| Detrás
de la Casa Blanca
LA CONTINUIDAD DEL PODER EN EE.UU.
Por: Thierry Meyssan / Red Voltaire
Durante los últimos 60 años, Estados
Unidos se dotó de lo que se ha dado en llamar «aparato
securitario de Estado». Este se conformó como un Estado
detrás del Estado, encargado de dirigir desde la sombra la
guerra fría contra la URSS y, más, tarde de ocupar
el espacio que dejara vacante el desmantelamiento de la Unión
Soviética y de dirigir la guerra contra el terrorismo. Dispone
de un gobierno militar fantasma designado para reemplazar el gobierno
civil, en caso de que este último quedase decapitado durante
un ataque nuclear.
En su célebre discurso de adiós,
el 17 de enero de 1961, el presidente Eisenhower declaró:
«En los consejos de gobierno, tenemos que tener cuidado con
la adquisición de una influencia ilegítima, deseada
o no, por parte del complejo militaro-industrial. Existe el riesgo
de un desastroso desarrollo de un poder usurpado y [ese riesgo]
se mantendrá. No debemos permitir nunca que el peso de esta
conjunción ponga en peligro nuestras libertades o los procesos
democráticos».
Este aviso resultó sin embargo insuficiente.
La lógica del «aparato securitario de Estado»
ahogó poco a poco la de las instituciones que ese mismo aparato
debía proteger. El complejo militaro-industrial utilizó
su poder para modificar las instituciones civiles según su
propia conveniencia, en vez de ponerse al servicio de estas. En
definitiva, el lobby de la guerra falseó el proceso electoral
y logró decidir, en cada elección presidencial, quién
sería el ocupante de la Casa Blanca.
Desde hace 60 años, sin excepción
alguna, el presidente es siempre el candidato que se compromete
a concretar las exigencias del «aparato securitario de Estado»
y que obtiene el apoyo financiero masivo de las firmas que tienen
contratos con el Pentágono. Claro está, después
tomar posesión de la Oficina Oval, el elegido trata siempre
de deshacerse de sus padrinos y de acercarse a los verdaderos intereses
de su pueblo. Tendrá entonces que ser capaz de darse cuenta
del margen de maniobra del que dispone, con la posibilidad de que
lo eliminen, política o incluso físicamente. Finalmente,
el riesgo de que un presidente que se aparte del «Estado profundo»
logre a pesar de ello mantenerse en el poder estará siempre
limitado por la regla, impuesta durante la misma época, que
limita el ejercicio de la función presidencial a dos mandatos
consecutivos.
En esas condiciones –como veremos más
adelante– la alternancia entre demócratas y republicanos
no proporciona a los ciudadanos estadounidenses un medio de cambiar
la política, sino que constituye para el «aparato securitario
de Estado» la posibilidad de mantener la misma política
más allá de la impopularidad del presidente ya "desgastado".
Se trata de la aplicación del principio que Giuseppe Tomasi
di Lampedusa atribuye al Gatopardo: «Todo tiene que cambiar,
para que nada cambie y para que podamos seguir siendo los amos».
A veces el «Estado profundo» sale a
la superficie y deja entrever su poderío. Eso sucede ocasionalmente
durante el período de transición presidencial. Se
produce entonces un semivacío del poder, durante la fase
en que el presidente saliente sigue a cargo de los asuntos pendientes,
mientras que el presidente electo se prepara para asumir el mando.
En el siglo XVIII, se explicaba que ese período
de transición de 11 semanas era el tiempo necesario para
hacer un balance de los resultados y conformar un equipo, debido
al gran tamaño del país y la lentitud de las comunicaciones.
La primera transición se desarrolló en 1797, cuando
John Adams fue electo como sucesor de George Washington. Durante
siglo y medio, no existió ningún tipo de procedimiento
para regular ese período ya que los dos presidentes (el presidente
saliente y el que lo reemplaza) no tenían ninguna razón
que los obligara a colaborar entre sí. Hoy en día
la cosa es muy distinta ya que el «aparato securitario de
Estado» aprovecha ese período para poner al nuevo ocupante
de la Casa Blanca al corriente de lo que debe saber sobre «Estado
profundo». Para comprender el sistema, volvamos a la historia
de esas transiciones.
