El
tsunami minero destruye la cordillera
DESOLACIÓN Y MUERTE EN AMÉRICA
LATINA
Por: Susana Merino/ Ecoportal.net
No se trata en rigor de un fenómeno natural
sino del fenómeno más asolador que haya generado la
mano del hombre sobre la espina dorsal de los pueblos latinoamericanos.
Desde las montañas mexicanas hasta el extremo sur de nuestra
Tierra del Fuego la nueva fiebre del oro y de algunos otros metales
codiciados por la proverbial voracidad del hemisferio norte está
sembrando la destrucción de los territorios y de los pueblos
que los habitan.
Un verdadero tsunami aceptado, tolerado y hasta
incentivado por los gobiernos de todos los países andinos
y centroamericanos. Basta leer, aunque fuere someramente las leyes
de promoción minera para descubrir en ellas la más
absoluta indiferencia por los predecibles estragos ecológicos
y económicos que desde hace ya más de una década
vienen desencadenando y advertir que ningún beneficio les
ha sido retaceado a los inversores mineros en detrimento y perjuicio
de los habitantes locales.
Ecología y economía está íntimamente
emparentadas y no por casualidad. Ambas palabras proceden del griego
oikos (casa) es decir que se refieren a la idea de que este planeta
que habitamos es el hogar que debemos cuidar y compartir y en consecuencia
se trata de conocer (logos) y de administrar (nemein) un patrimonio
que hemos heredado de las generaciones precedentes y que debemos
preservar para las generaciones futuras.
Sin embargo nada parece más lejos de una
realidad que, trascendiendo el cómplice silencio de los medios,
logramos percibir a través de las informaciones que sorteando
las vallas de la información tradicional nos llegan cotidianamente
a través de internet. Una breve reseña nos permitirá
avalar esta afirmación:
Si bien en México la minería tiene
una larga historia puesto que las riquezas del subsuelo mexicano
fueron uno de los motivos de la conquista en el siglo XVI y la industria
minera ha sido también señalada como una de las causas
del estallido de la Revolución mexicana en 1910 hoy en día
más de 1,500 empresas canadienses tienen una presencia en
México y otras 3,100 están dando pasos para realizar
en breve su primera transacción en el país.
Los informes de la actual industria minera exigen
el debilitamiento de los derechos laborales y el amordazamiento
de los movimientos sociales como requisitos para que prosperen sus
proyectos mineros tanto en México como en otros lugares.
La "estabilidad política" que reclaman las empresas
en su mayoría canadienses no es la estabilidad social sino
que se trata del control con mano dura de los movimientos sociales,
de la militarización del campo y del desplazamiento de las
comunidades locales como se vienen dando en aquel país para
permitir la implementación y la protección de las
inversiones corporativas.
En Guatemala los depredadores que enfrentan los
pueblos mayas de los departamentos de Huehuetenango, Quetzaltenango,
El Quiché, San Marcos, Sololá y Totonicapán
son las mismas trasnacionales de la minería a cielo abierto
que, con métodos similares, actúan en toda la región
centroamericana, pretendiendo extraer oro y plata mediante el método
de demoler montañas con explosivos, dejando sin agua a las
comarcas, contaminando el suelo, el agua y el aire con el letal
cianuro para retirarse luego dejando tras de sí solo desolación
y ruinas.
En El Salvador el Ministerio de Economía,
extendió 28 licencias de exploración a varias empresas
extranjeras, entre éstas las canadienses Pacific Rim y Martinique
Minerals, que están buscando oro y plata en la zona norte
del país. Sin embargo algunos políticos han hecho
escuchar su voz para evitar que esos proyectos prosperen argumentando
que la estrechez territorial, la densidad poblacional y la cercanía
de los recursos hídricos, son factores que hacen inviable
la minería metálica en el país sugiriendo incluso
a las comunidades afectadas no vender sus terrenos a la compañías
mineras.
En Panamá se denuncian las graves consecuencias
ecológicas, sociales, laborales y culturales dejadas en el
país por los proyectos de minería que responden a
los intereses de lucro de las empresas transnacionales y distorsionan
las verdaderas actividades productivas y económicas de las
comunidades indígenas. Prueba de ello son la contaminación
del río San Félix, de la fauna y la flora, con azufre,
cianuro y ácido sulfúrico, además del riesgo
para las actividades ganaderas y agrícolas de la región,
de la pérdida del uso de enormes cantidades de territorio,
como resultado de los depósitos de materiales y tierra extraídos
de las minas; dándole carácter nacional a la contaminación
sobre una parte importante del territorio, debido a la envergadura
de las explotaciones y al reducido tamaño del país.
Según el economista William Hughes, "por
muy 'sana' y 'limpia' que sea la tecnología usada, las implicaciones
sobre el medio ambiente de este tipo de proyectos, son dramáticas,
y decir lo contrario es simplemente un engaño".
Hace muy poco tiempo, el pasado julio en Colombia
un Encuentro Nacional Agrominero Interétnico (campesinos,
afrocolombianos, indígenas y trabajadores sindicalizados
de la minería), procedentes del Sur de Bolívar, Catatumbo
(Norte de Santander), Cauca, Nariño, Risaralda, Caldas y
Antioquia, se manifestó igualmente en contra de “la
legislación minera que el Estado ha venido desarrollando
desde 1996, creada bajo la asesoría de abogados y organizaciones
al servicio de las transnacionales” denunciando al mismo tiempo
que “estas políticas gubernamentales, plantean una
negación al libre desarrollo, equilibrado y sostenible, en
donde la libre disposición de nuestros recursos naturales,
es entregada a intereses foráneos”.
