Una fiesta popular
ORIGEN Y SENTIDO DEL CARNAVAL EN BRASIL
Por: Andrés Ordóñez/ La Jornada
Se tiene la idea de que el carnaval brasileño
es un espectáculo para turistas y que sólo existe
en Río de Janeiro. Si bien es cierto que es creación
carioca, esta manifestación existe en todo el país
y es muchísimo más que la absurda reducción
a la que la desmedida explotación icónica lo ha confinado.
La vulgarización turística del carnaval ha tenido
sobre Brasil el mismo efecto que sobre la imagen de México
ha acarreado su necia asociación con pirámides y mariachis.
El carnaval es un elemento central de la autoconstrucción
social brasileña, uno de los pilares de la compleja integración
racial, social y cultural de ese país. En Brasil el 7 de
septiembre, día de la independencia, no tiene, ni de lejos,
la carga identitaria que sí, en cambio, posee el carnaval.
Una manera de entender desde la cultura mexicana la profundidad
de su sentido sería equiparándolo a nuestro 15 de
septiembre. Para un brasileño el carnaval es lo que el 15
de septiembre para un mexicano, pero durante cinco días seguidos.
Los antecedentes remotos del carnaval se encuentran
en las fiestas paganas grecolatinas y egipcias. Ya en un sentido
más cercano lo encontramos en el siglo VII, cuando el papa
Gregorio I decretó la celebración de la Cuaresma,
un período de cuarenta días para conmemorar los días
de ayuno y privaciones de Jesús de Nazaret en el desierto.
Cuatrocientos años más tarde, en 1091, la Iglesia
dio fecha precisa de inicio a la Cuaresma : el miércoles
de ceniza.
De tal suerte, siendo que la Cuaresma significaría
cuarenta largos días a puro pescado y sin sexo, la gente
decidió organizarse para sacarle el mayor partido posible
a la carne antes de la privación. Este período en
el que la carne y sus placeres eran válidos recibió
en italiano el nombre de carnevale, que en castellano y otras lenguas
adoptó el de carnaval.
El carnaval en los años ‘70
La manera de celebrar el carnaval llegó de Portugal a mediados
del siglo XVI. Fue en Pernambuco donde arraigó una forma
de relajo llamada entrudo, que pronto se ubicó en las fechas
previas a la Cuaresma. El entrudo consistía en una batahola
caracterizada por batallas de todos contra todos, armados con cascarones
de huevo rellenos de harina de trigo o de hollín para pintar
cuero, así como los elegantemente llamados “limones
de olor”, es decir, limones rellenos con agua, orina y otras
substancias menos poéticas.
En 1841, pese a la simpatía del propio emperador
por estas batallas festivas, las autoridades prohibieron el entrudo
en la capital del imperio, Río de Janeiro. La medida desató
un proceso de refinamiento en la celebración colectiva. Poco
antes de 1850 había llegado, también de Portugal,
una figura que de inmediato se integró a las fiestas del
carnaval. No existe un dato preciso, pero se especula que durante
la segunda mitad del XIX, se asimiló la costumbre originaria
de la región del Minho, de percutir unas enormes tamboras
llamadas bumbos. Esta aportación la hizo un zapatero portugués
de nombre José Nogueira. Dado que en portugués el
hipocorístico de José es Zé y que el populacho
se apropió y adecuó el apellido del zapatero, el percutor
de tambora fue designado desde entonces como el Zé-Pereira
. El descendiente actual del bumbo portugués es el surdo
brasileño, la percusión más grave en la orquestación
del samba.
La prohibición del entrudo obligó
a un ordenamiento logístico que de inmediato registró
un impacto estético. Para poder desfilar, los contingentes
populares tuvieron que imponerse un orden cada vez más estricto,
de otra manera la policía no les permitiría participar.
Los primeros contingentes delimitados por cordones (algo semejante
a lo que sucede actualmente durante las manifestaciones de protesta
en Ciudad de México, en las que los bloques delimitan su
perímetro con una soga para evitar la filtración de
los provocadores) datan de la segunda mitad del siglo XIX en una
clara paganización de las procesiones religiosas, merced
a la portentosa acción de la cultura africana heredada a
través de los esclavos.
