Petróleo y ambición
EL INCENDIO Y LAS VÍSPERAS
Por: José Pablo Feinmann
Las películas de petróleo podrán tener muchas
o pocas diferencias entre ellas, pero todas tienen una escena que
es la marca de fábrica. Y es el chorro que brota de la tierra
como si buscara el cielo y el protagonista que, entre risas, gritos
y carcajadas, se deja bañar por el oro negro, y queda, él,
teñido por el color de la riqueza, de la bienaventuranza,
de la prosperidad que vendrá. Es el momento en que una vida
cambia para siempre.
No hay película de petróleo que no
trate sobre la ambición. Se busca petróleo para ser
poderoso, para tener algo que los demás no tienen. Se busca
petróleo como se busca oro. Y, en ciertos casos, como se
busca agua. O se busca agua como se busca petróleo. Imaginen
encontrar una fuente de agua en un desierto: se harían millonarios.
Pero el petróleo tiene (por ahora) más poder simbólico
como ese elemento que, si damos con él, cambia nuestra vida.
Se busca con esas máquinas como bichos gigantes, que funcionan
todo el tiempo, hasta de noche. El ruido no cesa. A veces hace calor
y el protagonista sale en la noche a mirar esas torres de madera
que ha erguido y las mira y espera y se seca el sudor, que es, también,
por la impaciencia. ¿Habrá cavado en el lugar preciso?
No hay petróleo en todos lados. Es una ruleta. Es un presentimiento.
Es una información vaga. Nunca se sabe. Hay que esperar.
Y, en las películas al menos, siempre llega el día
del gran acontecimiento. Voy a decir por qué. Porque las
películas de petróleo podrán tener muchas o
pocas diferencias entre ellas, pero todas tienen una escena que
es la marca de fábrica. Y es el chorro que brota de la tierra
como si buscara el cielo y el protagonista que, entre risas, gritos
y carcajadas, se deja bañar por el oro negro, y queda, él,
teñido por el color de la riqueza, de la bienaventuranza,
de la prosperidad que vendrá. Es el momento en que una vida
cambia para siempre. Porque los héroes que buscan petróleo
en las películas no son magnates. Los magnates están
en sus escritorios y, para ellos, un pozo más o un pozo menos
será un avance o un leve retroceso en la Bolsa. Pero para
el pobre tipo, para el valiente héroe individual que pone
el cuerpo, que taladra junto al taladro, que acompaña cada
perforación con la fuerza de su espíritu, cuando estalla
el manantial incontenible del bien llamado oro negro, es su vida
la que estalla, la que sube, la que, según se dice, se va
para arriba. Ya no será el mismo.
El petróleo es tan poderoso que puede ir
más lejos que el amor. En el notable film de Douglas Sirk,
Palabras al viento (Written on the Wind, 1956), en medio de un estilo
embriagadoramente kitsch, al final de todas las abundantes peripecias,
la ninfómana Dorothy Malone, que se ganó un merecido
Oscar por este papel, se queda sola en su amplio escritorio, en
tanto Rock Hudson y Lauren Bacall parten a vivir su amor; pero esa
soledad no es tal, pues Dorothy acaricia entre sus manos un símbolo
fálico que anheló más que cualquier otro falo
con el que se haya relacionado en el film: una torre de petróleo.
Ahí, ahora, está su vida. Se acabó la ninfómana,
el petróleo ha colmado su sed.
Se trata de arrancarle a la tierra sus misterios.
Se trata, también, de extraerle aquello que venga a saciar
una rareza. Esta categoría sartreana explica el mundo de
hoy y el del capitalismo en general. El valor es generado por la
rareza. Por la escasez. Vale lo que no hay. Vale lo que escasea.
Lo que no hay en medida suficiente. Si eso lo tiene la tierra, ahí
hay que buscarlo. Con el agua pasa lo mismo que con el petróleo,
de aquí que muchos auguren tiempos difíciles para
América latina, para nuestro país, por la posesión
de agua. Vendrían a buscarla aquí como hoy buscan
petróleo en Irak.
Hay una exquisita película de Sam Peckinpah
sobre el agua. Se llamó La balada del desierto (The Ballad
of Cable Hogue, 1970). Jason Robards, que estaba vivo, y Stella
Stevens, que era joven y bella, encuentran agua en medio del desierto.
