El reemplazo de la palabra
LA CULTURA DE LA IMAGEN LLEGÓ PARA
QUEDARSE
Por: Marcelo Colussi / ARGENPRESS
Los medios masivos de comunicación han
cambiado el mundo. Esto no es nada nuevo, obviamente. Desde inicios
del siglo XX esa transformación viene operándose a
pasos agigantados, cada vez más rápidos, más
profundos, más globales. Tanto, que la sociedad planetaria
actual ha pasado a definirse, quizá demasiado ostentosamente,
como 'de la información'. Quien no sigue ese ritmo -al menos
eso nos dice el mito dominante actual- pierde el tren de la historia.
Como siempre, los grandes factores de poder son
los que generan los mitos culturales (mientras siguen haciendo sus
negocios, claro). 'Sociedad de la información y la comunicación',
pero la mitad de la población mundial está a no menos
de una hora de marcha del teléfono más cercano, y
una quinta parte no dispone de energía eléctrica.
Las bondades del desarrollo comunicacional están muy lejos
de repartirse democráticamente entre todos. Pero de todos
modos es un hecho que, aunque sea con cuentagotas, de manera fragmentaria
y forzada, las nuevas tecnologías de la comunicación
de masas han barrido toda la faz del planeta durante el siglo pasado.
Y el presente indica el aumento exponencial de esa tendencia.
Justamente en la línea de esos mitos que
nos penetran y terminan constituyendo, es real que estas últimas
décadas se fue moldeando una nueva cultura, desconocida en
todos los milenios de civilización previa: la cultura de
la imagen. Quizá sea un mito que todos los seres humanos
tienen hoy una computadora de última generación con
acceso inalámbrico a internet de banda ancha, que todos disponen
de celulares con cámara de video y televisores de pantalla
de plasma líquido con tecnología HF. Pero es incontrastable
que todos estamos tocados por esta fascinación ante las imágenes
generadas artificialmente, y que todos, en mayor o menor medida,
las consumimos.
La comunicación, la distribución
de la información como bien masivo, es algo muy reciente
en la historia humana. Podríamos decir que recién
con la aparición de la imprenta en Alemania hacia el siglo
XV se sientan las bases para que eso pueda comenzar a tomar forma;
y no es sino hasta el siglo XX en que realmente, cuando las nuevas
tecnologías permiten difusiones mucho más amplias
de los bienes culturales, nos encontramos con una verdadera cultura
de masas en sentido estricto. El libro, la prensa, la radio, comienzan
a ser negocios redituables para el gran capital, por lo que se masifican
cada vez más. La llegada de los medios que implican el uso
intensivo de la imagen, el cine primero y la televisión más
tarde, llevan ese proceso a su cúspide. Es, precisamente,
la televisión la que entroniza esa nueva forma de difusión
cultural: la imagen triunfa, se vuelve el medio dominante, cambia
la cotidianeidad, abre nuevos e insospechados ámbitos para
los poderes fácticos, para el consumo masivo. La cultura
de la imagen que se tejió en unas pocas décadas sin
ningún lugar a dudas llegó para quedarse, destronando
otras formas culturales anteriores, haciéndose de un brillo
propio incuestionable.
La imagen, a través de toda la historia,
siempre estuvo presente como instrumento de comunicación.
En todas las civilizaciones, desde los tiempos más remotos,
la encontramos desarrollada en diversas formas, desde las primeras
pinturas rupestres hasta nuestros días: dibujos, códices,
estampas, miniaturas, frescos, murales, grabados, caricaturas, carteles,
daguerrotipos, fotografías, cómics, para llegar en
el siglo XX al cine, la televisión, el video, los videojuegos,
el internet, las propuestas multimediales. El mundo icónico
ha jugado los más diversos papeles en las culturas: simbología
general, testimonio y memoria, ilustración, explicación,
arte, opinión, magia, etc. La imagen se relaciona con todas
las facetas del quehacer humano. Pero lo que ha sucedido estas últimas
décadas no tiene parangón: la cultura de la imagen
generada artificialmente con medios técnicamente muy complejos
tomó un peso tal que se entronizó como principal fuente
cultural del mundo contemporáneo. Si algo define este momento
histórico es la primacía de la imagen por sobre todas
las otras expresiones culturales.
