| Tom
Wolfe:
"LA NOVELA ESTÁ MUERTA"
Por: Andrés Hax / Clarín
¡Mailer esta muerto! ¡John Updike
no ha escrito nada que valga la pena leer desde la presidencia de
Ronald Regan! ¿Roth? Bueno, sí, es prolífico
como siempre. ¿Pero no se han cansado ya de Zuckerman, su
alter ego pusilánime y abrumado por su vida cómoda
que llega a su fin? ¿Salinger? Esta más escondido
que Bin Laden. ¿Pynchon? Ok, sí. Sigue jugando en
la Primera División pero sería más fácil
conseguir una entrevista con Elvis que con el autor paranoico del
Arcoiris de la Gravedad. De los grandes escritores estadounidenses
vivos que trazan su linaje desde Melville y Twain, desde London
y Dos Pasos, desde Hemingway y Faulkner, y hasta Truman Capote y
Hunter S. Thompson, ¿quién queda aún parado
en el ring, luchando ambiciosamente en la caza del Gran Premio –más
elusivo que la Ballena Blanca que arrastró al abismo a Ahab
y su tripulación–: la Gran Novela Americana? ¿Quién,
pregunta usted? Hay sólo una respuesta: Tom Wolfe.
¡Sí, Tom Wolfe! El inventor del Nuevo
Periodismo. El último dandy americano. El reportero impecable,
incansable e innovador que pudo retratar tribus de los 60 tan heterogéneas
como los monjes lisérgicos del Bus Mágico de Ken Kessy
(The Electric Cool Aid Acid Test, 1968) y los aviadores cojonudos
de la NASA (The Right Stuff, 1979).
Tom Wolfe, el autor de tres novelas dickenseanas,
de más de 600 páginas cada una, que retratan a los
Estados Unidos en todo su fulgor, ambición, belleza y perversión
en los 80, los 90 y los 00, respectivamente (The Bonfire of the
Vanities, 1987, A Man in Full 1998, I am Charlotte Simons, 2004).
Acaba de cumplir 78 años y sigue con más energía,
ganas y lucidez que cualquiera de los ya-no- tan-jóvenes
escritores que se jactan por ser el próximo Gran Novelista
Americano como Jonathan Franzen, David Foster Wallace o Jeffrey
Eugenides.
¡Y en sólo dos meses este legendario
Tom Wolfe se viene a Buenos Aires para presentarse en la Feria del
Libro! Entonces nos fuimos urgente a visitarlo en Miami, la última
gran capital latinoamericana, para charlar –aunque fuera sólo
un rato– sobre qué está escribiendo, qué
esta pensando, y sobre cómo llegó a ser Tom Wolfe.
Cordial y sonriente (si te fijás bien verás
que sus dientes están llenos de oro), Wolfe me recibe en
su hotel preferido de un barrio recoleto y exclusivo de Miami llamado
Coconut Grove (está preparando una novela más, situada
en Miami). ..
¿Esta acá en Miami investigando su
próxima novela?
- Sí, y ya tengo título, algo que no me pasa siempre.
Pero cuando lo tengo me siento mejor. Tuve The Right Stuff desde
el comienzo y también La hoguera de las vanidades. En ese
caso estaba en un tour de American Express por Florencia. Paramos
en la Piazza de la Signoria donde Savonarola tuvo su famosa hoguera
de las vanidades y allí mismo me dije "¡Pucha,
qué frase! Ese es el título de un libro". No
sabía de qué se trataría el libro, pero tenía
el título.
¿Y "The Right Stuff"?
- Yo tengo un amigo chino-americano que vive en California. Por
algún motivo estaba desesperado por ser policía. Se
había recibido en la universidad, pero quería ser
policía. Pero no cumplía con los requisitos mínimos
de altura: tenía que tener por lo menos cinco pies y siete
pulgadas, y el tenía cinco con seis y medio. Y hacía
todas las cosas imaginables para intentar vencer este obstáculo.
