Vasili
Grossman
ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA
Por: Guillermo Saccomanno/ Página 12
Hijo de judíos, admirador de Chejov, apadrinado
por Gorki y marxista menchevique no afiliado al PC, Vasili Grossman
se alistó en el Ejército Rojo como corresponsal del
Estrella Roja para huir del terror interno de las purgas stalinistas.
Aunque ya era un escritor al que Stalin tenía entre ceja
y ceja, sus crónicas desde el frente le dieron una notable
popularidad. Sin embargo, terminada la guerra, Vida y destino, su
obra magna, una monumental novela de más de mil páginas
que atraviesa todos los géneros y los estilos para explorar
las cimas y las oscuridades de la condición humana, permaneció
inédita hasta años después de su muerte. Ahora,
la reedición en castellano de esa novela y la salida de Un
escritor en guerra (biografía y recopilación de cuadernos
de notas durante sus años como corresponsal en Stalingrado)
permiten acercarse a la obra de quien se puede considerar el gran
escritor ruso del siglo XX.
1. En la noche, en una barraca de Treblinka, un prisionero soviético
le susurra a sus compañeros de cautiverio: “Alguien
debería escribir un tratado sobre los tipos de angustia en
los campos de concentración. Una angustia te oprime, otra
te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una especial
que ni te ahoga ni te oprime ni agobia, sino que desgarra al hombre
por dentro”. En la negrura, murmurando, los soviéticos
discuten sobre la libertad como absoluto, el Bien y el Mal, las
virtudes del marxismo, y la ventaja moral de encontrarse prisioneros
del enemigo y no de sus compatriotas: es menos humillante. Tranquiliza
la conciencia no estar condenados en un gulag stalinista. Cerca,
en la niebla, los ferroviarios que llevan un convoy cargado de prisioneros
hacia el lager se fastidian con el cansancio de su trabajo.
Desde las primeras páginas de Vida y destino,
Vasili Grossman establece las reglas de su novela: capítulos
que se conectan, a veces por corte, a veces en zigzag, mostrando
distintos ángulos de un hecho, situaciones antagónicas
y también complementarias, todo conjugado con el oficio de
quien puede adoptar tanto la voz de un narrador omnisciente, diálogos
no faltos de causticidad, como camuflarse, por ejemplo, en la primera
persona de una madre que escribe una carta al hijo que no volverá
a ver. No hay tema que le sea ajeno: el amor, el coraje, la traición,
la soledad, la injusticia. Y, conectando siempre lo individual con
lo colectivo, Grossman ahonda en la experiencia truculenta de la
guerra y en las fisuras del pueblo ruso sometido a la persecución
y la paranoia del terror de Estado. Las ideologías de la
bondad, plantea Grossman, responden a la mala fe, son tramposas
y, empezando por el autoengaño, se proyectan en la destrucción
colectiva. La cuestión no es novedosa: puede rastrearse en
las discusiones de Pierre y el príncipe Andrei en Guerra
y Paz.
2. Grossman está más cerca de la
tradición narrativa del siglo XIX que de las vanguardias
del XX, pero su proyecto narrativo tiene personalidad propia. El
tono del periodista que busca la crónica “objetiva”
alterna con el dibujo chejoviano que permite leer varios capítulos
como relatos independientes. En ocasiones, aborda al canto épico
y la epifanía, y cada tanto, con una síntesis aguda,
incursiona en el ensayo. Porque Vida y destino es, como toda gran
novela, una novela de ideas. Entre los críticos que celebraron
la publicación de Vida y destino en Occidente figuran, entre
otros, Levinas y Steiner. Según muchos entendidos en literatura
rusa, es el equivalente contemporáneo de Guerra y Paz. Se
ha dicho también que se trata de una de las novelas capitales
de la literatura rusa contemporánea, esencial para comprender
el totalitarismo. El crítico Edmund Wilson, experto en literatura
rusa, a propósito de Solyenitzin opinó que ésta
expresaba un alma recogida sobre sus propios tormentos pero fulminante
como un rayo. Wilson subrayaba así una tendencia a lo oscuro,
proclive a la autoflagelación, característica quizá
dostoievskiana por excelencia. Pero, cabe preguntarse, ¿después
de la experiencia concentracionaria del zarismo en el sepulcro de
los vivos siberiano o de los gulags soviéticos, se puede
escribir haciéndose el distraído?
