Fellini
el cineasta
FEDERICO, EL GRANDE
Por: Jorge Carnevale/ Clarín
No recuerdo la fecha exacta pero debe haber sido
a mediados de 1960. Uno, entonces, era un chiquilín, mero
aficionado al cine, y casi no había oído hablar de
Federico Fellini, como la mayoría del público local,
que sólo recordaba la figura chaplinesca, patética
y querible de una tal Gelsomina, maltratada por Zampanó en
La strada.
De pronto, una noche, en la televisión blanco
y negro, la voz metálíca y nasal de Blackie anunció
que en su programa habría imágenes con carácter
de primicia de ese fenómeno que hacía correr ríos
de tinta aquí y allá: La dolce vita. Una serie de
fotos fijas contrapunteadas por un timbal mostraban a Nadia Gray
tirada en el piso de un lujoso apartamento, apenas cubierta por
un tapado de piel, rodeada de gente que aplaudía. En seguida,
Anita Ekberg bañada por las aguas de la Fontana de Trevi
ante un Mastroianni extasiado. Después, imágenes de
lo que suponía ser una orgía, con Marcello cabalgando
a una señorita robusta, festejado por muchos. Más
allá, gente rezando en un espacio abierto frente a cámaras
de televisión, nobles y villanos compartiendo tragos en un
castillo decadente, una imagen de Cristo de tamaño natural
que sobrevuela Roma, colgada de un helicóptero, Magalí
Noel disfrazada de conejita en un cabaret para gente mayor, el severo
rostro de Alain Cuny mostrando una sabiduría y a la vez una
tristeza infinita y la imagen final de una muchachita de rostro
angelical mirando a cámara desde una playa, como pidiendo
que alguien sepa cómo salir de ese infierno tan temido.
Blackie, siempre bien informada, notificó
a la audiencia que La dolce vita acababa de soportar un turbulento
preestreno en el Capitolio de Milán, que había derivado
en una interpelación al Secretario de Estado por parte de
la Cámara de Diputados, muchos de cuyos miembros pedían
la prohibición lisa y llana del film. Tres días antes,
en la función de gala organizada en el Fiamma de Roma, Fellini
había sido abucheado y escupido por un público paquete
que posaba de ofendido ante lo que acababa de ver en la pantalla.
Tres meses más tarde, el jurado de la edición número
XIII del Festival de Cannes, presidido por Georges Simenon, le otorgaba
a la cinta , por unanimidad, la preciada Palma de Oro. Aún
así, Blackie culminaba su informe sembrando serias dudas
sobre la posibilidad de que alguna vez pudiéramos ver el
film por estos pagos.
Afortunadamente, se estrenó (con severas
restricciones para los menores, claro) y fue un antes y un después
para muchos de nosotros. De pronto, el cine, como la literatura
y el teatro, podía cambiarnos la vida.
Treinta años más tarde, en la sala
Grand Splendid, ahora convertida en megalibrería, ví
con otros colegas "La voz de la luna". Todos sabíamos
sin saberlo que esa iba a ser la última película de
Fellini. Nos gustó menos que otras, pero como se trataba
del Gran Federico y tenía ese tono crespuscular, esa convocatoria
a la poesía que sólo cabe en el sueño, además
de Paolo Villaggio y Roberto Begnini dejando el resto, hicimos la
visa gorda y jugamos a perdonarle la vida, a la hora de criticarla.
El tiempo demostró que nos equivocábamos: no se trataba
de una película menor, porque nada fue menor en Fellini,
artista de una época que le quedaba chica.
Un personaje inabarcable
Los aplicados biógrafos de creadores de este tamaño,
siempre tienen la batalla perdida antes de comenzar. La bibliografía
sobre Fellini es casi infinita, pero el personaje siempre se les
escapa. Es más o menos de lo que registran. Cuando a comienzos
de la década del 80, Hollis Alpert le comenta al director
que está metido hasta los huesos en su biografía,
con afán de registrarlo todo, Fellini, navegando entre el
asombro y el fastidio, sin pecar de grosero, le susurra con su vocecita:
"Pero ya se ha escrito tanto...", una réplica como
para desanimar a cualquiera.
Alpert, sin embargo, no se entrega. Ya tiene el
trabajo muy avanzado y le aclara a su protagonista, que ha leído
todo lo que se ha escrito sobre él, pero, en general, se
trata de un material muy desorganizado. Fellini no responde pero
al poco tiempo, le envía un librito titulado Fellini: Intervista
sul Cinema, de Giovanni Graziani. Generoso reportaje que incluía
mayor información que cualquier otra fuente. ¿Una
gentil manera de sacárselo de encima? Nunca se sabe con Fellini,
que es amable con casi todos sus interlocutores, pero miente y tergiversa
datos descaradamente cuando se trata de su persona y su obra.