El es un rotoso y ella una prostituta. Ponen un comedero para las
diligencias que pasan por ahí, que están llenas de
ricachones acalorados y con hambre. Tanta agua tienen, que Robards
llena un gran tonel y la pone adentro desnuda a Stella. Juntos cantan
“La balada de Cable Hogue”. No sé si recuerdan
a Stella Stevens. Los cinéfilos, sin duda. Era la chica que
enamoraba a Jerry Lewis en El Profesor Chiflado. Después
hizo muchas, de distinta suerte. En una se pasaba buena parte de
la película en la cama con Jim Brown, y el contraste de su
cuerpo blanquísimo con el de Brown era bastante volcánico.
Estuvo en La aventura del Poseidón, donde la hacían
subir siempre una que otra escalera y le ponían la cámara
debajo. Y en Cleopatra Jones y el Casino de Oro, haciendo de villana,
sexy como siempre, más veterana, pero exhibiendo sus encantos
generosamente porque la película era una basurita soft porno.
Atractiva, sensual, inteligente actriz, terminó dirigiendo
uno que otro film. Ahora debe estar muy madura. Si piensan que Kim
Novak (¡Kim Novak, la mina de Vértigo!) cumplió
setenta y cinco años, piensen que Stella debe andar por los
setenta. Hablando de Vértigo: peor está James Stewart,
porque, caramba, se murió.
Stanley Kramer no podía estar ausente de
un tema que suele enfrentar a poderosos financistas (que tienen,
pongamos, 10 mil torres de petróleo) con un esforzado héroe
individual que busca tener la suya. Si ese héroe individual
es una mujer, y si es Faye Dunaway en 1973, ya saben de qué
lado nos ponemos todos. El malvado es Jack Palance, que es una rareza
en una película de calidad por estos tiempos, dado que pasaba
de una horrible patraña a otra y casi siempre por Europa.
Daba pena Jack durante estos años. Pero se ve que Kramer
se apiadó de él y le dio nada menos que el villano:
el tipo que acosa a Dunaway. Ella es una man-hating, o sea: una
chica a la que los hombres le dan urticaria. No porque sea lesbiana
o algo así –en 1973 no se usaba mucho esto– sino
porque es una rebelde y los tipos siempre la trataron mal. Entre
los que peor la tratan está Palance, que representa a los
trusts petroleros. ¿Qué esquema tenemos? Trusts petroleros
versus chica solitaria, rebelde, que odia a los tipos (por el poder
que representan) y que no les quiere vender su petróleo aunque
vengan con dólares desbordantes. Pero ella tiene de su lado
a George C. Scott, que es un tipo divertido pero sólido para
respaldar a la chica. Scott todavía conseguía buenos
papeles pese a haber rechazado el Oscar por Patton en 1970, un error
que se mandó porque después le dieron películas
con delfines o papeles no protagónicos o producciones menores.
No eras Marlon Brando, Scott. A joderse, m’hijo. La soberbia
es algo que exige un sutil equilibrio con el poder para ejercerla.
La película se llama Oklahoma Crude, es de 1973 y hasta les
puedo decir que se estrenó en el Gran Rex, lo que no recuerdo
es su título en castellano, pero vale la pena, lo juro.
Y el desborde, no del chorro negro que busca las
alturas sino del temperamento, de la pasión, de la sobreactuación
genial (es muy difícil sobreactuar y ser genial, tal vez
ella, a quien ya mencionaremos, fue de las que llegó a lo
sublime haciéndolo), vienen con Barbara Stanwyck en Viento
salvaje (Blowing Wind, 1953, Hugo Fregonese). La cosa es así:
Barbara es una mina que se sale de sí misma, que anda por
el mundo en el modo del exceso. Está casada con un actor,
afortunadamente, sobrio, casi británico: ¡la bestia
de Anthony Quinn! Imaginen lo que son las peleas de ese matrimonio.
Quinn es un magnate del petróleo. El petróleo sale
todo el tiempo. Y hace calor. Porque el calor viene en el viento.