Por ejemplo, había leído que somos más altos
cuando nos despertamos por la mañana, porque se nos alarga
la columna vertebral. Bueno, al instante de despertarse se iba rajando
en su auto a la comisaría en donde hacían los exámenes
de admisión. Pero era un Volkswagen que andaba muy lento
y cuando llegaba ya se había achicado. De todas maneras,
él me explicaba que sabía perfectamente bien que ser
guardia se seguridad era un trabajo muy bien pagado y si lograbas
ser jefe de seguridad en un Mall, por ejemplo, podías ganar
hasta $ 150.000 por año, que era un muy buen sueldo en esos
tiempos...
¡Y hoy también!
- Bueno, no sé. Cómo se está yendo el dólar
para abajo... De todas maneras, él me decía que por
más dinero que ganabas ibas a saber siempre, en tu corazón,
que solamente un Policía Metropolitano tiene the right stuff
(tiene la "posta"). Y allí estaba. Yo ya estaba
interesado en los astronautas y esa frase se convirtió en
mi guía para escribir el libro. Una historia que, como todas
las buenas, está fuera de uno, ¿entiendes?
¿Y la próxima novela?
- Esta nueva novela que estoy escribiendo ahora se llama Back to
Blood; sangre en el sentido de linaje. Acá en Miami, por
ejemplo, hay una confluencia de distintas nacionalidades y de grupos
étnicos. No son solamente los cubanos. Hay haitianos, nicaragüenses;
ahora están entrando los rusos. Lo que me fascina es que
Miami es el único lugar donde –hasta donde yo he podido
averiguar– más de 50% de la población son inmigrantes
recientes. Los Estados Unidos está lleno de inmigrantes pero
en este caso me refiero a inmigrantes que llegaron desde 1960. Y
lo increíble es que controlan el gobierno local. Ha sido
muy interesante estar con las autoridades cubanas porque me han
tratado muy, pero muy bien. ¡Pero de golpe te das cuenta!
Están haciendo el esfuerzo de ser gentil contigo porque tú
perteneces a una minoría. Nunca había tenido esa sensación.
Ayer en un taxi, en plena autopista, vi un tipo
bajarse de un Mercedes y ponerse a gritar: "¡Vuélvanse
todos a su país, cabrones de mierda!" ¿Es algo
que está por explotar?
- No sé si tanto. Pero uno escucha muchos casos como ese
vinculados con el tránsito. Por ejemplo, te cuento una, que
es una escena en la novela. Una mujer llega tarde a un restaurante
con su marido y justo ve que se está desocupando un lugar
para estacionar. Pero cuando se libera entra un Porsche convertible
así ¡zweeeeeng - grang! y toma el lugar. Resulta que
es una mujer latina. Se arma un gran despelote entre los dos, una
gritando en inglés y otra en español, diciéndose
barbaridades. Bueno, la americana se enfurece y empieza a gritar:
"Hable en inglás, carajo. ¡Está en los
Estados Unidos ahora! Y la otra responde, en un inglés acentuado:
"Sí. Pero tú estás en MI-AM-I". Pero
quiero decirte esto. A pesar de todo lo que puedan decir sobre los
Estados Unidos, este sigue siendo el único lugar en el mundo
al que pueden llegar personas de otro país, que hablan otro
idioma, que tienen otra cultura, y que hasta parecen drásticamente
diferentes, y aun así pueden lograr tomar control de una
metrópolis en poco más de una generación. Es
lo que hicieron los cubanos en Miami.
Aunque Tom Wolfe consiguió un doctorado
en Estudios americanos en la prestigiosísima Universidad
de Yale, descubrió luego que su pasión era el periodismo.