Hoy día todo es imagen, todo es mediático.
Hasta el espacio privado. También la intimidad quedó
atada a este nuevo patrón de la cultura de la imagen. Importa
cada vez más la forma, el cómo se presentan las cosas,
el cómo 'se venden' -para decirlo en clave de empresa privada,
que es el arquetipo dominante de un mundo bañado absolutamente
por relaciones capitalistas mercantiles-. Todo se juega en la imagen,
en el show mediático: la ropa que se usa tiene que ser de
marca, que se vea que uno 'está a la moda'; la práctica
política, siempre artera manipulación de las mayorías
por una minúscula clase dominante, es un show televisivo
con profusión de imágenes, y no gana el candidato
más capaz sin el ….mejor presentado; el deporte, de
pasatiempo entretenido, pasó a ser un espectáculo
de dimensiones colosales que mueve fortunas y con el que se tapan
problemas estructurales, montaje colorido que inunda todos los espacios
mediáticos. Con la religión sucede otro tanto: ya
no hay mística sino telepredicadores. Y el sexo ya es uno
de los temas que más 'se consume' en las pantallas. Nadie
escapa a esta tendencia del show: ni el papa -el anterior era una
maestro de la imagen, de hecho: actor profesional en su juventud-,
ni los movimientos armados -que necesitan de estos escenarios mediáticos
para tener presencia-, ni un líder carismático como
Hugo Chávez -que es tal, justamente, por su condición
de genial comunicador ¿quién puede conducir un programa
televisivo por espacio de cinco o seis horas durante varios años
encabezando todos los 'ratings'? Hasta las revoluciones socialistas,
se podría llegar a decir, son mediáticas-.
La cultura de la imagen se ha impuesto en todos
los aspectos de la vida moderna utilizando los mismos códigos
en los más diversos ámbitos: en la vida política
así como en el mundo del deporte, en la promoción
de una mayonesa o en la artificial burbuja de las estrellas de cine,
en los consejos para arreglar problemas sentimentales o en la recreación
de viejos y nuevos temores colectivos. Con las modernas tecnologías
de manejo de la imagen desaparecen las arrugas, el acné juvenil
y la tristeza: el mundo pasa a ser una imagen bella, rutilante,
perfecta. Hasta en la más remota aldea de alguna selva tropical
o en las vastedades de cualquier desierto podemos encontrarnos un
impactante cartel de Coca-Cola que nos promete felicidad desde la
sonrisa trucada de una modelo blanca (convenientemente arreglada
con Photoshop).
Ya hace años que pensadores como el francés
Jean Baudrillard alertaban del peligro de la sociedad de los simulacros
en la que hemos ido entrando, llena de representaciones que son
máscaras, biombos de la realidad. Y el padre de la semiótica,
el italiano Umberto Eco, decía en la década de los
60 del siglo pasado que para las sociedades autoritarias es muy
sencillo apoyarse en la cultura de la imagen, basada en la seducción,
en el engaño, pues llaman al no-pensamiento y rechazan la
cultura de la palabra, mas reflexiva, más intelectual.
La imagen es masiva e inmediata. Dice todo en un
golpe de vista. No da posibilidad de reflexión. 'La lectura
cansa. Se prefiere el significado resumido y fulminante de la imagen
sintética. Esta fascina y seduce. Se renuncia así
al vínculo lógico, a la secuencia razonada, a la reflexión
que necesariamente implica el regreso a sí mismo', se quejaba
amargamente Giovanni Sartori. El discurso y la lógica del
relato por imágenes están modificando la forma de
percibir y el procesamiento de los conocimientos que tenemos de
la realidad. Hoy por hoy la tendencia es ir suplantando lo racional-intelectual
-dado en buena medida por la lectura- por esta nueva dimensión
de la imagen como nuevo dios. Se calcula que un niño promedio
está unas 1.500 horas anuales frente a un televisor (unas
cuatro horas diarias) contra 1.000 horas anuales que pasa en un
aula escolar. Y no hay ninguna duda cuál de las dos cosas
es más atractiva, vistosa, fascinante. La UNESCO estima que
en pocas generaciones más la escuela formal tenderá
a ir desapareciendo mientras que la educación de la humanidad
se irá haciendo cada vez más a través de medios
digitales (pantallas: léase televisor, computadora y nuevas
alternativas multimediales).
