éste, pero
la codicia juega un gran papel. Y la codicia, por definición,
trabaja por algo a expensas de otros. Así que algunas compañías
van a la bancarrota en estos días –en Wall Street,
y en todo el resto del mundo– y otras no. Estados Unidos como
país va a la bancarrota y otros no. Estados Unidos no le
llama bancarrota, pero esa es la verdad.
¿Es siempre así? No. No siempre.
Sólo la mitad del tiempo. Revisemos cómo fue que Wall
Street y Estados Unidos se metieron en este vericueto particularmente
desastroso. Todo comenzó bien, para Wall Street y Estados
Unidos, en 1945. La guerra había terminado. La guerra estaba
ganada. Y Estados Unidos era la única potencia industrial
cuyas fábricas estaban intactas, no las habían afectado
los daños de tiempos de guerra. En otras muchas partes había
ciudades destruidas, y hambre real en Europa y Asia.
Estados Unidos estaba empeñado en hacerlo
bien, y lo hizo bien, muy bien. Podía producir más
que nadie en el mundo, y obtener las recompensas. Hizo un trato
con la Unión Soviética (retóricamente le llamamos
Yalta) con el fin de que no hubiera guerras nucleares que pudieran
realmente dañar a Estados Unidos. Y en casa, los grandes
manufactureros hicieron un trato con los grandes sindicatos para
que no hubiera huelgas destructivas que interfirieran con la lucrativa
producción. Se avizoraron tiempos promisorios, y el nivel
de vida creció de forma dramática. De hecho, los años
posteriores a la guerra resultaron ser bastante promisorios para
casi todo el mundo. Fue el momento de la mayor expansión
de la producción, de la ganancia, de la población,
y sí, de bienestar general en la historia de la economía-mundo
capitalista. Los franceses llamaron a esa época “los
gloriosos 30 años”.
¿Deben terminar todas las cosas buenas?
Bueno, cíclicamente, en los 500 años del sistema-mundo
moderno, me temo que esto ha sido siempre cierto. Cuando todo el
mundo comienza a sacar ventaja de la expansión económica,
la tasa de ganancia tiene que bajar. La ganancia de la producción
depende de la relativa monopolización de las industrias principales.
Pero si muchos países tienen acereras o fábricas automotrices
(las industrias principales de ese tiempo), hay mucha competencia.
Y pese a todos los lemas sin sentido, la competencia no es buena
para los capitalistas. Reduce las ganancias.
Y cuando se le pega muy fuerte a las ganancias,
el sistema-mundo entra en uno de sus etapas periódicas de
estancamiento. Esto ocurrió cerca de 1970. Y, en caso de
que nadie lo haya notado, las cosas no han sido muy promisorias
desde entonces, pese a que de nuevo se invocan lemas sin sentido.
¿Qué ocurre en un periodo de estancamiento económico
mundial? Las fábricas se comienzan a mover fuera de sus anteriores
enclaves (como Estados Unidos, pero también Alemania, Francia,
Gran Bretaña y Japón) a otros países (como
Corea del Sur, India, Brasil y Taiwán) en busca de menores
costos de producción. Parece bueno para los nuevos lugares
del acero y la producción de automóviles, pero significa
despidos en los antiguos centros de producción.
Pero esas fábricas fugitivas no son toda
la historia. ¿Qué hacen los grandes capitalistas,
si quieren hacer dinero, en tiempos de menores ganancias procedentes
de la producción? Empiezan a mover su dinero de las empresas
productivas a las financieras. Es decir, empiezan a especular. Y,
en tiempos de especulación, la codicia no conoce límites.
Así tenemos los llamados “bonos de desecho” (de
muy alto riesgo pero de grandes rendimientos) las “adquisiciones
forzadas” (conocidas en inglés como takeovers), “hipotecas
abiertas” y “fondos de cobertura” y todos esas
cosas curiosas con nombres curiosos. Parece que aun Robert Rubin,
una de las personas realmente grandes en el mundo de las finanzas,
admitió recién que en realidad él no sabe lo
que es un “liquidity put” (una especie de “rembolso
asegurado”).
La historia que subyace –desde 1970 en adelante–
es una de endeudamiento, una deuda más y más grande.
Las corporaciones, los individuos, los estados, piden prestado.
Todos viven por arriba de sus ingresos reales. Y, si uno se halla
en situación de pedir prestado (eso que se llama crédito),
uno puede vivir con mucho lujo. Pero las deudas tienen un lado difícil.
En algún punto, se espera que uno reintegre su deuda, que
pague. Si no lo hace, hay una “crisis de deuda” o “bancarrota”
o, si uno es un país con divisas, que ocurra un descenso
dramático en la tasa de cambio.
Eso es lo que conocemos como burbuja. Si uno infla
un globo lo suficiente, no importa que tan bien nos haga sentir,
en algún punto el globo revienta. Y todo mundo está
asustado, como debería estar. Cuando la burbuja realmente
reviente, será muy doloroso. La cosa es que es mucho más
doloroso para algunos que para otros, aunque sea doloroso para todos.
En algún momento, puede que para Estados
Unidos resulte ser lo más doloroso, como país, para
los capitalistas, y sobre todo para los ciudadanos ordinarios. Parece
que Estados Unidos no ha gastado más que miles de millones
sino billones de dólares en algunas guerras en Medio Oriente
que ha estado perdiendo. Y parece que el país más
rico del mundo no tiene en sus arcas billones de dólares.
Así que los ha pedido prestados. Y parece que su crédito
en 2008 no es tan bueno como lo era en 1945. Parece que los acreedores
de hoy están renuentes de “ponerle dinero bueno al
malo”. Y parece que Estados Unidos podría ir a la bancarrota,
como Bear Stearns.
¿Acaso serán China o Qatar o Noruega,
o una combinación de ellos, quienes compren Estados Unidos
a dos dólares o aun a 10 dólares por acción?
Qué pasará con todos esos juguetes extremadamente
caros que Estados Unidos sigue comprando, bases militares en cientos
de países, esos aeroplanos y esos buques y esos armamentos
que constantemente pide Estados Unidos que le traigan para sustituir
los juguetes de ayer? ¿Quién va a alimentar a la gente
en las filas de comida de los desempleados? Regresen la década
que viene, y déjenme saber.
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