Ese periodismo romántico que ya no existe, de máquinas
de escribir y redacciones llenas de humo y whisky. Decidido a ser
un reportero en la Gran Ciudad pasó primero por un diario
pequeño, el Springfield Union. Después, entre 1959
y 1962, trabajó en The Washington Post como cronista de la
ciudad (y también, por seis meses, reportó desde Cuba
tras la toma del poder por Fidel Castro). Allí comenzó
a cultivar su estilo de prosa ideosincrática llena de onomatopeyas,
perspectivas inusuales y metáforas rimbombantes. Ese estilo,
por accidente, terminó siendo una de las características
del Nuevo Periodismo, un género de reportaje literario que,
según la leyenda, inventó Wolfe casi sin querer. En
1963 estaba trabado con una nota para la revista Esquire sobre gente
que modificaba sus autos convirtiéndolos en Hot Rods. Trabado
y desesperado sobre el cierre, mandó 49 páginas de
sus apuntes –escritas de una manera casi automática–
a su editor para que él escribiera la nota.
Pero el editor publicó los apuntes tal cual. Allí
nació la leyenda.
Desde 1987, cuando publicó La hoguera de
las vanidades, Wolfe se ha dedicado mayormente a la ficción.
Sus tiempos de gestación son larguísimos, en parte
porque documenta sus novelas minuciosamente y con el rigor de un
periodista de investigación. La novela Un hombre entero le
llevó 11 años. Su intención declarada públicamente
–en un artículo titulado "Cazando la Bestia de
un Mil Millón de Pies", publicado en 1989 en la revista
Harpers– fue devolver la novela estadounidense a la tradición
del realismo: "En este momento débil y pálido
y desgastado de la historia de la literatura americana necesitamos
que un batallón de Zolas se lancen a este país salvaje,
barroco y desopilante y que lo reclamen como propiedad literaria".
Aunque sus tres novelas han sido best-sellers y lo convirtieron
en millonario, las críticas fueron matizadas y colegas como
Updike y Mailer y John Irving lo insultaron públicamente:
era un periodista que no tiene por qué o con qué meterse
en la Literatura. Wolfe, fanático de una buena disputa, respondió
con un ensayo llamado "Mis tres chiflados" despachando
a sus tres atacantes: "Un hombre entero les había asustado.
Estaban golpeados. Fue tan simple como eso. Un hombre entero era
un ejemplo alarmantemente visible de que la ficción a fines
del siglo XX podía encarar una nueva dirección: la
de una novela intensamente realista, basada en la investigación,
que se mete en la realidad social de América de hoy. Una
revolución de contenido en vez de forma. Una revolución
que haría que muchos de nuestros prestigiosos artistas –incluyendo
estos tres viejos novelistas– fueran de golpe estériles
e irrelevantes".
Escribió "Cazando la Bestia de un Mil
Millón de Pies" hace más de veinte años
ya. ¿Alguien le tomó la palabra? ¿Algún
escritor siguió ese manifiesto?
- No. Yo creo que nadie me hizo caso. Bueno, hubo uno. Uno que es
terriblemente bueno que se llama Richard Price. No sé si
necesariamente estaba respondiendo a lo que yo escribí en
ese ensayo pero de alguna manera tomó la idea de salir a
la calle y conseguir material trabajando. Su primera novela se llamaba
The Wanderers y estaba basada en su adolescencia en el barrio del
Bronx y su experiencia en ser parte de una pandilla. Es una novela
muy graciosa y en momentos conmovedora. Y después escribió
dos novelas más basadas en su experiencia personal. En ese
ensayo que mencionas yo escribí que Emerson dijo que cada
persona tiene una gran autobiografía dentro de ella, si simplemente
sabe entender lo que es único de su propia experiencia. Pero
no dijo que cada persona tiene dos autobiografías para escribir.
Bueno, este Richard Price se salvó porque se volcó
a reportar y a meterse en vidas ajenas.
¿Su método de reportar cambia cuando
es para una novela?
