Billy
Wilder:
PASIÓN POR LO GROTESCO
Por: Augusto Isla/ La Jornada
Uno de mis maestros de literatura en la escuela
preparatoria era una de esas plantas raras que crecen en la provincia
mexicana. Devoto de la Virgen María, era también compadre,
socio y amigo de una conocida meretriz; le gustaba además
enredarse como defensor de causas criminales difíciles en
las que solía tener éxito gracias a su astucia y a
sus influencias, pues dirigía el periódico más
importante de la localidad. En varias ocasiones, tal vez sin ton
ni son, aquel abogado temido y corrupto, nos habló con vehemencia
de la película Testigo de cargo sin mencionar al director
ni a Agatha Christie, en cuya novela se basa el relato fílmico.
En cambio, su comentario destacaba la profunda admiración
de Sir Wilfrid Robarts, el irónico penalista, defensor en
este caso de Leonard Stephen Vole, presunto homicida de Emily French,
una mujer rica y solitaria, entrada en años.
Charles Laughton interpreta a Robarts en la película
y, acaso por algunas afinidades secretas con aquél y las
habilidades forenses de éste, mi maestro hacía de
ambos –actor y personaje– una sola criatura. Aquel hombre,
de buena memoria, nos desmenuzó la trama: los interrogatorios,
el desparpajo de Robarts jugando con sus pastillas mientras transcurre
el juicio, seguro de su triunfo, hasta que Christine Helm (Marlene
Dietrich), la mujer de Vole (Tyrone Power), quien resulta no ser
su esposa por una de esas tantas truculencias de Christie, asume
el papel de testigo de cargo; pero dejó en suspenso el desenlace
del cual vine a enterarme años después: Robarts consigue
que el jurado declare inocente a Vole, pero no tanto por su destreza
cuanto por el ardid de Helm, pues ésta escribe una serie
de cartas a su supuesto amante de nombre Max a quien le confiesa
la culpabilidad de Vole quien, una vez condenado, quedará
libre. Las cartas llegan a manos de Robarts cuando una misteriosa
mujer, rival de amores de Helm, se las vende por unas cuantas libras.
Entonces, Robarts pide al juez que se reabra el juicio y Christine
confiesa que, en efecto, ella las redactó. En ese momento,
la prueba se desvanece y el jurado resuelve la inocencia del homicida,
cuyo móvil ha sido cobrar el legado de 80 mil libras que
le ha dejado la pobre vieja.
En la sala ya vacía, Helm descubre a Robarts
el tramado del engaño y abraza a Vole. Pero, justo en ese
instante, aparece una hermosa muchacha con quien Vole piensa huir
en un crucero para disfrutar la herencia; presa de la ira, Helm
saca un puñal y lo hunde en el vientre de Vole en las mismísimas
narices de Robarts quien, fríamente, sentencia: “No
lo mató, lo ejecutó”, y se dispone a preparar
su defensa. Un relato perfecto para Billy Wilder, para ese cerebro
tan bien dotado para narrar historias con imágenes, aunque
esto sea apenas el género próximo de una definición,
pues la diferencia específica, por decirlo así, es
el tono malicioso de su narrativa.
***
SU VERDADERO NOMBRE ERA Samuel. Pero su madre lo llamaba Billy,
quizás porque vivía cautivada por Nueva York, o porque
a él mismo le obsesionaba la figura de Bufalo Hill. Nació
en Sucha (1906), una población cercana a Viena, en el seno
de una familia judía. Niño inquieto y malévolo,
creció en la capital del Imperio Austro-húngaro; en
su juventud practicó el periodismo en Berlín, de donde
partió a París y después a Hollywood, huyendo
de la barbarie nazi: “Yo vine porque no quería estar
en un horno”, declaró alguna vez. Durante años
se ganó mediocremente la vida; sus ingresos apenas le alcanzaban
para compartir una habitación con Peter Lorre. Pero Wilder
nunca se resignó; el guionismo era poco para su genio: “Uno
debe recordar, como guionista, que nadie va a leer lo que escribe.
Por eso me hice director.”
