Sandor
Marai
EL OCASO DE UN IMPERIO
Por: Sergio A. López Rivera/ La Jornada
Sandor Marai es un escritor extraordinario, que
vivió y creció en un extraordinario medio social y
familiar en la Viena del ocaso del Imperio Austro-Húngaro,
que sucumbió con su derrota en 1818. Entre 1895 y 1914 Viena
tuvo quizá el más fértil, original y creativo
de los períodos literarios en el arte, arquitectura, música,
literatura y psicología, así como en la filosofía.
El Imperio de los Habsburgo, en su agonía, produjo una pléyade
de artistas y una riqueza cultural que difícilmente podrán
ser superados, de forma que no se puede dar un retrato justo y adecuado
de ningún literato sin presentar el ambiente social y cultural
en que se desarrollara. Es precisamente el caso de Marai, sin que
se pretenda dar un retrato biográfico del autor, sino más
bien establecer los lazos del autor con el lenguaje intelectual
de Viena en las postrimerías del siglo XIX y los inicios
del XX, así como con el pensamiento y el arte de ese tiempo,
para poder deslindar cualquier confusión que se puede dar
en virtud de su salida de Hungría a raíz del comunismo
y su vida final en California, donde murió en 1989.
Natural de Kakania
Sandor Marai fue ciudadano del imaginario país de Kakania,
como llamó Musil al Imperio Austro-Húngaro en su libro
El hombre sin atributos durante sus últimos treinta años
imperiales. El nombre tiene dos significados, pues por una parte
representa la abreviación de “imperial y real”
(kaiserlich und königlich) y, por la otra, es una referencia
común en el mundo infantil a la excremencia o tierra del
excremento. La cultura de entonces se antoja que fue la que tuvimos
en el siglo XX, pero durante su infancia, el modernismo de 1900
representado por artistas y científicos como Sigmund Freud,
Arnold Schönberg, Adolf Loos, Oskar Kokoschka, Ernst Mach,
Joseph Roth, Emil Ludwig, Stefan Zweig. A través de todos
ellos podemos ver, como en un espejo, la imagen de cada uno, cuando
las debilidades manifestadas en la decadencia y caída del
Impero de los Habsburgo los impactaron y los marcaron profundamente
en su propia experiencia vital, en sus vivencias y sus sentimientos,
determinando y forjando sus preocupaciones como artistas y literatos.
Es por ello que los productos culturales del Reino de Kakania compartieron
determinadas características, que hablan y pueden arrojar
luz sobre el contexto social, político, ético y religioso
de sus propias obras. Sandor Marai no es la excepción a esta
regla.
Establecer las paradojas de Kakania no nos llevará, ciertamente,
a establecer un espíritu del tiempo o zeitgeist, sino a definir
una serie de bien conocidos hechos acerca de la situación
social y cultural de los últimos años de la Viena
de los Habsburgo, lo cual a su vez nos permitirá establecer
algunas hipótesis sobre las fuentes y orígenes de
las obras del autor estudiado. Ciertamente, esa época del
Imperio puede ser analizada en sus propios méritos y narrar
las tragedias y los éxitos imperiales desde 1890 hasta 1919,
lo que nos obligaría a concentrarnos en las acciones y motivos
del emperador Francisco José y el archiduque Francisco Ferdinando;
pero el origen de la duodecafonía de Schönberg es otra
cosa totalmente distinta, al igual que las obras de la pléyade
de literatos y pintores que surgieron en este ocaso imperial; las
ambiciones manifestadas en las obras de Rilke, Hofmannsthal, Musil
y tantos otros, deben ser analizadas en su propia existencia y desarrollo
dentro del cuadro cultural en el que se produjeron, el cual resulta
evidente que de muchas formas determinó el sentido que aquellos
escritores darían a su obra, pues podemos señalar
que para los estándares de fines del siglo XIX, Austria-Hungría
o la Doble Monarquía , era un superpoder que tenía
un inmenso territorio, una estructura de poder bien establecida
y una ya longeva estabilidad constitucional, pero a diferencia de
las casas imperiales de Alemania y Japón, que a pesar de
la derrota de 1945 no sufrieron, la primera un desmembramiento de
la unidad impuesta desde la época de Bismarck y, el segundo,
un desastre dinástico; en la dinastía de los Hasburgos
la derrota militar representó el desmoronamiento de la autoridad
monárquica junto con los lazos que sostenían al Imperio
como una unidad, la cual se desvaneció prácticamente
sin dejar traza alguna en territorios como los Balcanes, Transilvania
y otras regiones. Podemos asombrarnos de que la derrota de 1918
haya tenido efectos tan catastróficos en el poder y la influencia
de los Habsburgo.