Y aparece Gary Cooper (un año después de A la hora
señalada) y Barbara lo ve y se trastorna todo. Lo quiere
dejar al bruto de Quinn y quedarse con Cooper y con el petróleo.
Pero la cosa no es fácil. Ella se llama “Marina”,
o por ahí porque lo recuerdo por la canción. Ya digo
qué canción. Barbara está, decía, muy
acalorada. Por el viento salvaje. Por el perforador petrolífero
que nunca cesa. Por el odio que siente por Quinn. Y por el calor
extra que le produce la presencia de Cooper.
En una escena, que es una cumbre del melo, monta
a caballo para desfogarse un poco. Y Fregonese le pone la cámara
muy cerquita y ella galopa como una irredimible piantada y entonces...
¡empieza a cantar Frankie Laine! Acaso para muchos de ustedes
no signifique nada decirles Frankie Laine. Pero este tipo cantó
la balada de A la hora señalada (en el disco, en la peli
la cantó, y mejor, el vaquero Tex Ritter), la de Duelo de
titanes y la de El tren de las 3.10 a Yuma. Era un clásico
de la época. Si en una película se largaba a cantar
Frankie Laine, todo se ponía al rojo. Aquí, entonces,
la tenemos a la Stanwyck que cabalga como poseída, que le
pega latigazos feroces a su caballo, que pone su mejor cara de “no
doy más, estoy que estallo, todo esto es demasiado”,
y Frankie Laine empieza a cantar “Marina, no”. O sea,
no lo hagas. O detente. Algo por el estilo. Todo es muy complicado.
Pero resulta claro que el oro negro despierta las peores pasiones
de los hombres. Y si el ambiente es caluroso, y si todo el tiempo
uno escucha ese tum tum tum de la perforadora, y el viento es salvaje,
y se lleva mal con su pareja y, si sos una mujer, se te aparece
Gary Cooper, es hora de empezar a preocuparse. Dirigió el
argentino Hugo Fregonese, que se daba el gusto de dirigir a Stanwyck,
Cooper y Quinn cuando no habían iniciado sus decadencias,
cuando estaban todavía bien alto.
Bueno, otra vez lo mismo: escribí un montón,
y no sólo no llegué a la película de Day-Lewis
sino que ni siquiera hablé de Gigante. Pero, de Gigante hay
que hablar. Fue la última película de James Dean.
Es formidable el choque entre su actuación según el
“método”, según los lineamientos del maestro
Lee Strasberg, pero llevados al paroxismo, y los otros actores que
se conducen como seres normales. Dean no parece normal. Viene de
otro mundo. Su arte de la actuación lo aísla en medio
de actores que, según los medios tradicionales, han hecho
buenos trabajos. Porque Gigante es, entre otras cosas, la mejor
actuación de Rock Hudson y acaso la primera vez que la Taylor
demuestra que puede actuar. Pero es tan original lo que hace Dean
que uno vive esperando que aparezca. Se mató antes de que
el film terminara. Hizo sólo tres películas. Aquí,
con la dirección poderosa de George Stevens, alcanza la cumbre,
o la alcanza tanto como en sus otras dos películas. Dean,
en Gigante, no es un rebelde sino un villano. Todo villano es un
rebelde, admitiría esto. Pero su Jett Rink es un tipo bastante
malvado.
¿Cómo funciona aquí el petróleo?
Bick Benedict (Rock Hudson) es un texano multimillonario, tiene
muchos pozos y tiene a Elizabeth Taylor. Jett Rink (Dean) no tiene
nada. Sólo tiene un gran metejón con la Taylor. ¿Qué
necesita para igualar a Hudson y disputarle de igual a igual su
mujer? Necesita ser rico como él. Necesita, como él,
tener petróleo. El petróleo, aquí, sirve para
conquistar a una mujer que uno, si no ama, al menos la desea desaforadamente,
hasta la infamia. Jett Rink empieza a cavar. ¿Saldrá
el oro negro, brotará de la tierra? Sí. Y James Dean
se manda la gran escena en que se empapa en petróleo y ríe
y se vuelve loco y hasta parece que se lo bebiera, que se embriagara
con el líquido del poder. Así, tal como está,
sucio, empetrolado, va hasta el ranch de los Benedict y les da la
noticia y la mira con más ganas que nunca a Liz porque sabe
que ahora, ahora que es millonario, ahora que tiene petróleo,
está más cerca que nunca de su cama.