La guerra fría mantiene la democracia entre
paréntesis
Harry Truman (presidente de Estados Unidos desde 1945 hasta 1953)
modificó profundamente la naturaleza del Estado federal al
crear en su seno el «aparato securitario de Estado»,
un tríptico conformado con el Consejo de Jefes de Estado
Mayor (JCS), la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Consejo
de Seguridad Nacional (NSC). Estos organismos, que nada tienen de
transparentes, disponen de poderes exorbitantes, solamente comparables
a los establecidos para tiempos de guerra. Y es que su misión
consiste precisamente en mantener el estado de movilización
de la Segunda Guerra Mundial, sin mantener por ello a la sociedad
civil bajo presión, como medio de librar una nueva forma
de guerra contra la Unión Soviética: la guerra fría.
Para «contener» la influencia soviética,
Truman organizó el puente aéreo hacia Berlín,
estableció la alianza atlántica (OTAN) y declaró
la guerra de Corea. Extendió además el «Estado
profundo» estadounidense al interior mismo de los Estados
aliados, mediante la creación de las redes stay-behind y
la integración de las mismas al seno de la CIA [1].
El «aparato securitario de Estado»
consideraba que el mejor sucesor de Truman sería el general
Dwight Eisenhower, que había sido comandante supremo de las
fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y había
ocupado posteriormente ese mismo cargo en el seno de la OTAN. Era
el hombre idóneo para continuar la guerra de Corea hasta
la victoria. La opinión pública lo adulaba y lo consideraba
un héroe, aunque nunca había combatido personalmente,
ni siquiera había estado cerca de la línea del frente.
Como Eisenhower no era un político, ni tenía
vínculos con ninguna organización política,
los dos partidos trataron de atraerlo. Truman le pedió, en
vano, que se uniera a los demócratas. Finalmente, Eisenhower
se decidió por la candidatura republicana. Con ese partido
llegó a un acuerdo que estipulaba que gozaría como
presidente de libertad de acción para aplicar una política
exterior antisoviética y emplearse «a fondo»
en Corea, hasta la victoria. En pago, Eisenhower se comprometía
a aplicar una política interna y económica de corte
conservador. Escogió como compañero de candidatura
al senador Richard Nixon (cuya hija se casaría en poco tiempo
con el nieto de Eisenhower), que se había dado a conocer
como uno de los promotores de las «cacerías de brujas»
contra los comunistas.
Al resultar electo Dwight Eisenhower, Truman se
puso en contacto con él para presentarle el dispositivo de
seguridad nacional dado que, aunque la existencia del mismo era
pública, su funcionamiento era secreto.
Eisenhower elaboró la doctrina de defensa
que lleva su nombre, en virtud de la cual Estados Unidos no vacilará
en utilizar la fuerza, en cualquier lugar del mundo, donde la influencia
comunista amenace los intereses occidentales. Agregó además,
al sistema de seguridad nacional, el principio de continuidad del
gobierno. Designó, mediante un decreto secreto, un gobierno
alternativo compuesto simultáneamente de militares y de industriales
escogidos entre sus propios amigos, que se encargaría de
tomar el mando en caso de que las instituciones desapareciesen como
consecuencia de un ataque nuclear soviético.
O sea, paralelamente al procedimiento constitucional
en lo tocante al vacío del poder, existe desde hace 50 años
un segundo procedimiento –de carácter militaro-industrial–
que puede ponerse en marcha en caso de hecatombe nuclear. En el
primer caso, el vicepresidente reemplaza al presidente, de ser necesario
lo reemplaza el presidente pro tempore del Senado, o el presidente
de la Cámara de Representantes. En el segundo caso, los políticos
electos por el pueblo se ven excluidos por un gobierno fantasmo
–cuya composición es, además, secreta–
que sale bruscamente de las penumbras, aunque no dispone de legitimidad
electoral alguna.
Sin embargo, el «aparato securitario de Estado»
le reprochó a Eisenhower no haber hecho lo suficiente, sobre
todo en materia de misiles, y se negó a apoyar al vicepresidente
Nixon como su sucesor. Inquieto por las consecuencias que el creciente
poder del complejo militaro-industrial podía tener para la
democracia, Eisenhower lanzó un aviso a sus conciudadanos
en su discurso de adiós, que ya citamos anteriormente. El
lobby de la guerra volvió entonces su mirada hacia el partido
demócrata.
