Oscar
Niemeyer, un genio de las formas
100 AÑOS DE UN GRANDE
Por: Chris Dercon/ La Vanguardia
El pulcro anciano de cabello negro como el azabache
que está en la recepción del Copacabana Palace debe
de ser el músico Sergio Mendes. Es conocido por sus ritmos
de bossa nova pasados por el filtro estadounidense en las décadas
de 1960 y 1970. El día anterior me había comprado
su trabajo más reciente, Timeless, en una de las mayores
tiendas de discos del mundo, Modern Sound, en la Rua Barata Ribiero
de Copacabana. Mi visita a Río estuvo llena de música.
Oscar Niemeyer rindió su habitual tributo a la brasileñidad
de los grandes genios de la bossa nova, sus viejos amigos Vinicius
de Moraes y Antonio Carlos Jobim, cuyo encanto y sensualidad gusta
de comparar con su propia arquitectura. Sergio Mendes debe de ser
demasiado estadounidense para él. Sin embargo, parece ser
que Niemeyer -él mismo un gran guitarrista- prefiere las
melodías populares del nordeste brasileño. La víspera
se había celebrado en Copacabana una manifestación
en favor de los discapacitados que estuvo acompañada por
un trío eléctrico bahíano, uno de esos inmensos
escenarios móviles que difunden ritmos brasileños
por medio de una megafonía formidable. Por la noche fuimos
con Cesar, Maria, Luciano, Cesinha y Julia –los brasileños
tienen unos nombres fantásticos– al club Carioca da
Gema en Lapa, el centro de Río, para escuchar samba tradicional.
¿Qué otra cosa se puede hacer en
el Día nacional del samba? Pasamos por delante del iluminadísimo
Sambodromo de Niemeyer, el estadio dedicado al samba y construido
como una calle inmensa jalonada de tribunas donde las escuelas de
samba estaban ya ensayando para el carnaval. ¡Una fiesta nacional
dedicada al samba! Con la estrella Gilberto Gil dirigiendo el Ministerio
de Cultura, la música popular no es sólo un derecho
humano, sino un asunto de Estado. Todos se confunden en la pista
de baile: jóvenes y viejos, gordos y anoréxicas, mulatos,
blancos y negros, prostitutas feas y atractivos travestis, familias
completas y guapísimas mujeres solas. Todos se mueven al
adictivo tictacticbom del samba. Algunos bailarines imitan el sonido
profundo de la letra. Tictacticbom -"el samba nunca morirá"-,
la boca se abre para gritar que no; tictacticbom -"el samba
soy yo"-, las manos y los dedos se alzan en el aire; tictacticbom
-"en mi casa siempre hay samba"-, las cabezas asienten
con energía; tictacticbom -"aunque pierda la casa me
queda el samba"-, brazos alzados con espíritu angélico;
tictacticbom -"porque la samba soy yo"-, dedos señalándose
el pecho: tictacticbom –"mañana todo irá
mejor"-, manos enviando besos; tictacticbom -"porque el
samba soy yo".
Para el legendario arquitecto brasileño
Oscar Niemeyer esas cuestiones son mucho más importantes,
afirma, que la arquitectura como tal. "Hay mucha miseria en
este mundo y, en particular, en Brasil", me dice; "pero
¿qué podemos hacer?" Niemeyer arde en deseos
de mencionar a su viejo amigo Fidel Castro, a sus nuevos amigos
Hugo Chávez y Evo Morales, los presidentes Venezuela y Bolivia,
así como a su amigo brasileño, Lula, que es sobre
todo su amigo porque mantiene una política exterior amistosa
con las políticas de Chávez y Morales.
Niemeyer tiene muchísimos amigos, de los
cuales sólo unos pocos son arquitectos. Lo que todos esos
insignes políticos tienen en común es, según
Niemeyer, que actúan para mejorar la condición humana
y, por lo tanto, son más importantes que los arquitectos.
