Sherlock Holmes:
121 AÑOS DE UN MITO
Por: Adrián Medina Liberty/ La Jornada
Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes
es una de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte
y la siesta son otras. También es nuestra suerte convalecer
en un jardín o mirar la luna.
Jorge Luis Borges, Los conjurados.
Hace 121 años, un joven y no muy exitoso
médico que vivía en Southsea, Arthur Conan Doyle,
decidió incursionar en la literatura con un personaje que
se convertiría en uno de los mitos más poderosos y
perdurables de la literatura: Sherlock Holmes. Un estudio en escarlata
se publicó en 1887, después de numerosos rechazos
y mediante la ridícula cantidad de 25 libras; ahora, uno
de estos ejemplares se cotiza en 40 mil libras.
Para muchos, especialmente para aquellos que se
someten escrupulosamente a los cánones literarios, Conan
Doyle o, para el caso, su popular personaje, no pasa de ser un entretenimiento
menor con exiguos valores literarios. Para otros, en cambio, menos
inclinados a la normatividad académica y más dispuestos
a los encantos de la lectura, han sabido encontrar en el solitario
de Baker Street un legítimo contentamiento que no se ha extinguido
a pesar de la evidente transformación del mundo.
Fernando Savater, por ejemplo, confiesa con fervor
en su Infancia recuperada que “quizá no he amado a
ningún personaje de ficción como a Sherlock Holmes”.
Borges no sólo reconoce su agrado por el héroe, sino
que incluso le dedicó un bello poema donde registra, entre
otras evocaciones, que “en Baker Street vive solo y aparte.
Le es ajeno también ese otro arte, el olvido”. Los
poetas T. S. Eliot y W. H. Auden tampoco tuvieron recato al manifestar
su entusiasmo, y los semiólogos Umberto Eco y Thomas Sebeok
editaron un grueso volumen, El signo de los tres, donde concitaron
a un conjunto de especialistas para analizar y evaluar las derivaciones
literarias, semióticas, sociológicas, psicológicas,
entre otras ramificaciones reflexivas, de la obra policíaca
del autor escocés.
Aunque se discuta la calidad literaria de su creador,
es indudable que su personaje ha generado una prodigiosa leyenda
realmente insólita en el campo de las letras. A más
de cien de años de distancia de su primera aparición,
no hay persona, instruida o iletrada, que no reconozca a Sherlock
Holmes como el detective alto y enjuto, de perfil aguileño,
enfundado en un gabán a cuadros, con una gorra cazadora y
sosteniendo una gran pipa. Existen cientos de círculos de
lectores y asociaciones en numerosos países, incluyendo algunos
tan improbables como China, Japón, Rusia y Hungría,
hay sitios y museos que reproducen su estudio en San Francisco,
Nueva York, Suiza, Alemania, España y, naturalmente, en Londres.
En esta ciudad, hay placas conmemorativas en Picadilly, en el St.
Bartholomew's Hospital y en Baker Street; en Suiza hay dos, una
en Meiringen y otra en Reichenbach Falls, donde Conan Doyle “mato”
a su personaje al despeñarlo de estas cascadas mientras peleaba
con su Némesis, Moriarty. Richard Lancelyn Green se ocupó
de la titánica tarea de seleccionar, de entre cientos de
miles de cartas, una muestra representativa (Letters to Sherlock
Holmes), ordenada en diez gruesas categorías, de aquellas
misivas en donde lo felicitan por su labor, solicitan su consejo
o su presencia para resolver un problema o, sencillamente, lo requerían
para conversar. El libro de Guiness consigna –para cerrar
de una vez lo que sería una enorme lista si quisiéramos
registrar todas las curiosidades y sorpresas que rodean a esta figura
literaria– que Sherlock Holmes es, por mucho, el personaje
más representado en la cinematografía mundial.
Con esta impresionante balumba de alusiones a una
figura de ficción, se nos exigen dos interrogantes ineludibles:
¿Por qué su desconsideración entre los círculos
académicos? y ¿cuál es el secreto de su popularidad
y su permanencia?
La primera, sin duda, es la más difícil
y cualquier intento de respuesta sólo podrá ostentar
un carácter problematizante antes que decisivo. El propio
Eliot, entusiasta seguidor de la saga holmesiana, resguardaba criterios
muy puntuales de aquello que debía considerarse como “verdadera
literatura”. Su fama y prestigio influyeron tan perentoriamente
durante el siglo xx , especialmente en Inglaterra, que incluso Shelley
y Swinburne no fueron considerados, hasta tiempo después,
como verdaderos hombres de letras. Eliot siempre se esforzó
por mantener una imagen impoluta y sus gustos personales, aunque
le concedieran numerosos deleites, los disimulaba con celo para
evitar fisuras en su discernimiento formal, al menos públicamente.
Cuando Eliot murió, por ejemplo, su viuda le confesó
a algunos amigos y biógrafos que su esposo solía leerle
en voz alta las aventuras de Sherlock Holmes mientras ella le zurcía
sus medias. En efecto, como muchos otros rigoristas y puritanos,
Eliot vivió con un doble código respecto a la literatura,
el rigurosamente público y el deleitablemente privado. Aún
más, Eliot, en su obra Crimen en la catedral, en la escena
donde Thomas Beckett arriba a Canterbury, el segundo de los cuatro
Tentadores le instiga a doblegarse a la voluntad del rey Enrique,
y se describe un diálogo que resulta prácticamente
incomprensible si se desconoce el cuento El ritual de los Musgrave
(incluido en Las memorias de Sherlock Holmes), del que Eliot copia
verbatim varias líneas, aunque sin mencionar su fuente. La
polémica se encendió pronto y abundaron las cartas
que denunciaban –o defendían– la inexcusable
“coincidencia”. Ante el incesante intercambio de acusaciones
en el Times Literary Supplement, el estudioso Nathan Bengis de Nueva
York decidió zanjar el asunto preguntándole directamente
a Eliot cuál era su versión de todo esto; éste
respondió sin empacho alguno: “Mi empleo del Ritual
de los Musgrave fue deliberado y enteramente consciente.”