- No. Es lo mismo. Yo pensé que iba a ser mucho más
fácil escribir ficción porque, bueno carajo, lo inventas
no más. Pero para mí simplemente no lo fue. Terminé
trabajando tanto para La hoguera de las vanidades como lo hice para
The Right Stuff (Lo que hay que tener).
Si intenta mirar su carrera objetivamente, ¿qué
le parece más importante: su trabajo en el Nuevo Periodismo
o sus novelas?
- No me gusta hacer eso porque me hace sentir más cercano
a la muerte. Yo no miro para atrás. No pienso en mi carrera.
No me gusta hacer eso.
Entonces podría preguntar: ¿nunca
dudó al investigar para una de las novelas, que en realidad
el material sería mejor usado en una obra de no ficción?
- Mira. Pasó lo siguiente... para contestar tu pregunta directamente...
Yo sospecho que mi no-ficción al fin es más importante,
desde el punto de vista literario, que mis novelas. Lo que pasó
originariamente es que yo iba a hacer un trabajo de no-ficción
sobre Nueva York. Algo siguiendo las líneas de Vanity Fair
del novelista inglés del siglo XIX, Thackeray. Yo había
escuchado que el compositor Leonard Bernstein iba a dar una fiesta
en su departamento de Park Avenue para los Black Panthers (grupo
político de acción directa de los años sesenta).
"¡Dios mío!" pensé, "¡Los
Black Panthers en Park Avenue!" Quería una invitación.
Mi mujer trabajaba en la revista Harpers y una tarde en que pasé
a buscarla entré en la oficina de David Halberstam –que
estaba vacía– ¡y allí estaba esa invitación
increíble a la fiesta en Park Avenue en el duplex de Bernstein
con los Black Panthers! Entonces llamé y di mi nombre diciendo
que aceptaba.
Eso fue la acción de un reportero intrépido.
No me imagino un escritor debilucho de ficciones haciendo algo semejante.
- Es que es considerado tan indigno hacer algo así. Mira,
un reportero es alguien con una taza de mendigo que está
esperando una contribución a la cual no tiene derecho. Pero
simplemente tienes que quitarte la vergüenza y el pudor de
encima y meterte en las vidas de los otros. Y estar a la merced
de sus agendas y sus horarios. Y es ponerse en posición social
terriblemente inferior.
¿Pero en qué momento se dio cuenta
de que lo que iba a escribir era una novela y no un reportaje?
- Primero fui a esta fiesta y era tan increíble que tenía
terror que otra persona lo fuera a escribir. Había un periodista
más, un tipo de The New York Times, que había sido
invitado oficialmente y que tenía simpatía por lo
que estaban haciendo. Entonces le tuve que ganar. Me dije: tengo
que escribir esto ya, no puedo guardarlo para la novela.
Y le terminó complicando la vida. ¿Pero
ya entonces le gustaba provocar?
- Me gustó decir "Miren. ¡Todos ustedes son idiotas!"
Simplemente fue un evento muy gracioso, en mi opinión. Pero,
al escribirlo perdí lo que iba a ser un gran capítulo
en mi novela de no-ficción. Y en ese momento me di cuenta
de algo. Tienes que entender que ya en ese momento tenía
cincuenta años. ¿O era más tarde? No me acuerdo
cuándo era exactamente. Bueno, de todas formas, yo sabía
que había mucha gente que me estaba observando atentamente.
Yo estaba haciendo este gran alboroto por una nueva forma de arte,
una nueva forma de narrar –o sea, el Nuevo Periodismo–,
pero sabía que había muchas personas que pensaban:
"Dios mío. Qué manera tan complicada de evadir
de escribir la grande (The Big One)". Es decir, escribir una
novela.
¿Entonces sentía culpa por no haber
escrito una novela?
