| La
responsabilidad del gobierno
EDUCACIÓN Y CASTIGO
Por:Rodrigo Montoya Rojas
El ministro de educación anunció
que de 183,118 profesoras y profesores de primaria y secundaria
de la educación pública de Perú que respondieron
a una prueba, 174,374, fueron desaprobados. Sólo 151 (95.22%)
aprobaron el examen con una nota superior a 14, y 8,593 (4.69 %)
alcanzaron entre 11 y 13.98. Arbitrariamente, el gobierno fijó
la nota 14 (sobre 20) para que los profesores sean nombrados, dejando
de lado la norma oficial de aprobar un examen con 11. La prueba
fue elaborada por técnicos de ESAN una Escuela Superior de
Negocios, convertida hace pocos años en universidad privada,
sin experiencia alguna en formación de maestros. Hasta el
momento en que escribo este artículo la prueba parece escondida.
Al anunciar los resultados, el ministro no dijo
una sola palabra sobre algo tan evidente: si el 95 % no aprobó,
es inevitable deducir que la prueba no estuvo a la altura de los
examinados y la responsabilidad de este hecho recae en quienes la
hicieron y en quienes la encargaron. Los maestros que enseñamos
sabemos muy bien que si más de la mitad de los examinados
desaprueba un examen la responsabilidad es nuestra. El ministro
Chang podría ser un buen gerente como rector de una universidad
privada pero ¿tiene calificación para el cargo que
ocupa?
Al presentar los resultados, el ministro no pudo
ocultar su satisfacción por ofrecer dos conclusiones: la
educación pública es en Perú un desastre y
el SUTEP (Sindicato de profesores) tiene la culpa. Complacientes,
los medios de comunicación y los voceros de los partidos
políticos repitieron lo mismo sin el más mínimo
espíritu crítico para ir más allá de
las apariencias. Dieron un paso más en la misma dirección:
“¡Qué vergüenza!, ¡Hay que echarlos
a todos!, ¡hay que comenzar de cero!”. Sería
difícil entender lo que acabo de decir si no se tiene en
cuenta algunos hechos propios de la historia peruana.
1. Desde 1940 hasta hoy se respira en todo el Perú el mito
contemporáneo de la escuela. Descubrí este mito en
los andes peruanos y lo presenté por escrito del modo siguiente:
“La oposición entre el mundo occidental y la comunidad
andina es concebida como oposición entre la noche y el día.
Los que pertenecen al mundo de la noche no tienen ojos, son ciegos;
por el contrario, los que se sitúan en el día tiene
ojos y ven. Los componentes principales de la cultura andina: lengua
quechua, autoridades alcaldes varas, los vestidos… son marcados
por un signo negativo, mientras que lo español, la ciudad
y la costa, Lima, la tradición cristiana… son marcados
con un signo positivo. El tránsito entre estos dos mundos
es posible gracias al progreso; es decir, al abandono de la noche
para ir al hacia el día. Despertar, abrir los ojos, constituye
el comienzo de este tránsito. Para despertar es necesario
saber leer, ir a la escuela. Saber leer, tener una escuela, ir a
la escuela, se convierten en aspiraciones- necesidades. La aspiración
necesidad debe entonces realizarse y para eso se convierte en una
reivindicación política” (Rodrigo Montoya, Capitalismo
y no capitalismo en el Perú, Mosca Azul Editores, 1980, pp311-312).
La realización de este deseo profundo de
ir a la escuela para ser parte del mundo de la luz abrió
en Perú el horizonte de la masificación de la educación.
El secular privilegio de tener una escuela para un pequeño
fragmento del país fue quebrado pero los costos siguen siendo
muy altos: a la extraordinaria multiplicación de escuelas
y colegios le siguió una inevitable improvisación
de profesores y autoridades educativas. Al mismo tiempo, esa masificación
es parte de un proceso contradictorio de democratización
de la sociedad peruana luego de la brutal rigidez colonial española
y republicana.
2. En gran parte del país sigue vigente
la profunda convicción de la educación como sinónimo
de luz, de virtud en sí. Sería suficiente ir a la
escuela y educarse para ser modernos y progresar. Sólo en
los últimos años, un reducido número de padres
de familia se pregunta qué educación reciben nuestros
hijos y qué educación debieran recibir. Cuando las
rondas campesinas de Piura hacia 1980 acordaron sancionar a los
choferes de microbuses que llevaban profesores en días de
semana y cuando los comuneros aymaras a orilla del Lago Titicaca
decidieron pagar un profesor privado para sustituir al siempre ausente
profesor de la escuela pública, aparecieron –felizmente-
en el horizonte los primeros síntomas de un juicio crítico.
3. En 1971 se fundó el Sindicato Único
de Profesores de la Educación Peruana, en el mismo momento
en que el gobierno militar del General Velasco Alvarado ponía
en marcha una nueva reforma educativa. Como todo proceso político
militar esa reforma fue impuesta y sus responsables, principalmente
profesores universitarios de prestigio, no tuvieron en cuenta a
los maestros de base. En 1971, en la comunidad de Minune, (Aymareas,
Apurímac) el profesor de la escuela primaria unidocente me
recibió con todos los textos de la reforma educativa sobre
su mesa de trabajo. Tres días después, en la despedida,
luego de cantar en quechua, me dijo que mostró todos esos
textos oficiales porque creía que yo podía ser un
enviado del ministerio, que en realidad no los usaba porque no los
entendía y porque la reforma educativa no tomaba en cuenta
a los maestros como él. El general Velasco y sus funcionarios
civiles de entonces estaban convencidos de la bondad de la reforma
educativa y esperaban un inmediato apoyo de todos los maestros.