Gran film de George Stevens, basado en una novelista
exitosa de esos años, Edna Ferber, y con una escena final,
o casi final, que ocurre en un lugar de comidas, al borde del camino,
donde Hudson y los suyos se detienen a comer algo. El dueño
es un texano perfecto: racista, violento, mide como dos metros y
tiene puños como herraduras. Echa del lugar a una pareja
de viejitos mexicanos. (Qué actual esto, ¿no? ¿Habrían
saltado algún muro indebido los viejitos?) Hudson los defiende.
Y pelean. Hudson, aquí, está engordado y tiene un
físico impresionante. Como impresionante es la pelea. El
texano le gana a Hudson. No es lo que esperaban, eh. Le da una piña
definitiva y lo hace caer sobre mesas y sillas, derrotado. Pero
a Liz Taylor le emociona el coraje de su marido. Que se haya jugado
por esos dos viejitos indefensos contra esta bestia texana. Peleaste
muy bien, le dice. Se van. Lástima la mala suerte y la mala
muerte de Rock Hudson. Porque, aquí, en Gigante, después
de Dean, la memorable actuación es la suya.
Se han escrito y se escribirán tantas cosas
sobre Petróleo sangriento que podría sentirme liberado
de hacerlo. Hasta que tengamos una visión equilibrada de
la cosa pasará mucho tiempo. La esperan los Oscar. Todos
dicen que Day-Lewis está “sorprendente” y, en
rigor, lo está, sorprende otra vez su capacidad para la machietta,
arte en el que ya nos había deslumbrado en ese abominable
film de Scorsese sobre las pandillas de New York. Se ve que el tipo
es malo y su hijo pareciera haberle salido recto, porque no se lo
ve aprobar las canalladas paternas. Day-Lewis es el persistente
tycoon que busca comprarse todo porque sabe que tierra que compra,
tierra en la que encuentra petróleo. Y así va trepando
en una escalera hacia el poder que no habrá de tener límites.
El film se va a ver mucho porque es totalmente
oportunista. Si bien se basa en una novela de Upton Sinclair que
ascendía hasta las 600 páginas, y es de 1927, su objetivo
es hoy, es la tragedia que hoy simboliza el petróleo en el
mundo. Porque –y he aquí la explicación de la
tragedia– hay dos modos de no encontrar petróleo. O
porque uno cavó en el lugar equivocado, o porque no hay petróleo.
Cave donde uno cave, no hay. Se acabó. El dato que pareciera
manejar la gran potencia mundial que produce el film gira alrededor
de la limitada existencia de ese precioso combustible. Si Estados
Unidos tanto lo busca en otros países será porque
lo que la familia Benedict o el mismísimo Jett Rink están
en condiciones de entregarle es patéticamente escaso. De
donde caemos de nuevo en el gran tema sartreano (de la Crítica
de la razón dialéctica) de la rareza. El petróleo
se ha vuelto “raro”. Digamos: escaso. Esto aumenta su
valor. Y aumenta la centralidad estratégica de esas naciones
que aún lo poseen en cantidad. Jett Rink no tendría
dudas: si no tenemos lo suficiente en casa, traigámoslo de
afuera. Así procede un macho texano.
El film con el machiettero Day-Lewis funciona bien
porque muestra la ambición incontenible de esta clase de
tipos. Si así fue en los orígenes, en la hora de la
abundancia, ¿qué harán estos personajes cuando
la generosa tierra texana deje de serlo? Lo que están haciendo.
Pero algo se ha complicado. Esta petroguerra ya está durando
más que la Segunda Guerra Mundial. Ignoramos sus costos.
Pero petróleo, guerra y torturas ya son sinónimos.
También, para Estados Unidos, petróleo
es sinónimo de desprestigio, pues nunca han sido los norteamericanos
menos queridos que ahora. ¿Qué harán para que
petróleo no sea sinónimo de derrota? Entre las muchas
cosas que pueden hacer, hay una que este mundo de hoy presiente
cada vez más: que petróleo sea sinónimo de
apocalipsis.
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