Ryszard Kapuscinski
EL PERFECTO E INESPERADO CORRESPONSAL
Por: Francesca Bellino/ Clarín
La historia del reportero Ryszard Kapuscinski
es la de un hombre que a pesar de no sentirse occidental y sin amar
el occidente –habiéndose criado en la Polonia comunista,
Occidente atípico y no precisamente liberal –nunca
lo rechazó, negó ni atacó.
Este hombre, que nació en 1932 en Pinsk,
aldea de la parte oriental (hoy Bielorrusia), vivió la guerra
de la civilización dentro de sí mismo y un año
después de su muerte (23 de enero de 2007), es recordado
por haber experimentado un enfoque alejado del odio que, resumido
en tres palabras, consiste en mirar, criticar para luego asimilar.
Sus reportajes, famosos en todo el mundo y traducidos
a quince idiomas, si bien no relatan el mundo Occidental, tampoco
tienen ese tono de quién odia al rico y poderoso y piensa
que Estados Unidos está siempre errado y que, de todos modos,
gracias a la experiencia directa del comunismo, desenmascara la
estructura más íntima de las dictaduras y las fragilidades
del poder absoluto.
Su enfoque del oficio de periodista emergió
desde su primer entrevista cuando, siendo un muchacho que había
crecido en un mundo que se encontraba algo fuera del mundo, traía
en sus escritos una curiosidad infantil y un continuo estupor.
La historia de Kapuscinski comienza con el deseo
de "cruzar la frontera" polaca por el placer de gozar
maravillosamente las diferencias. Desde niño había
sentido curiosidad por lo que podría encontrar más
allá de Pinsk. Su sueño era la "simple acción
de cruzar el umbral de su tierra y echar una mirada al otro lado".
No era el de ser reportero de guerra. "Me gustaría ir
al exterior", le reveló a Irena Tarlowska, la jefa de
redacción de "Sztandar Mlodych" el diario donde
comenzó a trabajar a los 23 años. Después de
un año llegó la oportunidad: "Te mandamos a la
India" le dijo Tarlowska quien por primera vez enviaba un cronista
al exterior, y el joven Ryszard partió sin hablar ni siquiera
el inglés.
Corría el año 1956 y el aspirante
a periodista se encontró en el lugar justo en el momento
justo. Polonia estaba estrechando lazos con la India. Poco tiempo
atrás había recibido la visita del primer Presidente
no perteneciente al bloque soviético, el líder indio
Jawaharlal Nehru, y una serie de buenos artículos habría
contribuido a consolidar las relaciones entre los dos países.
Sin embargo en Kapuscinski no ardía el fuego sagrado del
reportero. Cuando subió en ese viejo bimotor DC-3 que lo
habría llevado a Roma y luego a nueva Delhi, Ryszard vestido
con harapos y asustado por la inimaginable luminosidad de la ciudad
italiana, ya había obtenido su objetivo: salir de la pobre,
oscura y humillada Pinsk. En su saca, junto a los diccionarios,
custodiaba un libro distribuido en Polonia tan sólo en 1955
el cual, ya desde los tiempos universitarios en Varsovia, representó
su guía en el oficio: Historias del historiador griego Herodoto.
El inexperto periodista partió con la secreta
esperanza de hacer un viaje por el mundo siguiendo las huellas dejadas
por su ídolo 2500 años atrás. Ese libro contiene
el origen del hombre que Kapuscinski llevó a ser a través
de los años: viajero apasionado, explorador valiente y narrador
preciso. Resumiendo, un reportero internacional ejemplar, pero que
nació absolutamente por casualidad.
Sus artículos, sobre todo al comienzo de
la carrera, estaban todos vinculados a los acuerdos políticos
entre Polonia y otros continentes. Del mismo modo "Sztandar
Mlodych" y la agencia polaca PAP individualizaron en el voluntarioso
Ryszard una óptima pieza para consolidar los lazos con nuevos
Países indicados por el Gobierno.
El periodismo, que Kapuscinski definió como
"el oficio de los esclavos", representó para él
la llave para dejar Polonia. El deseo de superar el umbral vuelve
en cada uno de sus libros pero es en Imperium (1994) donde alcanza
la cima. Aquí relata el encuentro con el Imperio Soviético
y el viaje hacia el descubrimiento de los más desconocidos
Países de la ex Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas que realiza en los momentos de la declinación
y lo lleva a superar no solamente numerosas fronteras sino también
miles de kilómetros de alambre de púas que cercaban
el territorio, "barreras altas y tupidas, anudadas y entrelazadas
con tal minuciosidad que no permitían siquiera el paso de
un ratón".