En “Memoria del mal, tentación del
bien”, su ensayo sobre el totalitarismo, Tzvetan Todorov dedica
un capítulo íntegro a Grossman y, además, preside
todos los demás con citas de Vida y destino. Según
Todorov, comunismo y nazismo (que Grossman denomina fascismo) provocaron
además de la muerte de incontables millones de seres humanos,
también la deportación, la humillación y la
tortura. Si un beneficio para nada secundario le otorgó a
Stalin la invasión nazi y el ingreso de la Unión Soviética
a la guerra es el despertar del sentimiento patriótico. El
pánico a la vigilancia hasta en los rincones más íntimos,
la sospecha del prójimo, todo lo que convierte amigos, amantes
y familiares en alcahuetes potenciales que pueden mandarlo a uno
a la Lubianka, la temible cárcel de los interrogatorios previos
a las sentencias, como también el tramiteo kafkiano para
satisfacer una mínima urgencia, todos los conflictos se postergan
ante la guerra. Si un beneficio tiene para Stalin la guerra es el
logro de la unión nacional.
3. Descendiente de dos familias judías acomodadas,
Vasili Grossman nació en 1905 en Berdichev. De chico, pasó
dos años con su madre en Ginebra, aprendió el francés,
y ya muchacho, mantenido en Kiev por un tío médico,
estudió química. Hasta reparar que le tentaba más
la literatura. Admirador de Chejov, fue apadrinado por Gorki. Pero
si bien ser un escritor bajo Stalin era gozar de una posición
envidiada era también, al menor desvío, arriesgarse
a la desaparición. Sin afiliarse al Partido Comunista, Grossman
se definía marxista, pero sus amigos lo consideraban un menchevique.
Los revolucionarios del ’17, acusados por Stalin de contrarrevolucionarios,
eran detenidos y despachados a Siberia cuando no desaparecidos.
Y entre ellos, lo mejor de la intelectualidad rusa. Más tarde
Stalin fue además sospechado de la muerte de Gorki.
En 1937 fue apresada una prima de Grossman que
participaba de la Internacional Sindical. Luego, dos amigos novelistas.
En 1938 detuvieron y ejecutaron al tío que lo había
protegido. Grossman, en tanto, bajaba la cabeza, se cuidaba. Schtrum,
el físico protagonista de Vida y destino, alter ego de Grossman,
sospechado de “enemigo del pueblo”, sufre el control,
el acoso, y debe tocar fondo en su cobardía para resistirse
a la autoincriminación y no delatar a sus camaradas y parientes.
Una noche lo llama Stalin y lo confirma en su puesto. Entonces,
Schtrum respira. Por una experiencia similar había pasado
Grossman cuando Stalin le reclamó que ajustara una de sus
novelas anteriores de acuerdo a las normativas del realismo socialista.
El ex marido de la segunda mujer de Grossman, acusado
de “enemigo del pueblo”, es detenido. Y poco después
también ella va a la cárcel. Grossman se anima a interceder
y consigue que ella recupere la libertad. En 1941, mientras las
tropas alemanas avanzan, Grossman le propone a su mujer traer con
ellos a su madre, que vive en Berdichev. El matrimonio discute.
La mujer se niega: se queja de que carecen de lugar para la suegra.
En tanto, los nazis arrasan Berdichev y en una de sus matanzas de
judíos fusilan a su madre y su hermana. Después, la
fosa colectiva.
