El mundo al revés
LAS VIEJAS IDEAS DE LAS NUEVAS IZQUIERDAS
Por: Félix Ovejero Lucas/ Letras Libres
Las fotos fijas ayudan a reconocer los cambios
en el paisaje. Para situar "los cambios en la izquierda"
hay muchas secuencias fotográficas a las que acudir. Una
resulta especialmente iluminadora. Hace poco más de treinta
años la izquierda europea más tibia incluía
en sus programas diversas propuestas de propiedad pública
o de redistribución de la renta. Apenas diez años
más tarde, esa misma izquierda, en el gobierno, privatizó
las empresas públicas y bajó los impuestos. En medio,
no hubo mayores discusiones sobre la eficiencia y la equidad ni
sobre el control político de las empresas públicas.
Hoy, en las tertulias radiofónicas, que,
en lo que tienen de complicidades tabernarias, con sus condenas
y aplausos desprendidos de cualquier argumentación, condensan
bastante bien los tópicos morales y políticos que
rigen las sociedades, cualquier propuesta de hacer el camino de
vuelta hacia lo que se consideraba normal hace bien poco se juzga
no ya "rancia" sino, directamente, un robo. Por supuesto,
importan poco los datos o los análisis. Las descalificaciones
no apelan a atendibles teorías sobre la eficiencia de los
mercados en competencia perfecta. Las empresas públicas o
los impuestos se condenan, sin más. Como se condena, en general,
cualquier forma de intervención pública. Sin razones,
como palabra última. A lo sumo, se acude a acartonadas consideraciones
sobre la bondad de las empresas o los dineros en manos de la sociedad
civil, como si unos pocos poderosos fueran más sociedad que
todos los demás. A nadie le importa que, por lo general,
en las privatizaciones, lo que era un monopolio público pase
a ser un monopolio de unos cuantos, sin que el mercado asome por
parte alguna, o que sociedades, como Suecia, con sistemas fiscales
progresivos, en las que el gasto público alcanza al 60 %
del PIB y las empresas públicas estén entre las más
importantes, obtenga con notables niveles de bienestar y de calidad
democrática. Y por supuesto tampoco se molesta nadie en recordar
que sin un Estado fuerte no hay libertad ni que sin intervenciones
planificadas, a estas horas, la gripe aviar se habría llevado
por delante a millones de seres humanos.
El cuadro describe bien como han ido las cosas.
Ese es el aire que respira la izquierda. Y en él, como otras
veces, ha intentado rescribir sus flaquezas como conquistas. El
procedimiento ha sido el habitual: una vacua discusión acerca
de la "necesidad de renovar el ideario". Por lo común,
esas gripes periódicas se saldan con tres o cuatro monográficos
de revista y, si acaso, algún libro de algún académico
reconvertido en periodista que, por primera vez, alcanza las librerías
de los aeropuertos. La cosa se olvida al poco tiempo, sin mayores
consecuencias. Hasta la próxima.
Pero esta vez, por circunstancias que merecen otra
ocasión, las cosas han sido diferentes. Parece haberse creído
en serio la cantinela de renovar "los principios". El
innegable fracaso de muchos de sus proyectos lo ha tomado como el
fracaso de los principios que los inspiraron y, como el otro Marx,
ha decidido cambiar de principios. Para ello ha acudido a un conjunto
de materiales que, bien mirados, no son más que versiones
varias veces recicladas de pensamiento reaccionario. Reaccionario
en sentido estricto, de los que reaccionaron frente a la Revolución
francesa: del historicismo alemán y su Zeitgeist. Eso sí,
como la decoración importa, ha cambiado la presentación
y la gastada idea tiene nuevas rotulaciones: multiculturalismo,
diferencia, diversidad, comunitarismo. En lo esencial, la operación
ha consistido en sustituir las políticas redistributivas
y bienestaristas, inspiradas en unos principios universales de justicia
que actúan como pautas de modificación social, por
una multiplicidad de derechos particulares, asociados a distintos
segmentos sociales, a distintas "minorías" supuestamente
interesadas en preservar su particular identidad de grupo.
