| Fats
Domino
EL RETORNO DEL REY
Por: Martín Pérez
Acaba de cumplir nada menos que ochenta años
y, según dicen todos los que han tenido la suerte de entrevistarlo
recientemente, luce mucho más flaco de lo que un hombre que
carga con semejante apodo debería estar. A poco menos de
tres años de la catástrofe que lo obligó a
dejar una ciudad de la que nunca se quiso alejar demasiado, Fats
Domino se ha vuelto a instalar en Nueva Orleans. Aún está
lejos de su barrio de siempre: se ha comprado una casa ubicada en
un country de las afueras de la ciudad, del otro lado del Mississippi.
Si bien cocinar sigue siendo su principal hobbie,
sin sus vecinos de la humilde novena sección donde vivió
casi toda su vida y a los que invitaba con un plato cada vez que
su comida estaba lista, hasta ese placer le está siendo esquivo.
“Cocinar para uno solo no tiene mucha gracia: de tanto probar
la comida, cuando está lista ya no tenés hambre”,
le explicó a una cronista del diario USA Today que lo visitó
en su hogar en ocasión de la edición del flamante
Goin’ Home, un álbum doble en el que sus colegas honran
sus mejores temas, cuyas versiones originales ayudaron a delinear
lo que hoy en día se conoce como música rock.
Poco amigo de las entrevistas, Domino suele tomar
mucha cerveza y hablar muy poco cada vez que se encuentra con un
periodista, aun cuando tenga un disco para promocionar. No le gusta
demasiado exponerse al ojo del gran público: declinó
tocar cuando lo hicieron miembro del Salón de la Fama del
Rock’n’Roll el año que se inauguró, y
rechazó presentarse en la Casa Blanca cuando Clinton le otorgó
la Medalla Nacional de las Artes en 1998. Aunque la casa en la que
vivió toda su vida, junto a la mayoría de fotos y
recuerdos, se perdió por obra y gracia del huracán
Katrina, Fats no necesita ayuda financiera: a diferencia de muchos
de sus contemporáneos, nunca cedió los derechos de
autor de sus canciones, que aún hoy le rinden dividendos.
Por eso es que los beneficios de las ventas de Goin’ Home
serán para su Tipitina’s Foundation, una organización
que intenta que cada escuela de Nueva Orleans tenga instrumentos
para sus alumnos.
Mientras ayuda a la reconstrucción de su
ciudad, Fats Domino intenta seguir llevando la misma vida de siempre.
“No sé si alguna vez volveré a mi hogar. Me
gustaría, claro. Pero cuando uno llega a determinada edad,
aprende a no hacer demasiados planes”, le confesó al
legendario cronista Charles M. Young de la revista Rolling Stone,
flanqueado por los únicos dos discos de oro que no se llevó
la inundación, los correspondientes a los simples “Blue
Monday” y “Rosemary”.
EL HOMBRE GORDO
Aunque los tres días en los que no se supo del paradero de
Fats Domino luego de la inundación de Nueva Orleans fueron
casi una eternidad para sus fans, en realidad cuando la noticia
de su aparición sano y salvo recorrió el mundo, hubo
muchos que recién entonces se enteraron que el autor de clásicos
como “Ain’t That A Shame” aún estaba en
este mundo. Parte de la culpa por ese ostracismo lo tiene el propio
Domino, que se fue recluyendo naturalmente en su hogar en Nueva
Orleans, una ciudad de la que nunca le gustó moverse, en
realidad. “¿Para qué me voy a ir, si la mejor
comida está acá?”, solía bromear el músico,
cuya leyenda incluye los problemas que su pasión por la cocina
le solían acarrear en los hoteles que lo hospedaban durante
sus giras. Si los Rolling Stones arrojaban televisores por la ventana,
Domino cocinaba en su cuarto, y el olor de sus potajes siempre propiciaban
quejas del resto de los clientes.
Pero ése es el único exceso extramusical
que puede ostentar la leyenda de Fats Domino, alejada de los estereotipos
de las estrellas de rock. Como bien señalaba el periodista
español Diego Manrique celebrando los 80 años del
músico en una columna del diario El País, su vida
carece de escándalos: sigue casado con su primera mujer y
ha criado ocho hijos. “No hay mucho que decir de mi carrera”,
dijo recientemente, en otra muestra de su laconismo ante los periodistas.