"Como la poesía, la arquitectura por sí misma
no puede cambiar el mundo", afirma Niemeyer con tono resignado.
Pero, ¿qué ha hecho o hace él para mejorar
el mundo? Cuando tuvimos nuestro encuentro, Niemeyer estaba diseñando
un centro de congresos en Fortaleza, en el nordeste del país,
para el Movimiento de los sin Tierra, una organización de
trabajadores pobres de las zonas rurales. "Un arquitecto solo
no puede solucionar sus problemas ni los problemas de la favela,
porque eso es como luchar contra la naturaleza o contra la naturaleza
de una montaña. Sin embargo, podemos ofrecer mejoras paralelas,
como construir escuelas, o nuevas infraestructuras deportivas o
culturales".
A lo largo de este año se ha hecho público
el anuncio de que va a construir el estadio donde se celebrará
el Mundial de Fútbol que acogerá Brasil en el año
2014, y que si alcanza a inaugurarlo lo hará con 107 años
cumplidos. También se ha dado a conocer el proyecto de un
gran complejo cultural y de ocio en Avilés, frente al mar,
su primera obra en España. Por todo ello, Niemeyer aceptó
que centráramos nuestra conversación en el futuro.
Al fin y al cabo, cuando uno está a punto de cumplir cien
años, "tienes que arreglar algunas cosas, como una llamada
al orden". Días antes había mandado al diario
Folha de Sao Paulo un manifiesto titulado Acerca del futuro y sigue
haciendo radicales declaraciones públicas. Por ejemplo, con
ocasión de su nonagésimo noveno cumpleaños,
el 15 de diciembre del año pasado, criticó abiertamente
a su amigo Lula por no respetar la ideología de la vieja
izquierda, en un momento en que el antaño ferviente militante
había subrayado la necesidad de una posición más
moderada. "No tengo nada más que decir al respecto",
dijo Niemeyer, quien prefirió hablar de su nueva escultura
en La Habana que muestra a un pequeño cubano empujando una
bandera frente a una figura diabólica, y que supuestamente
representa a Bush. "Bush no es nada, no existe", espetó
con una expresión de odio en la cara que ni Chávez
podría superar.
Un blanco fácil
Para algunos críticos, Niemeyer resulta un blanco fácil.
Es un comunista de la vieja escuela, un auténtico estalinista,
con cierta tendencia por populistas como Chávez y Morales.
Se presenta a sí mismo como un personaje extraído
de alguna epopeya ("soy un hombre sencillo"), controlando
con cuidado el más mínimo detalle y reescribiendo
en caso de que sea necesario su propia historia. Y, lo que es peor,
sus recientes proyectos parecen repetitivos; en algunos casos (como
en la escultura de Bush), incluso van más allá del
kitsch sentimental. Sin embargo, la poco ortodoxa modernidad de
Niemeyer es hoy inmensamente popular. "Es Mies pasado por el
ácido", declaró un famoso crítico de arquitectura
en un artículo de The New York Times sobre Niemeyer, "el
último de los modernos".
Sí, es muy fácil atacar con los argumentos
expuestos al centenario arquitecto Oscar Niemeyer, ¡el arquitecto
más longevo de la historia de la civilización occidental!
Así que decidí adoptar un punto de vista moderado
y escucharlo atentamente a él y a sus colaboradores. Me reuní
con Fair Valera, el fiel jefe de su estudio, donde lleva ya trabajando
más de 35 años. Visita a su jefe todos los días
para repasar los bocetos que éste sigue realizando cotidianamente
y que a un lego le parecen unos garabatos incomprensibles.
Atrás quedaron los tiempos de las amplias
curvas en los proyectos de edificios monumentales o los erotizantes
dibujos ("La forma sigue lo femenino", le gusta decir
a Niemeyer) de voluptuosos desnudos femeninos. Algunos dibujos ampliados
se han reproducido de modo exquisito con mosaicos de cerámica
blanca para adornar los interiores de Niemeyer, como el recién
inaugurado restaurante Olimpo, situado sobre la terminal del ferry
en Niterói, una variante light de la radical sensualidad
del museo cercano.
