Cuando el éxito es una obsesión
2008, EL AÑO DE CHINA
Por: Eduardo Bermejo Mora*/ La Jornada
A la vuelta de cumplir tres décadas de
apertura y crecimiento exponencial, este año China coronará
su presentación en sociedad como potencia global con la organización
de unos Juegos Olímpicos que en Pekín se viven menos
como una fiesta deportiva que como obsesión colectiva y estatal:
al mismo tiempo un acto de reivindicación histórica
y una cruzada nacionalista y mediática que pretenden legitimar
el modelo de desarrollo elegido por sus dirigentes comunistas hace
ya tres décadas.
El gran excluido del sistema olímpico durante
los años de guerra fría y marginación, no sólo
recupera ahora la centralidad y su peso histórico como organizador
de una justa olímpica el próximo verano, sino que
también aspira a destronar a Estados Unidos en el tablero
de las medallas, no obstante que el viento ha soplado en su contra
en las últimas competiciones internacionales, donde los deportistas
chinos de altísimo rendimiento no terminan de dar el ancho.
El segundo lugar del medallero lo tienen asegurado,
pero la dirigencia china ha elevado las expectativas de su coronación
olímpica a un extremo tal que los entrenadores, directivos
y deportistas sienten una presión pública inquietante.
El binomio perturbador desarrollo ejemplar = excelencia deportiva,
no era menos perceptible en la ya extinta era soviética que
en la China pragmática del capitalismo centralizado en los
albores del siglo XXI. Ayer y ahora para los gobernantes comunistas
la legitimación del poder, con elevadas dosis de medallas
olímpicas y exaltación nacionalista, sigue siendo
una adicción.
No invirtió China menos tiempo, recursos
y paciencia para obtener su membresía en la Organización
Mundial de Comercio (OMC) que lo realizado estos años para
ganar el derecho de organizar unos Juegos Olímpicos y reinventar
su ciudad capital para acogerlos. Ambos propósitos, ser socio
numerario del club internacional del comercio y ser anfitrión
del gran acontecimiento deportivo de la era global, representan
para China la más sofisticada, costosa y compleja operación
de relaciones públicas en el mundo en estos años de
apertura.
Mientras tanto Pekín se reconstruye como
el modelo ideal de la sociedad urbana del siglo XXI en versión
confuciana. Menos unos ciudad viva que una maqueta, menos un espacio
humano complejo e inefable que una gran conglomerado de rascacielos
y toda clase de bloques de acero y vidrio como fetiches del éxito
alcanzado por el modelo de crecimiento a toda costa, cuyo teórico
y mentor –Deng Xiaoping– regresó al centro del
poder y las decisiones hace justamente tres décadas
A diferencia de lo ocurrido en Atenas 2004, los
estadios y sedes olímpicas en Pekín se concluyen puntualmente:
con destreza, majestuosidad y perfección técnica.
Un verdadero ejército de trabajadores e ingenieros se ha
encargado de ello en el último lustro, y en este cometido
los chinos no tuvieron reparos en contratar a las más célebres
firmas internacionales de arquitectura, diseño e ingeniería
con el fin de asegurarse una infraestructura olímpica de
primer mundo.
Nada debería estar fuera de su sitio en
la antesala de los juegos y sin embargo lo está. Los riesgos
y las presiones que sufrirá China en los ocho meses que le
separan de su entronación olímpica no son menores.
No son de tipo organizativo o de infraestructura, para ellos los
chinos se gastan solos. No hay tampoco luces rojas en la arquitectura
financiera de los juegos o en la rentabilidad del negocio que representa.
Los peligros están en otras partes y representan el reverso
de la moneda, el pelo en la sopa en la fiesta preolímpica
de Pekín.
Acaso el más notable de estos riesgos es
el ambiental. Cuando en agosto pasado comenzó la cuenta regresiva
final rumbo a los Juegos Olímpicos de agosto próximo,
la ciudad vivió sus peores días de bruma y contaminación
al grado que los directivos del Comité Olímpico Internacional
amenazaron con suspender diversas justas deportivas que se celebran
al aire libre por resultar de alto riesgo.