"Si se multiplica el todo por los años
de vida del poder soviético –escribe– resulta
claro entender por qué en los negocios de Smolensk o de Omsk
es imposible comprar una pala, un martillo, y no hablemos de una
cucharita: la materia prima para este tipo de cosas faltó
siempre, se iba toda en alambre de púas. (...). Durante años
y años, en lugar de construir casas y hospitales, en lugar
de reparar las cloacas y las instalaciones eléctricas perennemente
deterioradas, la gente no hizo otra cosa que ocuparse de la recisión
interna y externa local y nacional de su Imperio".
Las aventuras de Kapuscinski continúan en
Pakistán, Afganistán, Irán, Japón, China,
África y América Latina. No obstante las dificultades
para obtener informaciones, sus reportajes, que el llamaba "literatura
de a pie", gustaron y sus jefes siguieron enviándolo
lejos de Pinsk, que en su imaginario, era un punto estratégico
para alcanzar todos los océanos. Esta idea guío su
vida que testimonió en el 2006 con el título Autorretrato
de un reportero, donde rendía cuentas de cuatro décadas
de guerras, revoluciones y golpes de estado con una narración
donde al detalle le era confiado el significado del conjunto, mezclando
investigación histórica, análisis social y
crónica valiente.
Sus narraciones fueron adquiriendo sustancia página
tras página gracias a su habilidad para extraer de cada evento
un significado "otro" de aquel impuesto por la crónica
y de captar el momento exacto en el que el desarrollo humano entra
en una nueva fase. En calidad de corresponsal desde Africa, Asia
y América Latina, Kapuscinski se movió con una sorprendente
desenvoltura entre guerras civiles, revueltas, masacres. Fue testimonio
ocular de 27 revoluciones. Recorrió desiertos, mares, montañas,
zonas oscuras, áridas y arenosas donde se podía viajar
solamente de día. Siempre solo, con la complicidad de las
personas del lugar. Se enfermó de malaria y se curó.
Sufrió el hambre y la sed. Frente al peligro se prometía
a sí mismo: "La próxima vez no lo hago más"
y volvía a partir nuevamente, arriesgando muchas veces la
vida.
En su bagaje había siempre libros. Nunca
se cansó de leer, estudiar y profundizar la historia. Este
impulso de romperse el lomo le llegaba de una incómoda sensación
de ignorancia que sentía comparándose a sus colegas.
Habiendo crecido en uno los países más atrasados de
Europa del Este, entre el segundo conflicto mundial, el Comunismo
y la guerra fría, Kapuscinski internalizó un gran
complejo de inferioridad hacia los europeos del Oeste, típico
de la mayor parte de sus connacionales, que siendo adulto transformó
en su punto de fuerza.
Su personalidad se funda precisamente en la profunda
identificación con las poblaciones no occidentales. El escritor
hizo de su asimilación de la vida difícil y miserable
una condición fundamental de su trabajo y fue testimonio
del camino hacia la independencia de los pueblos africanos, la desaparición
de Colonias, el nacimiento del Tercer Mundo y el cambio del mapa
en el globo. Para él, "el tercer mundo no es un término
geográfico, ni racial, sino un concepto existencial. Indica
la vida pobre, caracterizada por el estancamiento, la inmovilidad
estructural, la tendencia a la regresión, la continua amenaza
de la ruina total, por una difundida carencia de vías de
salida".
En Ebano (1998), uno de los libros más vendidos
relata lugares, eventos y personajes de Africa en sus varios viajes
entre 1957 y 1997. No recorridos oficiales, historias de palacio,
personajes conocidos y gran política, sino encuentros espontáneos
con gente común, las aldeas, el gran calor, brujería
y religión, la percepción del hombre blanco por parte
de los negros y como fondo las revoluciones y las luchas por el
poder.
Como un nómade, Kapuscinski aceptó
viajar sobre viejos camiones en Ghana, Tanzania, Uganda, Kenia,
Zanzíbar, Nigeria, Ciad, Guinea, Etiopía, Sudán,
Ruanda, Zaire, Burundi, Mali, Burkina Faso, Senegal, Eritrea. En
La primera guerra del fútbol y otras guerras de los pobres
(1978) atraca en Sudáfrica y luego en América del
Sur donde, para describir el sutil confín entre fútbol
y política, relata la guerra de la pelota que explotó
en 1969 entre Honduras y El Salvador. Cien horas de batalla entre
hinchas con más de 6000 muertos.
Kapuscinski nunca escribió libros sobre
Polonia. "Un reportero sólo logra armar algo si permanece
anónimo. La gente habla de manera distinta a un periodista
y a una persona encontrada por casualidad". La fama que ganó
a través de los años le impidió buscar la verdad
entre las calles de su tierra, y sin embargo su mirada es polaca.
En los reportajes "hay siempre una referencia a Polonia, una
continua búsqueda de conexiones entre nuestra mentalidad
y el modo de ver de los occidentales". En Lapidarium subraya:
"Desde que explotó la revolución de la libertad
en Polonia, cada viaje a Occidente me causa el efecto de una ducha
fría. ¡Qué distancia existe entre nosotros y
ellos! Realmente años luz".