- Sí. Porque para todas las personas en este país
que arrancaban en la universidad con la intención de ser
un escritor serio, la novela es la única meta. Era la cosa
más seria, el logro más codiciado. Pero, para mí,
en algún momento el periodismo se convirtió en algo
muy interesante y me dediqué a eso. Pero allí siempre
–yo sabía– estaban las personas que decían,
"¡Cuántas vueltas más tienes que dar para
escribir una novela!" Entonces me dije: "Bueno, dale.
Tú puedes hacer eso". Y me costó una barbaridad
al comienzo.
¿Sufría escribiéndolo?
- Sabes, simplemente me quedaba sentado frente a mi escritorio en
un estado catatónico. Sabía que se iba a tratar de
Nueva York. Sabía que iba a tratar de las clases altas y
las clases bajas. Pero no arrancaba. Hasta que, durante unas vacaciones,
conocí al juez Burt Roberts. Era un gran raconteur que terminó
siendo el juez principal en las cortes criminales y civiles del
Bronx. Entonces comencé a ir a los juzgados. Tomaba notas.
Y allí estaba todo. Era un lugar donde, por definición,
se juntaban las clases altas y las clases bajas. Allí, trabajando
como un reportero, me empecé a destrabar.
¿Cómo ve a los escritores jóvenes
de hoy en los EE. UU. ?
- Mire. Estaba hablando con un chico de Harvard, editor de la revista
The Lampoon. Se supone que esa posición la ocupa una persona
con mucho potencial. Y yo le pregunté qué quería
hacer después de recibirse. Y me dijo: "Me encantaría
escribir para Los Simpson". ¡Los Simpson! Yo le insistí:
"Tu sabes que no hay más de veinte personas en este
país que puedan recordar a un escritor de televisión".
Pero eso no le preocupaba. Claramente su idea de lo que es una carrera
literaria era muy distinta a la mía.
Su archienemigo Norman Mailer dijo, antes de morir,
que consideraba que la serie "Los Soprano" estaba consiguiendo,
en términos narrativos, cosas que ninguna novela estaba logrando.
¿Compra ese argumento?
- Lo compro en el sentido de que son las personas trabajando en
el cine las que están saliendo a descubrir cosas. Mailer
nunca habría escrito Los Soprano porque nunca se hubiera
acercado a personas como ellos. Te tienes que ensuciar las manos.
Y tienes que ponerte en una posición inferior a ellos para
hacerles preguntas.
¿Leyó su última novela, "El
castillo en el bosque"?
- La empecé. Pero no, no pude. El sólo tiene un libro.
Si vuelves a leer Los desnudos y los muertos te darás cuenta
que no es una buena novela. Los diálogos no son muy buenos.
Mailer nunca pudo escribir diálogo. Y es porque no escuchaba
a la gente. Su único personaje siempre fue él mismo.
La única excepción: El canto del verdugo. Pero en
ese caso tomó todo el trabajo de un fotógrafo y reportero
llamado Lawrence Schiller, que desafortunadamente no podía
escribir bien. El le dio las cintas de Garry Gilmore. Ese libro
son principalmente transcripciones. Por eso resulta realista.
¿Es optimista sobre el futuro de la literatura
en los Estados Unidos y en el mundo?
- No. Sólo la no-ficción. La novela, realmente, murió.
La novela seria.
¿Entonces, qué le diría a
una persona joven que quiere desesperadamente ser escritor?
- Le diría: ¿Quieres escribir ficción o no-ficción?
E inevitablemente la respuesta es ficción. Bueno. Entonces
le diría: olvídate de la ficción en tus primeros
años. Si quieres publicar cosas, es fácil si tienes
algo para contar. No tiene que ser algo tuyo personal. Podría
ser algo en tu barrio, en tu ciudad, algo que no haya sido reportado
y a lo que tienes acceso exclusivo. Pero cuando has terminado el
artículo no se lo muestres. Pídeles sugerencias. Si
les pides consejos allí sí que te van a defender,
porque los estás estimando. Te juro que es realmente fácil.
Puedes aparecer de la nada.
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