Fue de esa manera cómo John F. Kennedy obtuvo
el apoyo de los industriales del armamento. Para congraciarse con
ellos centró su campaña electoral en la denuncia de
una supuesta ventaja de los soviéticos en materia de misiles
y en la necesidad de eliminar ese abismo («missile gap»).
Además, designó como su compañero de fórmula
al belicoso líder del grupo parlamentario demócrata,
Lyndon Johnson. Directamente vinculado al complejo militaro-industrial,
durante su campaña electoral tomó la iniciativa de
crear grupos de trabajo para hacer un balance de la situación
y preparar sus primeras decisiones en caso de resultar electo.
Kennedy puso a la cabeza de los dos grupos de trabajo
más importantes a quienes habían sido sus dos principales
rivales por la investidura demócrata, neutralizando así
el rencor de ambos al tiempo que explotaba sus habilidades. Creó
hasta 29 grupos temáticos, cuyos miembros eran todos voluntarios
no remunerados. Después de su elección, Kennedy designó
al abogado Clark Clifford para coordinar el traspaso de poderes
con Eisenhower, y luego nombró por lo menos a un miembro
de cada grupo de trabajo para formar parte de su gabinete. No fue
por sus cualidades como abogado y negociador que la elección
recayó sobre Clifford sino por tratarse de un halcón,
que además era un representante del «Estado profundo».
Clifford había participado junto a Truman en la creación
del «aparato securitario de Estado» y Eisenhower lo
había nombrado ministro fantasma en el seno del gobierno
militar de repuesto.
Más tarde, Kennedy impuso la Presidential
Transition Act para que los siguientes presidentes pudieran seguir
sus pasos teniendo a su disposición un financiamiento federal
con el que pagar a los miembros de sus grupos de trabajo.
Kennedy desafió a la URSS ante el muro de
Berlín, desplegó misiles en Turquía y logró
disuadir a los soviéticos de instalar los suyos en Cuba como
respuesta. También emprendió los grandes programas
espaciales. Pero no tardó en revisar sus compromisos con
intenciones de reducirlos. Es verdad que autorizó la invasión
contra Cuba, pero rectificó después del fiasco de
Bahía de Cochinos. También es cierto que metió
las manos en Vietnam, pero rápidamente empezó a tratar
de buscar cómo preparar la retirada. Apoyándose en
la legitimidad que le otorgaba un amplio apoyo popular, entró
en conflicto con su estado mayor y ordenó investigaciones
sobre las actividades políticas de varios generales. En definitiva,
acabó siendo asesinado para favorecer a su vicepresidente,
Lyndon B. Johnson –cuya ceremonia de toma de juramento había
sido preparada justo antes de que Kennedy fuese abatido–,
quien aprobó sin demora la escalada de Vietnam y nombró
además a Clifford Clark como ministro de Defensa para realizar
esa sucia tarea.
La impopularidad de Johnson hacía imposible
su reelección, así que este renunció a tratar
de obtener la candidatura. Como el partido demócrata estaba
en manos de pacifistas que se oponían a los horrores de la
guerra de Vietnam, los halcones necesitaban un cambio de partido
para mantenerse en el poder y continuar su propia política.
Eligieron, con toda lógica, al ex vicepresidente Richard
Nixon, un oportunista que ya conocía todos sus secretos.
Cuando los dos candidatos más importantes
ya habían recibido la investidura de sus respectivos partidos,
Johnson se reunió con ellos para ponerse de acuerdo sobre
los detalles de la transición. Se trata solamente de un espectáculo
puramente formal, pero que permitió que el demócrata
Johnson se pusiera en contacto con el candidato republicano antes
de que este fuera electo. Aprovechando la existencia de la Presidential
Transition Act, el republicano Nixon siguió los pasos del
demócrata Kennedy creando así 30 grupos de trabajo
para definir su futura política en estrecho contacto con
el «Estado profundo».
Nixon aplicó una política de distensión
hacia la URSS y negoció los acuerdos de limitación
de la carrera armamentista respetando los intereses del complejo
militaro-industrial, o sea suprimiendo ciertas armas para favorecer
las más sofisticadas. Por iniciativa de su consejero Henry
Kissinger, estableció una sorprendente alianza con la China
comunista para aislar a Moscú. Sin embargo, renunció
a tratar de vencer en Vietnam, cosa que el «aparato securitario
de Estado» le hizo pagar muy caro al organizar contra él
un proceso de destitución como consecuencia del escándalo
del Watergate. Durante meses, el número 2 del FBI, Mark Felt
(alias «Deep Throat»), destiló personalmente
informaciones devastadoras al Washington Post.