La necesidad irrefrenable de alejarse de Polonia
no es que haya tenido como consecuencia separarse y renegar de su
Patria, simplemente puso en evidencia una idea de fondo de su existencia:
el movimiento perenne. "Mi casa está en otro lado. Apenas
me detengo en un lugar empiezo a aburrirme, me siento mal, debo
partir nuevamente". Y de este modo este periodista inquieto
encontró su casa entre los marginados, humillados y pobres
los que, como él, han conocido el malestar de no tener los
zapatos para caminar, el alimento para comer, los libros para estudiar.
Año tras año maduró en él
un gran sentido de humildad. En En viaje con Herodoto (2004) dice:
"El descubrimiento del mundo me enseñó a ser
humilde". Un modo de ser que llevó consigo hasta el
último día y que siempre sorprendió a quien
lo encontraba. Su aspecto era poco heroico, más bien modesto
y descuidado. Su rostro no era sombrío y sufriente sino pacífico,
sereno, iluminado. Parecía el rostro de un niño feliz.
Sin embargo a la pregunta "¿Qué recuerda de su
infancia?", contestaba: "Mi primera experiencia consciente
fue el miedo. Recuerdo la primer imagen: un ratón frente
a mí que me aterraba y yo a mi vez lo espantaba a él".
Esta escena serena refleja perfectamente la actitud que elaboró
con respecto a Occidente: a pesar hallarse espantado desde pequeño,
tuvo el coraje de mirarlo a la cara.
Movido por una exasperada curiosidad y por el pesado
sentido inferioridad con respecto a los occidentales, desafió
el conformismo de la información aceptando viajar a continentes
lejanos y desconocidos donde ningún reportero deseaba poner
pie, ganándose la etiqueta de "loco". "Cuando
empecé a escribir – explica – fui obligado a
encontrar mi espacio en otro lado, donde no había todavía
buenos corresponsales".
Además, Kapuscinski nunca estuvo detrás
de la entrevista exclusiva al poderoso de turno, ni tampoco tuvo
nunca una actitud de asalto con respecto a las noticias. "Me
siento y espero que las informaciones me lleguen", decía.
Siendo uno de los reporteros más activos del siglo XX, su
actitud hacia el oficio fue pasiva: "No hago preguntas a quien
encuentro, soy parte de su jornada".
Kapuscinski dividía netamente el momento
de la obtención de noticias del momento de su escritura.
Si bien coleccionaba lapiceras y cuadernos de notas nunca tomó
nota de nada. No escribía apuntes sino que memorizaba imágenes.
Algunas de su mejores páginas nacieron justamente de la descripción
de escenas a las cuales asistió oculto entre la muchedumbre.
Gracias a la experiencia que maduró a través de los
años, obligado a permanecer encerrado en el hotel en Teherán
durante la revolución, escribió uno de sus libros
más intensos, Shah-in-Shah (1982), partiendo de la descripción
de viejas fotografías, recortes de diarios, tapas de libros,
ilustraciones satíricas y películas caseras de 8 mm.
Tomando como base esta documentación relató la historia
la caída del Sha de Persia, el final de la monarquía
en Irán y el nacimiento de la República Islámica
guiada por Khomeini en 1979.
En su viaje a Italia en octubre de 2006, el escritor
develó su antiguo amor por la poesía presentando Block
de notas, recopilación de versos que nos lleva por los meandros
más íntimos de sus miedos y por los laberintos más
intrincados de sus deseos. Los mismos temores y los mismos sueños
del niño que a los diez años, ante la proximidad del
invierno, se encontró sin zapatos y empezó a vender
jabón para comprárselos. "Qué cansancio:
cada pan de jabón costaba un sloty, y se necesitaban 400".
Recorrió mucho camino desde entonces aquel niño aterrorizado
por Occidente. Y luego de tantos kilómetros recorridos con
el ansia de llegar para luego volver a partir, hoy Kapuscinski será
recordado como el hombre que cruzaba fronteras. Para el reportero
polaco que hasta el último día escribió con
la máquina de escribir desdeñando computadoras, celulares
y e mail y "hay tres eventos que cambiaron el universo actual:
el fin de la guerra fría, la revolución tecnológica
y la llegada de internet".
"El mundo ya no tiene fronteras –había
dicho pocos meses antes de morir-; no existen más barreras
provocadas por las ideologías, ni por las distancia físicas.
Son cada vez más las personas que están en movimiento
de un país a otro y las diversas culturas están al
alcance de la mano de todos. Estamos contra la pared: pienso que
ya no existe la posibilidad de sentirnos divididos en el mundo.
Un camino sería el de intentar entendernos".
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