Infiero de su listado de películas favoritas
que Wilder, en este período de simple guionista, reservaba
un lugar muy especial a Ninotchka (1936), una sátira antisoviética
cuyo rasgo más sobresaliente es la presencia de Greta Garbo
como actriz de comedia, en el papel de una camarada rusa que viaja
a París por una encomienda burocrática y acaba cediendo
ante los encantos de León d'Algout (Melvyn Douglas), un insulso
aristócrata. El guión, obra también de Charles
Brackett y Walter Reisch, da soporte a la magnifica dirección
de Lubitsch, a la dentadura perfecta y las piernas torneadas de
Garbo, cuya indumentaria viriloide no logra eclipsar su rotunda
feminidad. Rendidos los ojos ante la belleza y el misterio de la
diva, Wilder puso seguramente todo su empeño en un guión
a la altura de su admiración: “Podías leer en
el rostro de Garbo todos los secretos del alma de una mujer”,
dijo en alguna ocasión.
De aquellas penurias del migrante que fue nos habla
en El ocaso de una estrella (Sunset Boulevard, 1950) a través
del personaje de Joe Gillis, el joven amante de Norma Desmond (Gloria
Swanson): un alter ego a medias, pues ni tenía la apostura
de William Holden y tampoco creo que se haya prostituido en los
brazos de alguna diva decadente; en cambio, el personaje sugiere
su modo de trabajar los guiones, asociado a otros: I. A. L. Diamond,
Charles Brackett, Raymond Chandler y otros. Esos años como
guionista fueron, pues, difíciles: de hambre, pero también
de aprendizaje.
Lubistch le enseñó, entre otras cosas,
a burlar la censura con su toque insinuante; refiriéndose
a su maestro, Wilder decía que “era capaz de sugerir
más a través de una puerta cerrada que otros directores
con la bragueta abierta”. Así, todo está dicho
acerca de la intimidad cuando Joe Gillis sale de la piscina y Norma
le pasa suavemente la toalla por la espalda.
Tomemos en cuenta que Joe Gillis, guionista fugitivo
de sus acreedores, llega por azar a la mansión ruinosa de
Norma Desmond, otrora estrella del cine mudo, que lo confunde con
un agente funerario, a quien ella espera pues ha de entregarle el
féretro para dar sepultura a un chimpancé, su compañía.
Aclarada la confusión, a Norma le viene de perlas saber que
él es guionista y, literalmente, lo atrapa, primero como
corrector de un guión –el relato bíblico de
Salomé– que ella ha escrito, por lo visto atropelladamente,
para volver al cine, y después como amante, aunque tal metamorfosis
apenas sea sugerida por Wilder ya en el sofá, cuando ella
le acaricia la frente mientras él, indiferente, mira acaso
hacia el vacío de su existencia, ya en la secuencia de la
piscina, como dije.
Como director, Wilder recibió su primera
gran oportunidad en Perdición (Doble Indemnity, 1944) y la
aprovechó cabalmente. Acerca de esa película, Woody
Allen ha dicho que es “la mejor película hecha jamás”.
Tal vez se trata de una hipérbole, pero lo cierto es que
la historia de Walter Neff, (Fred McMurray) un vendedor de seguros
que se alía con la bella y coqueta Sra. Dietrichson para
despacharse al marido de ésta y cobrar el seguro, es un relato
fascinante, contado por aquél a manera de confesión
y a punto de suicidarse. En este relato, como en otros, Wilder se
adentra en vidas inscritas en situaciones límite: la de Walter
Neff, atrapado por la pasión que lo conduce al crimen; la
de la propia Norma Desmond, que asesina por la espalda al guapísimo
amante cuando éste, recobrada su dignidad, decide abandonarla;
la de Don Brinam en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945),
abismado en la compulsión alcohólica; la de Charles
Lindbergh, quien llevado por el heroísmo solitario, cruza
por primera vez el océano Atlántico en aquel avioncillo
bautizado como el Espíritu de San Luis en The Spirit of St
Louis (1957).
Sin embargo, no fueron la pasión, la muerte,
la soledad, sus temas. Podía ser cualquier asunto que compensara
su estado de ánimo. “Salto de un lado a otro como una
pieza de ajedrez, siempre con proyectos distintos.” Lo que
caracteriza su quehacer cinematográfico es ese acento satírico
impreso en todo lo que tocaba, ese afán de desacreditar virtudes
aparentes, de burlarse de todo. Pues Wilder era en el fondo un escéptico,
un hombre que nunca creyó en las bondades de la sociedad
que le dio hospedaje, ni menos aún en Hollywood; percibía
su podredumbre, sus crueldades, de las que pocos y pocas han logrado
librarse. ¿O acaso la Garbo ha sido la única que ha
podido escapar, libre de amargura, de la lente, sin permitir el
registro perverso de sus arrugas?