Acorralado, Nixon preparó en secreto su
renuncia y sólo le avisó a Gerald Ford con un día
de antelación. Ambos hicieron un trato: Ford ocuparía
la Oficina Oval a cambio del perdón para Nixon y de la suspensión
de toda acción judicial contra este último. Ford aceptó.
Previendo aquella posibilidad, Ford ya había conformado un
pequeño equipo de trabajo, pero este fue disuelto inmediatamente.
Un miembro importante del «aparato securitario de Estado»,
el embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Donald Rumsfeld (adversario
de Kissinger), fue llamado urgentemente a Washington para que se
encargara de la transición.
Rumsfeld ayudó a conformar el nuevo equipo
–una combinación de ex colaboradores de Nixon y de
caras nuevas. El asunto era más complicado de lo que parecía
ya que se trataba de penalizar la política que había
llevado a la pérdida de Vietnam, representada por Kissinger,
salvaguardando a la vez la influencia de la industria armamentista,
también representada por el propio Kissinger (que había
sido secretario general del American Security Council, la principal
organización del complejo militaro-industrial en aquella
época). Ford designó a Nelson Rockefeller como nuevo
vicepresidente. Este último no sólo era el heredero
de la más importante dinastía industrial del país.
También había sido el jefe de operaciones secretas
del «aparato securitario de Estado» durante la presidencia
de Eisenhower.
Rápidamente, Ford se dio cuenta de que los
ex colaboradores de Nixon arrastraban el peso de la imagen del Watergate
y le pidió a Rumsfeld que terminara el trabajo. Rumsfeld
se convirtió así en secretario general de la Casa
Blanca. Echó a los últimos colaboradores de Nixon,
con excepción del propio Kissinger, y puso a George H. Bush
a la cabeza de la CIA. Con la ayuda de este último, Rumsfeld
creó una comisión de evaluación de la amenaza
soviética («el equipo B») que inmediatamente
gritó que venía "el lobo" y reactivó
la carrera armamentista.
La imagen de Ford era desastrosa. La opinión
pública lo veía como un pícaro que había
exonerado a Nixon para tomar su lugar en la presidencia, mientras
que el «aparato securitario de Estado» quería
borrar la humillante imagen de la caída de Saigón
a la que se le asociaba (aunque aquello no era otra cosa que una
consecuencia de la paz que quería Nixon). Ford no tenía
la legitimidad necesaria para emprender iniciativas importantes.
El «Estado profundo» necesitaba, por consiguiente, un
nuevo presidente demócrata. Este sería Jimmy Carter,
protegido de David Rockefeller (el hermano del vicepresidente Nelson
Rockefeller), capaz de pasar la página de los crímenes
anteriores y de mantener a la vez el rumbo ante la URSS.
Carter escogió como consejero de Seguridad
Nacional a Zbignew Brzezinski [2], secretario general de la Comisión
Trilateral, el think tank de los Rockefeller. Brzezinski había
teorizado sobre una versión moderna del «containment»
que se practicaba hacia la Unión Soviética, fortaleciendo
así la doctrina del «aparato securitario de Estado».
Sobre esa base, disminuyó la presión militar en América
del Sur (renegociación del control del Canal de Panamá
y fin de las dictaduras militares) y la desplazó hacia el
Asia Central (guerra de Afganistán contra los soviéticos).
Fue en ese contexto que contrató a Osama Ben Laden y desarrolló
el apoyo estadounidense a las organizaciones extremistas sunnitas
anticomunistas.
Desgraciadamente, la credibilidad de Estados Unidos
se resquebrajó con el asunto de los rehenes de la embajada
de Teherán. Lo más importante fue que, luego de las
revelaciones de las comisiones investigadoras parlamentarias, al
bautista Carter se le ocurrió moralizar la CIA aprovechando
la limpieza post-Watergate. Al verse así amenazado, el «aparato
securitario de Estado» organizó una campaña
mediática contra Carter, acusándolo de ser portador
del «síndrome de Vietnam». Y luego, empezó
a buscarle un sustituto republicano.
