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preguntas y 7 respuestas
LA BOLIVIA DE EVO MORALES
Por: José Natanson / Página 12
1 ¿Evo Morales es indigenista?
Con una madre aymara que en español sólo sabía
el Padrenuestro, criado en una casa de barro en un pueblito perdido
de Oruro, Evo Morales vivió una infancia de una pobreza difícil
de imaginar, con cuatro de sus siete hermanos muertos a poco de
nacer y el hambre siempre acechando. Su asombrosa trayectoria política
sólo se entiende como parte del proceso de reafirmación
indígena surgido en los ’70, que tuvo en el katarismo
–en referencia a Túpak Katari, el caudillo aymara descuartizado
por los españoles durante el cerco a La Paz de 1781–
su sector más radical, y que consiguió su primer reconocimiento
en 1994, con una reforma constitucional que estableció el
carácter “pluricultural y multiétnico”
del país e inauguró la educación bilingüe
en las escuelas.
Esto sucedió durante la presidencia neoliberal
de Gonzalo Sánchez de Lozada, algo que a primera vista puede
parecer una paradoja pero que quizás no lo sea tanto: el
reemplazo de la idea de clase por la de etnia o cultura sintonizaba
perfectamente con la espíritu anti-Estado-nación que
defendía el pensamiento en boga. Con un problema: los indígenas
bolivianos no son minorías a las que hay que proteger, sino
amplias mayorías excluidas, cuya discriminación étnica
se superpone, retroalimentándose, con la desigualdad social.
Una realidad más parecida al apartheid sudafricano que a
las imágenes de esos indios posmodernos y coloridos que a
veces aparecen en National Geographic.
El fracaso de estas primeras operaciones de apertura
en clave neoliberal, que sólo cambiaron cosméticamente
la situación, consolidó en el movimiento indígena
la idea de que era necesario construir un instrumento político
propio para llegar al poder y desde allí cambiar las cosas.
El gran acierto de Evo Morales fue lograr la confluencia entre el
reclamo indígena y otras corrientes políticas –antineoliberales,
nacionalistas– detrás de un único proyecto político.
“Si fue Evo Morales y no Felipe Quispe quien accedió
al lugar de primer presidente indígena de Bolivia, fue porque
logró articular un proyecto nacional frente a la perspectiva
aymaracéntrica”, escribió Pablo Stefanoni (Nueva
Sociedad 209, mayo-junio del 2007). En otras palabras, supo expresar
políticamente a los campesinos de las zonas más atrasadas
del interior, pero también a los indígenas y mestizos
urbanos incorporados al mercado de consumo, que usan jeans y zapatillas,
se conectan a Internet y en muchos casos han abandonado definitivamente
el quechua y el aymara.
2 ¿Qué importancia tuvo la coca la
carrera de Evo Morales?
Aunque la coca se cultiva desde la invasión de los Incas,
el verdadero boom comenzó a mediados de los ’80, cuando
el cierre de las minas de estaño y una brutal sequía
en el altiplano produjeron una migración masiva hacia el
Chapare, una zona fértil del trópico, justo en un
momento en que en Estados Unidos se ponía de moda la cocaína,
la droga que sintonizaba bien con el acelerado espíritu yuppie
de la época.
La coincidencia entre demanda y oferta produjo
una expansión geométrica de las plantaciones de coca,
cultivo que cuenta con una serie de ventajas que no posee ningún
otro producto: emplea gran cantidad de mano obra, no requiere mucho
capital ni fertilizantes, ni una infraestructura especial; uno compra
o alquila un lote y lo único que precisa, además de
brazos bien dispuestos, son los plantines. Además, la coca
resulta rentable aún en pequeñas parcelas. Como diría
un economista, no requiere economías de escala. Clásico
cultivo de minifundio, la coca se parece al café, con la
diferencia de que rinde tres cosechas al año en lugar de
una.
Mientras la coca se expandía, la guerra
contra las drogas desatada por Ronald Reagan forzaba a los sucesivos
gobiernos bolivianos a ensayar una serie de estrategias de erradicación
que fracasaron una otra tras otra, tanto por la falta de incentivos
para los productos sustitutos como por la creciente brutalidad policial.
La reacción del movimiento cocalero fue cohesionarse y fortalecerse
y luego presentarse a elecciones, ganar primero algunas intendencias,
después un diputado nacional y finalmente la presidencia.
En este sentido, el ascenso de los cocaleros al poder es resultado
de un proceso que combinó triunfos electorales con métodos
de acción directa, los bloqueos y piquetes que terminaron
anticipadamente con dos gobiernos y que finalmente concluyeron con
su llegada al poder.
3 ¿El gobierno de Evo Morales es revolucionario?
Si Hugo Chávez habla en Venezuela de su “revolución
bolivariana” y si Rafael Correa define a su proyecto como
una “revolución ciudadana”, Evo Morales también
apela de tanto en tanto a la vieja palabra, aunque el adjetivo que
la acompaña no está del todo claro. Por eso, más
allá de las definiciones, tal vez la mejor forma de acercarse
a una respuesta sea analizar los motivos y el impacto de la decisión
más radical de su gobierno: la nacionalización de
los hidrocarburos.
