Lo
que dicen los papeles de la CIA
EL TERRORISMO COMO POLÍTICA DE ESTADO
Por: Atilio Borón/ Página 12
Las recientes revelaciones de la CIA, al abrir
sus archivos de los últimos 25 años, permiten apreciar
en toda su perversidad la íntima conexión existente
entre terrorismo e imperialismo. Muchas lecciones se desprenden
de estas revelaciones. En primer lugar, que contrariamente a lo
que sostienen ciertas buenas almas "progresistas" el terrorismo
no fue un episodio aislado atribuible a personal subalterno que
se "excedió" en la aplicación de las órdenes
impartidas. Los documentos desclasificados demuestran inapelablemente
que fue y sigue siendo una política de Estado del imperio,
un instrumento más de un plan criminal diseñado por
el gobierno de los Estados Unidos para aniquilar a sus adversarios.
Esto exige, como lo ha probado hasta el cansancio Noam Chomsky,
manipular a la opinión pública para controlarla por
el temor: antes a la Unión Soviética y los "comunistas",
después a los "terroristas", mañana vaya
uno a saber quién. Pero es una política de Estado
concebida, planificada, organizada, financiada y ejecutada por la
Casa Blanca…
Se demuestra, en segundo término, que el
plan sistemático de exterminio que se aplicó en la
Argentina y otros países del Cono Sur –el lúgubre
Plan Cóndor– tuvo su origen en Estados Unidos. Allí
encontró su fundamentación ideológica, sus
protectores, la asistencia financiera necesaria y los recursos humanos
y organizacionales requeridos para ejecutarlo. El gobierno de un
país que se jacta de ser un supuesto "santuario de todas
las libertades" fue quien adiestró a los carniceros
que por años asolaron la región, monstruosas criaturas
de las sucesivas encarnaciones del Dr. Jekyll que anida con harta
frecuencia en la Casa Blanca. Entrenados y aleccionados en la Escuela
de las Américas y en las distintas instalaciones del Comando
Sur, sus atrocidades fueron estimuladas por sus instructores, cuyos
mandantes fueron a su vez los mayores beneficiarios económicos
de sus salvajadas.
En tercer lugar, los materiales de la CIA ratifican
que a la hora de gestionar los negocios globales del imperio no
hay mayores diferencias entre demócratas y republicanos.
Sus diferencias, cuando las hay, se restringen a la política
doméstica. Ambos partidos expresan los matices del "triángulo
de hierro" que controla la vida política, económica
y social de los Estados Unidos. Según el distinguido politólogo
John Saxe-Fernández, el "triángulo" está
constituido así: a) por la Casa Blanca y, especialmente,
los departamentos de Defensa, Energía, Tesoro, Estado, la
NASA, CIA y los múltiples aparatos de inteligencia ahora
integrados en el gigantesco Departamento de Seguridad Nacional;
b) las grandes corporaciones, sobre todo vinculadas a la producción
para la defensa, la aeroespacial, el petróleo y el gas, incluyendo
los grandes laboratorios, instituciones de investigación,
las cámaras empresariales y algunos sindicatos; c) los comités
clave del Congreso y, especialmente, por los de la Cámara
de Representantes y del Senado en Energía y Recursos Naturales,
Fuerzas Armadas y los diversos subcomités dedicados a los
principales sectores de la vida económica.
Recordar que la burocracia federal, la clase política
y los intereses corporativos se mueven en una especie de "puerta
giratoria" que los instalan sucesivamente en las alturas del
aparato estatal y, al día siguiente, en el puente de mando
de algunas de las más grandes transnacionales norteamericanas.
El lubricante que facilita esta perpetua circulación entre
los espacios cada vez más indiferenciados de lo público
y lo privado son las espléndidas contribuciones que las diversas
empresas y lobbies empresariales efectúan para financiar
las campañas electorales de los "representantes del
pueblo".
