Morales
Bermúdez se proclama inocente:
OPERACIÓN CÓNDOR
Por: Daniel Borja
El 12 de junio de 1980, a pocos días de
la entrega del poder a Fernando Belaunde Terry, un grupo de militares
argentinos con la abierta colaboración de agentes del Servicio
de Inteligencia del Ejército (SIE), secuestró a Noemí
Esther Giannotti de Molfino, María Inés Raverta y
Julio César Ramírez, militantes del Movimiento Montonero,
un grupo escindido de la juventud peronista, que había proclamado
la lucha armada contra la dictadura de Rafael Videla.
Los secuestradores se llevaron también a
Federico Frías, a quien trajeron de Argentina para establecer
contacto con sus compañeros. Frías intentó
escapar un día antes, pero fue reducido aparatosamente en
las calles de Miraflores, donde se produciría después
su encuentro con María Inés Raverta, una joven mujer
que tras ser sometida a salvajes torturas revelaría el lugar
de hospedaje de Molfino y sus acompañantes. De otro local,
sería secuestrado Julio César Ramírez, que
no había recibido el alerta de sus compañeros.
El secuestro sería denunciado por el naciente
Diario Marka, ante el silencio de la prensa parametrada, lo que
obligó al gobierno militar a dar la orden de deportación
y emitir el comunicado oficial número 004, en el que señalaba
que los detenidos habían sido llevados a Bolivia, aunque
la versión fue negada por el gobierno de ese país.
Lo que no dijo el documento oficial es que fueron dejados en manos
de sus captores argentinos, razón por la que Raverta y Ramírez
morirían días después, según algunas
versiones en un cuartel boliviano. El cuerpo de Frías nunca
apareció pero el de Noemí Esther sería hallado
en un hotel madrileño.
Entonces gobernaba el país el general Francisco
Morales Bermúdez, quien tenía como primer ministro
al general Pedro Richter Prada, a la sazón comandante general
de las fuerzas armadas. Era un gobierno de mano dura, aunque sin
las características extremadamente sangrientas de sus pares
del cono sur, lo que les sirve de argumento a Morales y a Richter
para afirmar que se limitaron a deportar a los montoneros y negar
que el gobierno formó parte de la Operación Cóndor
como aseguran documentos de la CIA.
"Seguramente me han comprendido en el proceso
(judicial) por una mala información", declaró
Morales Bermúdez como si fuera una santa paloma. Richter
Prada, por su parte, reconoció haber dado la orden de expulsar
a tres ciudadanos argentinos, pero negó haber coordinado
con su par argentino Leopoldo Galtieri, la operación. Un
argumento para ingenuos.
Lo real es que tras ser detenidos en Miraflores,
los montoneros fueron conducidos a una de las instalaciones del
ejército en Playa Honda, lugar en el que fueron salvajemente
torturados por sus perseguidores argentinos, que para justificar
sus tropelías los habían acusado de montar un atentado
contra el general Videla, durante la ceremonia de transmisión
de mando presidencial. Las torturas fueron tan atroces que provocaron
el repudio de algunos de los agentes del SIE que las presenciaron,
tal como lo relata Ricardo Uceda, en el libro “Muerte en el
Pentagonito”.
De acuerdo al fiscal de Roma, Giancarlo Capaldo,
el secuestro fue un operativo combinado de los servicios secretos
de Argentina, Perú y Bolivia, argumento bastante sólido
en ese y estos tiempos. Además, esgrime un documento desclasificado
de la CIA, de 1978, que dice textualmente: "Los miembros originales
(de la Operación Cóndor) fueron Chile, Argentina,
Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia. Perú y Ecuador recientemente
se convirtieron en miembros". Esa versión intenta ser
negada por el ex canciller José de la Puente Rabdill, quien
afirma haber expulsado de Palacio de Gobierno a los jefes de inteligencia
del Cono Sur, a mediados de 1977, que venían a solicitar
la incorporación del gobierno peruano. Sin embargo, su versión
no desmiente a la de la CIA, que habla de un ingreso posterior.
Como se conoce, la Operación Cóndor
fue un plan represivo transnacional, secreto, contra los movimientos
subversivos y la izquierda latinoamericana, montado por los servicios
de inteligencia de los gobiernos dictatoriales del Cono Sur.
Con todos esos antecedentes se ha abierto la causa contra Morales
Bermúdez, Richter Prada, los ex presidentes Jorge Rafael
Videla de Argentina y Juan María Bordaberry de Uruguay, el
ex jefe de la DINA, general Juan Manuel Contreras, y el ex coronel
de la Policía brasileña Carlos Ponzi, entre otros
implicados. Pese a ello, Alan García consideró como
una exageración y una mala información la inclusión
de Morales Bermúdez en la lista de inculpados por la desaparición
de 25 italianos en el marco de la Operación Cóndor.
García sostiene que Morales Bermúdez
es una personalidad muy respetable a la cual todos debemos honrar
porque cumplió su compromiso de que el Perú volviera
a la democracia. “El Perú tiene un deber de agradecimiento”,
afirmó para corroborar la alianza existente entre el APRA
y la dictadura militar. Como se recuerda, ante el auge de la izquierda
el APRA se presentó como la alternativa de recambio. Fue
en esos años de abierta represión contra las organizaciones
populares y la izquierda, que el partido de Haya de la Torre pudo
volver a levantar sus gastadas banderas enarbolando las de la lucha
democrática. Pero lo hizo tan mal que acabó perdiendo
las elecciones frente al partido de Fernando Belaunde.
A nadie le debe extrañar entonces que Alan
García anuncie que el gobierno le brindará toda la
ayuda necesaria a Morales Bermúdez para hacer frente a la
investigación que realiza la jueza italiana Luisianna Figliolia.
Si en esos tiempos su partido se encargaba de limpiar a la dictadura,
ahora él no hace más que seguir los pasos dejados
por Haya de la Torre.
Morales Bermúdez asegura que en 1980 nuestro
país estaba en un proceso de transición a la democracia
y que cuando se tuvo información de la presencia de elementos
subversivos, se ordenó un seguimiento de inteligencia por
asuntos de seguridad, pero que no hubo ajusticiamientos de ningún
tipo. Claro que sí, del trabajo sucio se encargaron los militares
argentinos.
Pero hay otro hecho que habla de la relación
de colaboración de ambos gobiernos. Se trata de la desaparición
del ciudadano argentina Carlos Maguid, quien fuera detenido en marzo
de 1977 por agentes de la División de Seguridad del Estado.
El se desempeñaba como docente de la Universidad Católica,
después de haber huido de su país, acosado por la
dictadura de Jorge Rafael Videla.
La detención se produjo a pocos días
de la visita del dictador argentino, especialmente invitado por
el gobernante de entonces. El supuesto montonero fue liberado días
después, pero su suerte quedó marcada. El 15 de abril
fue nuevamente detenido mientras esperaba un vehículo en
una de las calles de la ciudad. Nunca más se le volvió
a ver e integra la lista de 30 mil desaparecidos de la dictadura
militar argentina.
Tal vez por eso, no nos convencen los alegatos
de inocencia de los responsables de la dictadura militar. Como tampoco
nos convencen los alegatos de Alberto Fujimori, quien acaba de decir
ante el tribunal que lo juzga que él fue el salvador del
país: “Era el caos total, la inviabilidad del Perú
(…) por eso digo yo salvé al Perú”.
Con ese argumento, mejor lo canonizamos.
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