Tullio Kezich, un triestino cabeza dura, emprendió
parecida tarea en 1987. La que conocemos ahora en español
es una reelaboración y puesta al día de aquel trabajo
que sigue pretendiendo ser una reconstrucción minuciosa de
la vida y obra de Fellini, con quien mantuvo una amistad de cuarenta
años, desde que lo conoció en las terrazas del Hotel
des Bains, durante el Festival de Venecia, en 1952.
Por aquel entonces, Fellini era flaco, de pelo
largo y había llegado a presentar El sheik blanco, pero todo
el tiempo le estuvo hablando de su próxima película,
la relación brutal entre dos cómicos de la legua.
Es decir: La strada. A Kezich, ese cruce entre el neorrealismo y
la magia le pareció un tanto aventurada, pero bastaron un
par de charlas para que cayese, como tantos, bajo el influjo y la
seducción de ese ilusionista incomparable, mago del escamoteo.
Kezich, ha sumado prestigio como crítico
en Panorama, La Repúbblica y Il Corriére della Sera.
También dramaturgo, guionista y productor, colaboró
con Rosellini y los hermanos Taviani, fundó la productora
"22 Dicembre" y ,entre otros, es responsable del guión
de La leyenda del santo bebedor, de Ermanno Olmi. Biógrafo
prolijo, fatiga archivos hasta el exceso, respeta puntualmente la
cronología y no se priva de entrevistar a gente tan cercana
al realizador como su propio hermano Riccardo Fellini, Nino Rota,
Marcello Mastroianni, Anthony Quinn, Francois Périer, Alain
Cuny y tantos otros testigos de primer orden, ya todos desaparecidos,
más largos encuentros con Giulietta Masina.
A eso, hay que sumarle su mirada atenta sobre los
vatos catálogos de Barbara Anne Price y Theodore Price (Federico
Fellini: An Annotated Internacional Biography), los trabajos de
John C.Stubbs (Federico Fellini.A Guide to References and Resources)
y el exhaustivo estudio de Marco Bertozzi Bibliofellini (tres volúmenes
en colaboración con Giuseppe Ricci y Simone Casevecchia).
El Fellini de Kezich procura registrarlo todo,
desde la anécdota minúscula a la filmogafía,
sin omitir Apéndice, Indice Onomástico y Notas de
Autor. Da la sensación de que se resiste a dar por terminado
el trabajo, como si sospechase, al cabo de tanta entrega, que falta
algo. Y tiene razón. Faltan las imágenes en movimiento,
el sitio donde caben todas las respuestas o el mayor misterio. Porque
Fellini es un enigma a develar en cada film.
Verdades y mentiras
Toda la trayectoria de Fellini aparece sembrada de versiones contrapuestas.
El propio Federico se ha ocupado de contribuir a la confusión
general. Siempre se dijo que nació en un tren, en un vagón
de primera clase durante el trayecto entre Vicerba y Riccione. Kezich,
que parece un perro de presa en estas cuestiones, sostiene que no
circularon trenes rumbo a Rímini ese 20 de enero de 1920.
Tampoco se escapó para fugarse con un circo a los 12 años.
Sí, en una de sus correrías consiguió relacionarse
con Aldo Fabrizi en una gira, para quien escribiría luego
unos cuantos esquicios teatrales. Cualquiera que haya seguido de
cerca su carrera cinematográfica, sabe que no es cierto lo
de su falta de compromiso político en esa Italia de posguerra
donde o se era del Partido Comunista (o al menos compañero
de ruta) o sacaba patente de reaccionario. Sus trabajos como guionista
de Rossellini en Roma, ciudad abierta y en Paisá (donde hasta
dirigió alguna secuencia), lo desmienten de plano. Pasa que,
desde sus primeros filmes, Fellini asoma como un director desesperante,
difícil de etiquetar. Nutrido en el neorrealismo -escribió
para Lattuada y Germi-, su idea de la marginalidad se mezclaba con
la magia y una mística que prometía alguna forma de
redención para los inocentes de este mundo.
Sus dos primeros títulos (Luces de variedades
y El Sheik Blanco resultaron rotundos fracasos en la taquilla italiana.
Tuvo que pelear el ingreso de Alberto Sordi para Los inútiles
porque los productores lo consideraban veneno de boletería.