El resultado ha sido inequívoco: la dignificación
de tesis ajenas a su mejor herencia. Mencionaré solo tres.
La primera: una equiparación a priori de las "diversas
culturas", bien porque se las juzga igualmente valiosas, bien
porque se las considera incomparables. Una equiparación que,
bien pensada, impediría la denuncia de injusticias y opresiones,
que requiere baremos para calibrar el mundo. La segunda: una disposición
a otorgar prioridad a las comunidades sobre las instituciones públicas
a la hora de abordar los problemas colectivos. Una elección
que debilita las posibilidades de emancipación de los individuos
-y en particular de las mujeres-- y la crítica de las diversas
formas de despotismo, de dominación arbitraria que se dan
dentro de los grupos culturales. La tercera: la ignorancia de la
raíz material de muchas desigualdades, y, por ende, de que,
una modificación de las condiciones económicas es
el paso obligado para acabar con muchas fuentes de discriminación.
Vamos, que la vida de los árabes de Marbella tiene poco que
ver con la de los árabes de los suburbios de París.
La consecuencia condensada de la "renovación"
ha sido la quiebra de lo que hasta ayer mismo constituía
el nervio programático de la izquierda: el vínculo
entre emancipación, entre libertad, y justicia social. La
izquierda arrancó con un diagnóstico: las desigualdades
de acceso a la riqueza -o lo que se entendía como lo mismo:
a la propiedad-estaban en el origen de desigualdades de poder incompatibles
con el ideal de autogobierno, de democracia y de libertad. Y aquí
las palabras tienen un exacto sentido. Democracia quiere decir igual
posibilidad de influencia política, de poder, la que, por
ejemplo, cristaliza en el lema "un hombre, un voto". Y
libertad, no sometimiento a ninguna forma de poder arbitrario, empezando
por la voluntad de los otros. En una y otra cosa, los desposeídos
puntuaban bajo. El que no tiene nada no puede decir que no y quien
no puede decir que no no es libre. Antes de conquistar los derechos
sociales, los trabajadores no podían decir que no a condiciones
laborales que convertían a las empresas en territorios de
despotismo, de autoridad sin razones. En las decisiones políticas,
en las decisiones sobre la vida de todos, la única voz que
contaba era la de quienes podían amenazar con su disgusto
y como únicamente su disgusto contaba, estaban en condiciones
de convertir sus problemas en los problemas de la sociedad.
La izquierda entendió siempre que la democracia
podía cambiar esas circunstancias. En la Revolución
Francesa, los situados a la izquierda en la Asamblea Constituyente
defendían la abolición del veto real, la legislatura
unicameral, una judicatura elegida, la supremacía del poder
legislativo y el sufragio democrático. Y la tributación
progresiva. La justicia social se anudaba a la libertad y a ampliación
de la democracia. Quien depende materialmente no está en
condiciones de elegir con plena autonomía sobre su propia
vida, de decir que no y de ejercer plenamente sus derechos. Con
esa convicción reclamaron y consiguieron el sufragio universal,
la ampliación de las libertades civiles y los derechos sociales.
Esa alianza entre libertad e igualdad es la que se ha quebrado.
Y no porque haya perdido vigencia. Las desigualdades
han alcanzado magnitudes que hasta asimilarlo cognitivamente resulta
difícil. Ayudará una imagen que tomo de David Schweickart.
Compara la riqueza con la altura, equiparando los ingresos medios
con una estatura media de 1, 80 m., y pone a caminar a los estadounidenses,
uno tras otro, durante una hora. Unas cuantas pinceladas del desfile
aclaran bastante las cosas. Hasta que no pasan cinco minutos nadie
alcanza los 30 cm. A la media hora, los que desfilan tienen una
altura de metro y medio. A los cuarenta y ocho minutos, la altura
es de 2,50 m. A los cincuenta y cuatro, y durante tres minutos,
desfilan tipos de 3, 70 metros. Gigantes que son enanos comparados
con otros de 9,90 m, que en apenas treinta y seis segundos han desaparecido.
