Sin lugar para los débiles, el Oscar de los Coen
ESTADO DE NATURALEZA
Por: Mariano Kairuz/ Página 12
La escena es increíble: un pitbull rabioso
persigue sin descanso a un hombre que escapa a pie, como puede,
a toda velocidad. Lo persigue por tierra y también en el
agua. Hasta que lo detiene lo único que parece capaz de detenerlo:
una bala. La escena es increíble (ese pitbull rabioso es
increíble) y pinta en un minuto el universo de locura y violencia
en el que nos estamos sumergiendo. El hombre está atrapado
en una trama que tal vez nos suene, con variaciones, más
o menos conocida: un tipo se encuentra con una valija llena de dinero
y decide llevársela; atrás, inevitablemente, vendrán
quienes reclamen el dinero para sí, dispuestos a eliminar
a quien sea necesario para recuperarla.
Pero esta premisa argumental, como en tantas otras
buenas películas, no es más que un pretexto, un McGuffin
–como lo llamaba Hitchcock refiriéndose a la mecánica
dramática del hombre común envuelto en situaciones
extraordinarias– para hablarnos de algo más. Porque
Sin lugar para los débiles, la adaptación al cine
de la novela No Country for Old Men del escritor norteamericano
Cormac McCarthy, la película que se llevó el Oscar
principal hace una semana y ganó otros dos para sus realizadores
–por la dirección y el guión adaptado–,
los hermanos Coen, es un thriller, una película de frontera
en escenarios de western, una de asesino psicópata; pero
es antes que nada, aglutinando todas esas cosas, una película
sobre la naturaleza.
Una película sobre la relación del
hombre con la naturaleza; ambientada en espacios enormes, el desierto
abierto e inhóspito donde la vida puede ser especialmente
dura. Y sobre la naturaleza del hombre, el hombre como un animal
hostil que puede hacer la vida de otros hombres especialmente dura.
Una película con hombres que cazan animales, animales entrenados
para cazar hombres y, fundamentalmente, con hombres que cazan hombres.
Depredadores humanos.
DESDE EL BORDE
La película, que sigue muy de cerca la novela de McCarthy,
transcurre en 1980 en la frontera entre México y Estados
Unidos. Principalmente, aunque no solamente, del lado de arriba,
en West Texas. Empieza en el desierto: la valija con 2 millones
de dólares en su interior aparece cerca de un tendal de cadáveres,
autos y camionetas abandonados, y un cargamento de heroína.
Llewelyn Moss (Josh Brolin), el hombre que la encuentra, un ex veterano
de Vietnam que descubre el tremendo cuadro mientras caza venados
con un rifle, ve, a pesar del evidente riesgo que implica llevarse
esa valija, una oportunidad única para salvarse de una vida
que, se insinúa, no lo está tratando con demasiada
generosidad. Moss –el hombre que poco más tarde se
salvará del pitbull asesino sólo para encontrarse
con un psicópata mucho más peligroso tras sus pasos–
es Josh Brolin, un muy buen actor que a los casi 40 años
ya lleva dos décadas haciendo películas, pero al que
a partir de ahora vamos a ver muy seguido en el cine, como si se
tratara de la revelación de esta temporada (se lo puede ver
en la reciente Gangster americano con una interpretación
consagratoria, y en la muy divertida y todavía inexplicablemente
inédita Planet Terror, de Robert Rodríguez, entre
otras). Brolin, que llegó a los Coen recomendado por Rodríguez,
es un actor perfecto para Sin lugar para los débiles, en
parte porque se ve en él el mismo material, la misma madera
de sus dos coprotagonistas; la certeza de que en otra época
podrían todos ellos haber sido estrellas del western. Habitantes
de esos espacios infinitos, lugares de una libertad paradójicamente
asfixiante porque allí, como dice una expresión más
común en inglés que en castellano, uno puede correr
todo lo que quiera, pero no tendrá dónde ocultarse.
Esos dos coprotagonistas de Brolin son Javier Bardem
(el cuarto Oscar que se llevó la película, sobre un
total de ocho nominaciones), como Anton Chigurh, el hombre-animal
que persigue a Moss y que está claro que no va a detenerse
ante nada para recuperar el dinero y exterminar a su objetivo; y
Tommy Lee Jones, como el sheriff Ed Tom Bell. Chigurh aniquila a
sus víctimas con una pistola neumática diseñada
para matar ganado. Literalmente extermina hombres como quien mata
a animales de corral. Para Bell, que va siguiendo los rastros sangrientos
que deja Chigurh a su paso, se trata de una especie de fantasma.
Bell –como Tommy Lee Jones– es un hombre del lugar,
un elemento casi indivisible del árido, curtido y desolado
paisaje. Chigurh viene de algún otro lado –la pronunciación
en inglés de Bardem suena extraña, foránea,
aunque no hispana–; es como una sombra, uno de los misterios
que –en nombre del suspenso y en plena convicción de
que hay mucho en el mundo real que sencillamente no responde a razones
claras– el relato se resiste a explicar.