Así como hoy es dirigida la sección
de percusiones (llamada batería) de una escola de samba,
cada cordón era conducido a golpe de silbato por un mestre.
A cada pitido correspondía una respuesta inmediata de las
decenas de cantantes, bailarines, payasos, calaveras, diablos, reyes,
reinas, sargentos, bahianas, indios y cuanto personaje integraba
el contingente. Junto con el silbato del mestre, el otro factor
de orden era el ritmo de la percusión y muy pronto a la percepción
rítmica de la realidad propia de la cultura africana heredada
de los esclavos, se integraron la visión multicolor del populacho
y la asimilación de los fastos aristocráticos europeos,
vivos hasta hoy en las pretenciosísimas clases altas cariocas.
El resultado fue la confección de lujosos estandartes y fantásticas
indumentarias multicolores.
Los cordones tuvieron sus diferencias y peculiaridades.
En el camino hacia lo que desde la década de 1960 es la escola
de samba, otro tipo de organización emparentada con el cordón
resultó trascendental: el rancho, un tipo de cordón
más organizado, de mayor refinamiento musical y lujo visual.
Nacido en la segunda mitad del siglo XIX a iniciativa de los inmigrantes
nordestinos asentados en Gamboa, la antigua zona del puerto de Río
de Janeiro donde en siglos previos eran desembarcados los esclavos
africanos, el rancho ya otorgaba un lugar especial al portabandeira
(cada rancho y, antes, cada cordón, portaba su estandarte).
Además, en el rancho ya no era uno solo, sino tres los mestres
que dirigían coordinadamente el contingente: un mestre-sala
que garantizaba la armonía de la orquesta y las percusiones,
otro encargado de los cantantes y el coro, y un tercero responsable
del concepto y los detalles coreográficos. El rancho, pues,
incorporaba una orquesta formada por guitarras, flautas, cavaquinho
y clarinete, presagio evidente de la orquestación del futuro
samba.
Sueños de carnaval
En este periplo, 1893 fue significativo. El teniente Hilário
Jovino, figura mítica en la cultura negra carioca, fundó
ese año el rancho Rei de Ouros, con lo cual dio un impulso
cualitativo a la estética y el rigor formal del carnaval.
A partir de entonces para que los ranchos fuesen considerados carnavalescos,
es decir, dignos del carnaval, éstos tenían necesariamente
que iniciar frente a la casa de las “tías bahianas”,
mujeres negras de incuestionada autoridad que cumplían el
papel de madres espirituales y materiales de la comunidad de origen
africano, inmigrada en su mayor parte del nordeste. El rancho sólo
estaba autorizado para desfilar en el carnaval una vez que había
obtenido el refrendo de las tías bahianas.
La transición entre el rancho y la escola
se ubica en 1917. Diez años antes, en 1907, había
sido fundado el que, se dice, fue el rancho más famoso, el
Ameno Resedá. Para entonces ya se había incorporado
el enredo , es decir, la trama que se desarrolla durante la actuación
del grupo, con base en un conjunto de canciones y marchas festivas
que giran en torno a un tema específico. Fue el Ameno Resedá
el que llevó al más alto nivel de sofisticación
musical y coreográfica el enredo de carnaval, y sentó
un precedente que se convirtió en patrón.
Vale la pena mencionar que el carnaval no sólo
fue un asunto del morro y la favela, es decir, de los marginados.
También los ricos tuvieron sus aspiraciones y sus aportes
en esta historia. Ante la “africanización” del
entrudo y el cordón, las clases “blancas”, instaladas
en la creencia del proceso civilizatorio europeo, organizaron higiénicos
contingentes de personas decentes y bien comportadas. Los contingentes
blancos se llamaron sociedades y fueron el ámbito de desfile
de las personalidades del poder económico, político
e intelectual.