Cuarto, los documentos exhiben la permanente vigencia
del doble discurso de Washington: defensa de la libertad y la democracia,
de labios para afuera, pero apoyo incondicional a cualquier déspota
que se preste a servir a los intereses de los Estados Unidos. Y
si el tirano no existe se lo inventa. La continuidad de este doble
discurso es asombrosa y se remonta a los albores mismos de la república
norteamericana, cosa que fue percibida con su habitual lucidez por
Simón Bolívar cuando dijera que "los Estados
Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América
de miseria a nombre de la libertad".
… A fines de 1904, en su discurso ante el
Congreso de la Unión, enuncia el "Corolario Roosevelt":
los Estados Unidos se reservan el derecho de intervenir en cualquier
país en la medida en que sus intereses se vean afectados,
palabras que resonarían con acordes más lúgubres
en el discurso de George W. Bush del 2002 anunciando la "guerra
infinita" contra el terrorismo. Menos de dos meses más
tarde, en enero de 1905, las tropas norteamericanas invaden la República
Dominicana y, en 1906, a Cuba.
Uno de sus sucesores, Woodrow Wilson, el supuesto
"idealista", no le fue en zaga en su celo por defender
la libertad y la democracia en esta parte del mundo. Invadió
México en 1914 para forzar la dimisión de Victoriano
Huerta, y una vez más entre 1916 y 1917 con el pretexto de
capturar a Pancho Villa; hizo lo propio en Haití, en 1915,
y en República Dominicana, donde sus tropas permanecieron
ocho años, entre 1916 y 1924 con el objeto de "restablecer
el orden", la misma excusa que hoy Bush utiliza para continuar
con el saqueo de Irak. Episodios semejantes conmovieron a Centroamérica
y el Caribe, la "tercera frontera" de los Estados Unidos,
especialmente en Nicaragua, donde las fuerzas norteamericanas permanecieron
por décadas hasta eliminar a Sandino e instaurar la dictadura
de Anastasio Somoza. "Un hijo de puta –decía de
él Franklin D. Roosevelt–, pero 'nuestro' hijo de puta."
Es digno de destacarse el desparpajo con que este
doble discurso se instala ya sin tapujos durante los años
de Ronald Reagan. La encargada de hacerlo fue su embajadora ante
las Naciones Unidas, la politóloga Jeanne Kirkpatrick, una
implacable crítica de la política de James Carter
en materia de derechos humanos. Sus notas fueron luego reunidas
en un libro –Dictadura y doble standards– de amplia
repercusión internacional. Su argumento central es el siguiente:
la política exterior de Carter comete un gigantesco error
al abandonar a los amigos de los Estados Unidos y favorecer el accionar
de sus enemigos. La política de derechos humanos, aplicada
universalmente por la Casa Blanca, ha debilitado la posición
de los Estados Unidos en el mundo. (Hay que recordar que precisamente
en 1979 fueron derrocados dos gendarmes regionales de los Estados
Unidos: el Irán del Sha, tumbado por la revolución
islámica, y Somoza, derrocado por la lucha de los sandinistas.)
La conclusión: Washington debe distinguir entre los regímenes
que violan los derechos humanos para defender las perspectivas de
la libertad y la democracia y quienes los atropellan para atacar
a Washington. La política de la Casa Blanca debería
establecer una clara diferenciación entre ambos procurando
en el primer caso suavizar los excesos de los aliados en la seguridad
de que ellos también son amantes de la libertad y la democracia
(sólo que las circunstancias locales les impiden exteriorizar
sus bondades) y aplicar un criterio radical e intransigente con
sus irrecuperables enemigos.
LA HIPOCRESIA DEL IMPERIO
De lo anterior se desprende claramente la enorme responsabilidad
que le cabe a Estados Unidos en la promoción del terrorismo.
Y también la futilidad del "combate contra el terrorismo"
lanzado por George W. Bush, algo que carece por completo de credibilidad
desde el momento en que quien la convoca es la cabeza del estado
terrorista más poderoso del mundo, y el que mayores crímenes
ha cometido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.