Si miramos con detenimiento, las manifestaciones
culturales de Viena en los albores del siglo XX, tales como la arquitectura,
el derecho, la filosofía, la literatura, la música
y la pintura, encontraremos que todos esos campos se desarrollaron
en el mismo tiempo y en el mismo espacio en los que la cultura era
la ocupación de un grupo muy compacto de artistas, músicos
y escritores que estaban acostumbrados a reunirse y a discutir casi
todos los días, ámbito en donde se daba una interdependencia
vital entre las diferentes manifestaciones de la cultura científica
y artística vienesa de aquella época, por lo que no
podemos pasar por alto la interdependencia de las artes y las ciencias
en aquella ciudad y en aquella época y, por tanto, la interdependencia
de las obras de los más famosos escritores de entonces y
los que les siguieron, como Sandor Marai, entre otros. En ese mundo
enrarecido de los intelectuales vieneses, podemos comprobar que
existía una gran interacción entre todos ellos. No
es casualidad que coincidieran Schopenhauer, Bruno Walter, Gustav
Mahler, Schönberg, el periodista Karl Kraus, Zweig, Rilke;
pintores como Klimt y Kokoschka; científicos de la talla
de Freud, Meynert y Breuer; talentos que se dieron en un período
de no más de sesenta años, en las postrimerías
del decadente Imperio, cuya cabeza fue, sin duda, la misma Viena
que se enorgullecía de ser la Ciudad de los Sueños,
pero que terminó siendo el origen de la destrucción
del mundo, como la describió Karl Kraus. Es por ello que
no debemos ignorar la historia del pensamiento y el contexto en
que se desarrolla, ya sea éste literario o científico,
a fin de evitar caer en un malentendido con respecto a los autores
cuya obra se estudie. Este era el ambiente en que se desarrolló
el círculo de jóvenes poetas y literatos, encabezados
por Arthur Schnitzler y Hermann Bahr, y que se reunían en
el Café Griensteidl y fueron conocidos como Jung Wien, siendo
los más destacados de ellos Hugo von Hofmannsthal y Stefan
Zweig.
A ritmo de vals
En esa misma ciudad de los sueños, los valses de Strauss,
y en general la música, proveían un medio de escape
ante la cruda realidad de la decadencia del Imperio, sobre todo
después de la derrota de su ejército ante el de Prusia
en Sadowa, que terminó con sus pretensiones de hegemonía
sobre los pueblos de habla alemana, dando a la pasión de
los vieneses por la danza un significado patológico de escape
de la realidad. Paradójicamente, a inicios del siglo xx,
Viena era el centro médico del mundo, pero la mediocridad
de su burguesía impedía aceptar las investigaciones
de sus famosos médicos y en especial de Freud, quien con
su teoría de la sexualidad ofendía a las buenas conciencias
vienesas, quienes le impusieron la conspiración del silencio
(Totschweigentaktik), en una ciudad y un ambiente social y político
en el que podemos identificar el inicio del movimiento nazi y del
antisemitismo que tanto tuvieron que ver en el colosal e inhumano
Holocausto del siglo XX.
Sandor Marai será, por tanto, un testigo
ejemplar de todo aquel ocaso del gran Imperio. Nacido en 1900, tuvo
oportunidad de conocer en sus últimas décadas la mentida
luz de un mentido imperio que ya estaba desmoronado y destruido,
antes de que el mundo se diera cuenta de ello. En sus Memorias de
un burgués, Marai describe con singular maestría el
tránsito del Imperio Austro-húngaro desde la prosperidad
de una confiada burguesía, que se empeña en vivir
ese sueño inventado en el que reinan la cultura científica
y artística, pero que está ya herido de muerte por
su escandalosa insensibilidad a los problemas sociales y económicos
que lo corroen por dentro, y que camina hacia el desastre de la
primera guerra mundial que inicia en 1914 en Sarajevo, con la tragedia
del asesinato del archiduque Ferdinando, heredero al trono. Marai
es enlistado en el ejército y sobrevive a la guerra, destino
que no muchos de sus contemporáneos lograrán, y después
de un largo peregrinar por el mundo, termina sus días en
Estados Unidos.