En definitiva, el «Estado profundo»
organizó la fórmula Reagan-Bush (este último
había sido director de la CIA). Por primera vez en la historia
de Estados Unidos, el vicepresidente era el hombre fuerte, mientras
que el presidente no era más que un actor de Hollywood en
un papel de relleno [3].
Reagan y Bush nombraron un triunvirato para que
organizara la transición: Ed Meese como encargado de preparar
las nominaciones y el programa, el abogado William Casey se ocupaba
de de las relaciones con el «aparato securitario de Estado»,
mientras que el brillante James Baker correteaba por todas partes.
En realidad, Casey había sido el oficial que se ocupaba de
Reagan cuando, en años anteriores, este último había
sido en Hollywood [como Vito Corleone en el famoso film de Coppola.
Nota del Traductor.] el Padrino –destacado en el seno de la
farándula– del Comité Internacional de Refugiados
(International Refugee Committee), una pantalla anticomunista de
la CIA. Y, enseguida que se le presentó la oportunidad, Reagan
nombró a Casey director de la agencia de espionaje.
Sobrevino inmediatamente el doloroso episodio del
intento de asesinato contra Ronald Reagan, por parte de un amigo
de los Bush. El atentado fracasó, pero Reagan entendió
el mensaje y dejó todo lo que tenía que ver con la
defensa totalmente en manos de su vicepresidente.
Fue durante ese período que se desarrolló
el procedimiento de continuidad del gobierno. El gobierno militar
de repuesto creado por Eisenhower no había sido, hasta entonces,
otra cosa que una directiva. En aquel momento, se decide materializarlo.
Se creó entonces un equipo permanente y se construyeron gigantescos
búnkeres especialmente equipados para proteger a dicho equipo
junto con los dirigentes sobrevivientes: Cheyenne Mountain, Raven
Rock (llamado "site R") y Mount Weather.
Este equipo instaló un sistema de vigilancia sobre el gobierno
civil para poder seguir en tiempo real todos los asuntos que tratara
este último y estar así preparado para proseguir la
acción gubernamental sin que se produjese ni un minuto de
interrupción en caso de apocalipsis nuclear. Se organizaron
ejercicios de simulación de continuidad gubernamental dos
veces al año.
Con toda confianza, el «aparato securitario
de Estado» apoyó al vicepresidente Bush como sucesor
de Reagan. El encargado de servir de enlace entre el «Estado
profundo» y el equipo de campaña fue un miembro del
Consejo de Seguridad Nacional, el general Colin Powell.
En 1989-91, los «combatientes de la guerra
fría» vieron como se derrumbaba la Unión Soviética,
hecho que siempre habían deseado, pero que los dejaba desconcertados.
El «aparato securitario de Estado» había cumplido
su misión. Durante 45 años, hombres sinceros habían
creído que estaban defendiendo a su país cuando manipulaban
las instituciones a costa de la democracia. Como Dwight Eisenhower
lo había previsto, algunos de ellos se habían acostumbrado
tanto a aquel poder que ya no podían resignarse a perderlo.
Aunque había perdido su razón de ser, el «Estado
profundo» iba a mantenerse. Pero, ¿a qué precio?
A falta de enemigo, el «aparato securitario
de Estado» entre en guerra consigo mismo
Le tocó a George H. Bush (Bush padre) la pesada tarea de
definir los objetivos de Estados Unidos en el mundo postsoviético.
No sin vacilaciones, Bush padre imaginó la construcción
de un «nuevo orden mundial» favorable a una dominación
económica global que ejercería Estados Unidos. Ordenó
reducir el formato de las fuerzas armadas y estudió las posibilidades
de reconversión del «aparato securitario de Estado»
para luchar contra el surgimiento de nuevos competidores. Ante la
duda existencial, el «Estado profundo» favoreció
la alternancia partidista.
Los periodistas trotkistas que la CIA había
reclutado en el pasado para luchar contra la influencia soviética
en el seno de la izquierda se habían pasado al partido republicano,
bajo la apelación de «neoconservadores». Se habían
convertido en los propagandistas del lobby de la guerra. Como veletas
que giran en el sentido del viento, se pusieron entre contra de
Bush padre criticándolo por no haber aprovechado el fin de
la URSS para derrocar a Sadam Husein al final de la operación
Tormenta del Desierto, y llamando a votar por el único candidato
capaz de desencadenar la próxima guerra en Yugoslavia: Bill
Clinton.