La extensa obra de Noam Chomsky y tantos otros, documentando esta
penosa realidad, nos exime de mayores argumentaciones. ¿Qué
grado de seriedad y consistencia puede tener una propuesta como
la planteada por la Casa Blanca a la vista de los antecedentes históricos
y las realidades contemporáneas de la política exterior
norteamericana? ¿Cómo ignorar la decisiva responsabilidad
de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos en la promoción
a escala planetaria del terrorismo? ¿No lo legitimó
acaso arrojando sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y
Nagasaki, masacrando en total a unos 204.000 civiles inocentes y
desarmados, casi 70 veces el número de víctimas provocado
por el 11-S?
Pero esto no es todo. ¿Qué decir
de los innumerables asesinatos políticos, preparados y perpetrados
en los cinco continentes desde finales de la Segunda Guerra Mundial
por la CIA, con el pretexto de "contener la expansión
comunista"? ¿Y de los golpes de Estado contra nacientes
democracias en la periferia, o de los planes de exterminio de disidentes
y opositores, como el Plan Yakarta, que en pocos meses cobró
medio millón de vidas en Indonesia a mediados de los años
sesenta? ¿O, más cerca de nosotros, las atrocidades
sistemáticas fríamente aplicadas por el Plan Cóndor
en el Cono Sur, causantes de torturas, desapariciones y muertes
de decenas de miles de personas? Un gobierno que inventa figuras
monstruosas como Osama bin Laden y Saddam Hussein (este último
convertido en un salvaje verdugo de su propio pueblo y de la minoría
kurda con el visto bueno de Washington) y que luego se vuelven en
su contra (…)
¿Por qué extrañarse, entonces,
por la proliferación de réplicas terroristas al terrorismo
de Estado propiciado por Washington? El terrorismo del sistema tiene
un reverso inevitable: la resistencia de sus víctimas, a
veces apelando también ellas al terrorismo. Acabar con este
flagelo exige comenzar por desahuciar el doble standard moral instituido
por la política exterior norteamericana y vergonzosamente
aceptado por sus aliados. Esta hipocresía convertida en sistema
sostiene que el terrorismo de Estado orquestado por los ricos y
poderosos no es tal sino que se trata de "guerras humanitarias",
"lucha contra el terrorismo" o "exportación
de democracia", nobles iniciativas encaminadas a construir
un mundo en donde florezcan la libertad y la democracia. En realidad,
lo que la prensa imperial denuncia como terrorismo es el rostro
invisible y oculto del terrorismo oficial, que se practica a diario
con total impunidad y ante el silencio de los grandes medios que
procuran incesantemente adormecer nuestras conciencias y fabricar
un consenso de irremediable resignación agitando el espantajo
del terrorismo.
LA PROTECCION AL TERRORISMO
Las revelaciones de los papeles de la CIA sobre la forma en que
actúan diversos comandos terroristas en los Estados Unidos
corroboran que ese país se ha convertido en un importantísimo
–si no el principal– santuario de terroristas de todo
el mundo. Recientes libros publicados por la periodista e investigadora
argentina Stella Calloni (Los años del lobo y Operación
Cóndor: pacto criminal) y el historiador cubano José
Luis Méndez (Bajo las alas del Cóndor) aportan una
evidencia inobjetable sobre la protección que Washington
brinda a los diversos grupos de terroristas cubanos radicados en
Miami que, por supuesto, deben ser nítidamente diferenciados
de la emigración cubana radicada en esa ciudad y que en su
abrumadora mayoría nada tiene que ver con los mafiosos.