El decreto de nacionalización, sorpresivamente
anunciado en enero del 2006 y teatralizado con la ocupación
militar de los campos gasíferos, obligó a las empresas
privadas a ceder la totalidad de su producción y la mayor
parte de sus acciones al Estado. Además, ordenó un
incremento de las regalías del 50 al 82 por ciento. Las grandes
compañías extranjeras como Petrobras y Repsol, aunque
al principio amenazaron con retirarse, aceptaron reformular los
contratos bajo las nuevas condiciones, lo que le permitió
al gobierno cumplir su objetivo de aumentar la participación
estatal sin producir un desplazamiento total de las inversiones
extranjeras.
El incremento del porcentaje obtenido por el Estado,
junto al aumento de los precios internacionales y la renegociación
de los valores de las exportaciones a Argentina y Brasil, le permitieron
al gobierno mejorar sus ingresos fiscales. Según la Cepal,
aumentaron 47 por ciento desde la firma del decreto. Conviene entonces
matizar las críticas sobre el populismo de Evo Morales apuntando
que, para envidia de más de un neoliberal, su gobierno es
el fiscalmente más sólido del último medio
siglo. Con un superávit de 4,5 por ciento, reservas record
y una deuda externa en disminución gracias a las condonaciones
del Banco Mundial y el BID, la macroeconomía luce estable
y ordenada. En Bolivia nadie se preocupa mucho por el ministro de
Hacienda, pues la atención permanece en la crisis política,
pero no está de más dedicarle dos líneas: Luis
Arce Catacora es un funcionario de carrera del Banco Central con
un posgrado en Inglaterra, que habla inglés y portugués
y no reniega de las medidas rigurosas. Es, de hecho, el responsable
de aplicar la ortodoxa política de metas de inflación
para controlar la suba de precios.
4 ¿El gobierno apuesta a un sector económico
poscapitalista?
Eso, al menos, me dijo Alvaro García Linera, vicepresidente
de Bolivia y referente intelectual de una parte de la izquierda
de su país, cuando lo entrevisté en su departamento
lleno de libros en La Paz. “Nuestra economía tiene
un espacio capitalista que hay que fortalecer. La diferencia con
los otros gobiernos es que ya no se trata de un capitalismo de camarilla,
endogámico y especulativo, sino de un capitalismo productivo.
Pero también hay sector no capitalista, o poscapitalista,
que son las fuerzas comunitarias tradicionales. Se encuentran fragmentadas
y dispersas, pero tienen en su interior mucho potencial. Es una
estructura muy amplia: el 90 por ciento de la economía campesina
es de tipo familiar-comunitaria.”
Suena bien. Sin embargo, parece difícil
que un sector de estas características –baja productividad,
escasísima incorporación de tecnología, escala
reducida– pueda utilizarse para algo más que la elemental
autosustentación. Para García Linera, sin embargo,
hay allí un potencial productivo. “Nuestro gran reto
es convertir a la comunidad en una fuerza poscapitalista. ¿Qué
de todo esto podremos desarrollar? No sabemos. Pero creemos que
lo central es que se están alumbrando cosas que van más
allá de una mera readecuación democrática a
un capitalismo maduro ya existente.”
5 ¿Evo Morales está logrando avances
en la lucha contra la pobreza?
El punto de partida es desolador. Bolivia es, después de
Haití, el país más pobre de América
latina, con 63, 9 por ciento de pobreza y 34,7 de indigencia, el
triple de mortalidad infantil que en Argentina, la segunda esperanza
de vida más baja de la región y uno de los peores
índices de distribución del ingreso del continente.
Tal vez todavía sea pronto para evaluar
el desempeño de Evo Morales en este aspecto. Desde su asunción,
la economía creció a un ritmo razonable: 4,6 por ciento
en el 2006, 3,9 en el 2007 y se estima un 4 por ciento en el 2008.
Aunque no hay datos fehacientes, es probable que la pobreza haya
disminuido ligeramente por la extensión de algunos programas
sociales, como el Bono Juancito Pinto de apoyo escolar, y el incremento
de las pensiones. “Estamos buscando un camino distinto”,
me dijo Juan Ramón Quintana, ministro de la Presidencia de
Bolivia, cuando conversé con él en la sede de la embajada
de su país en Buenos Aires. “Los recursos obtenidos
por la nacionalización nos permitieron fortalecer las inversiones
sociales, apoyar con créditos los microemprendimientos, la
economía familiar, la pequeñas empresas. Pero no es
algo que se pueda hacer de un día para el otro.”