En alguna parte, Julio Cortázar comentó
que sería absurdo pretender comparar un graffiti callejero
con el recuerdo de los frescos de Papua, el primero nos podría
proporcionar un placer visual o estético sin tener que menoscabarlo
por la rememoración de una expresión artística
“mayor”. Igualmente, encontrar un motivo de delectación
en la lectura de Verne, Stevenson o Doyle no tendría que
ser disminuido o, peor aún, disimulado con pudor, por el
reconocimiento de los trabajos de Dostoievsky, Stendhal o Víctor
Hugo. ¿Acaso no hubieran gustado Joyce, Proust o Becket ser
atendidos con la misma pasión y fruición con que millones
de lectores continúan acudiendo a Doyle? Un texto solemne
y difícil no garantiza profundidad, y un texto asequible
no implica liviandad de ideas. Con frecuencia, es más fácil
pergeñar un texto pesado, plagado de referencias e innecesaria
erudición que un volumen que nos atrape, nos entretenga y
nos insinúe ideas inspiradoras.
El propio Conan Doyle quiso desembarazarse de su
creación, porque deseaba dedicarse a una literatura de mayor
calidad. Por ello mató a Holmes en las cataratas de Reichenbach
(El problema final). Esto provocó aluviones de correspondencia
en el Strand Magazine exigiendo su regreso. La madre Doyle se indignó,
le llamó desalmado y le retiró el habla durante días,
mientras que los boys de la City de Londres acudieron al trabajo
portando una cinta negra en el sombrero. Aunque ocho años
después Doyle “resucitó” a Holmes tras
recibir un irresistible ofrecimiento editorial, logró colmar
su anhelo, ya que escribió piezas históricas de indudable
calidad, como Micah Clarke o La compañía blanca.
Respecto al personaje mismo, nos encontramos con
un caballero singular: conocimientos casi nulos de astronomía,
literatura y filosofía, aunque es un erudito en noticias
criminales, en tipos de tabaco, tierra y cenizas, experto en venenos
y grafología, gran conocedor de la química aplicada
y anatomía; aunque su conocimiento cultural es limitado,
no sólo es admirador de Petrarca, Poe y Sarasate, sino que
posee un Stradivarius y es un violinista de calidad. En sus ratos
de ocio, fue completando a balazos un patriótico v. r. (por
Victoria Regina) en el muro de su piso, conduce experimentos químicos
en un improvisado laboratorio en el interior del inmueble, acude
a la morgue a apalear cadáveres para estudiar el progreso
de las contusiones post mortem y consume cocaína para evitar
el tedio cerebral. Su entrega en una causa justa casi lo convierten
en un Quijote victoriano, y su extraordinaria sagacidad y dotes
de observación y raciocinio lo convierten en una persona
extravagante, solitaria y casi intratable. En El constructor de
Norwood, por ejemplo, Holmes le espeta a un distinguido visitante:
“Usted nos dijo su nombre como si yo debiera por fuerza conocerlo,
pero le aseguro que, fuera de algunos detalles evidentes, como el
que usted es soltero, procurador, fancmasón y asmático,
nada en absoluto sé acerca de usted.” Naturalmente,
después de recuperarse del estupor inicial, probablemente
uno le arrebataría la gran pipa de su boca y con ella le
daría en la cabeza. Pero, en realidad, Holmes se muestra
hostil y burlón con la policía, la nobleza y la gente
adinerada o esnobista; le inspiran simpatía, en cambio, los
niños de la calle –a quienes bautiza como Los irregulares
de Baker Street y constituyen su fuerza de penetración en
el bajo mundo–, los injustamente acusados, quienes carecen
de medios económicos pero ostentan entereza y honradez y,
muy especialmente, la mujer, Irene Adler que, a lo largo del canon
de sesenta historias, es la única que lo ha vencido en ingenio
y discernimiento.
Quizá uno de los homenajes modernos más
entrañables es el que logró Eco con su novela El nombre
de la rosa, donde apenas se disfraza la traslación de Holmes
por Baskerville, tanto el detective londinense como el fraile de
Oxford exhiben cualidades y rasgos prácticamente indistinguibles.
Además de Dickens, nadie había logrado
comunicar la atmósfera victoriana con tanto realismo. Doyle,
empero, logró algo más: con los dorados hilvanes de
las letras extendió la realidad hacia otra dimensión
que se tornó más real. En el imaginario colectivo,
la neblina londinense siempre evocará a la larguirucha figura
del caballero detective y a su devoto compañero. Holmes posee
más presencia y concreción que su propio creador,
¿acaso puede un autor tributar un mejor legado?
La mera circunstancia de que queramos acudir una
y otra vez a las historias de Sherlock Holmes son la mejor prueba
de la destreza literaria de Conan Doyle. Como toda figura literaria
que posee una omnipresencia, Holmes es un personaje improbable pero,
por ello mismo, nos exige su existencia y permanencia.
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