4. Antony Beevor, especialista en la Segunda Guerra,
Premio Pulitzer por su libro Stalingrado, fue el compilador de los
cuadernos de guerra de Grossman. Un escritor en guerra, su ensayo
más reciente, reúne los apuntes, aguafuertes y crónicas
de Grossman en el Ejército Rojo. Las notas de Grossman (que
nada tienen que envidiarle a los cuentos y apuntes de Babel durante
las operaciones de la Revolución) se leen como antecedente
genético de Vida y destino. El estallido de la guerra en
1941 resultó para Grossman un alivio. Al engancharse como
voluntario defendía su patria, pero también dejaba
de mentirse a sí mismo con respecto al miedo que padecía
en la vida civil. La victoria sobre Hitler, pensaba, sería
también sobre los campos de concentración donde habían
muerto su madre y su hermana. Según Beevor, a la hora de
alistarse, Grossman era un tipo de anteojos, excedido en peso, que
caminaba con un bastón. Con menos de treinta años,
las chicas del barrio lo llamaban tío. Fue rechazado en el
reclutamiento. A su colega, el escritor Ilyia Ehremmburg, amigo
suyo, intelectual favorito del régimen, le causó gracia
la voluntad de Grossman en insistir con la incorporación.
Finalmente lo aceptaron: como corresponsal de Estrella Roja, el
diario de las fuerzas armadas. Pero esto tampoco garantizaba mucho:
un periodista o un corrector de pruebas podían ser deportados
a Siberia simplemente por una errata al escribir el nombre de Stalin.
Tras un entrenamiento veloz, Grossman partió al frente: ahora
disparaba con puntería, había perdido unos cuantos
kilos y estaba en forma. Desde 1941 a 1945, aunque no le fuera simpático
a Stalin, Grossman fue uno de los corresponsales más populares.
5. En esos años le escribió a su
padre que tenía un solo libro para leer en el frente: Guerra
y Paz. Lo leía una y otra vez. Así como Guerra y Paz
sitúa las intervenciones de los generales Kutúzov
y Bagration y presenta a Napoleón en su tienda de campaña,
el conde Tolstoi, ex militar, documentadísimo, combina imaginación
y realidad convirtiéndose en un antecedente de la fiction-non
fiction. Grossman recurre al modelo tolstoiano al retratar en Vida
y destino a un enigmático y amenazador Stalin que extorsiona
al pueblo ruso con el chauvinismo o a un Nikita Kruschev irascible
y corajudo, comandando desplazamientos audaces en el frente. Muchos
militares que participan en Vida y destino fueron protagonistas
reales de la batalla de Stalingrado. La lectura obsesiva de Tolstoi
explica la fascinación de Grossman por el fresco social,
la mirada abarcadora. En Vida y destino son numerosas las alusiones
a la torrencial novela tolstoiana. Incluso le cuestiona sus ideas
de táctica y estrategia. Pero, con todo, Vida y destino no
es una imitación del clásico que describe la resistencia
del pueblo ruso a la invasión napoleónica un siglo
atrás. Es que Tolstoi no es un paradigma absoluto para Grossman.
A grandes rasgos puede arriesgarse que si Dostoievski plantea la
búsqueda de Dios a través de la angustia introspectiva,
Tolstoi piensa al hombre ya no sólo en relación con
Dios sino con el cosmos. En cambio Chejov, sin volar más
bajo, enfoca seres diminutos cuya hondura se percibe en una pena,
un altruismo o una mezquindad. Grossman conjuga las tres perspectivas.
De Dostoievski toma la preocupación metafísica, de
Tolstoi el aliento homérico, pero se siente más próximo
a Chejov en la captación de signos imperceptibles de lo cotidiano.
“El camino de Chejov es el camino de la libertad de Rusia”,
escribe Grossman.
6. La batalla de Stalingrado (junio 1942, febrero
1943), que terminó con la retirada alemana y definió
la Segunda Guerra Mundial, fue la que arrojó el saldo más
pavoroso de víctimas: dos millones de muertes. Se luchó
edificio por edificio, en fábricas y depósitos. Los
jóvenes soviéticos entregaban sus vidas con un heroísmo
desgarrador. Con la elegancia de Turguenev, Grossman es capaz de
escribir: “Toma mi mano, amable lector”, para retratar
artilleros y tanquistas. Del Turguenev de Relatos de un cazador
(admirado por Hemingway) extrae la frialdad y la crudeza para describir
un equipo de francotiradores de origen campesino, reflejar sus miradas.