¿Es la arquitectura de Niemeyer forma y
sólo forma? "No, es tecnología engarzada con
la naturaleza", afirma Valera. Acerca del legado arquitectónico
de Niemeyer, las opiniones difieren. Hablé con uno de los
historiadores de la arquitectura más importantes de Brasil,
Lauro Cavalcanti, curador de una exposición en el centenario
de Niemeyer inaugurada a principios del 2007 en el Paço Imperial,
un antiguo palacio de estilo barroco portugués en pleno centro
de Río. La exposición presentaba al visitante unas
versiones ampliadas de los escritos de Niemeyer y luego se concentraba
en los dibujos y las maquetas de los proyectos recientes, como la
piscina de Potsdam, cuya finalización está prevista
para el 2009. "Nadie entiende de verdad los dibujos arquitectónicos,
todo tiene que ponerse en un texto. Los políticos, sólo
entienden el texto, en caso de que entiendan algo de arquitectura",
admite Niemeyer. Tuvo que "simplificar un poco" la piscina
de Potsdam para conseguir la aprobación final. El proyecto
fue paralizado en mayo de 2006, cuando el ministro de economía
Ulrich Junghanns supo que el edificio iba a costar más de
lo previsto. ¿Por qué una piscina de Niemeyer tenía
que costar más que cualquier otra piscina?, preguntaron los
políticos locales. Sin embargo, ahora que Niemeyer cumplió
los 100 años (el 15 de diciembre), todos están orgullosos
de haberle dado el nihil obstat. También la compañía
Vitra, famosa por ser muy escrupulosa, le ha encargado un proyecto
que pronto se edificará en su sede en Weil am Rhein. En realidad,
estar presente ahí (junto a otros arquitectos ilustres, como
Gehry, Hadid, Sanaa y Herzog & DeMeuron) es como entrar en el
hall de la fama de la arquitectura contemporánea.
Aunque con ocasión de la búsqueda
de un arquitecto para el ya frustrado proyecto para un museo Guggenheim-
Río, el alcalde de l a ciudad consiguió ofender a
Niemeyer al declarar: "Queremos un arquitecto, no un escultor".
Por lo tanto, acudí a Niterói para visitar a Luiz
Guilherme Vergara, un niemeyeriano creyente que dirige el museo
inaugurado allí en 1996. Con todas sus curvas exteriores
e interiores, ¿no resulta un edificio bastante difícil
para exhibir obras de arte? "Hay que usar este edificio como
una máquina para la percepción y presentar las muestras
en consonancia", afirmó Vergara, quien también
trabaja con la Fundación Oscar Niemeyer y el propio Niemeyer
para crear junto al museo un centro comunitario orientado a promover
la creatividad de los pobres de Niterói. Niemeyer siempre
se ha mostrado generoso con los desvalidos, a veces haciendo incluso
proyectos sin cobrar, como el caso reciente de una plaza para la
Universidad de La Habana, su primer proyecto arquitectónico
en Cuba. Fidel Castro. Castro suele decir que Niemeyer y él
son "los últimos comunistas de este planeta".
"Al final, el capitalista es un auténtico
perdedor", coincide Niemeyer con Castro. Le preocupa que "Fidel
no está muy bien", sin mencionar en absoluto su propio
estado físico tras haber sufrido una rotura de cadera. Luego
sonríe mientras me cuenta la siguiente anécdota, una
historia que habrá contado mil veces: "Nunca he querido
subirme a un avión (Niemeyer viaja desde hace décadas
–ha llegado incluso a Caracas– con el mismo chofer,
a quien ha construido como regalo una modesta casa cerca de la favela).
Así que Fidel vino a Río.