Perfectamente conciente de la ocasión que
se le presentaba, el gobernador Clinto hizo campaña basándose
en el surgimiento de nuevas amenazas y en la necesidad de desempeñar
el papel de gendarme en Yugoslavia. También propuso modernizar
las fuerzas armadas adaptando la administración de estas
a las evoluciones sociales, lo cual significaba entre otras cosas
más apertura al reclutamiento de mujeres y gays. Bush padre,
que era el presidente más popular de Estados Unidos en el
siglo XX (¡90% de opiniones favorables!) subestimó
la capacidad de los «combatientes de la guerra fría»
para sacarlo de la Casa Blanca. Para privarlo del apoyo de una parte
de sus electores, estos financiaron la candidatura independiente
de Ross Perot, un millonario que había servido de cobertura
para una operación de salvamento de las Fuerzas Especiales
en Irán. Bush padre perdió las elecciones.
A pesar de que Sadam Husein ya se había
sometido a las resoluciones de la ONU, Bill Clinton se opuso al
levantamiento del embargo que la ONU había decretado contra
Irak, hambreando así a los iraquíes y provocando 500
000 muertes. Sin embargo, lo que sí hizo Clinton fue frenar
el rearme (principalmente al bloquear el proyecto de armamento espacial)
y negarse a emprender la operación de Yugoslavia, que le
había valido el apoyo del «aparato securitario de Estado».
Peor aún, durante un ejercicio de simulacro, Bill Clinton
descubrió la composición del gobierno secreto que
el «aparato securitario de Estado» había conformado
para sustituirlo a él.
A la cabeza de aquel gobierno secreto se encontraba
el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld y se componía
además de algunos de sus propios colaboradores, como el jefe
de la CIA, James Woolsey. Para poder estar listos para garantizar
el relevo, aquella gente espiaba permanentemente al gobierno civil,
interceptando todas sus comunicaciones y todos sus documentos. Considerando
que aquel dispositivo de la guerra fría era ya obsoleto,
Clinton –que se negaba a ser un presidente desechable más–
ordenó la disolución de dicha estructura. Y le costó
caro.
El conflicto que comenzó entonces empezó
a corroer a Estados Unidos desde adentro ya que algunos dirigentes
del «Estado profundo» se dejaron llevar por la embriaguez
del poder, mientras que otros trataban de parar aquella tendencia
infernal. La desgarradura inevitablemente empuja Estados Unidos
hacia la desintegración o la dictadura.
Luego de pasar a la clandestinidad total, parcialmente exilado en
Israel, el «Estado profundo» estadounidense urde un
complot contra Bill Clinton. Atrapado en 1995 en un asunto de faldas
con una becaria israelí de la Casa Blanca, Mónica
Lewinsky, Clinton se vio sometido a un procedimiento de impeachment
de 1998 a 1999. Pero, contrariamente a Nixon –que no tenía
margen de maniobra–, Clinton dio marcha atrás. En momentos
en que la Cámara de Representantes acababa de votar su destitución,
Clinton restableció el gobierno secreto y el Senado lo salvó.
Después, le ordenó a la OTAN que bombardeara Serbia.
De todas maneras, después de toda aquella
lucha por el poder, el «aparato securitario de Estado»
no tenía intención alguna de aceptar al vicepresidente
Albert Gore como sucesor de Clinton. El candidato del «aparato
securitario de Estado», el republicano John McCain, perdió
una primaria decisiva, pasándole así el testigo a
una personalidad poco creíble, George W. Bush (Bush Jr.).
No quedó más remedio que preparar al nuevo candidato,
con la mayor precipitación. Se conformó un nuevo equipo
con Dick Cheney, el gran jefe del Partido Republicano, y varios
de los hombres claves del «Estado profundo».
Se le dio a Bush una formación acelerada
mediante un grupo de especialistas, los Vulcanos (nombre del dios
encargado de forjar las armas en el Olimpo), bajo la dirección
del inoxidable Henry Kissinger y de la sovietóloga Condoleezza
Rice. Se recolectó un océano de dólares para
su campaña electoral. A pesar de todo, Al Gore derrotó
a Bush Jr. El «Estado profundo» se vio entonces obligado
a hacer trampa para cambiar el resultado del escrutinio, de forma
visible y nada gloriosa, y para lograr que la Corte Suprema nombrara
presidente a Bush Jr., a falta de haber podido lograr que saliera
electo.
