Crisis en el Banco Mundial…
… Y EN EL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL
Por: Eric Toussaint/ Rebelión
El Banco Mundial y el FMI viven una grave crisis
de legitimidad. Paul Wolfowitz, presidente del Banco desde junio
de 2005, se vio obligado a dimitir en junio de 2007 tras el escándalo
relacionado con el caso de nepotismo que protagonizó. Mientras
que varios países miembros del Banco afirmaban que ya era
tiempo de poner al frente de la institución un ciudadano
o ciudadana del Sur, el presidente de Estados Unidos impuso por
undécima vez un estadounidense para presidirla, Robert Zoellick.
A principios de julio de 2007 fue el turno del director general
del FMI, Rodrigo Rato, de comunicar de improviso su dimisión
[1].
Los Estados europeos se pusieron de acuerdo para
reemplazarlo por un francés, Dominique Satrauss-Kahn. Estos
hechos recientes han puesto en evidencia ante la población
de los PED cómo los gobiernos de Europa y de Estados Unidos
quieren mantener el control, sin fisuras, de las dos principales
instituciones financieras multilaterales, mientras otro europeo,
Pascal Lamy, preside la OMC. Resumiendo, tanto las circunstancias
de la dimisión de Paul Wolfowitz como la designación
de nuevos directivos de las principales instituciones que orientan
la globalización demuestran que la buena gobernanza adquiere
un sentido muy relativo cuando se trata del reparto del poder a
escala internacional.
La dimisión forzada de Paul Wolfowitz
Acorralado en sus últimos reductos, Paul Wolfowitz comunicó
en mayo de 2007 su renuncia como presidente del Banco Mundial. El
caso de nepotismo y de aumento desmesurado del sueldo de su compañera
sentimental ¿era en realidad nada más que un simple
«error» cometido por alguien que actuaba de «buena
fe»? Bagatelas... Conocer a Wolfowitz permite comprender mejor
cómo se ha llegado hasta ahí. En marzo de 2005, la
decisión de colocar en la presidencia del Banco Mundial al
subsecretario de Estado de Defensa, y uno de los principales arquitectos
de la invasión militar de Afganistán en el 2001 y
de Iraq en 2003, hizo correr mucha tinta. Wolfowitz es un auténtico
producto del aparato de Estado de Estados Unidos. Muy pronto, se
interesó en cuestiones de estrategia militar. En 1969, trabajó
para una comisión del Congreso con el objetivo de convencer
al Senado de la necesidad de que Estados Unidos se dotara de un
paraguas antimisiles frente a la Unión Soviética [2].
Lo logró. Un hilo conductor en su pensamiento estratégico:
identificar los adversarios (URSS, China, Iraq...) y demostrar que
son más peligrosos de lo uno se imagina, con el fin de justificar
un esfuerzo suplementario de defensa (aumento de presupuesto, fabricación
de nuevas armas, despliegue masivo de tropas en el exterior...),
llegando hasta el inicio de ofensivas o de guerras preventivas.
Ya conocemos la continuación.
Dos palabras sobre la trayectoria asiática
de Wolfowitz: De 1983 a 1986, dirigió el sector Asia del
Este y el Pacífico del departamento de Estado con Ronald
Reagan, antes de ser embajador de Estados Unidos en Indonesia entre
1986 y 1989. Durante este período apoyó activamente
a regímenes dictatoriales, tales como el de Ferdinand Marcos
en Filipinas, de Chun Doo Hwan en Corea del Sur o de Suharto en
Indonesia. Tras la movilización popular que expulsó
a Ferdinand Marcos en 1986, Wolfowitz organizó la fuga del
dictador, que encontró refugio en Hawai, el 50º estado
de Estados Unidos.
Sin embargo, no hay que pensar que Wolfowitz sea
el chico malo a la cabeza de una institución generosa e inmaculada.