Con esta nueva realidad virtual que se ha ido constituyendo,
esto a lo que llamamos 'cultura de la imagen', bien podría
decirse que arribamos a la cúspide de la afirmación
'una imagen vale más que mil palabras'. En términos
generales la comunicación en su conjunto ha ido tomado la
forma definitoria de las imágenes: la mayoría de los
relatos son contados en imágenes, tenemos ya una forma de
entender la realidad totalmente icónica, los mensajes son
cada vez más una sucesión de imágenes. Incluso
medios tradicionalmente textuales como los periódicos y las
revistas, e incluso los libros, utilizan cada vez más la
imagen que la palabra, y la comunicación verbal tiene cada
vez más la lógica sintética e impactante de
la imagen.
Incluso en las artes plásticas ese hecho
es evidente. El lema de la última Bienal de Venecia fue 'Piensa
con los sentidos. Siente con la mente. El arte del presente'. El
arte pictórico del presente, a propósito, es un arte
básicamente cinematográfico y televisivo que va de
la fotografía tradicional a la digital, normalmente en movimiento,
pasando por el video, el documental o la película. Y son
salas negras de proyección o pantallas de plasma el principal
instrumento de transmisión de estas expresiones, comenzando
a quedar los lienzos 'clásicos' como una pieza un tanto exótica.
En otros términos: la realidad virtual va
dejando atrás a la realidad corpórea; la imagen digital,
la imagen generada artificialmente, en esta nueva dimensión
abierta por las nuevas tecnologías, está pasando a
ser parte constitutiva de nuestra vida cotidiana. Hay ya un sexo
virtual, cibernético, y el holograma nos presenta un mundo
inimaginable apenas unas décadas atrás. Aunque, como
decíamos más arriba, hay mucho de espejismo aún
en esto, pues para una buena parte de la población mundial
la comunicación no constituye aún su prioridad, siendo
todavía las necesidades primarias básicas insatisfechas
el principal obstáculo a vencer. La brecha tecnológica
que se sigue ampliando, más aún con las tecnologías
digitales de la sociedad de la información, evidencian de
modo vergonzoso que mientras en el Norte desarrollado se habla sobre
calidad de vida, en el Sur aún se sigue discutiendo sobre
su posibilidad. Pero no hay dudas que todo esto, más allá
de la injusticia en juego en la desigual capacidad de acceso a los
fabulosos avances técnicos, va constituyendo una matriz cultural
global. Y sabemos que, lamentablemente, la historia la escriben
los que ganan. ¿Necesita un habitante de esas aldeas selváticas,
viviendo quizá aún en el período neolítico,
una gigantografía donde una modelo retocada con programas
informáticos le ofrezca Coca-Cola? ¿O lo necesita
acaso, más allá de la habitualidad, de la normalidad
con que se la consume, un habitante de Manhattan?
Lo cierto es que la historia se dirige desde los
grupos de poder. Y hoy se impuso esa adoración de la imagen,
de este nuevo tipo de imagen que crean las tecnologías de
punta y que los poderes aprovechan en su beneficio. ¿Es moralmente
aceptable que la gente, hasta en un 85% de lo que dice, repita lo
que 'aprendió' viendo en la televisión? Obviamente
no. Pero ese es el mundo en que vivimos. La declaración de
las guerras, lo que consume la población, lo que está
'bien' y lo que está 'mal', las cosas de las que nos reíamos
o con las que lloramos…todo está fríamente pensado
para que el espectáculo mediático interminable de
la sociedad planetaria nos conduzca por la vida, bellas y atractivas
imágenes mediante.