Aquel mundo era para el autor un mundo orientado
hacia el interior, en el que los vecinos ocultaban sus vidas en
los patios de las casas y sólo se expresaban hacia el exterior
las festividades y actividades sociales o populares que constituían
el esplendor de las ciudades del Imperio, ya fueran los bailes públicos
con la música de los autores de moda, que abundaban, o las
verbenas desarrolladas en los parques públicos. Este era
el reflejo del pudor burgués de una sociedad que procuraba
ocultar las vidas íntimas y las actividades privadas de las
familias, que no debían ser del conocimiento general. Los
inventos en materia de electricidad y el funcionamiento de las líneas
de gas, eran la novedad de aquellos primeros años del siglo,
y causaban gran inquietud entre las personas de más edad,
que se resistían al cambio, tal como lo narra nuestro autor
en esa novela, que si bien es imaginativa, refleja una gran dosis
de autobiografía en un ambiente en el que convivían
diferentes personas pertenecientes a diversas religiones, castas
y clases sociales, sin mezclarse y limitándose a una estricta
y elemental cortesía citadina, que impedía entrar
en intimidad y mediante la cual cada familia guardaba celosamente
su privacidad. Las tensiones nacionalistas que se dieron en varias
familias nobles húngaras durante el siglo xix , al grado
de provocar más de una revuelta patriótica, que finalmente
fueron sofocadas por las tropas imperiales, son también un
tema que aborda el autor en esta narración que por momentos
alcanza ciertos aires épicos, pero que sobre todo constituye
un testimonio del desenlace fatal de aquel Imperio condenado a la
desaparición, por su propia pérdida de sensibilidad
hacia los cambios que se le presentaron de forma irremisible y avasalladora.
El individuo y la historia
Se antoja que el autor siempre escribe sus novelas tomando en cuenta
dos líneas paralelas, la de los personajes cuya vida o vicisitudes
describe, y la del entorno dramático y trágico de
la Europa de la primera mitad del siglo xx, relacionando la actividad
individual con los acontecimientos angustiosos y destructivos de
un continente enloquecido por la guerra, la violencia y el odio.
Así, en La hermana hace referencia a una reunión de
Navidad en la montaña en plena segunda guerra mundial, en
la que tiene el encuentro tan vivamente grabado en su mente y el
corazón del protagonista, mientras que la preocupación
por el futuro de la humanidad y la infinidad de desgracias de dimensiones
colosales estaban patentes en la mente de todos los participantes,
y afirma:
Lo que supe no me aportó noticias sobre el destino de pueblos
y continentes, sino sobre el de una sola persona. Sin embargo, en
el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con
la misma intensidad que en el de pueblos enteros.
Fue ése un encuentro entre dos intelectuales,
un músico y un escritor, en el ocaso de la vida de uno de
ellos; el músico, que está ya condenado a muerte por
la enfermedad, lo sabe y está dispuesto a afrontarlo sin
rebelión alguna, como el autor sabe que en aquellos años
Europa estaba condenada, si no a muerte, sí a una tragedia
de dimensiones inconmensurables que determinaría el destino
de millones de seres humanos, sobre todo después de la terrible
masacre de la primera guerra mundial, que terminó no sólo
con los imperios coloniales, sino con generaciones, y con toda una
concepción de la vida y la muerte, quizá más
ingenua pero no por ello más justa y auténtica. Ante
ese arcano de los destinos, la actitud del escritor es de reserva
involuntaria frente a la sencilla dignidad y sobria humanidad del
hombre marcado por la muerte.