***
EN SU LIBRO YA CLÁSICO, Lo grotesco, Wolfgang Kayser explora
el sentido de este concepto estético fundamental y su andadura
histórica: de los híbridos disparatados de la pintura
ornamental antigua hasta sus versiones modernas en pintura y literatura,
pasando por los grotescos de Rafael, las visiones del Bosco y Bruegel,
los enanos de Velázquez, las estampas de Goya. El vocablo
transita del sustantivo al adjetivo, pero siempre alusivo a seres
fantásticos que contravienen las ordenaciones racionales,
a un mundo deformado y absurdo que suscita la risa. Grotesco es
sinónimo de extraño, caprichoso, ridículo,
y se extiende a lo demoníaco y macabro. Pues bien, veo en
el cine de Wilder esta marca estética, trátese del
relato negro o de la comedia, su género favorito; se entretiene
y entretiene con un agudo sentido de lo grotesco. Sus comedias se
basan más en la ironía y la mordacidad que en el humor.
Vladimir Jankelevitch ha establecido con claridad esta distinción:
en el humor sobresale un matiz amable –que niega el ironista–;
en la ironía mordaz priva una malevolencia y una especie
de amarga impertinencia. El humor va unido a la simpatía:
es “la sonrisa de la razón”; en cambio, a la
ironía le acompaña un sentimiento de desprecio. Habrá
quien prefiera el humor a la ironía. André Compte-Sponville
es uno de ellos; en su Pequeño tratado de las grandes virtudes
no deja de exaltar el humor como virtud individual, pues “carecer
de humor es carecer de humildad, es carecer de lucidez, es carecer
de ligereza, es estar demasiado engreído, demasiado engañado
respecto a uno mismo”. Y tiene razón. Pero desde una
perspectiva sociológica, sociedades como la estadunidense
o como la nuestra necesitan genios cabrones: Woody Allen en aquélla,
Carlos Monsivaís en ésta, compensan soberbia y corrupción
colectivas. Así, humor e ironía navegan juntos en
la conversación lúdica de Wilder, en un temperamento
como el suyo tan dado a la burla y al distanciamiento, rasgo esencial
de lo grotesco.
En El ocaso de una estrella, es un muerto flotando
en la piscina quien asume el papel de sujeto narrativo; lo grotesco
proviene aquí de la dimensión macabra del relato.
En esa misma película, por lo demás trágica,
lo grotesco interviene en las gesticulaciones ridículas de
la actriz envejecida, en su soledad mitigada por la compañía
de un simio, en la inaceptación de su edad –“el
problema no es tener cincuenta años sino querer parecer de
veinticinco”, le dice Joe a Norma, la luminaria del cine mudo
que, olvidada, aún divaga en la cúspide de su carrera
perdida en aquella mansión poblada por los fantasmas de ella
misma–; en fin, inunda todo su entorno: la cama en forma de
góndola dorada, el lujoso coche descapotado, cuyas vestiduras
están cubiertas de piel de leopardo, las ratas deambulando
en la piscina vacía… llega a Max (Erick von Stroheim)
el marido que la inventó convertido en su criado, cuya impasibilidad
esconde el alacrán del amor que lo envenena … y en
el propio Joe Gillis que no deja de ser, pese a su radiante virilidad,
un “perro extraviado”, un hermoso reemplazo del chimpancé.
La categoría estética del grotesco
se corresponde con la ética; los personajes principales de
la historia son profundamente desdichados: Norma es una “pobre
infeliz mujer” reclusa en el monumento funerario construido
en sus tiempos de gloria; Gillis, un guionista frustrado; Max, un
sirviente envilecido. Los personajes secundarios no escapan del
esperpento: los amigos de Norma, entre otros Buster Keaton, se asemejan
a cadáveres, a “invitados de cera”… incluso
Cecil b . de Mille, que aceptó figurar en la cinta por una
buena cantidad de dólares, aparece como un cineasta pedante
dirigiendo actores como marionetas en ridículos escenarios
de cartón.