La strada, filmada con un presupuesto mínimo en las peores
condiciones, fue desestimada por la crítica italiana y aclamada
en París y el resto de Europa hasta alzarse con el Oscar.
Naturalmente, por ese entonces, Giulieta Masina era mucho más
conocida que el director.
El lugar donde transcurre Los inútiles no
es Riminí, sino una mezcla de ciudades que se le parecen.
Aunque aparezca su hermano Riccardo, él no es ninguno de
los personajes ni se considera un "vitelloni", ya que
siempre estuvo en actividad. En su infancia, no fue a un colegio
religioso donde lo sometían a castigos severos (como se ve
en 8 y medio), pero su hermanito padecía prácticas
semejantes y las registró. Otro de los mitos y leyendas es
que Mastroianni fue siempre su alter ego, el actor fetiche que reservaba
para su emprendimientos más ambiciosos. Sin embargo, se dice
que, en primera instancia, había tentado a Paul Newman para
hacerse cargo del Marcello Rubini de La dolce vita, y a Laurence
Olivier para meterse en la piel del contradictorio y atormentado
cineasta Guido Anselmi. A pesar de la predilección del director
por incorporar intérpretes anglosajones, el tiempo demostró
que Mastroianni fu siempre la mejor (acaso, la única) elección
posible.
Otro equívoco a despejar: Visconti y Fellini
se odiaban a muerte. Cuentan que cuando el gran Luchino, salió
de ver La dolce vita, acomañado por su habitual corte de
adoradores, comentó como al pasar "esos son los nobles
vistos por mi criado". Cuatro años más tarde,
sin embargo, se reconciliaban con un abrazo en pleno Festival de
Moscú, cuando 8 y medio arrasó con los premios.
Alejado del neorrealismo inicial, se vincula su
obra con el psicoanálisis, el esoterismo, las disciplinas
orientales, la magia, una vez más. Inencuadrable, fue un
artista de la modernidad que también podía haber habitado
el Renacimiento. Dibujante, ilustrador, cronista de su tiempo, autor
de libretos satíricos para la radio y el teatro, guionista
requerido para llenar los agujeros que dejaban otros, supo mostrar
sin pontificar los cambios que se verificaban en esa Italia de posguerra
que postergaba su tradición agrícola para treparse
al "boom industrial". Fue el primero que detectó
en esa televisión guaranga que crecía al gran enemigo
del cine.
Todo Fellini palpita en esos 22 títulos
que, en verdad son uno solo. En esa gran película que cubre
casi 40 años de anhelos, sueños y desvelos, asoman
la soledad y el desconcierto de ese muchacho de provincia -llámese
Moraldo o Marcello- que arriba a la gran ciudad para que ésta
lo acepte y lo integre sin saber que el precio es la soledad y la
alienación. Las prostitutas, los clowns, los cómicos
trashumantes pertenecen a un tiempo que ha sido borrado sin piedad.
Para todos ellos queda la necesidad de volver a creer a cualquier
precio o el rostro de esa chica con perfil de ángel que trata
de comunicarse inútilmente con Marcello en una playa, frente
a un monstruo marino y unas figuras nocturnales que deambulan como
fantasmas o como vampiros. El tiempo de Fellini es el tiempo del
adiós a lo que pudo ser y no fue.
Kezich rescata la anécdota, ya conocida,
del momento en que se conocen el director y Nino Rota. Fue una tarde
-dicen- a la salida de los Estudios Lux. El músico espera,
enfrente, que llegue el autobús. Fellini le pregunta qué
colectivo va a tomar. "El 104", responde Rota. Su interlocutor
le aclara que esa línea no circula por esa calle. De inmediato,
el 104 dobla la esquina como una aparición, frena y Rota
sube. El episodio es tan surreal que valdría la pena agregar
que Fellini subió tras él y que entre los pasajeros
se contaban una mujer inmensa a quien apodaban La Sarracena, un
adolescente delgaducho que nunca más volverá a su
pueblo, un Casanova pálido con una muñeca en la falda,
una prostituta todo candor llamada Cabiria, el caballero Mastorna
dispuesto a emprender un viaje imposible, una muchacha complaciente
bautizada Gradisca, Mandrake El Mago con el perfil de Mastroianni,
dos monjas, un cura, tres payasos, un flautista y algunas gordas
de belleza increíble. Más allá, sobre un mar
de plástico y telgopor fabricado en Cinecittá, la
fantástica nave de los sueños que va y que va. Alguien
susurra: "Todo es falso y todo es cierto".
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