La transición Clinton-Bush Jr. se convirtió
en una larga crisis. Durante el litigio por los resultados de la
elección, los fondos que la Presidential Transition Act destinaba
a los grupos de trabajo estuvieron congelados y los inmensos locales
que estos grupos debían usar se mantuvieron cerrados. La
administración Clinton tuvo que tomar medidas extraordinarias
de seguridad para proteger al vicepresidente Gore. En definitiva,
este último acabó abandonando el litigio como consecuencia
de serias amenazas contra su familia. El dúo Bush Jr.-Cheney
finalmente entró a la Casa Blanca. Al igual que en la época
de la llegada del dúo Reagan-Bush padre, el verdadero poder
recayó en el vicepresidente.
Saliendo nuevamente de las sombras, Donald Rumsfeld
fue nombrado secretario de Defensa, mientras que Colin Powell se
convertía en secretario de Estado y Condoleezza Rice era
nombrada a la cabeza del Consejo de Seguridad Nacional. Meses más
tarde, el «aparato securitario de Estado» organizaba
los espectaculares atentados de Nueva York y Washington, reactivando
así el militarismo estadounidense, ahora contra un adversario
imaginario: el terrorismo islamista.
Lejos de consolidar el sistema, las demostraciones
de fuerza que tuvieron lugar con el complot Lewinsky de 1995 a 1999,
con las elecciones fraudulentas de 2000 y los atentados de 2001
aceleraron su desintegración interna postguerra fría.
La inadecuación de las fuerzas armadas estadounidenses a
la colonización de Afganistán e Irak condujo a una
catástrofe similar a la Vietnam. El proyecto del vicepresidente
Cheney, en el que Irán sería la siguiente presa, provocó
el amotinamiento de una parte del Estado Mayor, inquieto ante la
posibilidad de verse obligado a desplegar aún más
tropas [4]. Por primera vez, el «aparato securitario de Estado»
se encuentra dividido, en guerra consigo mismo.
En lo tocante a la sucesión de George W.
Bush, las dos facciones tienen cada una su propio candidato. Y no
resulta fácil comprender de qué manera pueden esperar
los Clinton sacar provecho de dicha división para tomar su
revancha y lograr meter a Hillary en la Oficina Oval. Los amotinados
apoyan a Barack Obama, con el proyecto de una retirada parcial de
Irak, quedando en buenos términos con Irán, y del
ataque contra Pakistán. Mientras tanto, el clan Cheney apoya
a McCain, con la esperanza de mantenerse en Irak y de acrecentar
la presión sobre el Medio Oriente.
Ninguno de estos dos candidatos dispone de un plan
tendiente a reconciliar las facciones opuestas en el seno del «aparato
securitario de Estado». Lo cual indica que el próximo
ocupante de la Casa Blanca, sea a quien sea, no podrá evitar
la implosión del sistema.
No queda más remedio que reconocer que,
aún tratándose de un hecho deplorable, el desarrollo
del «aparato securitario de Estado» respondía
a una lógica. Es posible comprender por qué se aplicó
una democracia "entre paréntesis" durante la Segunda
Guerra Mundial, e incluso durante la guerra fría. Pero nada
en la situación actual justifica que eso se repita. En definitiva,
las contradicciones internas de ese sistema han llegado al paroxismo
en momentos en que el «aparato securitario de Estado»
afirma querer democratizar el mundo por la fuerza.
[1] «Stay-behind: les réseaux d'ingérence
américains», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire,
20 de agosto de 2001. Ver sobre todo el libro de referencia: NATO's
Secret Army: Operation Gladio and Terrorism in Western Europe,
por el professeur Daniele Ganser. Versión francesa Les
Armées Secrètes de l'OTAN, éditions Demi-Lune,
2007. Disponible por correspondencia mediante la Librairie du
Réseau Voltaire. Entrevista de Silvia Cattori con el autor:
«Le terrorisme non revendiqué de l'OTAN», Réseau
Voltaire, 29 de septiembre de 2006.
[2] «La stratégie anti-russe de Zbigniew Brzezinski»,
por Arthur Lepic, Réseau Voltaire, 22 de octubre de 2004.
[3] «Ronald Reagan contre l'Empire du Mal», Réseau
Voltaire, 7 de junio de 2004.
[4] «Washington décrète un an de trêve
globale», por Thierry Meyssan, 3 de diciembre de 2007.
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