La música representa el bajo continuo de
la narración en ese libro, como un tema constante cuyas variaciones,
fugas y retornos al tema principal se dan en una melodiosa conjunción
de situaciones en las que de manera insensible el interés
por la música y sus diversas manifestaciones será
el lazo de unión entre estas almas gemelas, sirviendo de
contrapunto el tema de la guerra y la destrucción de ciudades,
pueblos, civilizaciones, así como la persecución injustificada
y deshumanizada de diferentes grupos humanos. Con profunda amargura
el autor evoca:
La arrogancia vanidosa y desmedida del hombre,
que se atreve a pensar que con sus espurias maquinaciones, además
de provocar un cruel derramamiento de sangre, es capaz de alterar
hasta las leyes eternas que rigen el mundo... El hombre es mero
juguete de fuerzas y voluntades cuya verdadera naturaleza desconocemos,
títere de pasiones que vibran más allá del
entendimiento humano.
La muerte es otro personaje constante, ya sea como
sombra confusa y misteriosa que acecha a los personajes, o como
realidad impuesta contra la voluntad de los seres humanos, tanto
en lo individual como en los holocaustos constantes durante la guerra,
que es como un telón de fondo que siempre está presente
en la obra del autor. Muerte que con su terrible orden causa desazón
y tiene un sentido siniestro y obsesivo, como reflejo de la inutilidad
de toda empresa humana para lograr un orden determinado que el ser
humano se esfuerza en lograr con tanto empeño, incluso en
los últimos instantes de vida. Todo ello lo obliga a expresar
en forma abrupta:
Escritor, a ver si aprendes a ser humilde, profundamente
humilde, me dije. No sabes nada sobre los hombres, y tampoco sobre
las fuerzas que los mueven y animan a vivir o morir. Nada sabes
sobre el amor; en tu trabajo manejas simples ideas preconcebidas...
¡Qué ridículo resulta en ocasiones el destino
y al mismo tiempo qué triste y conmovedor! ¿A dónde
llegaremos los europeos si optamos por ese sendero anárquico?...
¿Qué será del mundo?
En esa vorágine de violencias, de odios,
complejos y afanes de destrucción, el autor se pregunta dónde
está la verdad y cuál será el camino de la
esperanza, si es que lo hay. El sacrificio es un hecho que no depende
de la creencia en la redención, sino de conservar la esperanza
en que Dios esté detrás de todas las cosas, aun cuando
no sea fácil llegar hasta Él sino solamente a través
del sacrificio. De nueva cuenta el autor recurre a un símil
de la música, al referirse a las palabras “Feliz Navidad”,
como palabras hermosas, “austeras y perfectas como una fuga
de Bach”. Guerras, plagas, sismos, todo converge como las
premoniciones del Apocalipsis, en un mundo donde la destrucción
campea a sus anchas y en el cual, debido a su enfermedad, el personaje
dice con gran amargura: “A mí ya nadie puede ayudarme.
Porque no sólo se trata de que la música me haya abandonado...
yo también he abandonado a la música.”
Su respuesta a las conexiones entre la vida y la muerte fue únicamente
la humildad con la que aceptó nuestro personaje su propio
destino.
Guerra, decadencia y ocaso
En El último encuentro nos narra la profunda, compleja y
humana relación entre dos jóvenes de la Viena imperial
que hacen su carrera juntos en la academia militar y llegan a crear
una entrañable amistad no desprovista de ambigüedades
y equívocos. Después de cuarenta y un años
de ausencia, Konrád anuncia su regreso para visitar al General,
cuando los recuerdos humanos ya casi estaban desvanecidos en el
tiempo y los restos de varias generaciones se desmoronaban dentro
de esa gran mansión que, como enorme tumba de piedra tallada,
contenía también los recuerdos, la memoria de los
muertos que se ocultan en los recovecos de las habitaciones. Así
comienzan las evocaciones del General, recordando cómo la
amistad que tuvieron de jóvenes era seria y callada, como
cualquier sentimiento importante que dura toda la vida, sabiendo
los dos que su encuentro prevalecería durante toda su vida.
