Memoria
personal
DE FRANCISCO IZQUIERDO LÓPEZ
Por: Roger Santiváñez
No recuerdo exactamente cuándo conocí
a Francisco Izquierdo López, pero sí recuerdo mi primera
noticia de él. Corría 1973 y en el tercer número
de Hipócrita Lector apareció un dibujo suyo en homenaje
a Javier Heraud, diez años después de su asesinato.
A partir de entonces –y siendo ya estudiante de literatura
desde 1975- una creciente mitología sobre Pancho Izquierdo
–como era llamado- llegaba a mis jóvenes oídos
gracias a las conversaciones de mis amigos, los poetas profesores
en San Marcos –básicamente Marco Martos e Hildebrando
Pérez Grande- así como de los poetas compañeros,
entre ellos Luis Alberto Castillo y Mito Tumi. La mitología
se centraba en memorables performances protagonizadas por Pancho
Izquierdo en el no menos mitológico bar Palermo punto de
encuentro de la bohemia artístico-literaria peruana desde
los 50s y hasta 1974 en que quedó seriamente deteriorado
a causa del terremoto de aquel año.
Hacia fines de los 70s, y en el fragor de las luchas
populares contra el fascistoide gobierno de Morales Bermúdez,
circularon en San Marcos unos grabados en xilografía alusivos
a dicha situación. Cabe señalar que Izquierdo –junto
a otros artistas de la época- proponían una estética
resueltamente comprometida con la lucha del pueblo y sus vanguardias
revolucionarias de izquierda. Así se comprendía aquel
trabajo denominado La mujer del preso político que a mí
me conmovió y que motivó un poema inserto en mi primer
cuaderno editado en 1979 y que aquí transcribo:
ANTE 'LA MUJER DEL PRESO POLÍTICO'
UNA XILOGRAFÍA DE FRANCISCO IZQUIERDO LÓPEZ
Si tú reconocieras
Aquella transparencia
En la noche abierta de la ciudad
Si tú volvieras
A tomar otra vez una bebida caliente
Y hablaras de
Los tiempos y las lluvias que ni la
Vejez derrumba en el bosque de los eucaliptos
Aunque estén solos y poco brillantes
Verías la sombra de la boca
De un pescado dibujada en mi poema
Y sé
Que leerías otra vez los libros
Que nuevamente ardería tu amable corazón
Y serías otra vez el herido
El torturado
Y yo te volvería a sonreír.
Ya en los años 80 me veo en una de las mesas
del restaurant Wony en el jirón Belén del centro de
Lima, local que en buena medida heredó la clientela artístico-literaria
del averiado Palermo. Corrían los primeros años de
la denominada década de la violencia, concretamente a principios
de 1984. Por aquellos días yo había concluido una
larga, importante e intensa relación amorosa e intercambiaba
unas cervezas con Pancho Izquierdo en el Wony. En mi imaginario
personal Izquierdo era un conocido y respetado hombre de izquierda
radical, así que en un momento de la conversación
le pedí me contactara con la organización Sendero
Luminoso porque había decidido participar en la lucha armada.
Él me escuchó atentamente y se lo tomó con
mucha calma. Con sabiduría, bondad y gran experiencia me
dijo que eso podía ser posible, pero que yo pensara con detenimiento
en lo que le estaba diciendo.
-No lo hagas porque estás decepcionado por
algún motivo –me expresó. Esto es algo muy serio
y no debes hacerlo por razones de ese tipo –concluyó.
Obviamente cambié ipso facto de tema, dándome
cuenta del error que iba a cometer. Y que Pancho Izquierdo –con
lucidez y calidad humana- me había hecho ver. Era como si
él hubiera visto mi alma a través de una radiografía.
Desde entonces una gran camaradería surgió
entre nosotros. En la bohemia de Quilca y Camaná en los años
90 lo encontraba muchas veces y Pancho –con la sencillez que
lo caracterizaba- me llevaba a un pequeño taller que se había
conseguido en un zaguán cercano. Otras veces recalábamos
en el Queirolo o me sumaba a su mesa en Las Rejas donde podía
estar con Ostoloza o Hudson Valdivia. A mí me atraía
el aura de Pancho Izquierdo, porque trasuntaba una vida entregada
al arte y además una fidelidad incorruptible a sus principios
de índole política, que él no abandonó
jamás.
Allí está toda su extraordinaria
obra, en la que podemos detectar fácilmente la creativa vitalidad
de su trazo, su textura y su particular coloración ensamblados
-en la fuerza de su espíritu- a la expresión de nuestro
pueblo y a su combate por eso que José Carlos Mariátegui
llamó la conquista del pan y la belleza. Totalmente ajeno
a las maniobras pitucas o apitucadas de las galerías comerciales
–si bien brilló por su talento en alguna de ellas luchando
en sus pocos intersticios democráticos- la obra pictórica
de Izquierdo López quedará como un testimonio vivo
de que es posible hacer un arte de calidad desde una perspectiva
ideológica que se reclama del socialismo y la defensa de
los trabajadores explotados del campo y la ciudad.
No creo que estas palabras resuenen obsoletas o
fuera de tiempo en una sociedad como la peruana de nuestros días.
Porque allí donde el hambre y la miseria siguen acuciando
a las grandes mayorías, una posición firme y sincera
como la de Francisco Izquierdo López ha de continuar enseñándonos
un limpio camino de honestidad –primero con el propio arte-
y en la perspectiva histórica, una contundente prueba de
que la utopía de un nuevo mundo donde el hombre sea humano
–como sugirió Vallejo- es perfectamente palpable y
real.
[Filadelfia, 16 de diciembre de 2007]
www.tercaopinion.org |