Alan García en sus trece:
VENDER EL PERÚ PARA NO SER PERROS
Por: Rodrigo Montoya Rojas
En octubre y noviembre del 2007, y el 2 de marzo
de 2008 el presidente Alan García publicó tres artículos
en el diario “El Comercio” de Lima oponiéndose
a las peruanas y peruanos que como el “perro del hortelano”
no comen ni dejan comer. En esta infeliz metáfora la comida
es el conjunto de recursos del Perú, en particular los bosques
de la Amazonía y las tierras comunales de los Andes y de
la Costa. Por el carácter panfletario de sus artículos,
parece que los perros del hortelano fuéramos todos los peruanos,
pero si se observa atentamente la lógica del desprecio presidencial,
los principales perros del hortelano son los comuneros andinos,
amazónicos y costeños, que habitan los pueblos donde
se encuentra la reserva de solidaridad y reciprocidad más
importante para el presente y futuro del Perú. Serían
también los “antimineros”, “pluriculturalistas”
y “patrioteros” y los “10,000 activistas agresivos
y callejeros” que se oponen a la política del gobierno
aprista. No hay en el razonamiento del señor García
respeto alguno del derecho que las peruanas y peruanos tenemos de
no creer en su gobierno y de ser parte de una legítima oposición.
Por eso, insulta a quienes no piensan como él.
Sus tres artículos no son textos políticos
serios, tampoco textos académicos, son panfletos de elemental
propaganda capitalista. El Sr. García generaliza con toda
libertad, se mueve en un mundo de oposiciones totales, blanco y
negro sin matices: de un lado, los malos peruanos que no quieren
el progreso del país y, del otro, los buenos como él
que defenderían ese progreso. No menciona ninguna fuente
de la información que ofrece, tampoco cita a algún
autor que sostenga las tesis que él presenta como nefastas.
Sus cifras contra la pobreza son sólo globales, sin desagregados
puntuales que permitirían, entre otras cosas, lo que cuesta
la burocracia que se ocupa de la pobreza. García dice que
quería iniciar un debate, pero no responde a ninguno de sus
críticos. García sólo se oye a sí mismo
y a quienes lo aplauden. Al resto lo mira desde su desdén,
menosprecio y soberbia. En esas condiciones ningún debate
es posible. La pobreza intelectual del presidente queda en evidencia.
¿Qué debate puede haber cuando las categorías
son más insultos que conceptos? Si ustedes, lectoras y lectores
fueran parte de los millones de comuneras y comuneros de la Amazonía,
de los Andes y de la Costa, ¿les gustaría que el presidente
de la república los trate de perros? Por desgracia, en el
lenguaje peruano común y silvestre, perro es un insulto.
Lo digo con mi debido respeto por los perros.
Algunas de las tesis centrales que Alan García defiende en
su panfleto son las siguientes: si no hay propietarios, no hay inversión;
la Amazonía tiene un potencial que no se explota, las concesiones
no sirven; hay que vender las tierras comunales, con el simple acuerdo
de la mayoría más uno de los votos de la asamblea
comunal; hay que vender todas las propiedades del Estado.
Como todo político de derecha, García
está convencido de que la única propiedad que cuenta
es la individual, que la propiedad colectiva no debiera existir
porque es parte del llamado atraso o de la pre-modernidad, y que
los derechos sólo debieran ser individuales. Si el señor
García conociese algo de la historia y la realidad peruana
no cometería el gravísimo error de creer que en las
comunidades campesinas se tienen tierras en abandono. Si supiese
algo de la literatura antropológica e histórica disponible
sabría que en la lógica andina de la agricultura el
descanso es parte de un ciclo de recuperación de la capacidad
productiva de la tierra, sobre todo en zonas donde sólo se
cuenta con el agua de las lluvias, que son la gran mayoría
de la agricultura peruana. En 1971, en las comunidades de la provincia
de Aymaraes –Apurímac- se dejaba descansar a las parcelas
sólo cinco años y no diez como era la norma del saber
agrario, debido a la presión demográfica: más
bocas que alimentar. Hubo sí un proceso de abandono de tierras
en zonas de la guerra interna cuando los campesinos e indígenas
huían de los fuegos de Sendero Luminoso y las fuerzas armadas.
Desde que los recursos de la Amazonía fueron
entregados en concesiones sobre todo a empresas petroleras, de gas,
mineras y a madereros privados, las organizaciones indígenas
de la Amazonía, particularmente AIDESEP, tuvieron la generosidad
de pensar en los pueblos indígenas aún no contactados.
Se trata de peruanas y peruanos hermanos nuestros que vivieron todas
sus vidas en los bosques y que ante la agresión de la llamada
civilización occidental y cristiana prefieren vivir escondidos
y al margen. Fueron los pueblos amazónicos los que en miles
de años organizaron el espacio y el paisaje que conocemos
y que el capitalismo depredador trata de convertir en un inmenso
desierto. Si por el interés capitalista la Amazonía
va quedando como un damero, los propios pueblos indígenas
propusieron reservar espacios del bosque para que los pueblos no
contactados encuentren su “mitayo” (carnes y peces del
monte, sobre todo) para seguir viviendo. Por ignorancia, el señor
García se burla de uno de los gestos de solidaridad más
extraordinarios de la sociedad peruana en los últimos años.