Ya es hora de descorrer el velo y exigir al Banco Mundial que rinda
cuentas de sus acciones desde hace más de 60 años,
en particular con respecto a los puntos siguientes:
— Durante la guerra fría, el Banco
Mundial utilizó el endeudamiento con fines geopolíticos
y apoyó sistemáticamente a los aliados del bloque
occidental, sobre todo regímenes dictatoriales (Pinochet
en Chile, Mobutu en el Zaire, Suharto en Indonesia, Videla en Argentina,
el régimen de apartheid en Sudáfrica, etc.) que violaban
los derechos humanos, y desvió sumas considerables, y continúa
apoyando a regímenes de la misma naturaleza (Déby
en el Chad, Sassou Nguesso en el Congo, Biya en Camerún,
Musharraf en Pakistán, la dictadura en Pekín, etc.);
— En el giro de los años 60, el Banco
Mundial transfirió a diversos países africanos de
reciente independencia (Mauritania, Congo-Kinshasa, Nigeria, Kenia,
Zambia, etc.) las deudas que habían contraído las
respectivas metrópolis para colonizarlos, en total violación
del derecho internacional;
— Una gran parte de los préstamos
concedidos por el Banco Mundial sirvió para llevar a cabo
políticas que causaron considerables daños sociales
y ambientales, con el fin de facilitar el acceso con el menor coste
a las riquezas naturales del Sur;
— Después de la crisis de la deuda
de 1982, el Banco Mundial apoyó las políticas de ajuste
estructural promovidas por las grandes potencias y el FMI, que implicaron
una drástica reducción de los presupuestos sociales,
la supresión de las subvenciones a los productos básicos,
las privatizaciones masivas, una fiscalidad que agravó las
desigualdades, una liberalización demencial de la economía
que expuso a los productores locales a la competencia desleal de
las multinacionales. Unas medidas que deterioraron gravemente las
condiciones de vida de las poblaciones conducentes a una verdadera
colonización económica;
— El Banco Mundial ha seguido una política
que reproduce la pobreza y la exclusión en vez de combatirlas,
y los países que la aplicaron al pie de la letra se hundieron
en la miseria; en África, el número de personas que
sobreviven con menos de un dólar por día se duplicó
desde 1981, más de 200 millones de personas padecen hambre
y en 20 países africanos la esperanza de vida está
por debajo de los 45 años.
— A pesar de las proclamas grandilocuentes,
el problema de la deuda de los países del Tercer Mundo se
mantiene en su totalidad, pues las condonaciones por parte del Banco
Mundial están reservadas a un pequeño número
de países dóciles, en vez de representar el fin de
una dominación implacable, la reducción de la deuda
no es más que una cortina de humo que oculta la contrapartida
de reformas económicas draconianas, que van en el sentido
del ajuste estructural.
El pasivo del Banco Mundial es demasiado abultado
para que se limitar a la dimisión de Paul Wolfowitz. Su reemplazo
por Robert Zoellick no constituye ninguna mejora.
Robert Zoellick, representante comercial
de Estados Unidos
Zoellick no tiene ninguna cualificación en materia de
desarrollo. Bajo el precedente mandato de Bush fue el principal
representante de Estados Unidos en el seno de la OMC, y privilegió
sistemáticamente los intereses comerciales de la mayor potencia
económica mundial con menosprecio de los intereses de los
países en desarrollo. En el curso de los preparativos de
la reunión de la OMC en Doha, en noviembre de 2001, había
visitad a los gobiernos africano con la finalidad de comprar su
voto. Se trataba de que aceptaran la agenda de Doha, que felizmente
permanecía descarrilada a finales del 2007. Después
se especializó en la negociación de los tratados bilaterales
de libre comercio [3] firmados por Estados Unidos con diferentes
PED (Chile, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala,
Honduras, Jordania, Marruecos, Nicaragua, El Salvador, etc.), que
favorecen los intereses de las multinacionales estadounidenses y
limitan el ejercicio de la soberanía de los países
en desarrollo, antes de llegar a ser secretario de Estado adjunto,
junto a Condoleezza Rice.
A partir de julio de 2006, Robert Zoellick fue
vicepresidente del consejo de administración del banco Morgan
Stanley, encargado de las cuestiones internacionales. Es importante
recordar que éste es uno de principales bancos de negocios
de Wall Street, claramente implicado en la crisis de la deuda privada
que estalló en agosto de 2007 en Estados Unidos. Así
mismo, Morgan Stanley participó activamente en la creación
de un montaje colosal de deudas privadas a partir de la burbuja
especulativa del sector inmobiliario. Robert Zoellick se fue de
Wall Street para ocupar la plaza de Paul Wolfowitz en la presidencia
del Banco Mundial en julio de 2007, justo a tiempo para no verse
implicado directamente en la crisis.
La encantadora divisa del Banco Mundial («nuestro
sueño, un mundo sin pobreza») no debe hacer olvidar
que fundamentalmente la institución adolece de un grave vicio
de forma: está al servicio de los intereses geoestratégicos
de Estados Unidos, de sus grandes empresas y de sus aliados, y es
indiferente ante la suerte de la población pobre del Tercer
Mundo. Por consiguiente, hay una única solución a
la vista: la eliminación del Banco Mundial y su reemplazo
en el marco de una nueva arquitectura institucional internacional.
Un fondo mundial de desarrollo, en el marco de la Naciones Unidas,
podría estar vinculado con unos bancos regionales de desarrollo
del Sur, bajo el control directo de los gobiernos del Sur, funcionando
democrática y transparentemente.