En Ecuador las actividades de las transnacionales
mineras y de las hidroeléctricas privadas están causando
una aguda conflictividad social. Amenazan la vida y el ambiente,
desplazan comunidades, se apropian de extensos territorios, de las
aguas, de la biodiversidad y desequilibran la seguridad y soberanía
alimentaría de las poblaciones afectadas.
La explotación minera a gran escala produce
un impacto directo en el suelo, flora, fauna y agua. En la fase
de prospección y exploración, se abren caminos, se
derriban bosques primarios, intervienen maquinarias utilizando combustibles
contaminantes. En la explotación se utilizan químicos
como el cianuro o el mercurio para separar el oro de otros minerales
de la naturaleza, que directamente se depositan en los cursos fluviales
y en las napas subterráneas.
En el Perú, tal vez junto a Bolivia el país
de mayor tradición minera del continente, su región
central se halla tremendamente contaminada: las subcuencas de los
ríos San José- Anticona, San Juan, Yauli, Huayhuay,
laguna de Huascacocha, lago de Junín de los Reyes o Chinchaycocha;
cuenca del río Mantaro, zona agrícola del Valle del
Mantaro, etc., especialmente por los relaves, botaderos de desmontes,
sedimentos, rebase de las canchas de relaves, agua ácida
de las minas, aguas servidas, dispersión de los contaminantes
secos por el aire y otros tóxicos, que eliminan sin ningún
tratamiento al aire, suelo y a los recursos hídricos, las
17 compañías mineras y la refinería de la Oroya
en funciones y las 67 mineras abandonadas.
En la Oroya, por ejemplo, no solo se detectan en
la población niveles de plomo en sangre superiores a los
admitidos sino que los ríos como el Mantaro son cloacas de
las compañías mineras; se trata de un río muerto
en un 100% y profundamente contaminado, especialmente por metales
pesados: 4 veces más de los permitido en cobre y cadmio,
en plomo 13 veces más, en hierro más de 30 veces llegando
en ciertas épocas del año a más de 160 veces
más de lo permitido Con este agua tremendamente contaminada
se está irrigando la zona agrícola del Valle, aunque
investigadores noruegos y canadienses recomendaron no hacerlo sin
previo tratamiento, para no contaminar los alimentos que allí
se producen y ni depredar el suelo.
Chile no solo tiene sus propios problemas locales
sino que comparte con nuestro país uno de los más
ambiciosos y destructivos proyectos del continente. El denominado
Pascua-Lama montado sobre los glaciares y las altas cumbres andinas
gracias al incalificable Tratado sobre Integración y Complementación
Minera, firmado en el año 2000 por los entonces presidentes
de Chile y Argentina “destinado a facilitar el desarrollo
de diversas actividades en el ámbito económico y,
entre ellas, el estímulo a las inversiones recíprocas
y a la complementación y coordinación para el desarrollo
del sector minero” y a “asegurar el aprovechamiento
conjunto de los recursos mineros que se encuentren en las zonas
fronterizas de los territorios de ambas Partes, propiciando especialmente,
la constitución de empresas entre nacionales y sociedades
de ambos países y la facilitación del tránsito
de los equipamientos, servicios mineros y personal adecuado a través
de la frontera común” y que ha desencadenado un atractivo
negocio para las transnacionales mineras que allí operan
sin limitaciones de ninguna de las partes y que constituyen la peor
amenaza a los sistemas socioeconómico-ecológicos cordilleranos.
Afortunadamente son muchas las voces y las comunidades
que vienen reclamando con elogiable tenacidad la suspensión
de las actividades mineras y aunque sus logros son aún pequeños
es de esperar que adquieran fuerza suficiente como para contrarrestar
la invasiva intromisión de intereses no solo ajenos, sino
diametralmente opuestos a los de su propia existencia.
Detallar las numerosas iniciativas populares argentinas
existentes contra los emprendimientos mineros sería demasiado
extenso pero bien merecen ser sujeto de algún futuro análisis.
Mencionaré para concluir que desde hace algún tiempo
están proliferando las organizaciones en defensa del Medio
Ambiente y contra las Mineras en varios sectores de la sociedad
latinoamericana, tales como Acción Ecológica - Ecuador;
Centro de Ecología y Pueblos Andinos CEPA, Oruro - Bolivia
; Confederación de Comunidades del Perú Afectadas
por la Minería, CONACAMI Perú; Observatorio Latinoamericano
de Conflictos Ambientales OLCA - Chile; CENSAT - Agua Viva, Colombia,
los Movimientos NO A LA MINA, en nuestro país, entre muchas
otras.
Y finalmente mencionaré que críticos
análisis científicos (especialmente eco-química,
en ecosistemas biogeográfícos, hidrológicos
y geoquímicos) demuestran enfáticamente que el proceso
de cianuro para la extracción de oro no puede ser aceptado,
por los irreversibles daños que ocasiona al ecosistema. Considerando
la economía, la conservación del agua, y la protección
de la naturaleza, las minas de oro usando cianuro a cielo abierto
no están autorizadas por las leyes de Alemania y de la Comunidad
Económica Europea.
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