Nuevamente, el autor nos señala que la música
era un refugio de Konrád, donde su amigo no podía
seguirlo, como si fuera un lugar secreto sólo para él
y un lenguaje que le decía algo que los demás no podían
comprender. Señala el autor:
Escuchaba la música con todo su cuerpo,
con una atención parecida a la que presta un condenado en
su celda al ruido de pasos que quizás lleven la noticia de
su salvación. En esos momentos no oía a quienes se
dirigían a él. La música rompía en pedazos
el mundo a su alrededor, cambiaba las leyes establecidas de manera
artificial durante unos instantes... Era como si la rebeldía
de la música hubiese elevado los muebles, como si una fuerza
invisible hubiera movido las pesadas cortinas desde el otro lado
de las ventanas; era como si todo lo que había sido enterrado
en los corazones humanos, todo lo corrompido y descompuesto reviviera...
La Polonesa-Fantasía era tan sólo un pretexto para
desatar en el mundo unas fuerzas que todo lo mueven, que lo hacen
estallar todo, todo lo que la disciplina y el orden humanos intentan
ocultar.
Todo ello hace exclamar al padre del General que
Konrád nunca será un soldado de verdad, por el simple
hecho de que era alguien diferente. Pero la música de la
que nos habla Marai no es la música vienesa compuesta por
Strauss y otros compositores para que la gente olvidara ciertas
cosas o para que se evadiera de la cruel realidad, sino que era
la música que despertaba pasiones, a la cual lo ataban lazos
invisibles cuyo significado profundo constituía un mandato
superior. Despertaba un sentimiento de culpa al mismo tiempo que
lograba que la vida fuera más real en el corazón y
en la mente de los seres humanos:
Esa música era diferente a la que provenía
del exterior, la que sonaba en los restaurantes, en las salas de
baile, en los salones del centro de la ciudad y que era diferente
a la que prefería Konrád, puesto que sólo sonaba
para que la vida fuera más placentera, más festiva,
para que brillaran los ojos de las señoras, para que chispeara
la vanidad de los caballeros. La música que Konrád
prefería no sonaba para que la gente olvidara ciertas cosas,
sino que despertaba pasiones, despertaba incluso un sentimiento
de culpa, y su propósito era lograr que la vida fuera más
real en el corazón y en la mente de los seres humanos.
Era la época en la que estuvieron de moda
los valses de Strauss, cuando un visitante de Alemania citado por
Schnitzler se refiere a la música vienesa en los siguientes
términos:
De corte africano y sangre caliente, alocada pero
con vida... interminable, sin hermosura, apasionada... el compositor
exorciza a los perversos demonios de nuestros cuerpos y lo hace
con valses, que son la forma moderna de exorcismo... capturando
nuestros sentidos en un dulce trance. Típicamente africano
es el modo en que conduce sus danzas; sus propios brazos ya no le
pertenecen cuando el trueno de sus valses se libera; su arco del
violín danza con sus brazos... el tempo estimula sus pies;
la melodía ondea vasos de champaña frente a su cara
y el diablo está libre... Un peligroso poder se ha puesto
en las manos de este hombre trigueño; puede ver como una
suerte para él que podamos dedicar toda clase de pensamientos
a su música, que no exista censura alguna para sus valses,
que la música estimula nuestras emociones en forma directa
y no a través de los canales del pensamiento... Las parejas
bailan el vals de forma báquica... la sensualidad está
liberada, no existe ningún dios que los inhiba.
Al músico de La hermana, la enfermedad le
cambia toda su relación con el universo, con la raza humana
y con la misma música, ese don que le fue dado y ahora se
le está quitando de alguna forma, pues ya no podrá
ejecutar más su virtuosismo como pianista. Todo ello le hace
expresar que ha amado con la música, a través de ella,
pues la música ha constituido un vínculo más
estrecho que cualquier vínculo erótico o sensual con
la mujer de sus sueños, pues afirma que la música
tiene una fuerza inmensa; es un lazo impersonal entre el hombre
y el universo, un vínculo inmaterial que hace al autor concluir
la narración contenida en el manuscrito que le envió
al escritor con las siguientes reflexiones:
Aquí concluye el manuscrito... sus enseres, sus libros, todas
sus notas quedaron en Lucerna. La guerra silenció su legado.
No se sabe si entre sus cosas había alguna
composición musical aún no estrenada. En los últimos
años, el mundo sólo ha escuchado partituras muy distintas,
unas partituras terribles; nadie tenía tiempo de preocuparse
por el destino de una improbable partitura extraviada. Tal vez haya
lectores que lean esta historia como la última composición
de un músico, en la que la melodía importa más
que la letra. Y está bien que así sea, pues, aunque
la melodía nunca tiene un “significado”, lo dice
todo, todo lo que no puede decirse con palabras.
