Liberar
a Ingrid Betancourt…
SIN OLVIDAR A LOS 4 MILLONES DE DESPLAZADOS
Por: Francois Houtart*
La opinión mundial se preocupa, con razón,
por la liberación de Ingrid Betancourt, ex candidata a la
presidencia de la república de nacionalidad franco-colombiana,
pero da poca atención al fenómeno masivo de los desplazados
forzados en Colombia. Sin embargo, después de Sudán
(Darfur) y de Somalia, Colombia es el país más afectado
por esta plaga, calificada por Naciones Unidas como crimen contra
la humanidad.
Recientemente un tribunal internacional de opinión,
que he tenido el privilegio de presidir, tuvo lugar en el Congreso
colombiano, en colaboración con la Comisión de Derechos
Humanos del Senado. Preparado por cinco sesiones regionales y una
abundante documentación, el trabajo del tribunal ha podido
establecer el carácter dramático y masivo de esta
situación que afecta a uno de ocho colombianos. Los testimonios
provinieron en mayor parte del campo: campesinos, comunidades indígenas
y afrodescendientes. Si el conflicto armado interno explica en parte
estas situaciones, de lejos la causa más frecuente es el
proceso de concentración de tierras en manos de grandes terratenientes
y de empresas nacionales y trasnacionales, como las mineras Anglogold
Ashanti, las petroleras Repsol, BP y Petrocabada, y las compañías
palmeras para los agrocombustibles como Urapalma, pero también
la bananera Chiquita Brands. Eso se cumplió con la ayuda
del ejército, de los paramilitares y de las sociedades privadas
de seguridad (como en Irak).
La violencia del proceso es tremenda. He podido
verificarlo en el Chocó. A los campesinos que rechazaban
entregar sus tierras se les decía :“si se niegan, negociaremos
con sus viudas”, y muchas ejecuciones tuvieron lugar. Los
miembros del tribunal y el presidente de la asociación de
desplazados fueron amenazados de muerte por el grupo paramilitar
Águilas Negras.
Según el veredicto del tribunal, se trata
de una crisis estructural. Desde medianos de los 80, los narcotraficantes
decidieron traer sus divisas al país y lavarlas mediante
la compra de grandes extensiones de las mejores tierras. Los cárteles
del narcotráfico junto con sectores de la oligarquía,
de la clase política y las fuerzas militares crearon una
nueva versión del paramilitarismo, bajo el pretexto de luchar
contra la insurgencia. De esa manera se fraguó una alianza
mediante la cual los paramilitares eliminaban a los miembros de
los partidos políticos izquierdistas de oposición
(Unión Patriótica) y a los movimientos cívicos
que clamaban por mejores condiciones de vida. En cambio, el establishment
les permitía continuar sus actividades ilícitas, las
cuales a su vez financiaban el poder político. La apropiación
ilícita de tierras promovió no sólo una fuerte
concentración inequitativa, sino también una transformación
del uso. Grandes extensiones aptas para agricultura y bosques fueron
dedicadas a la ganadería.
Los desplazamientos tuvieron un nuevo incremento
durante la primera mitad de la década de los años
90 cuando entraron en auge las políticas neoliberales que
facilitaban el paso de las inversiones trasnacionales. Grandes empresas
requirieron un camino libre para avanzar en la apropiación
de tierras donde se localizarían megaproyectos de inversión:
agrícola, industrial, minero, portuario, turístico,
vial. El Plan Colombia de 1997, estrategia militar financiada por
Estados Unidos con el pretexto de contrarrestar el avance de las
guerrillas, tenía en realidad el fin de controlar el poder
político y económico en determinadas regiones del
país. El número de desplazamientos aumentó.
Bombardeos indiscriminados, capturas masivas, criminalización
de los movimientos sociales, fuerte presencia militar en determinadas
regiones explican el incremento. Si en los últimos años
las cifras disminuyeron relativamente, es porque existen zonas despobladas
disponibles e inmensas extensiones de tierras ya desposeídas.
Al mismo tiempo, el gobierno colombiano está promoviendo
una legislación que pretende legalizar los despojos y dejar
en la impunidad los crímenes cometidos (Estatuto de Desarrollo
Rural, Ley de Justicia y Paz, Ley de Tierras, de Minas, de Petroleo,
etcétera).
El veredicto del tribunal acusó a tres
grupos de actores: el gobierno colombiano por lo que resulta ser
una política de Estado, los terratenientes y las empresas
nacionales e internacionales involucradas en este modelo de “crecimiento
económico”, y los gobiernos extranjeros que directa
o indirectamente apoyan a Colombia: Estados Unidos por su ayuda
económica y militar, la Unión Europea por sus programas
asistenciales de cooperación y varios gobiernos que apoyan
a sus empresas en el país, como Canadá, Gran Bretaña,
Suiza y Francia.
El presidente Uribe presentó su solución
en una reunión con miembros del Parlamento Latinoamericano,
el mismo día de la proclamación del veredicto del
tribunal y en el mismo Congreso. Los problemas serán resueltos
caso por caso, lo que individualiza una situación que es
estructural y margina a los movimientos sociales, y se tratará
de un proceso administrativo y no judicial, lo que implica la impunidad
de los que verán sus nuevas propiedades legalizadas por una
serie de disposiciones.
Entonces, sí, liberar a Ingrid Betancourt,
y enseguida. Pero la comunidad internacional tiene que preocuparse
también de los otros 4 millones de colombianos que no tienen
nombre.
* Sacerdote y sociólogo belga, secretario
ejecutivo del Foro Mundial de Alternativas.
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