Con ocasión de una visita a la oficina en
Copacabana, era ya más de la medianoche, resultó que
el ascensor no funcionaba. Tuvimos que despertar a un vecino para
pasar por su apartamento y utilizar el montacargas. Mi vecino abrió
la puerta y casi le da un ataque de corazón al encontrarse
con un imponente Fidel que le ofrecía un puro a modo de disculpa".
Presto atención a la débil voz de
Niemeyer, y a su mezcla de francés y portugués. Quién
sabe, quizá sea una de sus últimas entrevistas. Niemeyer
me ha recibido en el minúsculo dormitorio de su apartamento
de Ipanema. La sala de estar estaba llena esa mañana de polvo
y ruido, con operarios dedicados a abrir grandes agujeros en el
techo. A lo lejos se oían las voces amortiguadas de criadas
y cuidadores. No hay nada sofisticado en el hogar que comparte (¡acaba
de casarse!) con su nueva esposa, Vera Lucia Cabreira, que ha cumplido
60 años. Tampoco hay nada sofisticado, salvo la espléndida
vista, en la oficina situada en el apartamento de Copacabana, donde
varios miembros de la familia, también arquitectos, mantienen
vivo el legado arquitectónico del abuelo Niemeyer. Y están
también el archivo y el desordenado estudio ocupado por un
pequeño grupo de atareados arquitectos e ingenieros, ambos
en el centro de la ciudad. Como ocurre en el estudio de otro de
los genios arquitectónicos de Brasil, el reciente ganador
del premio Pritzker, Paulo Mendes da Rocha, no hay ni una sola computadora
verdaderamente sofisticada. Me pregunto qué software utiliza
José Carlos Sussekind, su ingeniero de confianza, para calcular
los diseños de Niemeyer y enfrentarse a sus constantes peticiones
de arcos cada vez más amplios y planos voladizos de hormigón
reforzado.
Niemeyer habla con toda naturalidad de abarcar
más metros sin apoyo alguno, mientras cita a Le Corbusier
diciendo "la arquitectura es invención" y "sólo
me gustan las iglesias por los grandes espacios". Sin embargo,
salvo por la mención al gran modelo Le Corbusier, tampoco
hay nada religioso ni sofisticado en Niemeyer. La sofisticación
perdida sólo se encuentra en la vieja casa familiar de Canoas,
cerca de Boa Vista –los nombres lo dicen todo–, donde,
en medio del exuberante verdor de la montaña, se encuentra
ahora la Fundación Oscar Niemeyer. La casa de Canoas, construida
en 1951, es un ejemplo perfecto de cómo Niemeyer aceptó
sin reparos desde muy pronto las limitaciones y los desafíos
del entorno natural. "Hay que saber enfrentarse a cada terreno.
Construyo con la naturaleza, no contra ella". ¿Y por
qué esas rampas que parecen interminables? "Las rampas
ofrecen la oportunidad de disfrutar del paisaje y de la arquitectura
en su conjunto; la rampa es como un viaje".
En la casa de Canoas se encuentran algunos muebles
originales de Niemeyer diseñados a finales de la década
de 1970. En la última edición de Art Basel Miami Beach,
los precios de esos accesorios modernos se cotizaron entre los 35.000
y lo 55.000 euros. La Fundación Oscar Niemeyer se está
planteando volver a fabricar algunos de esos muebles. Los beneficios
se destinarían a proyectos educativos.
Seguí hablando con Niemeyer, sentado en
pijama en una vieja butaca. Uno de sus cuidadores –un joven
negro– dormitaba al otro lado del dormitorio. Vera, la nueva
esposa, secretaria y amante durante muchos años, decidió
unirse a nosotros. Se disculpó por el desorden de la casa.
