Vivimos la peor tormenta desde la Segunda Guerra
LOS MERCADOS NO PUEDEN FUNCIONAR SIN REGULACIÓN
Por: George Soros
La crisis financiera desatada por el colapso de
la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos señala el fin de
una era de expansión crediticia basada en el dólar
como la moneda de reserva internacional. Es una tormenta mucho mayor
que cualquiera que haya ocurrido desde el fin de la Segunda Guerra
Mundial.
Para entender lo que está sucediendo, necesitamos
un nuevo paradigma. Lo podemos encontrar en la teoría de
la reflexividad, que propuse por primera vez hace 20 años
en mi libro La alquimia de las finanzas. La teoría sostiene
que los mercados financieros no tienden al equilibrio. Las opiniones
sesgadas y los errores conceptuales entre los participantes del
mercado introducen la incertidumbre y la imprevisibilidad no sólo
en los precios de mercado, sino también en los principios
que ellos reflejan. Cuando quedan a su libre albedrío, los
mercados son proclives a extremos de euforia y desesperación.
A decir verdad, por su potencial inestabilidad,
los mercados financieros no quedan a su libre albedrío; están
a cargo de autoridades cuya tarea consiste en mantener los excesos
dentro de límites. Pero las autoridades también son
humanas y objeto de opiniones sesgadas y errores conceptuales.
Los procesos de bonanza y quiebra normalmente giran
alrededor del crédito y siempre implican un prejuicio o un
error conceptual. La reciente bonanza inmobiliaria norteamericana
es un ejemplo.
Pero la súper bonanza de 60 años
es un caso más complicado. Cada vez que la expansión
crediticia se topó con problemas, las autoridades financieras
intervinieron, inyectando liquidez y encontrando otras maneras de
estimular la economía. Eso creó un sistema de incentivos
asimétricos que alentó una expansión crediticia
aún mayor. El sistema fue tan exitoso que la gente llegó
a creer en lo que el ex presidente Ronald Reagan llamaba "la
magia del mercado" y yo llamo fundamentalismo del mercado.
Los fundamentalistas creen que los mercados tienden
al equilibrio y que la mejor manera de satisfacer el interés
común es permitiéndoles a los participantes perseguir
sus propios intereses. Este es un error conceptual obvio, porque
fue la intervención de las autoridades lo que impidió
que los mercados financieros colapsaran, no los propios mercados.
De todos modos, el fundamentalismo de mercado surgió como
la ideología dominante en los años 80, cuando los
mercados financieros empezaron a globalizarse y Estados Unidos comenzó
a tener un déficit de cuenta corriente. Desde 1980, las regulaciones
se han relajado hasta casi desaparecer.
La globalización le permitió a Estados
Unidos chupar los ahorros del resto del mundo y consumir más
de lo que producía, y así es como su déficit
de cuenta corriente alcanzó el 6,2% del PBI en 2006. Los
mercados financieros alentaron a los consumidores a endeudarse introduciendo
instrumentos cada vez más sofisticados y términos
más generosos. Las autoridades favorecieron y alentaron el
proceso al intervenir cada vez que el sistema financiero global
estaba en riesgo.
La súper bonanza se escapó de las
manos cuando los nuevos productos se volvieron tan complicados que
las autoridades ya no pudieron calcular los riesgos. De la misma
manera, las agencias de calificación se basaron en información
proporcionada por los generadores de los productos sintéticos.
Fue una asombrosa abdicación de responsabilidades.
Todo lo que podía salir mal salió
mal. Lo que empezó con las hipotecas de alto riesgo se difundió
a todas las obligaciones de deuda colateralizada, puso en peligro
a las compañías de seguro y reaseguro municipales
e hipotecarias y amenazó con desembrollar el multimillonario
mercado de cobertura por riesgos crediticios. Los compromisos de
los bancos de inversión con las compras apalancadas se volvieron
pasivos. Los fondos de inversión que operan en todos los
mercados terminaron no operando en todos los mercados y tuvieron
que ser compensados.
El golpe final se produjo cuando el préstamo
interbancario, que está en el corazón del sistema
financiero, se desestabilizó porque los bancos tuvieron que
economizar sus recursos y ya no pudieron confiar en sus contrapartes.
Los bancos centrales tuvieron que inyectar una cantidad inédita
de dinero y extender el crédito de un rango de cauciones
sin precedentes a un rango más amplio de instituciones como
nunca antes.
La expansión crediticia ahora debe ser seguida
por un período de contracción, porque algunos de los
nuevos instrumentos y prácticas de crédito son defectuosos
e insostenibles. Es más, la capacidad de las autoridades
financieras para estimular la economía está restringida
por la falta de voluntad del resto del mundo de acumular reservas
adicionales en dólares.
Hasta hace poco, los inversores pensaban que la
Reserva Federal de Estados Unidos haría lo que hiciera falta
para evitar una recesión, porque eso fue lo que hizo en ocasiones
anteriores. Ahora, deben reconocer que la Fed tal vez ya no esté
en condiciones de hacerlo.
Si se bajaran las tasas de interés más
allá de un cierto punto, el dólar volvería
a estar bajo una nueva presión y los bonos a largo plazo
en realidad subirían en rendimiento. Es imposible determinar
dónde está ese punto, pero cuando se lo alcance, la
capacidad de la Fed para estimular la economía llegará
a su fin.
Si bien una recesión en el mundo desarrollado
ahora es más o menos inevitable, China, India y algunos de
los países productores de petróleo están en
una contracorriente muy fuerte.
En consecuencia, es menos probable que la actual
crisis financiera cause una recesión global como un realineamiento
radical de la economía global, con una caída relativa
de Estados Unidos y el ascenso de China y otros países en
desarrollo. El peligro es que las tensiones políticas resultantes,
entre ellas el proteccionismo norteamericano, puedan desestabilizar
la economía global y hundir al mundo en una recesión,
o algo aún peor.
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