Bell expresa además una meditación
sobre algo que también tiene que ver con la naturaleza: el
paso inexorable del tiempo, la vejez, el cansancio. Es la expresión
de una humanidad vencida, resignada, de un pesimismo sin salida.
El hombre hace lo suyo de manera impasible, pero desde el comienzo
de la historia se lo encuentra sintiéndose ya demasiado viejo
para su trabajo, y condenado a no resolver realmente nada. Tal vez
sí un caso acá y allá, pero convencido de que
nada va a cambiar realmente. Que las cosas sólo pueden empeorar.
Es su voz en off la que nos introduce en la película, con
un recuerdo idílico de épocas en que sus antecesores
podían hacer su trabajo sin portar armas de fuego; un recuerdo
de presuntos “tiempos mejores” que queda relativizado
por otra anécdota cerca del final del relato, tal vez una
reflexión sobre la maldad como una fuerza intemporal, cuyas
razones y origen no están a nuestra disposición. Para
Bell, las cosas son así porque así es la naturaleza
humana.
EL TERCETO DE LA MUERTE
Y se ha dicho infinidad de veces desde la presentación mundial
de la película en el Festival de Cannes el año pasado,
pero es verdad: Sin lugar para los débiles es la mejor película
de los Coen en muchos años. Lo que en principio no es suficiente
decir, después de dos esperpentos seguidos como fueron El
amor cuesta caro y particularmente El quinteto de la muerte, innecesaria
remake de un clásico del humor negro inglés de los
años ’50. Aunque algunos quisieron ver un western en
su nueva película, los Coen parecen haber apuntado más
a la oscuridad fatal del film noir, a aquello que tan bien hicieron
en su ópera prima Simplemente sangre, en De paseo a la muerte
y en Fargo. Todas películas en las que las muertes tienen
un peso muy fuerte, son un asunto serio, con consecuencias materiales
y emocionales (a diferencia de lo que ocurría en la caricaturesca
El quinteto..., donde la muertes se reproducen y acumulan violentamente
sin valor alguno).
En Sin lugar para los débiles hay tres hombres
siguiéndose unos a otros en un circuito oscuro, mortuorio.
Los envuelve una atmósfera por momentos ominosa, lograda
en buena medida en base a un trabajo sonoro muy preciso, de diálogos
parcos, lacónicos, y el esfuerzo de no dejarse infectar por
el virus de la sobremusicalización que corre tanto en Hollywood
y que, dicen los Coen, lo vuelve todo absolutamente previsible en
la mayoría de los thrillers contemporáneos. Con su
estilización brutal, seca, los Coen consiguen sacarse de
encima por una vez la acusación que más se les ha
lanzado a lo largo de su filmografía: la de regodearse demasiado
en su propio ingenio, la de convertirlo todo en vacíos ejercicios
de estilo.
En una nota publicada hace poco en The Observer,
el periodista Anthony Andrews dice de los hermanos realizadores
–que hasta su película anterior firmaron sus tareas
por separado: Joel como director, Ethan como guionista, y que por
primera vez se acreditan juntos ambos trabajos–: “Si
es posible atribuirles algún interés moral en su obra,
sería el interés por los mitos que produce la sociedad,
antes que un interés en la sociedad misma”. Y Sin lugar
para los débiles, con sus desesperados y sus psicópatas
de leyenda, no es la excepción; pero acá se vuelven
a tomar sus narraciones en serio. En su asociación con McCarthy,
hay estilización, pero la muerte se siente real. “Murieron
de causas naturales”, dice el sheriff Bell, refiriéndose
a algunos de los muchos cadáveres de la película.
“¿Naturales?”, le pregunta un poco desconcertado
su asistente. “Naturales –responde–, en su tipo
de trabajo.”
YA VENDRAN TIEMPOS PEORES
El pesimismo cerrado de McCarthy es llevado hasta las últimas
consecuencias; y algunas de esas consecuencias ocurren fuera de
plano, en escenas que la película nos escamotea, no por pudor
sino porque se trata de crímenes anunciados, y para recordarnos,
como Bell, que esto no tiene final. Que “este país
es duro para la gente: eso no es nuevo. Así es la humanidad
y no se puede hacer nada respecto de lo que está por venir”.
En muchos aspectos sí es un western, pero uno en el que el
duelo final no llega nunca.
Y los Coen, que ya terminaron otra película
–sobre un agente de la CIA y un grupo de inescrupulosos empleados
de un gimnasio, con George Clooney y Brad Pitt– dicen tener
escrito un western hecho y derecho, puro y duro. “De época,
ambientado en 1870, con mucha violencia, linchamientos, despellejamientos,
indios torturando a sus víctimas con hormigas y cortándoles
los párpados; y con una escena en particular que nadie olvidará
por cómo involucra a una gallina.” Pero con ellos nunca
se sabe: podría ser otra fantochada graciosa y sin fondo
como las de los últimos tiempos o, con un poco más
de suerte, una continuación de la línea negrísima
y bastante rigurosa de Sin lugar para los débiles, que es
como una especie en extinción: una película norteamericana
capaz de ofrecer una reflexión sin grandes pretensiones alegóricas.
Una película donde lo que se ve es lo que hay, como en la
naturaleza.
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