Pero todos, al fin, son liliputienses comparados con los que aparecen
en los últimos segundos, unos cuantos que superan los 300
m., otros pocos, que miden cuatro veces la torre Sears, algunos
menos con más de 6.000 m y, discretamente, si cabe la discreción,
rematando el desfile, Will Gates con unos 13 kilómetros de
alturas. Intenten hacerse una idea de lo que supone levantar la
cabeza y ver a su lado, desde su modesto 1,80, un individuo dieciséis
veces más alto que el monte Everest. No alcanzan a verlo.
Y ahora, el esfuerzo último: esos datos se limitan a Estados
Unidos.
El problema, con serlo, no es sólo de justicia
distributiva. Es también el de un poder no sometido a control
democrático alguno. Andamos bien lejos del mito de la sociedad
abierta, del mundo idealizado de leyes que enmarcan mercados descentralizados,
en competencia, en donde nadie está en condiciones de imponer
su voluntad. La realidad es bien otra. Es la de unos procesos económicos,
imprecisamente designados como globalización, en donde poderes
con capacidad de decisión muy superior a la de muchos estados,
no se ven sometidos a controles jurídicos reales, en donde,
llanamente, no hay lugar para las decisiones políticas. El
camino de vuelta de la ilustración, del gobierno de las leyes,
en lugar de los hombres. El camino que la izquierda quiso recorrer
hasta el final, cuando aspiró que la política, el
control democrático, hiciera imposible que la desigual fortuna
económica se convirtiera en desigual influencia política,
en poder de unos sobre otros.
Pero, se dirá, la historia de la izquierda
es no solo la de las conquistas democráticas y sociales,
es también, la barbarie del socialismo real. Y es verdad.
El reconocimiento de esa circunstancia nos devuelve a la -interesada,
pero esa es otra historia-confusión que estaba en el origen
de la "renovación": la confusión entre los
principios y las instituciones en las que cuajan. Sencillamente,
el fracaso en las formas de institucionalización -y acaso
haya que incluir aquí no pocas nacionalizaciones-- no equivale
al fracaso de los idearios. La brutalidad del socialismo real no
debilita la aspiración al igual acceso a la libertad, que
es, puestos a decirlo con todas las letras, lo que hay detrás
de la palabra igualdad. La caducidad no es de los valores, sino
de las propuestas institucionales en las que se tradujeron.
Para quienes puedan pensar que no es más
que un deshonesto modo de consolarse, quizá no esté
de mas algún recordatorio histórico. El siglo XIX
es el siglo del liberalismo, sobre todo su primera mitad. Bien.
Ahora algunos datos: a mediados del siglo XVIII Gran Bretaña
era el país que poseía mayor número de esclavos,
cerca de 900.000. En pleno siglo XIX había en América
del Norte más de seis millones de esclavos, casi veinte veces
más que ciento cincuenta años antes. Salvo cuatro
de ellos, todos los presidentes de Estados Unidos, hasta 1848 fueron
propietarios de esclavos. En breve: no es que el liberalismo tardará
en abolir la esclavitud, es que el número de esclavos aumentó
con el liberalismo. Hasta hay razones para pensar que, doctrinalmente,
el liberalismo resulta compatible con la esclavitud. Se podría
citar no pocos clásicos. Por supuesto, el liberalismo ha
evolucionado. El más fecundo académicamente de los
últimos años, el liberalismo igualitario, una de las
fuentes intelectuales que cualquier izquierda informada tiene que
atender, ha revisado muchos de sus clásicos puntos de vista.
La moraleja es sencilla. Para el socialismo la
escribió una de las mejores cabezas del panorama filosófico
contemporáneo, el filósofo de Oxford, Gerald Cohen:
"Creíamos que algo era bueno, tratamos de lograrlo y
produjimos un desastre. ¿Deberíamos concluir, por
ello, que lo que creíamos que era bueno, la igualdad y la
comunidad, en realidad no era bueno? Tal conclusión, aunque
es una a la cual se llega frecuentemente, es una locura. Las uvas
pueden estar realmente verdes, pero el hecho de que la zorra no
las alcance no nos demuestra que lo estén".
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