La
inocencia de Fujimori
EL GOLPE Y SUS CONSECUENCIAS
Por: Efraín Rúa
Exaltado y levantando la voz, Alberto Fujimori,
afirmó ser inocente de los cargos de lesa humanidad que se
le imputan en el juicio por el caso de la matanza de la Universidad
La Cantuta, los crímenes de Barrios Altos y los secuestros
en los sótanos del Servicio de Inteligencia del Ejército
(SIE). Al parecer, ha olvidado el pasado.
“Soy totalmente inocente (…) no acepto
la acusación fiscal”, anotó. Mala suerte para
él. Lo dijo justo el día que un reporte de la Agencia
de Inteligencia del Pentágono, divulgado por los Archivos
de Seguridad Nacional de EE.UU., daban cuenta que "…
el presidente Fujimori emitió la orden de “no tomar
prisioneros", durante la operación de rescate de la
embajada de Japón. "Por causa de eso incluso los (miembros
del MRTA) que fueron capturados con vida no sobrevivieron la operación
de rescate".
Así las cosas, quien puede creer en sus
alegatos de inocencia, salvo Vladimiro Montesinos, el general Hermoza,
Santiago Martin Rivas y otras joyas que mejor la defensa no las
exhibe porque deben tener un prontuario parecido.
Fujimori asegura que su gobierno tuvo una clara
política de pacificación del país, que no tenía
como política de Estado la ejecución de supuestos
terroristas, como han reclamado desde hace 17 años defensores
de los derechos humanos, familiares de las víctimas y organismos
internacionales que acogieron las denuncias presentadas por los
primeros. Pero los hechos lo desmienten. Fue él quien envió
la mañana del 5 de abril a Vladimiro Montesinos a justificar
ante la cúpula militar el golpe de Estado bajo el pretexto
de que la subversión avanzaba al punto de poner en riesgo
la existencia del Estado.
Allí Montesinos acusó al Congreso
de coludirse con el terrorismo por rechazar las leyes sobre seguridad
nacional que habían sido promulgadas por el Ejecutivo meses
antes. En total, eran 126 decretos legislativos, de los cuales 23
estaban dedicados a la lucha antisubversiva y eran el soporte en
el que se habría de basar el combate al terrorismo en los
siguientes años.
Entre ellos se contaban el DL 743, Ley del Sistema
de Defensa Nacional, que establecía que los comandantes generales
y el presidente del Comando Conjunto fueran nombrados directamente
por el Presidente de la República. El DL 746, Ley del Sistema
de Inteligencia Nacional, que obligaba a organismos públicos
y privados a proporcionar información al SIN. Y el DL 749,
que otorgaba plenos poderes a los Comandos Político Militares
en las zonas de emergencia.
Al justificar el golpe, el asesor alegó
que la derogatoria o modificación de los decretos impedían
enfrentar con éxito «el estado de guerra interna vivido
por el país». Así, la decisión del golpe
de Estado consumó una idea forjada años antes por
un grupo de militares para exterminar a cualquier costo a Sendero
Luminoso.
Fujimori aceptó sus propuestas, la mayoría
de las cuales estaban incluidas en los decretos legislativos que
fueron promulgados a lo largo de 1991. El accionar antisubversivo
pronto quedaría en evidencia con la desaparición de
los estudiantes de Huancayo, los sobres-bomba y la masacre de Barrios
Altos. Fueron precisamente las denuncias sobre la verdad de la matanza
de Barrios Altos y las quejas de Susana Higuchi por el negociado
de la ropa donada, las que aceleraron el golpe de Estado.
La decisión del 5 de abril fue perfecta
para Fujimori y su clan. Las reacciones de la oposición fueron
debidamente acalladas, gracias a la impopularidad del Congreso y
a los brutales atentados que se desencadenaron en esos días.
En medio de las sombras que rodeaban a su gobierno,
Fujimori tomó la decisión de liquidar a la cúpula
subversiva que lo mantenía en jaque. Con el pretexto de poner
orden en las cárceles, dio pase a la ejecución de
los principales líderes senderistas que se encontraban en
la prisión de Cantogrande.
El 9 de mayo de 1992 fueron ejecutados Deodato
Juárez Cruzatt, Yovanka Pardavé Trujillo, Tito Valle
Travesaño, Janet Talavera Arroyo, Elvia Zanabria Pacheco,
Ana Pilar Castillo, Andrés Agüero Garamendi, José
Antonio Aranda, Victoria Trujillo Abanto, Ramiro Mina Quispe, Sergio
Campos Fernández, Fidel Rogelio Castro y Marcos Ccallocunto
Núñez.