Dominique Strauss-Kahn, nuevo director
del FMI
El 1º de noviembre de 2007, Dominique Strauss-Kahn asumió
sus funciones al frente del FMI, después de un largo proceso
sabiamente orquestado: opción por su candidatura por Nicolas
Sarkozy a fin de debilitar aún más la oposición
política en Francia; acuerdo muy rápido sobre su nombre
por los 27 países de la Unión Europea, a fin de salir
al paso de las críticas sobre la regla tácita de atribuir
a un europeo la presidencia del FMI (a cambio de la dirección
del Banco Mundial a un estadounidense); campaña en numerosos
países apoyada por una costosa agencia de propaganda, basada
en el tema de la «reforma» del FMI y de su ayuda a los
países pobres; aparición sorpresiva de otro candidato
(el checo Josef Tosovky), sin ninguna posibilidad de ser elegido,
pero que dio al proceso una apariencia democrática; y por
último, la designación por unanimidad de Dominique
Strauss-Kahn.
El fin de esta maniobra de prestidigitación
mediática era disimular la realidad del FMI, también
en grave crisis de legitimidad. Los países del Sur ya no
quieren recurrir a éste para no tener que someterse a continuación
a su feroz dominación. Muchos de ellos (Brasil, Argentina,
Indonesia, etc.) llegaron incluso a saldar anticipadamente su deuda
para desembarazarse de su enojosa tutela. Con lo cual, actualmente
el FMI no logra cubrir sus gastos de funcionamiento y hasta su propia
existencia está amenazada. Por ello la necesaria «reforma»,
no para insuflarle un cambio democrático que tenga en cuenta
el interés de la población más pobre, sino
para asegurar nada menos que su supervivencia y afrontar una fuerte
contestación a todo lo ancho del planeta. El FMI es una institución
que exige desde hace más de 60 años, con la mayor
prepotencia, que los gobiernos de los PED apliquen medidas económicas
que benefician a los ricos a los opulentos acreedores y a las grandes
empresas. A tal efecto, durante las últimas décadas
el FMI contribuyó con un soporte esencial a tantos regímenes
dictatoriales y corruptos, de Pinochet en Chile a Suharto en Indonesia,
de Mobutu en el Zaire a Videla en Argentina, y actualmente a Sassou
Nguesso en el Congo Brazzaville, a Déby en el Chad, entre
muchos otros.
Después de la crisis de la deuda de principios
de los años 80, el FMI impuso sin contemplaciones unos programas
de ajuste estructural que tuvieron las desastrosas consecuencias
para los pueblos del Sur que conocemos: recortes de los presupuestos
sociales, apertura de los mercados a las multinacionales que arruinan
a los pequeños productores locales, producción enfocada
a la exportación abandonando el principio de soberanía
alimentaria, privatizaciones, un régimen fiscal que agudiza
las diferencias...
Ninguna institución puede situarse por encima
de los textos y tratados internacionales, pero el FMI se arroga
en sus estatutos una inmunidad jurídica absoluta. Por otra
parte, no se le podrá hacer ninguna reforma sin el consentimiento
de Estados Unidos, que detenta una minoría de bloqueo, algo
absolutamente inaceptable. Cualquier proyecto de reforma que modifique
las relaciones de fuerza internacionales puede ser bloqueado por
los representantes de los grandes acreedores. Estos elementos hacen
imposible cualquier cambio aceptable del FMI.
Por consiguiente, dado que el FMI ha demostrado
ampliamente de su fracaso en términos de desarrollo humano
y que es imposible exigirle que rinda cuentas de su actividad desde
hace 60 años, hay que exigir su disolución y su reemplazo
por una institución con una gestión transparente y
democrática, cuya misión esté centrada en garantizar
el cumplimiento de los derechos fundamentales.
Es por esto por lo que las principales campañas
para la anulación de la deuda a escala mundial han comenzado
a llevar a cabo una auditoría completa de las instituciones
financieras internacionales, con el FMI y el Banco Mundial a la
cabeza.
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[1] Rodrigo Rato abandonó el Banco para ser uno de los directores
generales de Lazard, un gran banco de negocios de Wall Street; desde
entonces trabaja entre París y Londres. Tiene a su cargo
las fusiones/adquisiciones de empresas. Según el diario El
País, del l 5 de diciembre de 2007, su renta anual (sueldo
+ bonificaciones) no sería inferior a 3 millones de euros.
Hay que recordar que antes de ser director general del FMI, en 2004,
Rodrigo Rato había sido vicepresidente del gobierno español
con José María Aznar (1996-2004).
[2] Ver la historia de tallada del Banco Mundial y Paul Wolfowitz
en Eric Toussaint, Banco Mundial, el golpe de Estado permanente,
El Viejo Topo, Mataró, 2007.
[3] Para Robert Zoellick, «los acuerdo de libre comercio
son un medio para eliminar completamente las barreras comerciales,
mercado por mercado, y de acrecentar las ocasiones para Estados
Unidos de hacer negocios, estimulando al mismo tiempo el crecimiento
y el desarrollo».
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