Como ya se dijo, el Plan Cóndor fue una
de sus manifestaciones: un proyecto sistemático de exterminio
pergeñado por Richard Helms, cuando era director de la CIA,
y su mano derecha David Atlee Phillips, quien fungía como
jefe de la División del Hemisferio Occidental. La "mano
de obra" para realizar las tareas sucias del plan fue mayoritaria,
aunque no exclusivamente reclutada entre la mafia terrorista de
Miami. Las operaciones abarcaban un amplio espectro de actividades:
desde golpes de Estado hasta sabotajes, campañas periodísticas,
extorsiones, asesinatos, atentados dinamiteros llegando inclusive,
como en el caso de la Operación Irán-Contras a organizar
una red de narcotráfico y contrabando de armas a cargo de
dos asesores de muy alto nivel de la Casa Blanca: el teniente coronel
Oliver North y Fawn Hall, una operación que, conviene recordarlo,
persistió a lo largo de cinco años, y en la cual se
involucraron agentes de la CIA, la mafia terrorista cubano-americana
de Miami y narcotraficantes de diferentes países(8). La Operación
Irán-Contras no fue la única de ese tipo planificada
y ejecutada bajo las órdenes directas de uno de los más
poderosos asesores del presidente de los Estados Unidos. En otra
muestra de su celo por la lucha antiterrorista el propio North,
un hombre de fluidos contactos con Jorge Mas Canosa, por entonces
presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana, se
encargó, por ejemplo, de facilitar la fuga del terrorista
de origen cubano Luis Posada Carriles de la cárcel venezolana
donde estaba recluido por la voladura del avión de Cubana…
Objeto preferente de atención del terrorismo
de Estado promovido por la Casa Blanca con la complicidad de amplios
sectores del Congreso, el Poder Judicial y la "prensa libre"
de los Estados Unidos ha sido la Revolución Cubana. La larga
historia de las operaciones terroristas perpetradas en contra del
pueblo cubano cuenta en su apoyo con una documentación tan
impresionante como inapelable en la identificación de las
fuentes oficiales que promovieron (o, en su defecto, consintieron)
la ejecución de las mismas. Su sola enumeración ocuparía
un espacio similar al de este suplemento. Iniciada no bien se produjo
el triunfo de la Revolución, la campaña terrorista
en contra de Cuba no ha tenido un momento de sosiego y prosigue
hasta nuestros días. Pero hay dos hitos importantísimos
en fechas recientes que hablan con elocuencia de la persistencia
de esta política de criminal agresión contra ese pueblo.
Uno: la detención y confinamiento, en condiciones absolutamente
inhumanas y vejatorias, de los cinco jóvenes cubanos que
se infiltraron en las filas de los grupos de terroristas cubano-americanos
para recoger información de inteligencia que permitiese desbaratar
sus siniestros planes…
Por si lo anterior no fuera suficiente la protección
oficial brindada desde las más altas esferas al terrorista
confeso y juzgado, y luego escapado de prisión, Luis Posada
Carriles, es otro indicio irrebatible que desnuda el "doble
discurso" de Washington en su supuesta cruzada antiterrorista
y la bajeza moral de una parte de la dirigencia política
latinoamericana que consiente tales políticas. Este personaje
participó en las principales operaciones terroristas de esa
organización en América latina, entre ellas el Plan
Cóndor. En 1985 se fuga de la cárcel venezolana en
donde, desde 1976, estaba cumpliendo su condena (recuérdese
que había adoptado la ciudadanía venezolana y que
bajo el pseudónimo de Comisario Basilio se incorporó
a los servicios de inteligencia venezolanos de la época,
participando en múltiples secuestros y torturas, razón
por la cual Caracas también solicita su extradición)
junto con otro connotado terrorista: Orlando Bosch Avila, por el
atentado contra el avión de Cubana. Se instala en El Salvador
para colaborar activamente con el asesor presidencial de Reagan
Oliver North (quien había arreglado todo lo necesario para
facilitar su fuga) en la Operación Irán-Contras. Tiempo
después, contrata mercenarios que colocan bombas en Cuba
en los años 1997 y 1998. A comienzos del 2000 se dirige a
Panamá junto con otros malhechores con el objeto de consumar
el asesinato de Fidel Castro, invitado a participar en la Xº
Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno que se reuniría
en ese país el 17 y 18 de noviembre de 2000. (…)
Los terroristas fueron sentenciados a una exigua
condena (…) a mediados del 2004 mientras se sustanciaba un
recurso ante la Corte de Apelaciones, Posadas Carriles y sus tres
compinches: Gaspar Jiménez, Pedro Remón y Guillermo
Novo Sampol, fueron favorecidos por un sorpresivo indulto decretado
por la presidenta Mireya Moscoso a pocos días de finalizar
su mandato. Sorpresivo para todos, menos para el embajador de los
Estados Unidos en Panamá dado que la decisión le fue
comunicada con la debida antelación y recibida con singular
beneplácito por el representante del imperio…
Con la ayuda de la CIA y la mafia cubano-americana
(en realidad ambas organizaciones han llegado a fusionarse a tal
punto que en los hechos se convierten en una), Posadas decide regresar
de inmediato a su seguro refugio en Miami. Lo hace vía Honduras
y México, país desde el cual aborda en Isla Mujeres
un barco camaronero, el "Santrina", que lo hace ingresar
clandestinamente, pero con protección oficial, a los Estados
Unidos a los pocos meses de haber abandonado Panamá. No es
ocioso recordar que el "Santrina" es propiedad de uno
de los más connotados anticastristas de Florida. La maniobra
es detectada por la inteligencia cubana y desde ese mismo momento
La Habana comienza a exigirle a Washington que diga dónde
está Posada Carriles, cuándo y cómo fue que
llegó al país, qué medios utilizó para
llegar, quién lo recibió y con qué documentación.