Lo estremece que el gusto al liquidar un enemigo sea el mismo que
experimentaban en su tierra al acertarle a un lobo amenazando sus
rebaños. Grossman cuenta el combate con una agudeza en la
que contrastan, todo el tiempo, circunstancias y elementos de muerte
y de vida. Una ráfaga de ametralladora eleva la tierra “como
una bandada de gorriones”. En una trinchera soviética,
“en un cochecito de bebé color crema estaban colocadas
las minas antitanque”. En estas imágenes, frecuentes
en su narración, se advierte una constante: conservar la
confianza en el instinto en la vida aún en las situaciones
extremas. Desde esta perspectiva, Grossman desmenuza las ideologías
que, en nombre del bien de la humanidad, condujeron hacia su aniquilación.
Porque Grossman prefiere reinvindicar la bondad en gestos pequeños
como el de un oficial que, ante el peligro de un ataque depredador
del enemigo, ordena el traslado de dos enamorados, un soldado y
una operadora de radio, lejos del frente. Otro ejemplo: una médica,
solterona y estéril, en un vagón atestado camino a
Treblinka apaña a un chico huérfano. Otro más:
una vieja rusa que perdió a su hijo le entrega un pedazo
de pan a un prisionero alemán. Gestos tibios, como una taza
de té en medio de la nieve.
7. La desmesura de Vida y destino no responde a
una vanidad titánica. Grossman necesitó más
de mil páginas para indagar los resortes del totalitarismo.
Si bien la novela empieza en Treblinka y lo espeluznante del campo
le da pie a Grossman para igualarlo a un gulag stalinista donde
los hechos escalofriantes no se quedan atrás; en el medio,
Stalingrado civil, corazón de la novela; y en torno giran,
atemorizadas, famélicas, familias enteras. La vida diaria
es un infierno complementario del frente donde la resistencia tenaz
de las tropas rusas, muertas de frío y mal alimentadas, con
más voluntad que armamento, frenan como pueden cada ataque
alemán. Grossman no le ahorra al lector lo siniestro de la
vida civil: por un lado, el sacrificio del pueblo por la causa nacional
y por otro, el mismo pueblo bajo la persecución, los interrogatorios,
las desapariciones. Sin perder pulso narrativo, con ductilidad,
ensamblando un capítulo sobre el stalinismo tras otro, Grossman
analiza también la ingeniería social nazi y su obsesión
estética en la construcción de los lager. Hay un capítulo
magistral en este punto. La arquitectura como obsesión estética
del nazismo no podía ser pasada por alto en el diseño
de los lager. Grossman dedica todo un capítulo a la construcción
del campo. Después cuenta la viveza de un alemán provinciano
que trepó socialmente por su incorporación al nazismo:
Eichmann. Cuando el oficial burócrata inaugura una cámara
de gas, en el interior lo espera un agasajo, una mesa con fiambres,
entremeses y champagne. Grossman detalla el funcionamiento de la
cámara: su piso compuesto de losas se abre y deja caer los
cuerpos para que, en el subsuelo, los dentistas prisioneros extraigan
las piezas dentales de oro a las víctimas. Otro personaje
zorro, un soldado que regula el suministro de gas en las ejecuciones
masivas, cuando puede se roba algo del oro como ahorro para cuando
esto sea apenas un recuerdo molesto. Hitler también actúa
en la novela. Cuando sus tropas comienzan a retroceder en el sitio
de Stalingrado, Hitler se aparta de su custodia y camina solitario
por un bosque. La derrota lo vuelve un chico con ganas de salir
corriendo. Por primera vez al pensar en el fuego de los hornos crematorios
siente un horror humano.
Grossman no elude narrar ni la matanza de bebés
judíos ni la marcha hacia la cámara de gas de las
víctimas desnudas. Como hombre, sabe lo que ha visto. Como
periodista, sabe contarlo. Y como escritor sabe del estilo justo.
