| Alberto
Fujimori:
DEL PODER Y LA GLORIA AL BANQUILLO DE ACUSADOS
Por: Rodrigo Montoya Rojas
Alberto Fujimori está en el banquillo de
los acusados y vive el interminable drama de oír tres veces
por semana a quienes lo acusan de ser el responsable mediato de
los asesinatos en Barrios Altos y en la universidad de la Cantuta.
Miente cuando repite la misma letanía: “yo no fui,
soy inocente, no di orden alguna de matar a nadie…”
Queda muy poco del arrogante presidente que decía
tener todo bajo control, que lucía como un súper policía
y héroe paseando con chaleco antibalas entre los cadáveres
de los guerrilleros del MRTA en la residencia del embajador de Japón
en Lima. Parece que del aparente “estratega” que planificaba
y ganaba todas sus batallas no queda nada, se le ve envejecido,
asustado y a veces aterrado de sólo pensar en el fracaso
de su defensa y una condena de 30 años. Su abogado y él
siguen el libreto hasta ahora bien aprendido: “yo no fui,
soy inocente, no di orden alguna de matar a nadie, no recuerdo,
ya tengo 69 años, en ese tiempo yo no leía periódicos
ni la revista caretas, no puedo responder, yo soy responsable de
la victoria contra Sendero Luminoso, de la paz y del crecimiento
económico del país”. Tiene sin duda muchos amigos
de gran poder entre los empresarios, los medios de comunicación,
las fuerzas armadas, el poder judicial y los partidos políticos.
Cuando salió de Japón rumbo a Chile,
esperaba que sus amigos chilenos le permitirían quedarse
libre unos días en Santiago y aprovechar de ese apoyo para
cruzar la frontera peruana, emprendiendo una larga marcha hasta
Lima. Soñaba que una caravana formada por miles de sus seguidores
y clientes lo protegería y llegaría a Lima como los
comandantes y comandantas zapatistas que en 2001 recorrieron parte
del territorio mexicano y llegaron al distrito federal sin que el
ejército y los jueces pudiesen impedirlo. El ciudadano peruano
y japonés alucinaba que las multitudes lo llevarían
nuevamente a la presidencia y de ese modo concluiría su pesadilla.
El gran “estratega” se estrelló con la realidad.
Tuvo que estar preso más de un año, en mansiones de
lujo, esperando que la justicia chilena rechazase el pedido peruano
de extradición.
Entre tanto, ideó un plan B. Quiso volver
victorioso a Japón, elegido senador en una lista de la extrema
derecha prometiendo, como ciudadano japonés, “consagrar
su vida” a favor de su viejo y nuevo país. Perdió
rotundamente en las elecciones. Esa nueva y ridícula aventura
política no lo salvó de la extradición. Le
tocó recibir un golpe más duro, hasta ese momento:
la Corte Suprema chilena ordenó su extradición a Lima
con un poderoso argumento: los indicios son suficientes para acusarlo
de responsabilidad mediata en crímenes de lesa humanidad.
Regresó a Lima en un avión, preso. Sin numerosas pastillas
no podría hacerle frente a su situación.
No se encontrará un documento con la firma
del ciudadano japonés ordenando matar, pero los indicios
y evidencias de su responsabilidad se multiplican. En las primeras
cuarenta sesiones de su largo juicio han desfilado muchos de los
militares. Ya no es posible negar la existencia del comando Colina.
Lo aceptan el propio Fujimori y su abogado. Ahora se trata de seguir
mintiendo con el cinismo más grande del mundo para hacernos
creer que Fujimori, el general Nicolás De Bari Hermosa, el
ex capitán Vladimiro Montesinos y otros oficiales superiores,
no sabían nada de los crímenes que un comando del
ejército cometía con toda impunidad.
Martín Rivas, mayor retirado del ejército peruano,
jefe del Destacamento Colina que asesinó del modo más
salvaje imaginable a quince personas, entre ellos un niño
de ocho años en Barrios Altos y a nueve estudiantes y a un
profesor de la Universidad de Educación La Cantuta, y a otra
decenas de personas más en otros crímenes debidamente
registrados y probados, declaró al periodista Umberto Jara:
“… se requiere de la orden presidencial, porque una
guerra clandestina tiene un costo político y el gobernante
debe estar dispuesto a asumirlo con tal de ganar la guerra contra
el terrorismo. Si los militares actuásemos por nuestra cuenta,
apenas se presentan los reclamos por los actos de esa guerra clandestina,
el presidente de la República ordenaría nuestra baja
y encarcelamiento. ¿Por qué Fujimori no hizo eso?”.
