La
economía colpasa
LA GRAVEDAD DE LA CRISIS FINANCIERA
Por: Paul Krugman/ Sin Permiso
La crisis financiera que comenzó a fines
del pasado verano, para luego tomarse unas breves vacaciones en
septiembre, ha vuelto redoblada.
¿Hasta qué punto es maligna? Bueno,
yo nunca he visto a gentes del mundo financiero manifestarse así,
ni siquiera durante la crisis asiática de 1997-98, cuando
el efecto económico de dominó parecía abarcar
la mundo entero.
Esta vez, quienes juegan en el mercado parecen
verdaderamente horrorizados, porque se han dado repentinamente cuenta
de que no son capaces de entender el complejo sistema financiero
que ellos mismos han creado.
Pero antes de entrar en eso, digamos algo sobre
lo que está pasando ahora mismo.
El crédito –el préstamo entre
jugadores en el mercado— es a los mercados financieros lo
que el aceite del motor es a la mecánica del automóvil.
La capacidad para disponer de dinero en efectivo a corto lazo, que
es lo que quiere decir la gente cuando habla de "liquidez",
es un lubricante esencial para los mercados y para el conjunto de
la economía.
Pero la liquidez se ha evaporado. Algunos mercados
de crédito han cerrado efectivamente la ventanilla. Las tasas
de interés en otros mercados –como el mercado de Londres,
en el que los bancos se prestan unos a otros— han aumentado,
aun cuando la tasa de interés de la deuda del gobierno de
EEUU, que todavía se considera segura, ha caído en
picado.
"Estamos asistiendo", dice Hill Gross
de la gestora de bonos Pimco, "en sustancia, al desplome del
sistema bancario moderno actual, un complejo de préstamo
apalancado tan difícil de comprender, que el presidente de
la Reserva Federal, Ben Bernake, precisó de un curso de puesta
al día cara a cara con los gestores de los fondos de productos
financieros derivados (hedge funds) a mediados de agosto".
Si la congelación de los mercados financieros
se prolonga mucho, ha de traer consigo una grave reducción
del préstamo en general, lo que hará que la inversión
empresarial siga el camino del sector de la construcción.
Y eso significa una recesión, posiblemente grave.
Lo que se esconde tras la desaparición de
la liquidez es un colapso de la confianza: los jugadores en el mercado
no se quieren hacer préstamos, porque no están seguros
de recuperarlos.
En un sentido directo, ese colapso de la confianza
lo ha causado el estallido de la burbuja inmobiliaria. El alza de
los precios de la vivienda tenía todavía menos sentido
que la burbuja del punto-com –no había siquiera una
glamorosa tecnología nueva que viniera a justificar la caducidad
de las viejas reglas—, pero, de una u otra forma, los mercados
financieros aceptaron los precios enloquecidos de la vivienda como
la nueva normalidad. Y la burbuja estalló, una muchedumbre
de inversiones calificadas como AAA se revelaron basura.
Así, los títulos de los "superseniors"
frente a las hipotecas subprime o de alto riesgo –inversiones
que tienen primacía sobre cualquier pago de hipoteca que
realicen los prestatarios, y que supuestamente tenían que
ser negocio aun cuando una parte considerable de esos prestatarios
entrara en morosidad—han perdido una tercera parte de su valor
de mercado desde el pasado julio.
Pero lo que realmente ha socavado la confianza
es el hecho de que nadie sepa dónde está enterrado
el tóxico financiero. Se suponía que Citigrup no tenía
decenas de miles de millones de dólares expuestos al subprime;
pues sí que los tenía. El Florida's Local Government
Investment Pool, que actúa como banco de las escuelas públicas
de distrito, se suponía libre de todo riesgo; no lo estaba
(y ahora, las escuelas no tienen dinero para pagar a los profesores).
¿Cómo fue que las cosas se tornaron
tan opacas? La respuesta es: "innovación financiera".
Dos palabras que, desde ya, deberían despertar la alarma
de los inversores.
Está bien, para ser justos, algunos tipos
de innovación financiera están bien. Yo no quiero
regresar a los tiempos en que las cuentas corrientes no pagaban
intereses y no podíais sacar dinero en efectivo los fines
de semana.
Pero las innovaciones de los últimos años
–la sopa de letras de CDOs y SIVs, RMBS y ABCP— se vendieron
con pretensiones falsarias. Se promocionaron como formas de dispersar
el riesgo, de hacer más segura la inversión. Lo que,
en cambio, hicieron –aparte de proporcionar a sus creadores
montones de dinero, que no tuvieron que devolver cuando estalló
la burbuja— fue dispersar la confusión, atraer a los
inversores para que asumieran riesgos mayores de lo que podían
percibir.
¿Por qué se permitió que pasara?
En el fondo, creo que el problema fue ideológico: los decisores
políticos, comprometidos con la opinión de que el
mercado siempre lo hace bien, pasando simplemente por alto las señales
de alarma. Sabemos, en particular, que Alan Greenspan se pasó
por el forro las alertas de Edward Gramlich, un miembro de la Reserva
Federal, sobre una potencial crisis de las subprime.
Y a la ortodoxia del libre mercado le cuesta morir.
Hace sólo unas pocas semanas, Henry Paulson, el Secretario
del Tesoro, admitía a la revista Fortune que la innovación
financiera pasó por encima de la regulación, para
añadir a continuación: "no creo que tuviéramos
que haber seguido otra vía". ¿Es ésta
su última palabra, señor Secretario?
Ahora, la propuesta de Paulson para ayudar a los
prestatarios a renegociar los pagos de sus hipotecas y evitar el
desahucio suena bien, en principio, (aunque habrá que esperar
a oír los detalles).
Pero, siendo realistas, no será sino un
pequeño parche en el problema de las subprime.
El fondo del asunto es que quienes toman las decisiones
políticas dejaron a la industria financiera innovar libremente,
y lo que ésta hizo fue innovarse a sí misma, dejándonos
al resto metidos en un lío tan grave como enorme.
Paul Krugman es uno de los economistas más
reconocidos académicamente del mundo, y uno de los más
célebres gracias a su intensa actividad publicística
y divulgativa desde las páginas del New York Times. Colaboró
en su día con el grupo de asesores de economía del
Presidente Clinton, pero la dinámica de la vida económica,
social y política de los EEUU en el último lustro
le ha llevado a diagnósticos tan drásticos como lúcidos
del mundo contemporáneo.
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