No fue así. Recuerdo que desde el Sistema Nacional de Apoyo
a la Movilización Social (SINAMOS) Social el gobierno creó
el Sindicato de Educadores de la Revolución Peruana, SERP,
como un gremio paralelo al SUTEP, que desapareció al poco
tiempo, sin gloria alguna.
4. El SUTEP, conquistó la adhesión
de la mayor parte de profesores pero sus dirigentes cometieron dos
errores históricos: se ocuparon únicamente de las
reivindicaciones salariales y gremiales, y creyeron que el sindicato
pertenecía a “Patria Roja” un partido formado
por una de las muchas escisiones del Partido Comunista pro chino
Bandera Roja. Confundir el partido con el sindicato ha sido y sigue
siendo uno de los graves errores de la izquierda en Perú.
El rechazo del SUTEP a todos los partidos que gobiernan desde 1970
explica la fijación oficial contra el SUTEP. Los gobiernos
confunden a todos los maestros con el SUTEP y su deseo consciente
e inconsciente de castigar a Patria Roja termina siendo un castigo
a todos los profesores. Insultarlos, menospreciarlos, disminuirlos,
agredirlos, es moneda corriente.
5. No hay en Perú un proyecto nacional educativo
y las alianzas de la clase política que gobiernan no tienen
interés real alguno en cambiar la educación. La privatización
de la educación y la voluntad de dejar caer a la educación
pública son los únicos puntos programáticos
que sí se realizan todos los días. Ahora hay más
universidades privadas que públicas y ha aparecido una nueva
especie de hacendados: los dueños de universidades como los
viejos latifundios de caña de azúcar o algodón.
En las palabras, discursos y poses unitarias para la foto, toda
la clase política apoya un “acuerdo nacional”
y se “asumen” las propuestas del Consejo Nacional de
Educación. En los hechos, no.
Vale la pena hacer un pequeño ejercicio
para distribuir las responsabilidades de una educación peruana
en la que el 95 % de maestros no aprueba un examen como el que comentamos.
El punto de partida es muy sencillo: los maestros enseñan
lo que les enseñaron. En consecuencia, haya que preguntarse
qué pasa en los institutos y facultades de formación
de maestras y maestros. Los profesores de profesores siguen las
rutas (planes, programas y etc.) propuestas por el Ministerio de
Educación. En este punto del recorrido, pareciera que son
los ministros de educación los responsables de lo que ocurre.
Formalmente sí pero ¿quiénes los nombran, por
qué y para qué? Los presidentes de la República.
En el extremo superior de la pirámide, los responsables son
los presidentes. Ya sabemos que gran parte de los ministros de educación
saben tanto de educación como los administradores de empresas
de literatura o de antropología. Los escogen por los favores
recibidos, por amistad, u otras razones más, sin que la competencia
profesional en el tema sea el motivo principal. Los presidentes
cometen el mismo error que critican al SUTEP: colocar la política
por encima de todo.
En el extremo inferior de la pirámide se
encuentran los maestros que como personas son muy diferentes y están
lejos de ser simples cifras estadísticas. Cuando hablamos
de doscientos o de trescientos mil maestros no es posible generalizar.
Muchos tienen vocación por enseñar, otros muchos no
y podrían desempeñarse mejor como comerciantes. Ocurre
lo mismo dentro de las universidades públicas y privadas,
del primero, segundo y tercer mundo. Muchos quisieran seguir estudiando
pero no pueden porque tienen salarios bajísimos. En otros
mejores tiempos los sueldos eran decentes. Es verdad que en los
últimos años ha habido un esfuerzo por aumentar los
sueldos, pero se está muy lejos de lo que en realidad se
requiere. A los dirigentes sindicales les corresponde una responsabilidad
por no ofrecer en serio y con consistencia sus propias alternativas
para mejorar la formación de los docentes.
Es muy fácil e irresponsable culpar a los
maestros de su mala formación profesional y es muy lamentable
que el presidente de la república y el ministro no digan
una palabra sobre la responsabilidad de los gobiernos.
¿Qué hacer? ¿Acabar con el
SUTEP de una vez?, ¿echar a la calle a doscientos mil maestros?
¿Inventar por arte de magia a otros doscientos mil con todas
las “competencias que la globalización requiere?”.
Como el problema es grave las soluciones son muy difíciles.
Formar de otro modo a los profesores y volver a preparar a los profesores
con serias deficiencias supone disponer de una propuesta nacional
para la educación, de recursos financieros importantes que
el país posee pero que la clase política niega al
sector educación. Si los hijos de quienes toman las decisiones
se educasen en colegios públicos, otra sería la historia
en Perú. El ejemplo del ex presidente Alberto Fujimori parece
maravilloso: con fondos del tesoro público a través
tarjetas de crédito de Vladimiro Montesinos, el ciudadano
japonés pagó todos los años de estudios superiores
de sus cuatro hijos en Estados Unidos. En los próximos tres
años, el gobierno aprista -digo, es un decir- lamentará
no tener los recursos suficientes para atender la demanda del sector
educación porque “desgraciadamente el número
de maestros es muy alto”. Ya conocemos ese argumento-pretexto.
El último tercio de aumento a los profesores universitarios
dependerá de un examen para no gastar mucho dinero. La amenaza
es del Sr. Alan García Pérez.
Tomar la sartén por el mango para resolver
los problemas significar tratar a los maestros como a personas,
con respeto, sin insultarlos, sin menospreciarlos. Por la herencia
y el racismo coloniales este desprecio sigue siendo muy grande,
desgraciadamente, y es peor cuando los insultos salen del propio
presidente de la República, de su amigo ministro de educación
y algunos de los dirigentes más importantes de su partido.
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