La cuestión de fondo es muy sencilla: Fujimori
era el jefe supremo de las Fuerzas Armadas. No requerimos de astucia
alguna para saber que ningún capitán sería
capaz de organizar por su cuenta un pelotón clandestino para
asesinar a los adversarios políticos del jefe supremo de
las fuerzas armadas. Rivas y sus hombres tuvieron el apoyo debido
de su ejército en armas, municiones, dinero, disponibilidad
de vehículos, salarios especiales, ascensos, puestos fuera
del país con salarios internacionales, en algunos casos con
identidades cambiadas, compensaciones de decenas de miles de dólares
por aceptar una prisión temporal que sería seguida
de una amnistía acordada por el presidente Fujimori y el
Congreso de la República.
De dos cosas una: aceptamos que Fujimori y los
jefes es de las fuerzas armadas eran unos angelicales ingenuos que
no sabían nada de lo que pasaba en su ejército y que
el responsable de todo era un simple capitán, o el ex presidente
del Perú y sus grandes jefes mienten para evadir sus responsabilidades.
Si mienten y culpan a Martín Rivas y otros oficiales y suboficiales,
lo menos que puede decirse de ellos es que actúan con cobardía.
Al llegar a este punto, el razonamiento que sigo toca otro problema
de fondo, demasiado grave y al mismo tiempo frágil como una
copa de cristal: si las fuerzas armadas peruanas tienen jefes como
ellos ¿qué se puede esperar? Ya sabemos que se enseña
con el ejemplo y que las palabras y los discursos sirven para muy
poco. ¿Qué ejemplo dan a sus oficiales y soldados
cuando el jefe supremo y sus generales se esconden entre los pantalones
de sus capitanes? La respuesta podría ser muy simple: “en
situaciones parecidas, escóndanse como nosotros”. Si
así fuera, la pregunta inevitable sería ¿qué
hicimos las peruanas y peruanos para merecer jefes militares como
ésos?
El mayor Rivas en su declaración dijo que
no dijo lo que dijo, que él no recibió orden alguna
de su jefe supremo y sus generales, que no sabe nada y se ampara
en su derecho de callar. Volvemos a lo mismo de siempre porque la
cobardía de los jefes no es una historia que comienza con
Fujimori, Hermosa Ríos y Rivas. Es un viejo dato de la historia
peruana desde hace muchos siglos.
Detrás de todos estos episodios se esconde
un principio de lealtad y un reconocimiento secreto de algunos supuestos
héroes en las fuerzas armadas. El mayor Rivas está
convencido de su lealtad al ejército, cree que ha cumplido
un patriótico deber con el país. Esa lealtad es considerada
como una secreta virtud digna de admiración a pesar de los
asesinatos. Lo mismo ocurre con Agustín Mantilla, ex secretario
general del partido aprista peruano, secretario privado del presidente
Alan García en su primer gobierno, 1985-1990, y jefe del
comando “Rodrigo Franco”, cuya existencia ha sido aceptada
por el propio Fujimori. Ese personaje fue actor estrella en uno
de los centenares de videos de la época fujimorista en el
que aparece recibiendo un paquete de miles de dólares de
manos de Vladimiro Montesinos. Luego, se detectó y probó
que Agustín Mansilla tuvo una cuenta de varios millones de
dólares en un banco del extranjero. No soltó prenda
alguna sobre el origen y uso de ese dinero. Cargó con la
responsabilidad personal, fue condenado a algunos años de
cárcel y el Apra, su partido, lo expulsó para salvar
las apariencias. Ya libre en calles de Lima se considera un ejemplo
de militante aprista, sacrificado en bien de su partido. Cuentan
que su prestigio interno es muy grande !Qué país el
nuestro!
Lo avanzado en el juicio hasta hoy, es suficiente
para saber que la montaña de indicios y evidencias contra
Fujimori, Hermosa Ríos y Montesinos, es inmensa. Si los jueces
peruanos toman en cuenta los argumentos de la Corte Suprema chilena
y suman los centenares de testimonios en contra - ya conocidos y
nuevos- deberían confirmar los 30 años de cárcel
que pide la fiscalía. Si aceptan el argumento de la defensa
–“no hay una orden escrita firmada por Fujimori”-
podrían absolverlo. El desafío histórico para
ellos es muy grande. Fujimori no está vencido aún
y espera seguramente recibir el apoyo de sus poderosos aliados para
evitar su última derrota.
Si el pueblo peruano tuviese la oportunidad de
seguir el juicio por la televisión y radio nacionales, nuestra
conciencia cívica se multiplicaría, lo mismo que nuestra
decisión de no volver a permitir que una historia como la
de los asesinos del “Comando Colina” se repita. El presidente
Alan García tendrá sus buenos motivos para evitar
que el juicio al Sr. Fujimori sea visto y oído a través
del Canal 7 y la estación de Radio Nacional.
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