Y qué decir de sus comedias habitadas por
personajes torpes, mediocres, patéticos, o bien, por parejas
absurdas. En La comezón del séptimo año (The
Seven Year Itch, 1955), Richard Sherman (Tom Ewell) empleado anodino
de una empresa editorial que se queda solo en su departamento cuando
su mujer y su hijo se van de vacaciones, tropieza con los patines
del niño, comete toda clase de yerros e intenta seducir a
una vecina (Marilyn Monroe), pero vacila y, al final, sale huyendo
de ella sin un zapato para llevarle un remo al pequeño. En
Some like It Hot, (1959), dos músicos, Joe (Tony Curtis)
y Jerry (Jack Lemmon), transformados en Josephine y Daphne, se integran
a una banda de chicas jazzistas para huir de unos gánsters,
autores de una masacre de la que han sido testigos, pero el travestimiento
es de tal suerte obvio que nunca lo creemos, más aún
si lo contrastamos con la exhuberancia femenina de Sugar (Marilyn
Monroe, otra vez). En The Apartament, (1960), la más laureada
de sus obras, Wilder nos cuenta la historia de Buddy Baxter (Jack
Lemmon), mediocre empleado de un corporativo, quien, para ascender,
presta el departamento a sus jefes para encuentros íntimos.
En La vida privada de Sherlock Holmes (The Private
Life Of Sherlock Holmes, 1970), el celebre detective (Robert Stephens),
resulta ser drogadicto, misógino y, a tal punto errático
en su lógica deductiva, que está a punto de comprometer
la seguridad del Reino Unido. Y en las comedias “románticas”,
a Andrey Hepburn sus parejas –Gary Cooper en Amor al atardecer
(Love In The Afternoon, 1957), y Humphrey Bogart en Sabrina (1954)–
le doblan la edad. Caricaturas del amor romántico, exacerbación
de los estereotipos que Wilder lleva al extremo en Irma la dulce
(Irma la douce, 1963), mostrándonos a París como centro
de prostitución, a Irma (Shirley Melaine) como la puta de
quien se enamora Nestor (Jack Lemmon), un guardián del orden
que hace lo imposible por obtener su fidelidad: caballero millonario
durante el día, destazador en un mercado durante la noche;
casto pagador y padrote a la vez.
En este sentido, las comedias de Wilder son dramas:
dramas cómicos; y los dramas, comedias, nos hacen reír
y, al propio tiempo, nos conmueven: Baxter cuando espera en la calle
a que el infiel en turno concluya su aventura sexual; la rubia tonta,
vecina de Sherman, cuando identifica la música clásica
por la ausencia del canto; Norma Desmond cuando lloriquea por el
desamor de Gillis… Wilder se divierte y fustiga: la comedia
deviene en la estrategia de su crítica social, es el instrumento
discursivo de su “mala leche”. No perdona nada ni a
nadie; llega hasta el mismo Hollywood, ese demiurgo de ilusiones
y deidades creadas con su magia para pronto destruirlas con helada
saña. Es Hollywood el verdadero personaje de El ocaso de
una estrella, donde “todo es falso…sólo son espejos”.
En la demografía espiritual de Wilder predomina la población
desquiciada: la visión del mundo como un manicomio cuya más
acabada expresión es el delirium tremens de Brinam en Días
sin huella, cuando imagina un murciélago y una rata salir
del muro frente al cual ha consumido la botella de licor.
***
WILDER PERTENECE A ESE selecto grupo de cineastas europeos refugiados
en Estados Unidos: Fred Zinneman, Otto Preminger y quizás
el más culto y elegante de todos: Douglas Sirk, gran maestro
del melodrama americano, aunque a él no le gustara esa palabra,
pues al drama le faltaba el melos, es decir, la música, y
que nos legó obras imperecederas como Written On The Wind,
All That Heaven Allows, Imitation of Life, cintas de aguda crítica
social centrada en el juego antinómico de caracteres: la
fuerza y la debilidad, la firmeza y la duda, la virtud y la descomposición
moral, la tolerancia y los prejuicios, principalmente raciales.
