| Sherlock
Holmes
EL PRIMER SUPERHÉROE MODERNO
Por: Rodolfo Martínez
Las crónicas dicen que el superhéroe
nació en las páginas del número uno de Action
Comics, con fecha de portada de junio de 1938. En realidad había
nacido más de cincuenta años antes, en una novela
de escaso éxito en su momento titulada Estudio en escarlata.
Hombre, me diréis, no nos pasemos. Todos
sabemos que el superhéroe no nació por generación
espontanea y que hay antecedentes, y podemos aceptar a Sherlock
Holmes como uno de ellos. Pero el superhéroe como tal, ya
definitivamente formulado en todos sus rasgos y características,
no aparece hasta finales de los años treinta en los comic
books americanos.
Eso es doblemente falso, por supuesto. Porque personajes
como The Shadow o Doc Savage (y ni siquiera me molestaré
en mencionar a El Hombre Enmascarado de Lee Falk) tienen todas la
características del superhéroe y se desarrollaron
unos años antes en las revistas pulp. Claro que eso en realidad
no importa, porque en la Inglaterra victoriana ya existía
una figura que cumplía todos los requisitos para ser considerado
como tal.
¿Y cuáles son esos requisitos? Muy
fácil:
a. Habilidades físicas o mentales sobrehumanas.
b. Un uniforme que lo identifica claramente.
c. Un cuartel general.
d. Un archienemigo.
e. Un talón de aquiles.
f. Una novia eterna e incansable con la que raras veces llegará
a consumar la relación.
g. Algún tipo de compañero que le hace de ayudante.
h. Y a menudo tiene su ejército, o grupo de acción
particular.
Y en realidad Sherlock Holmes cumple todos los requisitos uno por
uno:
a. Su mente es algo extraordinario, capaz de deducir la infancia
de un asesino por la longitud de sus pisadas o la forma en que se
escaman las cenizas de los cigarrillos que fuma. O, incluso, como
dijo Watson en cierta ocasión, es capaz de desentrañar
un caso simplemente "contemplando la velocidad a la que el
perejil se introducía en la mantequilla en un día
de calor". Pero es que su físico también se sale
de la escala: entrenado en las misteriosas habilidades del baritsu,
es tan capaz de salir ileso de cualquier pelea como de sobrevivir
a una caída aparentemente mortal en las cataratas de Reinchebach.
Por si eso no fuera suficiente, cuando un matón intenta impresionarle,
doblando con gran esfuerzo un hurgón de chimenea, Holmes,
ni corto ni perezoso, vuelve a dejarlo como estaba sin apenas despeinarse.
Si además añadimos su increíble capacidad para
el disfraz (que deja como simples aficionados a metamorfos como
los skrulls o los durlanianos) vemos que las habilidades de Holmes
sobrepasan con mucho las de un mortal común.
b. Conan Doyle nunca comentó la indumentaria
de su personaje, pero uno de sus primeros ilustradores (y sin duda
el más famoso) Sidney Paget le dotó de la gorra característica,
el abrigo de cazador -de patos, concretamente- y la pipa curvada
que desde entonces son su marca de fábrica, tan definitorias
para el personaje como el pentágono con la S en el pecho
para Supermán o el murciélago en la elipse amarilla
para Batman.
c. Todos sabemos dónde vive Holmes, por
supuesto: en el 221 B de Baker Street (de hecho, en la placa que
identifica la calle, el ayuntamiento de Londres ha colocado el perfil
característico del detective), un lugar tan conocido por
los aficionados de todo el mundo como la Fortaleza de la Soledad
o la Batcueva.
d. Y tiene su némesis, como no podía
ser menos: el profesor James Moriarty, el Napoleón del Crimen,
quien pese a ser nombrado tan solo en tres historias (y ser visto
fugazmente en una de ellas) ha cobrado cuerpo como el gran enemigo
a batir. ¿Es casual que el Lex Luthor desarrollado por John
Byrne y Marv Wolfman a mediados de los ochenta parezca, en muchos
aspectos, un calco de Moriarty?
e. ¿Cuál es el punto flaco de Holmes,
lo único que puede acabar con él, el punto ciego en
su invulnerabilidad? La cocaína, me diréis. Y sin
embargo, no es cierto, esta no es más que un signo, un síntoma
que apunta al verdadero talón de aquiles del héroe.
Porque lo único que puede matar a Holmes es el aburrimiento,
la inactividad. Si se inyecta cocaína (en un solución
al siete por ciento, por supuesto) es precisamente para luchar contra
esa inactividad, ese tedio que, bien lo sabe, podría acabar
con él.
f. Allí esta Irene Adler, la Mujer, en palabras
del propio Holmes. Una aventurera con una inteligencia igual (si
no superior en algunos aspectos) a la del famoso detective. La atracción
entre ambos es casi inmediata, y si bien se manifiesta a un nivel
puramente intelectual, Holmes no dejará durante toda su vida
de sentirse fascinado por Irene Adler. Y es probable que a ella
le pase lo mismo.
g. Como todo superhéroe que se precie, Holmes
tiene su sidekick, si bien en este caso no se trata de un compañero
adolescente como el Robin de Batman o el Bucky del Capitán
América. Pero allí está Watson, leal a toda
prueba, esforzado y voluntarioso y continuamente admirado ante las
proezas de su amigo. Al igual que Batman necesita la presencia del
Muchacho Maravilla (sin olvidar a su más antiguo sidekick,
por supuesto, porque Batman no sería Batman sin un Alfred
Pennyworth a su lado) para no ser devorado por su parte más
oscura y convertirse en uno de los enloquecidos criminales que él
mismo persigue, Holmes necesita a Watson para ser Holmes: necesita
su candor, necesita la maravilla con la que el buen doctor recibe
cada muestra de ingenio del detective. Y, a poco que lo pensemos,
Holmes es una criatura creada por Watson: no cobra verdadera resonancia
mítica hasta que no es pasado por el tamiz de la narrativa
del doctor.
h. Y no podemos olvidar a los Irregulares de Baker
Street, el grupo de pilluelos callejeros que, a las órdenes
de Holmes, se convierten casi en su ejército particular.
A veces me pregunto si Kirby y Simon no tendrían en mente
a los Irregulares cuando crearon para la DC a la Newsboy Legion.
Tras esto poco me queda por añadir. O Quizá,
y para rematar la guinda, para marcar en la culata la muesca definitiva
de todo superhéroe que se precie habría que hablar
de la muerte y resurrección del personaje. Porque, mucho
antes de que a alguien se le ocurriera matar y resucitar a Supermán,
Holmes ya lo había hecho. Y al contrario que el Hombre de
Acero, el detective no necesitó de largas y estrambóticas
sagas para regresar de entre los muertos: le bastó con volver
a Baker Street, poner la pipa entre sus labios y murmurar "la
caza empieza, Watson". Desde entonces no se ha ido y nadie
ha podido dar con su cadáver u obtener una prueba de su fallecimiento.
Y es que como todo buen superhéroe que se
precie (con el permiso del Capitán Marvell) Sherlock Holmes
es inmortal. Quizá debido a sus experimentos con la jalea
real. O, más probablemente, por el hecho simple de que un
dios o un semidiós no muere mientras siga teniendo creyentes.
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