En 1907 la sociedad tuvo una mutación que
sería definitiva en la conformación de lo que hoy
es el carnaval brasileño. Ese año, el gobierno resolvió
destruir una serie de tesoros arquitectónicos para abrir
avenidas modernas (nunca falta un Hank González). Con ello
hizo su entrada en la escena cotidiana el automóvil, cuya
versión descapotada (es decir, sin techo) recibió
el nombre de corso. El día de la inauguración de la
Avenida Central , hoy Avenida Rio Branco, las hijas del presidente
Afonso Pena hicieron el trayecto en un carro abierto. A partir de
ese momento los ricos decidieron que esa era la manera chic de ir
por la vida. Lógicamente el corso se incorporó al
carnaval y, a la larga, se convirtió en el carro alegórico.
Musicalmente la evolución del carnaval se
inició, como lo hemos dicho, con los tamborazos ibéricos
del Zé-Pereira y la incorporación de las percusiones
africanas, pero también y casi de manera simultánea,
con la asimilación de las manifestaciones musicales centroeuropeas
de la época, cuyo ritmo animado fue compatible con el espíritu
cumbanchero afrobrasileño. Tal fue el caso de la polca que,
poco tiempo después de su llegada en 1844, permeó
la sociedad local. Dicen los estudiosos que durante la segunda mitad
del siglo XIX no había baile sin polca y que el mismísimo
Don Pedro II, con todo y su parsimoniosa barba, le tupía
con notable fe y confianza a la punta y el talón. La polca
se convirtió en la base de la música urbana brasileña
y, mezclada con las herencias americanas y africanas, resultó
en el choro, el maxixe, el frevo y, por supuesto, el samba, los
ritmos fundamentales y fundacionales de lo que hoy se llama MPB
(Música Popular Brasileña).
A la larga la necesidad de mantener el alto nivel
de calidad determinó que lo que antes fue cordón y
hasta entonces había sido el rancho, en 1917 se convirtiera
en escola (escuela), esto es, una instancia en la cual los jóvenes
y niños fuesen iniciados en las complejidades musicales,
coreográficas y artesanales del carnaval. En la década
de 1920 las marchas de carnaval, llamadas marchinhas (pequeñas
marchas), el ritmo pernambucano por excelencia, el frevo, y el samba
se convierten en sinónimo de carnaval. En la década
de 1960, el samba adquiere predominancia sobre el frevo y las marchinhas.
Fue en esa coyuntura que se generalizó el término
escola de samba. En la actualidad, desde la década de 1990
se vive la transición entre el samba como base musical del
enredo de carnaval y el ritmo bahiano conocido como axé.
La importancia de la escola como institución
informal es mayúscula. No sólo por cuanto significa
en el contexto del carnaval, sino también por su trascendental
repercusión en la formación e historia de la cultura
popular musical de Brasil.
El carnaval ahora
¿Cómo es posible que un país, donde la educación
musical –de manera semejante a lo que ocurre en México–
está marginada (por no decir ausente) en los programas oficiales
educativos, sea, hoy por hoy, una potencia mundial en ese campo?
La respuesta la encontramos en el papel de invernadero de la tradición
musical desempeñada por la escola de carnaval.
Ese invernadero cultivó lo que desde la
década de 1960 Brasil ha cosechado en la Música Popular
Brasileña. Sobre la misma huella se están generando
las manifestaciones musicales de las favelas contemporáneas,
que aún cargan un muy fuerte estigma de clase. El ejemplo
más evidente es la diversidad de ritmos agrupados en el término
funk, género característico de los bailes multitudinarios
celebrados en los barrios marginados de Río de Janeiro, bajo
el auspicio ya no de las mafias de la lotería paralela llamada
jogo do bicho (juego del animal), como hasta la fecha sucede con
las escolas de samba , sino de las mafias del tráfico de
enervantes. Seguramente, así como sucedió con el tango
en Argentina y con el samba en Río de Janeiro, en un futuro
no muy lejano el funk abandonará su embozo marginal y se
incorporará de pleno derecho al maravilloso conjunto de la
música popular brasileña.
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