Pronto la población se daría cuenta
que los buenos augurios acerca de las bondades del golpe, no se
hacían realidad. A lo largo de los interminables días
de mayo, junio y julio de 1992, las acciones senderistas se incrementaron
hasta el punto de que muchos mandos militares temieron lo peor.
Entre abril y julio estallaron 24 coches-bomba en la capital y causaron
centenas de muertes. Solo en el mes de julio se produjeron 300 atentados
que cobraron 193 víctimas. El grupo Colina acudió
entonces en ayuda del gobierno y desencadenó una serie de
crímenes en su intento por impedir la oleada subversiva que
mantenía en vilo al país y hacía peligrar la
estabilidad del régimen.
El 2 de mayo desaparecieron a nueve pobladores
de El Santa, un poblado cercano a Chimbote, a los que se responsabilizó
del incendio del molino San Dionisio. El molino era de propiedad
de Jorge Fung Pineda, con vinculaciones con el congresista Juan
Hermoza, hermano del comandante general del Ejército.
La madrugada del 2 de mayo, unos 30 encapuchados
rodearon viviendas ubicadas en los asentamientos humanos Javier
Heraud, San Carlos y La Huaca. De allí fueron secuestrados
y asesinados Jesús Noriega Ríos, Carlos y Jorge Tarazona,
y Roberto y Carlos Barrientos, Pedro López, Denis Castillo,
Federico Coquis y Gilmer León. El 24 de junio, los agentes
del grupo Colina secuestraron al periodista Pedro Yauri, responsable
del programa ‘Punto Final’ de radio Universal, de Huacho.
También a la familia Ventocilla. Todos bajo sospecha de ser
militantes del MRTA.
En Huancayo, unos 30 estudiantes desaparecieron luego de una serie
de atentados ejecutados por el senderismo. Días antes de
las desapariciones, soldados del Ejército llevaron a cabo
un empadronamiento en la universidad y capturaron a algunos sospechosos.
Entre el 17 y el 24 de julio estallaron 15 coches
bombas, y 32 personas murieron como consecuencia de los atentados.
El Perú jamás había registrado jornadas de
violencia como las que se sucedieron en esos dos meses. La desesperación
del régimen golpista se puso en evidencia entonces. En esos
días circuló en las calles de Lima un volante amenazador
contra el senderismo, que había convocado un paro armado.
El titular declaraba: « ¡Viva la defensa del pueblo
organizado, guerra contra SL!» El texto advertía a
las huestes del ‘presidente Gonzalo’ que sus acciones
para respaldar el paro armado de julio serían respondidas:
« ¡Terrorista cobarde! que no das la cara y te amparas
en las faldas traicioneras de un partido putrefacto y pasado de
moda, fuera de la realidad peruana; tus horas están contadas,
pues el 22 y 23 estaremos preparados para hacerte frente».
«Desde hoy pasamos a la ofensiva, mil ojos te estarán
observando y un solo tajo cortará tu garganta, así
comenzaremos nuestra lucha, vas a morir por obedecer órdenes
asesinas de mandos que ni conoces, pues para ellos, eres solamente
una pieza reemplazable en el mecanismo de una maquinaria creada
ex profesamente por Abimael y su cúpula para enriquecerse
extorsionando al pueblo peruano».
«Sabemos también quiénes apoyan
o actúan a favor de los terroristas de Sendero Luminoso,
en ellos y sus familiares tenemos centradas nuestras miras, por
cada atentado o muerto de los días 22 y 23, sabrán
experimentar, como nosotros, el dolor que significa perder uno de
sus seres queridos, para muestra y para que sepan que no bromeamos,
ya empezamos con Cartagena». Efectivamente, el abogado Jorge
Cartagena, defensor de Osmán Morote, había sido ametrallado
en su oficina, aunque salvó la vida pese a sus graves heridas.
En la mañana del 17 de julio, Fujimori,
Montesinos y Hermoza, organizaron un cónclave para analizar
los hechos tras el atentado de la calle Tarata que le costó
la vida a más de 20 personas y sumió en el pánico
a media ciudad. Allí, se recibió el informe de inteligencia
que indicaba que los autores del atentado se habían refugiado
en la residencia de estudiantes de La Cantuta.
La vendetta fue ordenada. La orden era eliminarlos.
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