En su afán de defender a las empresas petroleras, se atreve
a decir: ¨Y contra el petróleo han creado la figura del
nativo selvático no conectado”.
El señor García propone que los bosques
y las tierras aptas para la ganadería y la agricultura se
entreguen en propiedad y que las concesiones ya existentes para
empresas petroleras, de gas y mineras sean respetadas. En la Amazonía,
los Andes y la Costa, no hay tierras baldías o de nadie;
allí las comunidades campesinas y nativas tienen títulos
y el presidente de la república debiera ser el primer ciudadano
en respetarlos. Hace mucho tiempo que el llamado “vacío
amazónico” -aquel de la “selva libre” o
“paraíso verde” por colonizar, en tiempos del
primer gobierno de Fernando Belaunde entre 1963 y 1978- fue claramente
desmentido. 42 pueblos indígenas pertenecientes a 12 familias
lingüísticas tienen ahora reconocidas una pequeña
parte de sus tierras, luego del despojo colonial. No se les puede
ignorar. Ya dejaron sentir sus voces oponiéndose a la “ley
de la selva” que el gobierno aprista elabora precisamente
para vender la amazonía.
El presidente García está convencido
que sólo las grandes empresas salvarán al Perú,
la iniciativa privada sería la única capaz de aprovechar
los recursos del país, que el Estado sólo debiera
servir como un promotor de la eficiencia privada. Alemania, Japón
y Corea serían los ejemplos a seguir.
Los artículos del Sr. García aparecieron
en un contexto muy preciso, marcado por una importante oposición
en Perú a la gran minería que tiene las tasas más
altas de ganancia en la historia y disfrutan del apoyo total de
los últimos gobiernos, y a una ley que abre las puertas de
la inversión privada en el turismo en contra de la opinión
sensata de los arqueólogos y de las autoridades y ciudadanos
del Cusco que saben bien de lo que la inversión privada es
capaz de hacer con el patrimonio cultural del país. En su
campaña electoral el Sr. García prometió imponer
un impuesto especial sobre las grandes ganancias de las empresas
mineras para obtener alrededor de 5 mil millones de dólares.
Después de su victoria cambió de parecer y sólo
pidió a sus “amigos mineros” que cristianamente
ofreciesen un ¨óbolo¨ para el desarrollo del país.
La caridad prometida fue de 500 millones de soles (172.4 millones
de dólares) con la condición de que las empresas decidiesen
en qué se gastaría ese dinero.
En Tambogrande y Huancabamba (Piura) las comunidades
campesinas dijeron: “no queremos que las empresas mineras
contaminen nuestra aguas”. A pesar de su fuerza y enorme poder,
las empresas canadiense y china tuvieron que dar marcha atrás.
Con otra muestra de ignorancia el Señor García escribe:
“Aquí todavía discutimos si la técnica
minera destruye el medio ambiente, lo que es un tema del siglo pasado”.
El Sr. García cree que la nueva minería no afecta
al medio ambiente, que la antigua sí. Es eso lo que sostienen
las grandes empresas. Estas se atreven incluso a sostener que los
llamados mineros informales le hacen más daño al medio
ambiente que las grandes empresas. En este punto preciso el Sr.
García concuerda con su amigo Bush e insulta a los defensores
del medio ambiente llamándoles comunistas y oportunistas.
Nunca las grandes empresas mineras tuvieron un presidente como Alan
García. Su felicidad no puede ser mayor.
¿Cual es la originalidad de Alan García
en sus tesis contra los llamados perros del hortelano? Ninguna.
La idea de la propiedad como recurso para la inversión que
el desarrollo capitalista requiere es muy vieja, y forma parte del
catecismo burgués de los primeros días, hace tres
siglos. Desde tiempos de Bolívar, 1824-25, en Perú,
los llamados indios fueron considerados como ciudadanos y peruanos
propietarios con el derecho de vender. Luego, los empresarios y
terratenientes heredaron la idea: recuerden que entre 1920 y 1930
los hacendados de Puno propusieron liquidar las comunidades para
expandir sus latifundios; que en el primer gobierno de Alan García
(1985-1990) sus parlamentarios presentaron un proyecto de ley para
que las tierras no trabajadas de las comunidades costeñas
sean privatizadas. Todas esas propuestas fracasaron. Fue con el
gobierno de Fujimori que los neoliberales con el apoyo del Banco
Mundial impusieron el Proyecto Especial de Titulación de
Tierras y Catastro Rural (PETT) y, desde entonces, está en
marcha, sin tropiezo alguno, el proceso de privatización
de las tierras comunales con la entrega de títulos de plena
propiedad privada para sus beneficiarios.
Si en sus textos Alan García hubiese dado
cuenta de la transformación del Apra y de la evolución
de sus propias ideas, defendiendo su derecho de cambiar, habría
tenido que mencionar, por ejemplo, la nacionalización de
la tierra, uno de los puntos del programa histórico llamado
auroral¨ del Apra. Si hubiese dicho una palabra sobre el punto
habría dado muestra de un mínimo de honestidad intelectual.
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