¿Y qué tiene de malo esta cultura
de la imagen?
Dicho todo lo anterior pareciera que la única
alternativa posible sería apagar los televisores y desconectar
las computadoras, pues como expresó sarcásticamente
Groucho Marx: 'no hay dudas que la televisión es muy instructiva,
porque cada vez que la prenden me voy al cuarto contiguo a leer
un libro'. Esta cultura de la imagen, nacida y desarrollada en el
siglo pasado y que marca cada vez con más fuerza el actual,
no pareciera tener marcha atrás; y no sólo eso, sino
que crece, se multiplica, atrapa en forma creciente.
De hecho, los sectores históricamente más
postergados del planeta, los que no desarrollaron las tecnologías
comunicacionales de vanguardia sino que las reciben -en general
impuestas desde el Norte- conforme van conociendo esta cultura de
la imagen, quedan fascinados y ya no la dejan. Pareciera que nadie
escapa a estos cauces, lo cual lleva a la siguiente consideración:
la realidad virtual tiene un poder intrínseco que no puede
desconocerse. En un sentido es cierto que la lectura estimula más
lo intelectual que la percepción de imágenes. Pero
también es un prejuicio pensar que sólo la lectura
'abre la razón' y las nuevas tecnologías comunicativas
son sólo un instrumento para la manipulación. Por
lo pronto, con unas cuantas décadas de desarrollo, podemos
constatar que la producción de imágenes artificiales
distribuidas masivamente fue un gran negocio que favoreció
a muy pocos y que, básicamente, se tornó en un medio
de control cultural-político-ideológico formidable,
como quizá nunca en la historia de las civilizaciones se
había dado. Aunque el problema no estriba tanto en el instrumento
en sí mismo sino en la aplicación que se hace de él.
Pero la moderna cultura de la imagen también puede servir
para llevar mensajes anti-sistema. Ahí están, para
evidenciarlo, los medios alternativos que no dejan de crecer. O
el internet. Estamos allí ante la posibilidad más
grande de democratizar la producción cultural de la humanidad.
La nueva noción de hipertexto, base funcional y estructural
de la red de redes, es la clave de acceso a toda la información
del mundo en forma gratuita e inmediata. En tal sentido, el hipertexto
es el nuevo concepto de documento en la moderna cultura de la imagen,
documento de posibilidades casi ilimitadas que encierra las más
variadas combinaciones que se puedan concebir.
Definitivamente la realidad virtual que se ha generado
hasta ahora, la cultura de la imagen dominante, en muy buena medida
es criticable por reaccionaria, conservadora y de baja calidad.
Pero abre también las posibilidades de llevar mensajes liberadores
y de transformación a la totalidad de la población
planetaria. La realidad virtual -pensemos en el internet por ejemplo,
o la generación de cualquier tipo de imágenes que
podemos ver en una pantalla- no sólo es una alternativa a
la realidad para refugiarse a consumir pornografía, para
ver noticieros que desinforman o recibir propaganda de productos
que no necesitamos. La nueva realidad virtual también tiene
aplicaciones diversas: la enseñanza, el diseño, el
desarrollo científico-técnico e industrial, el arte,
la generación de debates, el mejoramiento de la vida en sentido
amplio. A las nuevas generaciones también puede enseñárseles
a leer críticamente las imágenes y a defenderse de
la agresión publicitaria y la manipulación icónica
que conocemos y de la que ya se mofaba Groucho Marx. La enseñanza
de la cultura tradicional ha ido en detrimento de la cultura de
la imagen y la mayor parte de la realidad virtual que se ha desarrollado
agudiza este problema, el de la experiencia no reflexiva de la imagen.
Pero hay otras alternativas.
Por último, sería tonto ir contra
las tecnologías en sí mismas. Es como destruir las
máquinas de vapor cuando el surgimiento de la revolución
industrial en Inglaterra. De lo que se trata de de conocer y apropiarnos
de estas nuevas técnicas, para ponerlas al servicio no de
los que nos siguen manipulando sino de la liberación de la
humanidad.
www.tercaopinion.org |