En este autor, como en muchos otros que vivieron
el ocaso del Imperio Austro-Húngaro, el trauma de la guerra
1914-1918 fue un parteaguas. En Alemania e Italia la unidad nacional
era aún muy reciente para que el torbellino resultante de
la primera guerra mundial, ya fuera en la victoria o en la derrota,
no fuera otra cosa sino un episodio más en su larga historia.
Una nueva Europa
Los alemanes despidieron a la dinastía Hohenzollern sin nostalgia;
los franceses veían al conflicto como una fase más
de su defensa nacional a lo largo del Rhin. Para Inglaterra representó
una no deseada intervención en los asuntos de Europa continental,
que provocó una transformación social y la redistribución
del poder político, pero para Rusia y Austria aquella guerra
fue un rompimiento completo con el pasado. En cada uno de estos
países, la dinastía gobernante había conservado
el poder por un largo período, de forma que parecía
encarnar la identidad nacional. Por ello el desmantelamiento de
la herencia de los Habsburgo destruyó de un solo golpe a
un régimen y una estructura de poder, cuya supervivencia
frente a las irreconciliables paradojas existentes parecía
ser la mejor garantía de su propia durabilidad sin límite
alguno. Las generaciones nacidas en Viena a partir de 1880 y hasta
1900, vieron así desmantelado el marco de su existencia nacional
y social cuando se aproximaban a su madurez como individuos, al
vivir el desmantelamiento y amputación de un imperio que
se extendía desde el río Po hasta los montes Cárpatos,
situación que aún los rusos evitaron, pues su revolución
no representó pérdida alguna de territorio, sino al
contrario. Así fue como la Doble Monarquía y el Hausmacht,
al desaparecer, dejaron a los vieneses preocupados por su futuro
en la Europa de los años veinte, como una nueva y truncada
república. En la nueva Austria, sin embargo, había
grandes posibilidades de trabajar positivamente para los intelectuales,
al desaparecer el ultraconservadurismo de los Habsburgo, convencidos
de que era tiempo para mirar hacia delante con espíritu pragmático
y un positivismo constructivo. Con la caída de la monarquía
y la construcción de una sociedad más democrática,
la vida cultural tuvo necesariamente que tomar una nueva dirección
debido a la liberación de viejos gustos y convenciones sociales
y de estilo, de forma que a partir de los años veinte se
dio un gran impulso a la innovación en las artes y en la
literatura, que fue precisamente la época en la que Marai
comenzó a escribir sus novelas, internándose los artistas
en una fase de intensa experimentación dentro del marco de
una gran libertad que nunca habían disfrutado durante la
vigencia de la monarquía. El criterio estético llegó
a convertirse en la prioridad fundamental (no de un patrón
individual o del público burgués), sino que los artistas
tuvieron la oportunidad de organizar su creatividad libremente y
de convertirse en los jueces de sus colegas, dispersándose
así la antigua autoridad cultural, lo que ciertamente produjo
resultados diversos en materia de calidad literaria y artística
en general, al haberse balcanizado la cultura.
Retrospectivamente, podemos sentir más familiar e inteligible
al mundo de Kakania, que a la creación literaria y artística
del período entre las dos guerras mundiales, lo que es una
buena razón para sentir la nostalgia de aquellos años,
debido a que nuestro mundo también se ha construido sobre
una base bipolar y ahora unipolar, quizá no por mucho tiempo,
dado que el lenguaje de los valores y los juicios de valor se aprende,
y los mismos se dan a través del uso estandarizado del contexto
de los problemas y situaciones de la vida real. Esto es precisamente
lo que Marai ha tratado de plasmar en sus obras literarias, en las
que podemos percibir toda esa trama de relaciones, interacciones
y conflictos entre los personajes que surgen de aquella Viena o
del Budapest del ocaso imperial, todo ello dentro de un estilo literario
insuperable y rico en vivencias y caracteres humanos a los que les
da la categoría de testigos de esa decadencia y extinción,
ya anunciada y soberbiamente narrada en sus obras.
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