La respuesta durante casi un año fue el silencio, pero a
mediados del 2005 las reiteradas denuncias de La Habana condujeron
a la detención del terrorista. Lo notable del caso es que
el gobierno de Estados Unidos no lo acusó por ninguno de
los aberrantes crímenes impunes de este prófugo de
la justicia internacional, sino por una escandalosa nimiedad: haber
entrado ilegalmente al país, cometiendo una "infracción
a las leyes migratorias de los Estados Unidos". La farsa pseudoprocesal
que luego se montó finalizó ignominiosamente cuando
el fiscal levantó todos sus cargos y, para eterno deshonor
del sistema judicial estadounidense, el terrorista recuperó
plenamente su libertad. Un verdadero escándalo, equivalente
al que habría estallado si un país del Tercer Mundo
hubiese capturado a Osama bin Laden y el gobierno en cuestión
lo hubiera detenido unas pocas semanas acusándolo de haber
ingresado ilegalmente al país y, al poco tiempo, retirado
todos los cargos concediéndosele asilo, protección
y ciudadanía. ¿Cómo hubiera reaccionado Washington?
La conclusión no puede sino ser ésta:
la Casa Blanca es hoy por hoy la sede de una tenebrosa organización
terrorista de alcance mundial. Sus tentáculos se extienden
por los cinco continentes y cuenta con inmensos recursos para financiar
sus tropelías: desde detener a "sospechosos" sin
prueba alguna y privarlos del derecho a una asistencia legal, como
ocurre en Guantánamo y Abu Ghraib hasta proteger a un terrorista
probado y confeso como Posada Carriles y a toda la mafia cubano-norteamericana
enquistada en Miami que aporta la mano de obra para las tareas más
atroces y aberrantes que exige la dominación imperialista.
En el medio quedan los secuestros y asesinatos selectivos de opositores:
el traslado de prisioneros a países que legalizaron la tortura;
el suministro de armas a grupos terroristas; las campañas
desestabilizadoras de gobiernos democráticos y populares,
cosa que hoy estamos viendo en Venezuela, Bolivia y Ecuador; la
organización de golpes de Estado, como el perpetrado en el
2002 en Venezuela y, sin que esta enumeración sea completa,
su involucramiento con el negocio de la droga y el tráfico
de armas.
Por lo tanto, su proclamada "guerra contra
el terrorismo" no es sino la ominosa encarnación del
perverso Ministerio de la Verdad –concebido por George Orwell
en su novela 1984– y en el cual la mentira, el engaño
y el doble discurso eran convenientemente fabricados para manipular
a la ciudadanía. Las contrapartes actuales del Ministerio
de la Verdad: la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono
o la CIA presentan a la "guerra infinita o preventiva"
como la paz; la violación de los derechos humanos y la legalidad
internacional como su más enérgica exaltación
y el terrorismo de Estado como "guerra contra el terrorismo".
Bajo estas condiciones, lo único que se puede predecir a
ciencia cierta es que tendremos terrorismo para rato.
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