Y dentro de ese grupo que le dio profundidad al cine de Hollywood,
está, por supuesto, Wilder, cuyo genio aportó el tratamiento
original de lo grotesco; sus películas son ejercicios lúdicos,
saltos de piezas ajedrecísticas, travesuras de punta a cabo;
sus desenlaces mismos dan cuenta de esa explícita ludicidad:
en la última secuencia de The Apartment, los protagonistas,
que se conceden una oportunidad, juegan a las cartas; en The Fortune
Cookie, corren pasándose uno al otro el balón de futbol
americano. Ya en la vejez, Wilder recordaba: “Hacíamos
películas; ahora se hacen negocios.” Tal vez esta afirmación
no sea del todo justa, pues el cine ha sido siempre un negocio:
de otro modo no podríamos explicarnos la vida lujosa de empresarios,
directores, actores. Pero admitámosla en el sentido de que,
al hacer cine, Wilder se divertía, practicaba una actividad
libre sin el ánimo de lucro, por el solo agrado, sin pensar
en la consecuencia utilitaria: jugaba.
Lo grotesco no es en Wilder una visión deformada
de la realidad; es el fiel reflejo de la demencia colectiva. Es
la realidad vista desde la lucidez. Wilder se anticipa a lo que
Gilles Lipovetsky llama “la hipermodernidad”, ese paisaje
humano donde los individuos se preocupan por su cuerpo, obsesionados
por la higiene y la salud. Basta recordar a Richard Sherman, el
personaje de La comezón… midiendo la ingesta de calorías
y dando la batalla personal contra el tabaquismo. Y si por un lado
los individuos se someten a toda clase de irrisorias prescripciones
sanitarias, por otro, como lo observa el sociólogo francés,
proliferan las patologías y los excesos, como son los casos
de Don Brinam en Días sin huella, desgarrado por el apetito
alcohólico, o Walter Neff en Perdición.
***
MIENTRAS ESCRIBÍA ESTE ARTÍCULO hice un pequeño
experimento. Pedí a un amigo que reuniera a sus hijos y sus
amigos –muchachos entre los diecisiete y veintidós
años– para ver dos películas de Wilder. El resultado
me entristece. Wilder no logró captar su atención,
a pesar de sus premisas seductoras, de su narrativa fluida, sin
parpadeos, de sus tramas tan verosímiles y bien cuidadas
atmósferas hasta en los mínimos detalles sonoros y
olfativos: la música de “ Isn't romantic” en
Sabrina, de “ Fascination ” en Amor al atardecer; el
olor a madreselva en la calle evocado por Neff en Perdición.
Acostumbrados los jóvenes a un cine violento,
a los efectos especiales, a la obviedad, nada les dijo el estilo
de Wilder, sobrio, sin grandes movimientos de cámara, rico
en símbolos a pesar de que él declaraba que su intención
era contar historias con una simplicidad absoluta –sólo
pienso en esa secuencia de El ocaso… en la que Joe Gillis
aparece en un primer plano simbolizando el presente mientras Max
se disuelve en el fondo representando el pasado lejano, o en lo
que puede significar como metáfora devastadora la relación
entre una diosa y un simio. Sin duda, pese a la amplia difusión
comercial de los clásicos del cine, la música, la
literatura y el propio cine, estos días no son muy propicios
para su comprensión y goce. Poco le importa al público
de hoy la habilidad narrativa, la sutileza de los desenlaces, todo
aquello que tuvo que hacer Billy para burlar la censura, para imponer
su genio.
En la percepción común, sería
simplemente un cine para viejos, que es otra manera de llamarle
a una sensibilidad sin sentido de la historia, del genio y del carácter:
“Renoir no pintaba con los dedos, pintaba con los güevos…
así se hacen las películas.” Como los clásicos,
que hoy envejecen irremediablemente, yo también envejezco;
voy muy poco a las salas de cine; me desquician los teléfonos
portátiles, el cuchicheo de un público que no entiende
nada.
Aquel maestro a quien me he referido llegó
a ser rector de la universidad donde estudié la licenciatura.
Mi presencia le incomodaba y optó por desterrarme con el
argumento seductor de una beca. Siempre le estaré agradecido
por ese destierro que me permitió doctorarme, pero sobre
todo por esa rendija que abrió para asomarme al mundo de
Billy Wilder, una personalidad extraordinaria dentro y fuera del
cine que, como alguien dijo, “de no haber existido habría
que inventarlo”.
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