El problema que se interpone en estos planes es
la dualidad estructural de la economía boliviana: por un
lado, el sector minero e hidrocarburífero, más algunos
pocos exportadores de soja, joyas y cuero, hiperproductivos y modernos;
por otro lado, decenas de miles de pequeños emprendimientos
atrasados y de bajísima productividad. La dificultad deriva
del hecho de que el primer sector, que genera el 60 por ciento del
ingreso, emplea a sólo el 7 por ciento de la población,
mientras el segundo, que explica el 40 por ciento del ingreso, emplea
al 83 por ciento de la mano de obra. El último informe del
PNUD sobre Bolivia sostiene que cambiar este patrón económico
es la clave del desarrollo. De otra forma, el país podrá
crecer, pero será un crecimiento empobrecedor, tal como explicó
Salvador Ric, ex ministro de Obras Públicas de Evo Morales,
quien hizo cálculos y llegó a la siguiente conclusión:
a este ritmo y con este patrón de crecimiento, Bolivia tardará
20 años en alcanzar los niveles de desarrollo de... Paraguay.
6 ¿Qué falta para la sanción
de una nueva Constitución?
Seis meses después de la llega al poder de Evo Morales se
realizaron las elecciones constituyentes, en las que el oficialismo
se impuso claramente, aunque sin lograr los dos tercios necesarios
para poder definir por sí solo las reformas planteadas. El
plebiscito acerca de las autonomías departamentales, que
se realizó en simultáneo, arrojó un triunfo
del No –la postura defendida por el gobierno– en el
total nacional. Sin embargo, el Sí se impuso en cuatro departamentos:
Santa Cruz, Tarija, Pando y Beni. La asamblea se reunió y,
tras un año y medio de sesiones, no logró acordar
un solo artículo.
El golpe de timón llegó en noviembre
del 2007, cuando los asambleístas alineados con el gobierno
se reunieron en un cuartel militar y, con dos tercios de los convencionales
presentes (no del total), aprobaron en una sola sesión 400
artículos: entre otros, la recuperación del rol del
Estado en la economía y la prohibición de la privatización
de los servicios básicos. Al día siguiente, los prefectos
de los departamentos rebeldes anunciaron que desconocían
la nueva constitución y que convocarían a plebiscitos
autonómicos. El gobierno respondió con un anuncio
de elecciones, pero fue desautorizado por la Justicia.
Este complicado enredo institucional no debería
ocultar el diagnóstico esencial: el empate que paraliza a
Bolivia. A diferencia de Chávez, que en los primeros años
de gobierno logró el monopolio absoluto de la iniciativa
política, Evo Morales enfrenta a una oposición que,
si bien cuantitativamente minoritaria, cuenta con poder, dinero
y recursos. La lidera Santa Cruz, el departamento más próspero
de Bolivia, que origina el 30 por ciento del PIB nacional, genera
el 62 por ciento de las divisas y recibe el 47,6 por ciento de la
inversión extranjera. Es además la región más
integrada al Mercosur y la que ostenta lo más parecido a
una industria manufacturera que hay en el país. Basta caminar
unas horas por las calles de Santa Cruz, atestadas de 4x4, para
hacerse una idea de una prosperidad que allí se lleva como
un estandarte de progreso individual en un país acostumbrado
al fracaso económico.
Como Cataluña en España, Santa Cruz
es un centro de poder económico que reclama para sí
margen de maniobra político y una mayor proporción
de la renta, que ha conseguido arrastrar en su reclamo a los departamentos
contiguos y que hoy es el núcleo de la oposición política
al gobierno. Es una pulseada por poder político y recursos
económicos que, sin embargo, no debe confundirse con una
pretensión separatista, plan inconcretable por una larga
serie de motivos, que van desde la seguridad de que ningún
país vecino tolerará una secesión hasta el
detalle económico de que, pese a todo, el principal mercado
de Santa Cruz sigue siendo... Bolivia.
7 ¿Hay una salida para Bolivia?
El cambio político inaugurado por Evo Morales en enero del
2006 es el más profundo y radical de todos los se están
produciendo hoy en América latina. Si el proceso refundacionista
venezolano se limitó a una rotación de elites con
masivas políticas sociales, el boliviano apunta a la incorporación
de una enorme mayoría indígena excluida (según
el último censo, el 64 por ciento de la población)
en un doble sentido: económico y político. Lo primero
es difícil en un país que, además de pobrísimo,
no ha logrado diversificar su estructura productiva (el 75 por ciento
de sus exportaciones son hidrocarburos y alimentos) y cuyo crecimiento,
aunque algo mejor, sigue siendo bajo. En cuanto a la incorporación
política, más allá de la enorme revolución
simbólica que implicó la llegada al poder de Evo Morales,
tampoco está cerrada. El gobierno no ha logrado extender
su influencia a las regiones rebeldes del Oriente y, en un contexto
de creciente polarización, corre el riesgo de perder el apoyo
de las clases medias. Transformar su proyecto refundacionista en
un mínimo consenso nacional –el ejemplo de Nelson Mandela–
implicará tarde o temprano conceder y negociar, sin dejar
de lado los reclamos de justicia: un equilibrio complicado en un
camino apenas más ancho que una cornisa.
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