Grossman compara la no menos atroz ingeniería social soviética,
la tremenda represión que Stalin decretó contra los
kulacos, los campesinos trasladados de una región inhóspita
a otra donde morirían de hambre y de frío. Una mujer,
durante la hambruna se comió a sus hijos. Para Grossman esto
también cuenta. Y lo cuenta.
8. La cuestión judía es crucial en
Vida y destino. El corresponsal Grossman, en la vida real, ha entrado
con las tropas rusas en aldeas y pueblos arrasados, ha encontrado
a su paso más que vestigios del espanto. No le basta con
narrar Treblinka. Busca explicarse el abismo. Entonces estudia su
funcionamiento. Entrevista vecinos, les pregunta acerca de la frecuencia
de los trenes que ingresaban diariamente al lager, calcula cuántas
personas hacinadas cabían en un vagón de carga, saca
cuentas. “El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un
medio”, escribe. “Es un criterio para medir contradicciones
que no tienen salida, un espejo donde se reflejan los defectos de
los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales.
Incluso un genio como Dostoievski vio un judío usurero allí
donde debería haber visto los ojos despiadados del contratista,
el fabricante y el esclavista rusos”. Un capítulo clave
de Vida y destino apunta la conversación entre el comandante
SS del lager y su prisionero más importante, un militar comunista.
“Ustedes creen que nos odian, pero se equivocan: se odian
a ustedes mismos”, afirma el nazi. Y agrega: “Cuando
damos un golpe a su ejército, lo infligimos contra nosotros
mismos. El terror de ustedes ha matado a millones de personas, y
en todo el mundo, sólo nosotros, los alemanes hemos comprendido
que era algo necesario. ¿Cree que el mundo nos mira a nosotros
con horror y a ustedes con amor y esperanza? Créame, quien
ahora nos mira con horror, también los mirará con
horror a ustedes. Stalin nos ha enseñado muchas cosas. Para
construir el socialismo en un solo país era necesario privar
a los campesinos de sembrar y vender libremente, y Stalin no vaciló:
liquidó millones de campesinos. Nuestro Hitler advirtió
que al movimiento nacional socialista le estorbaba un enemigo, el
judaísmo. Y decidió liquidar a millones de judíos”.
Hay una especularidad entre el nacional socialismo y el comunismo
staliniano, argumenta Grossman. La revelación de los lager
provocan en Grossman la toma de conciencia de su condición
de judío.
9. Después de la guerra, para granjearse
la simpatía de Occidente el bureau soviético encargó
a Grossman y Ehremburg un Libro Negro que reuniría testimonios
y documentos sobre la persecución y el aniquilamiento de
los prisioneros judíos en los campos nazis. Los dos escritores
se dedicaron al libro. Pero después de la guerra la Unión
Soviética era otra. La unión nacional se había
“consolidado”. No era de buen tono insistir con el asunto
que podía sacar a relucir la xenofobia de los años
pasados. Además ahora pesaban la Guerra Fría y la
solidaridad internacional de los judíos. Las editoriales
en yddish fueron clausuradas. Se acusó también a los
judíos de un complot y se habló de deportarlos al
Asia Central. La publicación del libro se atrasó y
finalmente se anuló. En Estados Unidos se publicó
una versión abreviada con prólogo de Einstein. La
versión completa sirvió como elemento testimonial
en los juicios a los nazis. Y se publicó más tarde
en Israel.
10. Grossman escribió Vida y destino sabiendo
que le sería imposible publicarla. Tras la muerte de Stalin,
Krushev asumió el poder y en el XX Congreso del PC intentó
lavar culpas. También intentó galardonar a Grossman,
integrarlo como escritor oficial. Pero Grossman rehusó toda
distinción. Los crímenes no habían sido sólo
responsabilidad de un hombre sino de un régimen. Desencantado
con el socialismo real, pero sin perder la esperanza chejoviana
en que el mundo puede ser un lugar mejor si los hombres miran como
viven, Vasili Grossman murió en Moscú en 1964. La
noche anterior había terminado Todo pasa, su última
novela. Fue enterrado, de acuerdo a su voluntad, en un cementerio
judío. Vida y destino fue publicada en Suiza en 1980.
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