Los organizadores saben este problema y les quita
el sueño. La planta vehicular de la ciudad se ha duplicado
en menos de ochos años y los 3 millones y medio de automóviles
que circulan por las calles de Pekín son una fábrica
ambulante de gases tóxicos. Éste es apenas uno más
de los costos de un desarrollo desorbitado y fuera de control: una
expansión urbana sin contrapesos ni límites que no
previno su eventual colapso. Para contrarrestar el riesgo, las autoridades
chinas instrumentarán un radical programa Hoy no Circula
en la víspera de los juegos y durante su celebración.
Con esta medida la mitad de la planta vehicular dejará de
circular diariamente. Es apenas un paliativo al problema y los más
escépticos no creen que con esta medida la ciudad asegure
días despejados y aire limpio para los pulmones de los competidores
olímpicos. No menos inquietantes resultarán las presiones
políticas de aquellos grupos, fundamentalmente externos,
empeñados en presentar a China como el viejo y renovado villano
del siglo XXI. Vienen de todos los colores y, salvo notables excepciones,
su radicalismo opositor no admite concesiones ni matices: pura y
dura ofensiva antisistémica que se topa con la pared de sus
obsesiones y que se desvirtúa así misma en su ceguera
propagandística.
Habrá presiones, y fuertes, de grupos taiwaneses
pro independentistas; de los sectores más radicales del movimiento
de liberación tibetana –de aquellos que incluso se
oponen a la ofertas conciliadoras del Dalai Lama–; de las
redes internacionales de apoyo al Falungon y su gusto por el gore
como género de la denuncia.
Pero también de los movimientos humanitarios
y sociales de Occidente: de Reporteros sin Fronteras a Green Peace
hay un largo etcétera de organizaciones sociales que una
y otra vez le enmiendan la plana a China por sus innegables rezagos
y taras en materia ambiental, derechos humanos, justicia social
y libertad de expresión. Todos ellos, en mayor o menor grado,
apuestan a reventar o por lo menos desvirtuar los Juegos Olímpicos
de Pekín, y existe la percepción de que las autoridades
chinas no están preparadas para una sobrexposición
de esta naturaleza. Todos los que le quieren pasar la factura a
una China y su inevitable ascenso mundial harán cuanto sea
posible para desacreditarla.
Este año que comienza China concentrará
las miradas del mundo. Será el gran protagonista de la aldea
y elevará a rango literal la etimología de su nombre:
el país ubicado en el centro del universo. China 2008: de
la marginación olímpica al protagonismo indiscutible;
de la exclusión a la eclosión de un modelo de desarrollo
que ha abierto un capitulo inédito –y no por ello exento
de riesgos– en la historia de la civilización humana.
China al centro y Pekin como el nuevo ombligo del mundo. Esta doble
condición medular de China y su capital como hazañas
civilizatorias de nuestro tiempo alcanzarán su punto climático
en el verano de este año.
El día 8 del octavo mes de 2008, a las ocho
de la noche con ocho minutos y ocho segundos, se encenderá
el pebetero olímpico del Estadio de Pekín, el ya desde
ahora famoso “nido”, situado en el eje axial de la vieja
capital imperial y que se encuentra perfectamente alineado con el
Salón del Trono del Emperador en la Ciudad Prohibida, y con
la enorme fotografía de Mao que pende de la Puerta de la
Paz Celestial, a los pies de la Plaza Tienanmen. El ocho es un número
propicio altamente valorado en la tradición cabalística
china. La fecha, la hora y el lugar elegido para el comienzo de
los Juegos Olímpicos no podría estar más cargado
de simbolismos y significados. El número 2008 marca la hora
de China, el tiempo ancestral de su antigua y renovada capital que
es ya también nuestro tiempo; somos nosotros los ciudadanos
de su globalidad.
* Cónsul cultural mexicano en China
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