“Estoy contento de que a la gente le haya gustado mi música.
Creo que tuve una vida interesante. Pero nunca presté demasiada
atención, y jamás me imaginé que duraría
tanto.”
Aunque su biógrafo Rick Coleman asegura
que nunca se atrevería a calificarlo como el rey del rock,
Peter Guralnick —autor de la que es considerada como la biografía
definitiva de Presley— asegura que Elvis denominaba así
a Fats Domino. No es el único: Little Richard lo veneraba,
ya que aseguraba deberle todo, e incluso artistas como John Lennon
y Bob Marley solían decir que la música de Domino
fue su primera gran influencia. Con más de 65 millones de
discos vendidos y 37 temas dentro del Top 40 mientras estuvo vinculado
al sello Imperial, entre 1949 y 1963, sólo Elvis vendía
por entonces más que Domino, cuyo primer simple, “The
Fat Man”, forma parte por derecho propio de la breve lista
de temas que siempre se cita cuando se habla del puntapié
inicial del rock. “Nunca supe que iba a ser músico”,
dijo en la misma entrevista con el USA Today. “Cuando tenía
15 años trabajaba en un camión repartidor de hielo,
cargando grandes bloques sobre mi espalda. En las casas donde la
gente tenía un piano, me detenía a tocar. Así
era como practicaba.”
¿NO ES UNA VERGÜENZA?
Aunque aquel primer simple data del año 1949, el gran público
supo de la existencia de Fats Domino en 1955, gracias al éxito
del tema “Ain’t That A Shame”. Pero en aquellos
tiempos segregacionistas los artistas blancos llevaban la de ganar:
fue la pasteurizada versión de Pat Boone de ese mismo tema
la que llegó al número 1 en ventas. “La verdad
que los artistas blancos tenían las leyes a su favor”,
explicó Domino, que siempre evitó discutir cuestiones
vinculadas con la política o con la raza. “Pero estaba
acostumbrado a eso, así que no me molestaba. Simplemente
era más difícil viajar, porque había lugares
separados tanto para comprar gasolina como para ir al baño.
Pero yo no dejaba que eso me moleste, y aún hoy no me molesta.”
A pesar de esa clase de declaraciones por parte
de Domino, Coleman señala que su música, que a partir
del éxito de “Ain’t That A Shame” comenzó
a atraer a jóvenes blancos y negros por igual, funcionó
entonces como una especie de prólogo para lo que luego serían
las luchas por los derechos civiles. “Preparó a los
jóvenes para lo que vendría después”,
asegura. De hecho, en sus recitales solían haber disturbios
porque su público se negaba a respetar el segregacionismo,
que separaba al público por el color de piel: al bailar la
música de Fats los jóvenes se mezclaban. “¿Por
qué cree que en sus recitales se generaban tantos disturbios?”,
le preguntó Young a Domino en su entrevista. “No tengo
ni idea”, respondió el siempre evasivo Fats. “No
había nada en la música, así que debía
haber algo en el público.”
Aunque inmediatamente después del Katrina
publicó para su Tipitina’s Foundation un encantador
álbum llamado Alive and Kickin’ (2006), grabado antes
del huracán, este flamante tributo marca una suerte de reconocimiento
tardío a la figura de Domino. Y no deja de sorprender todos
los colegas que se cuadran ante su llamado: durante treinta temas
que ocupan dos discos, desde Paul McCartney hasta Norah Jones, pasando
por Tom Petty, Neil Young, Taj Mahal, Elton John, Robert Plant,
Willie Nelson, Lenny Kravitz y muchos otros, todos desfilan tocando
los temas que hicieron que la figura de Fats Domino sea una de las
fundamentales de la historia del rock.
Además de funcionar como un virtual paseo
por lo mejor del sonido boogie-woogie de Nueva Orleans, Goin’
Home es también un catálogo de las canciones que Domino
compuso principalmente junto a Drew Bartholomew, el hombre que lo
descubrió y lo sacó a la ruta. Pero, como siempre,
Fats Domino siempre termina volviendo a casa. “Nunca cambié
nada en mi vida, salvo mis ropas. Y a veces ni siquiera eso”,
explica Fats, que vivió y vive la vida que eligió.
“No se trata de que tuviese alguna actitud ante las cosas.
Simplemente siempre fui yo.”
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