Su boda con Niemeyer sorprendió a muchísimas personas;
y, entre ellas, la menos sorprendida no fue Anna-Maria, la hija
única del arquitecto y su esposa Annita, fallecida en 2004
a los 76 años. Anna-Maria, que ronda los sesenta, se enteró
de la boda un par de horas antes de la ceremonia. "Al lado
de un hombre tiene que haber una mujer, y todo lo demás está
en manos de Dios", comentó con satisfacción un
Niemeyer mujeriego y ateo cuando felicité a los recién
casados. Habíamos acordado hablar del futuro, pero Niemeyer
volvió una y otra vez al pasado. Considera como uno de sus
grandes logros el recinto universitario de Constantina en Argelia,
construido en la década de 1970. La noticia es nueva, porque
hasta hace poco sus proyectos más preciados eran todavía
la iglesia de San Francisco, el casino y el puerto deportivo de
Pampulha cerca de Belo Horizonte, en Minas Gerais. Los edificios
pioneros de Pampulha sólo pudieron construirse gracias a
la fe ciega del entonces gobernador de Minas Gerais, Juscelino Kubitschek,
más tarde presidente y fundador de Brasilia. "Como la
mayoría de los políticos, no entendía nada
de arquitectura; y, en realidad, eso permitió que esos imaginativos
edificios pudieran construirse".
¿Y qué ocurre con la conservación
y la restauración? "Lo construido, construido está.
Igual que con los seres humanos, habría que dejar que la
arquitectura envejeciera."
Un agujero en la modernidad
No es posible pasar por alto la contribución de Niemeyer
a la arquitectura del siglo XX. Hizo un agujero en la modernidad
inyectando a la doctrina internacionalista las tradiciones y los
lenguajes populares y en especial locales (brasileños), desde
el barroco colonial hasta la naturaleza tropical. Eso lo convirtió
en un arquitecto tan importante. Y es probable que explique también
por qué es tan popular entre los jóvenes diseñadores
y artistas contemporáneos, desde el diseñador de moda
Nicolas Ghesquière, director de Balenciaga, hasta la artista
Dominique Gonzalez-Foerster, pasando por el fotógrafo Andreas
Gursky. El tropicalismo de Niemeyer y otros visionarios brasileños
se encuentra hoy en el mismísimo centro de las escenas culturales
de París, Londres y Nueva York. Al igual que otros radicales
del arte brasileños, como el músico Caetano Veloso
o el artista Hélio Oiticica, el arquitecto Niemeyer creó
una sensibilidad lírica y populista. A Niemeyer no sólo
le gusta combinar curvas, sino que encuentra inspiración
todos los días en las curvas de las montañas situadas
cerca de Río y en las de las mujeres brasileñas. Su
autobiografía publicada en 1998, Les courbes du temps está
profusamente ilustrada con formas femeninas. Como dijo Rem Koolhaas
tras una visita a la oficina de Niemeyer en Copacabana: "Niemeyer
es la prueba viviente de que en la arquitectura interesante, el
sexo y el comunismo van juntos".
El propio Niemeyer es, por una vez, más
realista: "El verdadero reto para la arquitectura del futuro
sólo está planteado por la tecnología, y la
tecnología nunca ha sido tan generosa con la arquitectura.
Pero el arquitecto tiene que ser capaz de reflexionar también
sobre otras cosas además de la arquitectura. No hay que convertirse
en especialista, porque en ese caso no puede uno inventar ni tener
influencia". "La política, la filosofía,
la literatura, la música, las artes visuales –dirá–,
todas esas disciplinas desempeñan un papel igual de importante
que la ingeniería. Los arquitectos deberían querer
ser ante todo intelectuales." En este punto Niemeyer empezaba
a cansarse, perdía la voz: "Quiero seguir construyendo
para los seres humanos, para permitirles encontrarse con otros seres
humanos. Una arquitectura que organice encuentros humanos, eso es
lo que me interesa. Y la dibujo todos los días". Aquel
día Niemeyer sonaba como el samba. Pensé, ojalá
que tenga una vida aún más larga.
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